12.ESTÉTICA Y FILOSOFÍA DEL ARTE

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Bueno desarrolla su filosofía del arte a través de varios escritos breves: La colmena, novela behaviorista (1952); Poetizar (1953); La esencia del teatro (1954); Gustavo Bueno habla de literatura (1977); Arquitectura y filosofía (conferencia, 2003); Ut pictura Pöesis (1997); Más allá de lo sagrado: un análisis del proyecto del mural de Jesús Mateo (1998); Jesús Mateo, la determinación (1999); Arquitectura y filosofía (2003); Filosofía de las piedras (2006); Poemas y teoremas (2009); Poesía y verdad (2009); Ojos claros, serenos: ¿«Madrigal» o «Problema»? (2013); así como en su curso sobre filosofía de la música, impartido a lo largo del 2007, y en La fe del ateo (2007).

La estética hace referencia a recepción sensible, individual, de la obra de arte.

El análisis de la obra de arte da pie a Bueno para recuperar el ejercicio explícito de la noetología, cuyo concepto ya había sido anunciado en El papel de la filosofía en el conjunto del saber (1970), aunque su desarrollo quedó postergado en obras posteriores (en las que dedicará un ingente esfuerzo -materializado en los cinco volúmenes publicados de la Teoría del cierre categorial y en otros escritos-, al desarrollo de la que puede ser considerada una modalidad de esta: la gnoseología). Pues solo situándose en la perspectiva de la racionalidad noetológica (y no meramente gnoseológica) puede desplegarse en su plenitud el análisis de la obra de arte. (Véase 2, &4).

La función de la filosofía del arte es someter a un análisis crítico al arte. Este análisis tendrá que determinar qué se entienda por arte, cuáles son sus modalidades, etc. Pero el modo de ejercer la crítica no puede ser el mismo cuando los contenidos sobre los que se ejerce son distintos. Así, la modalidad de crítica que se ejerce sobre la ciencia no puede ser la misma que la ejercida sobre el arte. Bueno diferencia entre lo que podemos denominar «crítica absoluta» y «catártica». En un escrito recogido en el Diccionario filosófico de Pelayo García Sierra bajo la denominación de Entrevista, define la crítica absoluta como aquella cuyo objetivo es «remover todo tipo de errores […] que acompañan a la obra criticada», para separarlos de esta. Es el tipo de crítica que ejerce la filosofía de la ciencia sobre la ciencia. Por ejemplo, cuando Eddington invita a eliminar de la ciencia todo resquicio metafísico.

Pero pudiera suceder que los errores (el trasfondo metafísico, por ejemplo), sean inseparables de la propia obra. En este caso, no se trataría tanto de separar tales errores del contenido criticado como de «disociarlos de la obra a fin de “purificarla”». Esto sucede habitualmente con la crítica a las concepciones filosóficas. Estas se configuran, como hemos visto reiteradamente, en conflicto dialéctico con otras. De modo que la crítica tiene que contar siempre con las doctrinas rechazadas, que no pueden ser apartadas sin más. Algo similar ocurre con la crítica a las obras de arte. Las ideas mitológicas, teológicas, metafísicas, etc., forman parte, con frecuencia, de la propia estructura de la obra de arte. Por lo que la crítica tendrá aquí la función de disociar tales ideas de la obra, pero sin que aquellas puedan ser eliminadas, a riesgo de eliminar la propia obra. A este tipo de crítica es al que denomina Bueno crítica catártica o simplemente catártica. La filosofía del arte será, así, una catártica, cuyo función será el «análisis crítico de las Ideas filosóficas (teológicas, metafísicas, ontológicas) que suelen acompañar a las obras de arte».

En cualquier caso, la filosofía del arte solo podrá constituirse a partir de las disciplinas artísticas para encontrarnos con las Ideas emanadas de estas. (Recordemos, una vez más, que no podemos salirnos de la realidad para juzgarla desde fuera, pues siempre operamos in media res, y que la filosofía es un saber de segundo grado, que opera partiendo de otros saberes ya dados).

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En el capítulo 9 de La fe del ateo Bueno propone un criterio para identificar las obras de arte como tales y para explicar la diferencia tradicional entre artes liberales y artes mecánicas. En ese capítulo, dedicado a tratar las relaciones del arte con la religión, comienza cuestionando una tesis frecuentemente esgrimida, la que considera al arte como la cultura por antonomasia. Esta tesis tiene como trasfondo la identificación de la cultura con la cultura circunscrita (la cultura «tutelada y administrada por los ministerios, consejerías y concejalías de cultura»), y del arte con las llamadas bellas artes (herederas del concepto medieval de artes liberales). Pero la cultura no puede ser reducida a la cultura circunscrita, ni todo arte se reduce a las bellas artes.

El concepto de arte tiene una larga historia. Ya Platón, en el Sofista, distinguía entre artes de la producción (agricultura, pintura, escultura), y las artes de la adquisición (la pesca, la caza). Y sostenía que en las primeras podemos encontrar una parte divina (los productos naturales y aquellas obras de los hombres inspiradas por los dioses), y una parte humana (los productos creados directamente por los hombres). Y aquí, en esa diferencia entre las obras inspiradas por los dioses y aquellas solamente humanas, podríamos encontrar el origen remoto de la distinción entre las artes nobles, o bellas artes, y las artes mecánicas.

Actualmente, la caracterización de un conjunto de artes como «bellas artes» aparece envuelta en ciertas «ideas nebulosas […] mediante las cuales trata de ser definido ese conjunto»:

(1) Entre esas ideas nebulosas se encuentra la Idea de belleza. Pues si la belleza pretende servir para caracterizar a las bellas artes, también podemos encontrarla asociada a los productos de las artes mecánicas (un diseño automovilístico, por ejemplo), o en la naturaleza. Y podemos encontrar en las «bellas» artes el cultivo del «feísmo».

(2) Otras veces se intenta explicar la unificación de un determinado conjunto de artes bajo el rótulo «bellas artes» estableciendo una correspondencia entre bellas artes/artes mecánicas y artes sagradas/artes profanas. De ese modo, el concepto de bellas artes surgiría de la secularización de las artes sagradas, «como un caso más de la transformación del Reino de la gracia en Reino de la cultura» (véase 7, &4). Pero esto no justificaría que hoy se siguiese empleando esa clasificación. Además de que podrían encontrarse conexiones, o ausencia de conexiones, entre las artes mecánicas y lo sagrado en la misma medida en que podríamos encontrar tales conexiones o desconexiones entre las bellas artes y lo profano.

(3) En otras ocasiones se trata de explicar esta agrupación desde concepciones sociologistas: algunas artes serían caracterizadas como nobles, liberales o bellas, por ser aquellas que se habría reservado la aristocracia para su disfrute. Pero esta explicación: (a) Incurre en ciertas paradojas (como, por ejemplo, la condición de criados de muchos de los practicantes de tales artes). (b) No explica por qué ciertos grupos sociales mostraron preferencia por este tipo de artes, y dejaron otras, imprescindibles para el desarrollo de la vida cotidiana, al cuidado de los criados o esclavos.

***

Tras las críticas señaladas a los intentos de explicar la agrupación de ciertas artes como nobles o bellas desde posiciones ideológicas, religiosas o sociológicas, Bueno se enfrenta ahora con ciertas explicaciones filosóficas.

Desde la filosofía se ha pretendido explicar el agrupamiento de ciertas artes como «bellas», «nobles» o «liberales», recurriendo a la idea de finalidad. Eso sucede, por ejemplo, cuando se apela a «el arte por el arte» como justificación de cierto tipo de producción artística, con lo que se pretendería señalar que el arte (el auténtico arte, no el meramente utilitario) tiene su finalidad en sí mismo; o, en términos kantianos, tiene una finalidad sin fin.

Bueno considera que este tipo de explicaciones son especulativas y metafísicas. Por lo que propone encarar este problema desde otra perspectiva: apelando a la idea de sustancialidad, pero entendida esta, no al modo escolástico, como sub-stare, lo que permanece invariante bajo los accidentes, sino al modo del materialismo filosófico, como sustancia actualista (véase 3, &4). La artes pueden alcanzar la autonomía -y en esto residiría su carácter de sustancia-, cuando han segregado al sujeto operatorio. (Como el barco de Teseo, que tras su construcción, se mantiene al margen de las decisiones de los sujetos que lo reparan, que solo pueden ponerse al servicio de una estructura sobre la que no tienen poder de decisión. O como una obra literaria que, tras ser escrita, alcanza su operatividad al margen de las pretensiones del autor).

Aclarados estos conceptos podemos caracterizar a las artes liberales como arte sustantivo, en la medida en que sean capaces «de segregar a los sujetos que las compusieron o ejecutaron» (un ejemplo límite e ilustrativo de esta segregación lo constituye, por ejemplo, la música grabada). Tales obras pasarían así a formar parte del eje radial del espacio antropológico (como los teoremas matemáticos o las composiciones químicas), situándose al margen de la naturaleza, pero también de la cultura. Las obras de arte sustantivo podrán comportarse como holemas o meroemas. (El término holema es empleado por Bueno para designar a aquello que tiene el carácter de un todo; como, por ejemplo, una escultura. El término meroema es empleado para designar a aquello que tiene el carácter de parte; por ejemplo, el torso de una escultura).

Por el contrario, muchas obras de arte tendrán el carácter de arte adjetivo (o alotético) «en la medida en que sus morfologías solo cobran sentido cuando están integradas como meroemas en una conducta o proceso teleológico humano o etológico». Esto es, cuando alcanzan sentido solo como parte de un proceso de la conducta humana.

De este modo queda explicada la contraposición entre artes liberales (artes nobles, bellas artes) y artes mecánicas (artes serviles) apelando a fundamentos objetivos, al margen de cualquier subjetivismo sociológico. De esta explicación se derivan una serie de consecuencias:

(1) Al colocar a las obras de arte en el eje radial, junto a los productos de la naturaleza, adquieren el mismo carácter enigmático de estos.

(2) Tenemos «un criterio para la discriminación evaluativa de las obras de arte». Será arte servil aquella que esté al servicio de algún objetivo: por ejemplo, un concierto musical si su objetivo es incitar a bailar o impresionar al público con la exhibición de la técnica musical.

(3) Rompe la clasificación dicotómica entre artes liberales y artes serviles. Así, por ejemplo, en la belleza de la carrocería de un automóvil (producto de un arte servil) podemos encontrar la sustantividad estética propia de un arte liberal. (En algunas artes, especialmente en la arquitectura, son innumerables los ejemplos de este cariz).

***

Las artes sustantivas, también denominadas artes poéticas, son contrapuestas por Bueno, a lo que en algunos textos denomina «prosa de la vida» y, como ya vimos, a aquellas artes que tienen una función de carácter práctico (arte adjetivo).

Tras estas aclaraciones, se puede decir de las artes sustantivas o poéticas que no son útiles, en el sentido de que no están al servicio de los sujetos «sino que se ofrecen a ellos para ser conocidas […] para ser exploradas, análogamente a como exploramos las “obras de la naturaleza”». Bueno pone como ejemplo el primer soneto de «los mansos» de Lope de Vega, que reproducimos a continuación, y que «[…] es una obra de arte sustantivo, no solo porque sus versos se desvían del curso ordinario del lenguaje propio de la “prosa de la vida” […] sino porque “cierra” en sus catorce endecasílabos un espacio ideal, intemporal, ofrecido a todo aquel que sea capaz de explorarlo, como quien explora la trayectoria de un planeta».

(Suelta mi manso, mayoral extraño,

pues otro tiene de tu igual decoro,

deja la prenda que en alma adoro

perdida por tu bien y por mi daño.

Ponle su esquila de labrado estaño

y no le engañen tus collares de oro,

toma en albricias este blanco toro

que a las primeras yerbas cumple un año.

Si pides señas, tiene el vellocino

pardo encrespado, y los ojuelos tiene

como durmiendo en regalado sueño.

Si piensas que no soy su dueño, Alcino,

suelta y verasle si a mi choza viene,

que aun tienen sal las manos de su dueño).

Igualmente, desde esta concepción del arte sustancialista se podría reinterpretar la tesis platónica del arte divino en el sentido de que, en el arte sustantivo, el artista no es dueño de su obra, sino que está al servicio de esta (como si un dios dirigiese su conducta).

&2

En la «Entrevista» mencionada anteriormente, Bueno confronta su estética materialista con aquellas surgidas de diversas nematologías aparecidas a lo largo de la historia del arte.

Las artes sustantivas son diversas, y, de modo similar a las ciencias, se dan distribuidas categorialmente. Lo que quiere decir que hay una variedad de artes (música, arquitectura, pintura, escultura, etc.), que no se pueden reducir unas a otras (aun cuando pueda haber colaboraciones y superposiciones).

Paralelamente al desarrollo histórico de las artes van surgiendo normas técnicas que las regulan e Ideas justificadoras, de carácter ideológico (nematologías) que desbordan ese campo técnico. El análisis se vuelve especialmente dificultoso en el momento en que las nematologías de determinadas escuelas (impresionismo, naturalismo, funcionalismo, realismo socialista, etc.) contienen también las normas técnicas propias de la escuela en cuestión: las Ideas aparecen así a medio camino entre la ideología justificadora y las normas técnicas. El caso extremo es el de aquella obra artística que solo puede ser entendida tras la explicación-justificación oportuna de su autor.

Situándose en medio «de las disciplinas artísticas y de las Ideas que emanan de su propio curso» Bueno propone una clasificación de las concepciones de la obra de arte en dos grandes grupos: aquellas que pueden ser agrupadas bajo el rótulo de subjetivismo teórico estético y aquellas que pueden ser agrupadas bajo el rótulo de objetivismo teórico estético.

(1) Por subjetivismo teórico estético entenderemos todas aquellas concepciones que reducen la obra de arte a ser una expresión, revelación, manifestación, etc., del sujeto. Bueno diferencia dos modalidades de subjetivismo estético:

(a) Subjetivismo estético psicológico: parte de la exaltación del artista individual, cuya obra es la expresión «de sí mismo», de lo que este «lleva dentro». Ahora bien, el «mí mismo», mi «dentro», no es más que fruto de mi experiencia con las cosas. «La obra de arte sustantivo no expresa sentimientos, ni afectos del corazón: más bien los determina […] pero su estructura objetiva no se reduce a los sentimientos que ella pueda determinar», representa esos sentimientos u otro tipo de estados más allá de cualquier experiencia personal.

(b) Subjetivismo estético sociológico: concibe la obra de arte como la «expresión del espíritu de un pueblo, de una clase social, de una Iglesia o de una generación». Esta expresión se explica en ocasiones como consecuencia de que «el arte refleja la sociedad en la que el artista o los artistas se moldearon». Ahora bien, dirá Bueno, si el arte expresa o refleja una sociedad ello se debe a que constituye una parte del todo social, si el arte refleja una clase social será porque esa clase ha elegido ese arte como elemento distintivo. En cualquier caso, y desde la concepción del arte sustantivo antes expuesta, cuanto más se identifique un arte con una clase o grupo «menor será su valor estético intrínseco».

(2) Por objetivismo teórico estético entendemos aquellas concepciones que ponen el acento «en los componentes re-presentativos y objetivos del arte». Se entiende que estos componentes producen o representan, pero no expresan, sentimientos subjetivos. Este carácter objetivo y representativo está, a juicio de Bueno, en relación con su naturaleza apotética. Es objetivo y re-presentativo porque se constituye «ante» los sujetos, a distancia de estos, no en su «interior» (aun cuando el propio artista pueda convertirse en objeto para otros, como en el caso de la danza). Y, a consecuencia de esto, el arte, y en general los contenidos estéticos, solo podrán estar configurados por colores y sonidos, pues estos son los materiales al alcance de aquellos órganos sensoriales que operan apotéticamente (el oído, la vista). No sometemos por ello a valoración estética aquellos contenidos hechos de olores o sabores (lo que podríamos denominar «artes» paratéticas). El caso del tacto plantea problemas especiales, que no trataremos aquí.

Bueno diferencia cuatro modalidades de objetivismo estético: el naturalismo estético, el artificialismo o creacionismo estético, el eclecticismo estético y la propia del materialismo filosófico:

(a) Para el naturalismo estético la naturaleza es la fuente de los valores estéticos. El arte será un reflejo o imitación de la naturaleza. Ejemplos serían las concepciones platónica  y aristotélica del arte como mímesis (= imitación, copia). Aunque, para el primero, en la medida en que la naturaleza es copia de las Ideas, el arte sería una copia de una copia.

Bueno, partiendo de la perspectiva del materialismo filosófico, cuestiona esta concepción de la obra de arte, comenzando porque la propia Idea de naturaleza es mítica o metafísica. Solo aquellas partes de la naturaleza audibles o visibles pueden adquirir un sentido estético. Y solo en la medida en que forman parte del espacio antropológico adquieren esa condición de valores estéticos.

(b) Para el creacionismo o artificialismo estético solo adquieren valor estético aquellas obras que son producto de los hombres, las obras culturales de estos.

(c) El eclecticismo estético surge de una yuxtaposición entre naturalismo y artificialismo. A juicio de Bueno esta concepción es insostenible, dado que naturaleza y cultura (aparte de su naturaleza mítica) solo tendrían en común el ser, que las desborda.

Frente a estas tres modalidades de objetivismo estético se despliega la propia del materialismo filosófico, que parte de la crítica radical a las Ideas de Naturaleza y Cultura. Crítica ya desarrollada en Los límites de la Evolución en el ámbito de la Scala Naturae, El mito de la cultura y en otros escritos.

Esta crítica se resume en que no existe una sustancia o sujeto global que sea «la naturaleza»: lo que existen son átomos, moléculas, quarks, mamíferos, vegetales, etc. Tampoco existe una sustancia o sujeto global que sea «la cultura», sino instituciones, ceremonias, rituales, capiteles, transacciones económicas, etc. Naturaleza y cultura, o sus partes, sus morfologías, constituyen manifestaciones fenoménicas de la materia ontológico-general. Desde la perspectiva de esta, las manifestaciones de arte sustantivo aparecen en el mismo plano que las manifestaciones «naturales»; «tan primaria, inmediata u original es la morfología ósea de un estegosaurio como pueda serlo la morfología sonora de una sonata de Mozart». El sujeto a través del cual llegó la obra de arte a la existencia queda segregado, del mismo modo que quedan segregadas las radiaciones cósmicas que acaso «determinaron la mutación de los antepasados del estegosaurio».

Desde esta perspectiva se pueden reinterpretar también tesis como la de Marx, cuando sostiene que el arte griego no puede ser reducido a elemento superestructural del modo esclavista de producción. Efectivamente, en la medida en que el arte griego sea arte sustantivo aparece segregado de todo sujeto, trasciende incluso la propia cultura griega; aparece como una producción cuyo trasfondo no es otro que la materia ontológico general que se filtra, a través del Ego trascendental, bajo la forma de mundo.

***

Los análisis de filosofía del arte de Bueno se completan con estudios, en ocasiones tremendamente pormenorizados, sobre artes concretas como la poesía (en Poetizar, Poemas y Teoremas, Poesía y verdad), la literatura (en La colmena, novela behaviorista, Literatura y educación), el teatro (en La esencia del teatro), la arquitectura (en Arquitectura y Filosofía, Filosofía de las piedras), la música (a la que dedica los estudios más completos y complejos, en especial en su Curso de la filosofía de la música), etc.

Son interesantes, también, a este respecto, las aportaciones de algunos discípulos de Bueno, entre las que cabe señalar las de Paloma Hernández (autora de Arte, propaganda y política) y Vicente Chuliá (autor de un Tratado de filosofía de la música).

 

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