5.LA FILOSOFÍA DE LA CIENCIA O GNOSEOLOGÍA

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Al desarrollo de su filosofía de la ciencia dedicó Bueno una ingente cantidad de tiempo y esfuerzo. Sus primeros trabajos en torno a esta disciplina aparecen expuestos en La Idea de ciencia desde la Teoría del Cierre Categorial, la monumental Estatuto gnoseológico de las ciencias humanas (elaborada con la colaboración de Julián Velarde Lombraña y Pilar Palop Jonquères) y En torno al concepto de ciencias humanas; la distinción entre metodologías α-operatorias y β-operatorias. Las aportaciones de estos trabajos y otros posteriores aparecen recogidas, ampliadas y corregidas, en la Teoría del Cierre Categorial, que puede ser considera la versión madura de su gnoseología. Cabe también mencionar el opúsculo ¿Qué es la ciencia? que constituye un buen resumen introductorio de la anterior. Tomando como referencias fundamentales estas dos últimas obras expondremos a continuación lo esencial de la filosofía de la ciencia de Gustavo Bueno.

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Comenzaremos constatando que la ciencia trata del «mundo». Pero teniendo en cuenta que con la palabra «mundo» no nos referimos a la «totalidad de las cosas», sino a la totalidad de las cosas que nos son accesibles, y bajo la forma que nos son accesibles, en un determinado momento. Pues el mundo no es algo «dado», que estuviese esperando a que descubramos cómo conocerlo, con una forma definida e independiente de los individuos que lo constituyen. (Esto es, con una forma que la ciencia tendría que captar o extraer para representarlo mediante teorías, ecuaciones, etc.). El mundo es, por el contrario, el mundo que conforman -es decir, al que dan forma-, algunas de sus partes: aquellas especies capaces de operar sobre él.

A medida que las especies se desarrollan, la capacidad de estas de conformar el mundo aumenta; o, dicho de otro modo, el poder transformador de estas partes del mundo sobre el mundo aumenta. Hasta el punto de que el ser humano actual está en condiciones de acabar con la vida en la Tierra o de modificarla en un sentido determinado. Por esta razón, el mundo que nos envuelve es, cada vez más, un mundo reconfigurado por nosotros mismos; es decir, es, cada vez más, un mundo cultural.

En esta conformación o reconfiguración del mundo se desarrollan ciertos «conceptos prácticos» (tales como hachas, martillos, Estados, la institución matrimonial, sistemas de escritura, laboratorios, etc.). De la coordinación o conflicto entre estos conceptos surgen las Ideas (tales como la Idea de totalidad, la Idea de estructura, la Idea de técnica, la Idea de familia, etc.). Y es así como ha surgido la Idea de ciencia.

Pues bien, el primer problema con el que nos encontramos al analizar esta Idea es el de aclarar a qué nos referimos con el término «ciencia». Atendiendo al uso que tal término tiene en la lengua española podemos diferenciar cuatro acepciones de ciencia:

En primer lugar nos encontramos con la ciencia entendida como un «saber hacer», cuyo ámbito es el taller. Empleamos esta acepción cuando hablamos, por ejemplo, de la ciencia del zapatero (que es aquel que «sabe hacer» zapatos). Esta noción de ciencia es equiparable a lo que los griegos llamaban tékhne (= arte o técnica).

A partir de Aristóteles, la ciencia será entendida como un «sistema ordenado de proposiciones que se derivan de un principio», cuyo ámbito será la escuela. Ese concepto de ciencia (episteme en griego, scientia en latín) será heredado por el helenismo y se extenderá por el mundo cristiano e islámico medieval. Se aplica, originalmente, a la geometría y la física aristotélica, pero la escolástica lo extenderá a la teología natural y la ciencia jurídica. Es la concepción predominante de la ciencia desde su formulación por Aristóteles hasta la Revolución científica de los siglos XVI y XVII.

En el mundo moderno aparecen las ciencias positivas. Surgen vinculadas a la revolución industrial y alcanzan una dimensión universal (pues se extienden fuera del ámbito cristiano europeo e islámico para desplegarse por todo el orbe). Su lugar de desarrollo es el laboratorio (que viene a ser, a juicio de Bueno, el taller convertido en escuela). Estas son lo que hoy consideramos ciencias en el sentido fuerte de la palabra (la química, la mecánica, la biología, etc.).

Finalmente, aparece un cuarto sentido de ciencia, vinculado a lo que hoy denominamos ciencias humanas. Estas surgen de la extensión del concepto de ciencia positiva a lo que hasta entonces eran descripciones geográficas, narraciones históricas, relatos de cronistas, informes de anticuarios, etc. Podemos incluir aquí a la historia, la antropología, la lingüística, etc.

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La Idea moderna de ciencia y las teorías de la ciencia surgen a partir de las ciencias positivas, la tercera acepción de ciencia señalada. Hay múltiples teorías de la ciencia que dependen, en primer lugar, de la perspectiva desde la que se analice la ciencia. Algunas de estas perspectivas son «genéricas», en el sentido de que analizan las ciencias como contenidos parciales de campos más amplios. Podemos reducir estas perspectivas a las siguientes:

(1) Enfoque lógico de la ciencia: analiza la ciencia partiendo de los principios de la lógica formal. Desde esta perspectiva la ciencia es entendida como una doctrina constituida por un conjunto trabado de proposiciones. (Por lo que parece tomar como referencia científica a la segunda modalidad de ciencia señalada anteriormente, o trata de reducir toda ciencia a esa modalidad).

(2) Psicología de la ciencia: analiza la ciencia en tanto que constituye un sistema cognoscitivo (es decir, analiza los procesos cognoscitivos implicados en el conocimiento científico).

(3) Sociología de la ciencia: analiza, desde el punto de vista sociológico, las comunidades de científicos.

(4) Enfoque informático de la ciencia: analiza las ciencias desde la perspectiva del procesamiento de información, como sistema de organización y clasificación de datos, etc.

(5) Historia de la ciencia: trata del desarrollo de la ciencia a través del tiempo, mostrando las conexiones con el contexto (histórico general) en el que se va desarrollando.

(6) Epistemología de la ciencia: trata de la ciencia en tanto constituye un sistema de conocimiento. Analiza la ciencia desde el punto de vista de la relación entre el sujeto (que conoce) y el objeto (conocido).

(7) Gnoseología de la ciencia: nace de la reflexión filosófica sobre la ciencia, trata de aclarar qué es la ciencia, cuál es su estructura. Para ello analiza las ciencias desde el punto de vista de la relación entre forma y materia, tomando como referencias las ciencias positivas (las que dan origen a la tercera acepción de ciencia señalada en el parágrafo anterior), que se consolidan en el siglo XIX. Entendiendo «forma» y «materia» como componentes internos del objeto de la ciencia, como componentes del «cuerpo» de la ciencia. Bueno emplea las expresiones «filosofía de la ciencia» y «gnoseología de la ciencia» como sinónimos. (A veces, por ejemplo, en el volumen I de la Teoría del cierre categorial, contrapone la «epistemología», que sería una teoría del conocimiento, a la «gnoseología», que sería una teoría de la ciencia. Las ciencias no pueden ser reducidas a modos de conocimiento dado que se trata de instituciones suprasubjetivas, mientras que todo conocimiento es siempre cosa de un sujeto).

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Continuaremos ahora con el análisis filosófico, es decir, gnoseológico, de la Idea de ciencia.

Para tal análisis tenemos que partir de las ciencias dadas, las ciencias efectivamente constituidas. Y lo primero que constatamos es que las ciencias son múltiples, es decir, no existe «la» ciencia, como algo dado, sino múltiples ciencias. Pero las diversas ciencias han de tener algo en común, sino no podríamos hablar de «Idea de ciencia» (como mucho podríamos hablar de Idea de química, Idea de matemáticas, etc.).

Veremos cómo lo que hace de cada ciencia una ciencia es la posesión de una determinada «estructura» que dota de unidad a un conjunto de «materiales». Pero, precisamente, aquello que permite mantener la unidad de cada ciencia, constituyéndola como tal, es lo común a las diversas ciencias, lo que mantiene la unidad entre estas, de modo que podamos hablar de «Idea de ciencia». Ahora bien, el tipo de unidad es distinto en un caso y en otro (de no ser así, las diversas ciencias podrían reducirse a una única). Los componentes de cada ciencia mantienen entre sí una unidad atributiva, mientras que las diversas ciencias mantienen entre sí una unidad distributiva (véase 3, &3).

Para encontrar aquello que hace que una ciencia concreta se constituya como ciencia (la unidad atributiva de una ciencia), al mismo tiempo que nos permite determinar qué es lo común a las diversas ciencias (posibilitando la unidad distributiva de las ciencias), debemos responder a la pregunta ¿qué es la ciencia?

Gustavo Bueno comienza haciendo una clasificación de las posibles respuestas gnoseológicas a esta pregunta. Para realizar esta clasificación va a tener en cuenta tres cosas: (1) La distinción entre materia y forma en los cuerpos científicos (es decir, entre hechos o experiencias y teorías). (2) La relación que existe entre la ciencia y la verdad. (3) El peso que se otorga a la materia y a la forma en la constitución de las verdades científicas.

A partir de estas consideraciones encontramos cuatro tipos de teorías gnoseológicas de la ciencia, que son las siguientes:

(1) Teorías descripcionistas: dan más peso a la «materia» de cada ciencia (esto es, al contenido, a los «hechos», a la «experiencia»), que a su forma (es decir, a las teorías, a los modelos matemáticos, etc.). La forma debe limitarse a describir el contenido de la ciencia. La verdad consistiría en mostrar (desvelar, descubrir) ese contenido. Ejemplos de este tipo de teorías de la ciencia son las desarrolladas por Bacon, Husserl, los neopositivistas del Círculo de Viena (Moritz Schlick, Rudolf Carnap, Hans Reichenbach, Carl G. Hempel, …), Ernst Mach, Bertrand Russell, Stephen Toulmin, etc.

(2) Teorías teoreticistas: ponen el peso mayor en la constitución de la verdad científica en la «forma» de cada ciencia. Es decir, la verdad residiría en las construcciones teóricas, dado que las teorías son anteriores a los hechos (pues solo a partir de una teoría podemos determinar que algo es un hecho). Ejemplos de este tipo de concepciones pueden ser las de Johannes Kepler, Immanuel Kant, Pierre Duhem, Henri Poincaré, el falsacionismo de Karl Popper, la teoría de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn, etc.

(3) Teorías adecuacionistas: parten de que el peso de la verdad científica recae en la «forma» y en la «materia» en la misma proporción. En este caso se entiende que hay verdad científica cuando hay una adecuación o concordancia entre la forma y la materia. Las formas (las proposiciones, teorías, etc.) son un reflejo o representación de las materias tratadas. Hay, por decirlo con palabras de Wittgenstein, un isomorfismo entre forma y materia. El adecuacionismo constituye un tipo de doctrinas sobre la ciencia muy antiguo, pero que resurge periódicamente. Fue defendido ya por Aristóteles, y volverá a ser defendido por Tomás de Aquino, Newton, Leibniz, Tarski, etc.

(4) Teorías circularistas: surgen como crítica frente a los tipos de teorías de la ciencia anteriores. La denominación de «circularista» se debe a su punto de partida: no hay hechos sin teorías (como sostienen los teoreticistas), pero tampoco teorías sin hechos (como sostienen los descripcionistas), ni tenemos hechos, por un lado, y teorías que se adecúan «misteriosamente» a aquellos, por otro. Por el contrario, teorías y hechos se remiten unos a otros continuamente; hay, entre ambos, circularidad. Entre las concepciones circularistas de la ciencia cabe incluir el nuevo experimentalismo, de Ian Hacking (que tiene numerosos seguidores en el mundo anglosajón, tales como Peter Galison, Deborah Mayo, Nancy Cartwright, Allan Franklin, etc.) y el materialismo gnoseológico de Gustavo Bueno.

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Las críticas desde el materialismo gnoseológico a las concepciones descripcionistas, teoreticistas y adecuacionistas de la ciencia se centran en tres puntos: (1) Tales teorías sustancializan la materia y/o la forma. (2) Tales teorías defienden, explícita o implícitamente, una concepción representacionista del conocimiento. (3) Tales teorías defienden una concepción mentalista de la racionalidad.

Veamos en qué se fundamentan tales críticas:

(1) El primer error que Bueno señala en las concepciones de la ciencia anteriores es que estas sustancializan la materia (el descripcionismo), la forma (el teoreticismo), o ambas (el adecuacionismo). Que sustancializan la materia o la forma quiere decir que toman a tales realidades como si tuviesen una existencia independiente, como si fuesen algo en sí mismas. Pero, como ya vimos en el desarrollo de la ontología, las nociones de materia y forma solo tienen sentido por relación de una a otra: toda forma es forma de una materia, y toda materia es aquello a lo que se da forma (véase apartado 4.1., &2).

Pues bien, si entendemos el campo de una ciencia como un todo podemos diferenciar en él un conjunto de partes, que podemos desglosar en partes formales y partes materiales (véase  3, &3). Partes formales de la ciencia son cosas tales como los teoremas geométricos, a partir de los cuales se puede recomponer la geometría. Partes materiales de la ciencia son cosas tales como un cálculo estadístico, que, en tanto mero cálculo estadístico, puede servir para reconstruir un teorema sociológico, cuántico, bio-genético, etc., pero no constituye, en sí mismo, un teorema, u otro tipo de elemento, que permita reconocer su pertenencia a una ciencia concreta.

(2) La ciencia se construye a partir de ciertas operaciones materiales, por lo que no se limita a representar la realidad en la mente. Esto quiere decir que la ciencia se hace con las cosas mismas, y no solo con palabras y signos que «representarían» a las cosas. De modo que, al construirse la ciencia, se reconstruye al mismo tiempo la realidad. (La concepción representacionista incurre en una petición de principio: para que la ciencia pueda representar la realidad tiene que suponer que la realidad tiene una estructura similar a la de los modelos científicos que pretenden representarla. Pero ¿cómo podríamos conocer esa estructura al margen de las propias teorías científicas?).

(3) El tercer error está directamente vinculado al segundo. Consiste en identificar los procedimientos racionales con procedimientos puramente mentales, subjetualistas (dados en el «interior» de un sujeto). Es una concepción de la razón que viene de antiguo y que la identifica con el logos, con la palabra. Pero la ciencia solo ha podido llegar a existir porque ha sido creada por sujetos operatorios, y no por una mente que desarrollase «formas» con las que «representar» el mundo. Un sujeto operatorio es un sujeto que posee una laringe, que le permite unir y separar sonidos, y, sobre todo, posee manos, que le permiten manipular cuerpos tridimensionales y realizar operaciones sobre estos cuerpos, uniéndolos o separándolos y transformando la realidad, creando realidad.

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Toda ciencia está constituida por un conjunto muy variado de «materiales», entre los que se incluyen cosas tales como observaciones, registros gráficos, definiciones, clasificaciones, congresos, libros, aparatos, laboratorios, técnicos, científicos, etc. Estos materiales constituyen el «campo» de esa ciencia, que está delimitado frente a otros cuerpos científicos (que tendrán su propio campo) y a otros materiales no organizados científicamente.

La epistemología ha clasificado, tradicionalmente, estos materiales en dos «polos», el polo del sujeto y el polo del objeto. Pero esta clasificación no da cuenta de todos los contenidos de la ciencia. Existen un tercer tipo de contenidos sígnicos no englobables en esta clasificación. Por ejemplo, un destello en el firmamento es un signo, que, en cierto modo, se encuentra en un espacio entre el sujeto y el objeto (y que solo se convierte en un hecho cuando entra a formar parte de un contexto determinado). Por eso, frente a la clasificación binaria de la epistemología, Bueno organiza esos materiales situándolos en un espacio gnoseológico determinado por tres ejes: el eje sintáctico, que viene a ser el eje de los signos, el eje semántico, que viene a ser el eje de los objetos, y el eje pragmático, que viene a ser el eje de los sujetos. (Esta terminología está tomada de la lingüística. Recordemos que, según el lingüista estadounidense Charles W. Morris, en todo signo se puede diferenciar un componente sintáctico, la relación de unos signos con otros; un componente semántico, la relación del signo con el significado; y un componente pragmático, la relación del signo con los sujetos que lo utilizan).

De la relación de cada eje con los demás y consigo mismo, o, dicho con más precisión, visto cada eje, incluido el eje de referencia, desde los otros, podemos obtener un total de nueve «figuras» (a las que podemos subscribir las diversas partes formales) que componen el campo gnoseológico de la ciencia. Son las siguientes:

(1) En el eje sintáctico encontramos términos, relaciones y operaciones.

(a) Los términos surgen de la composición de signos con signos, a través de la mediación de objetos (de la relación, por lo tanto, del eje sintáctico con el eje semántico). Son componentes objetuales de la ciencia. Y son cosas tales como el carbono, el hidrógeno o el cloruro de magnesio, en la química; las células, el ADN o los reptiles, en la biología; la pirita, los acantilados o las placas tectónicas, en la geología, etc.

Los términos deben ser corpóreos, pues solo las realidades corpóreas pueden ser sujetos de operaciones. (Poseen, por lo tanto, una materialidad primogenérica). Y se dan a través de un símbolo, de un nombre. Eso es así porque deben aparecer definidos o delimitados frente a otros, y es el nombre el que permite identificarlos y reproducirlos. (Por ejemplo, una temperatura solo puede convertirse en término -en parte formal- de un campo científico cuando va identificada con un número dado dentro de una escala termométrica). Como consecuencia, los términos se dan siempre junto a otros términos, recortándose frente a ellos y en sintaxis con ellos. De modo que toda ciencia consta necesariamente de múltiples términos. (No cabe la existencia de una ciencia que trate de un único término. Por ejemplo, no cabe entender la biología como la ciencia que trata de la «vida», sino de las mitocondrias, los tejidos, los ecosistemas, etc.). En definitiva, las ciencias no tienen «objeto», sino «campo».

Los términos se dan «enclasados», y han de pertenecer a clases diferentes, de lo contrario las operaciones y relaciones (los procesos constructivos objetuales y proposicionales) permitidas quedarían muy limitadas. (Por ejemplo, las operaciones realizados en un plano en el que solo contemplásemos como términos los puntos se verían muy constreñidas). Por lo que, tampoco es posible una ciencia constituida a partir de un conjunto homogéneo de términos (constituida exclusivamente, por ejemplo, a partir de los puntos geométricos o de los números naturales impares).

Los términos pueden ser simples o complejos, primitivos o derivados. Los términos simples, desde el punto de vista de un saber o ciencia, pueden ser complejos, desde el punto de vista de otro saber o ciencia, y viceversa. Así, los elementos de la tabla periódica, que constituyen términos simples desde el punto de vista de la química, pueden resultar complejos desde el punto de vista de la física-química (que los desglosa en protones, neutrones, etc.). Del mismo modo, la distinción entre términos primitivos y derivados está en función de la teoría desde la que se hable. Los defensores del contractualismo político considerarán términos primitivos a los individuos, que pactarían la instauración de un poder político dando origen así a la sociedad política o Estado, que sería un término derivado. Aristóteles, sin embargo, consideraba a la polis anterior al individuo; de modo que la polis, o el Estado, sería un término primitivo, y el individuo derivado.

(b) Las operaciones surgen de la composición de signos con signos (signos que han sido configurados como términos) por la mediación de un sujeto. (Surgen, por lo tanto, de la relación del eje sintáctico con el eje pragmático). Son los procesos de transformación sufridos por los «objetos» de un campo científico cuando son determinados, mediante composición o división, por los sujetos operatorios. Esto es, por sujetos que poseen manos, laringe, etc., que les permiten manipular tales objetos separándolos o uniéndolos. Aunque también pueden funcionar como operadores algunos componentes de la ciencia tales como microscopios, balanzas, telescopios, etc. Las operaciones tienen un carácter subjetual, en tanto están mediadas por un sujeto, y, por ello, poseen un tipo de materialidad segundogenérica. Pero pueden ser denominadas también construcciones objetuales, en tanto son construcciones con términos (objetos), que dan como producto otros términos (objetos) de la misma escala. Así, mediante la operación de adicción (+) de un término (por ejemplo, «5») a otro término (por ejemplo, «7»), se construye otro término de la misma escala («12»).

(c) Las relaciones surgen de la composición de signos con signos por la mediación de signos (los signos pueden ser entendidos como «objetos» pero en tanto «definidos», no en tanto objetos corpóreos). (Surgen, por lo tanto, de la relación del eje sintáctico consigo mismo). Por ejemplo, entre los signos (u objetos definidos) «3», «6» y «9» de la aritmética se establece la relación: 3 + 6 = 9; entre los cuadrados de los catetos y la hipotenusa se establece una relación que viene expresada mediante el teorema de Pitágoras; el principio de incertidumbre de Heisenberg establece las relaciones a que están sometidas cierto tipo de mediciones; etc.

Las relaciones, a diferencia de las operaciones, determinan estructuras que desbordan el nivel de los términos originales, y que tienen la forma de proposiciones. (Teniendo en cuenta que, desde la perspectiva gnoseológica que emplea Bueno, la proposición consiste en la interposición de una relación. Así, entre 3 + 6 y 9 se ha interpuesto una relación de «igualdad»: tal proposición dice que «3 + 6 y 9 son iguales». De modo que, en tal juicio, encontramos una construcción objetual, mediante la cual, partiendo de los términos 3 y 6 construimos el término 9, y una construcción proposicional, mediante la cual establecemos una identidad entre 3 + 6 y 9). Además de signos lingüísticos o algebraicos (tales como: «igual», «mayor que», «menor que», «=», «≠», «», «») también se usan objetos tales como balanzas o termómetros como soportes de las relaciones.

Estas relaciones (o construcciones proposicionales) tienen un carácter abstracto, ideal, por lo que se mantienen en el campo de la materialidad terciogenérica; y, al igual que los términos, constituyen componentes objetuales de la ciencia.

(2) En el eje semántico encontramos referenciales, fenómenos y esencias.

(a) Los referenciales surgen de la composición de objetos con objetos por mediación de signos (de la relación, por lo tanto, del eje semántico con el eje sintáctico). Son los referentes corpóreos (tridimensionales), propios de cada categoría, tales como las disoluciones en un laboratorio de química, un cráter de la Luna observado a través de un telescopio, etc. La necesidad de referenciales se deriva del postulado gnoseológico de que las ciencias son construcciones operatorias. (Pues solo pueden realizarse tales construcciones con objetos susceptibles de ser manipulados; esto es, con objetos corpóreos). Esta afirmación no implica, no obstante, que todos los contenidos de las ciencias deban ser corpóreos; pues del propio análisis de tales contenidos se desprende la existencia de realidades incorpóreas (aunque materiales: recordemos los tres géneros de materialidad). Así, por ejemplo, la «distancia» entre dos vasos, la «arista» o el «lado» de un cubo, etc., no son realidades corpóreas (pertenecerían al tercer género de materialidad).

(b) Los fenómenos surgen de la composición de objetos con objetos por la mediación de sujetos (de la relación, por lo tanto, del eje semántico con el eje pragmático). Son los «objetos» tal como se aparecen a los sujetos, los hechos observables que tienen que ser «explicados» o «resueltos». Se contraponen a las esencias (al modo como Platón contraponía el mundo «apariencial» -el mundo de la doxa-, al mundo de las Ideas -el mundo de la ciencia-). Pero teniendo en cuenta que solo se puede llegar a tales esencias a partir de los fenómenos (mediante el proceso que Bueno denomina regressus). Los contenidos objetuales de la ciencia (los términos y las relaciones) aparecen como fenómenos en determinados momentos del proceso científico. Así, un círculo concreto dibujado sobre la arena es un fenómeno matemático, distinto, por ejemplo, de otro círculo trazado sobre la arena o del que surge al hacer girar un cordel con un peso en un extremo.

Los fenómenos son «contenidos apotéticos […] que constituyen el mundo entorno de los animales y del hombre». El término apotético (de apo = lejos y thésis = posición), fue acuñado por Bueno para designar a aquellos objetos que se nos aparecen en nuestro mundo entorno a distancia, cuando hacemos abstracción de los elementos intermedios. La «distancia» debe ser entendida en un sentido espacial y temporal: los planes o proyectos orientados a fines, también constituyen elementos apotéticos. Apotética es, por ejemplo, la conducta de acecho de un animal, los fines que se plantean los seres humanos, los símbolos, la Luna contemplada desde un observatorio, etc.

Los contenidos apotéticos, y, por lo tanto, los fenómenos, tienen una estructura, una forma, que depende del sistema sensorial de animales y humanos (tienen una morfología organoléptica). Por eso tales contenidos son distintos en los animales y los hombres, e incluso entre los diversos individuos (la Luna vista por un individuo desde un observatorio se presenta como un fenómeno distinto que la Luna vista por otro individuo desde otro observatorio).

(c) Las esencias o estructuras esenciales surgen de la composición de objetos con objetos por la mediación de objetos (de la relación, por lo tanto, del eje semántico consigo mismo). Son las estructuras a las que se llega desde los fenómenos en un proceso de regressus, mediante la neutralización de las operaciones realizadas sobre los fenómenos; así, desde el círculo dibujado sobre la arena regresamos al círculo esencial, al círculo en cuanto estructura geométrica; desde una materia blanca de sabor salado regresamos a la estructura iónica del NaCl. Las esencias poseen un tipo de materialidad terciogenérica.

(3) En el eje pragmático encontramos normas, dialogismos y autologismos.

(a) Las normas surgen de la composición de sujetos con sujetos por la mediación de signos (de la relación, por lo tanto, del eje pragmático con el eje sintáctico). Constituyen el sistema de pautas profesionales que permiten el entendimiento y la colaboración entre la comunidad de científicos. Como ejemplos: las leyes de la lógica, las reglas matemáticas elementales, los preceptos morales de carácter profesional, etc.

(b) Los dialogismos surgen de la composición de sujetos con los sujetos a través de los objetos (de la relación, por lo tanto, del eje pragmático con el eje semántico). Son aquellos componentes que nacen de la relación interpersonal de los científicos a través de los objetos. Aquí se pueden incluir los debates y discusiones en torno a la fundamentación o la metodología empleada para obtener un determinado conocimiento, la relación intergeneracional que ha posibilitado ciertos descubrimientos, etc.

(c) Los autologismos surgen de la composición de los sujetos con los sujetos a través de los sujetos (de la relación, por lo tanto, del eje pragmático consigo mismo). Son los componentes subjetivos, individuales, personales, que entran en la constitución de las ciencias, pero siempre que estos tengan una función en el proceso de construcción científica. Incluyen cosas como la certeza, la reflexión, la duda, la memoria, etc.

Tenemos, pues, un total de nueve figuras componiendo el espacio gnoseológico. De estas, cuatro (los términos, las relaciones, las esencias y los referenciales) pueden aspirar a una pretensión de objetividad, segregable del sujeto. Las otras cinco (operaciones, fenómenos, autologismos, dialogismos y normas) son inseparables de la perspectiva subjetual, personal, que habrá que neutralizar en los procesos de cierre categorial.

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Una vez aclarados cuáles son los componentes de la ciencia, pasaremos a explicar su parte dinámica, su funcionamiento. Pero se funciona con vistas a algo, con unos objetivos, que se pueden resumir en dos: obtener verdades y manipular la realidad.

No obstante, antes de mostrar cómo se logran estos objetivos, podemos adelantar dos tesis que están operando en la filosofía de la ciencia de Gustavo Bueno y que se derivan de su ontología:

(1) La verdad no es algo que se «descubre», sino algo que se construye. Y esa verdad construida pasa a ampliar la realidad, a reorganizarla, a ser mundo. Por eso, el mundo es, también, el mundo que los sujetos operatorios (algunos animales y, en especial, los seres humanos) van construyendo. Y por eso los dos objetivos señalados son, en cierto modo, inseparables.

(2) La verdad está sometida al principio de symploké. Este nos dice, como ya hemos explicado, que no todo está conectado con todo, aunque que hay realidades que pueden ser conectadas con otras. Con este principio en la mano, Bueno confronta su concepción de la verdad, y del conocimiento, con dos posiciones reiteradas frecuentemente a lo largo de la historia del pensamiento: la que defiende la existencia de verdades absolutas (fundamentalismo, dogmatismo), y la que sostiene que todo es relativo, y que, por lo tanto, no hay verdades (escepticismo).

Frente a estas posiciones, el principio de symploké nos lleva a defender una concepción «funcional», y no «sustancial», de la verdad. La verdad no tiene una existencia «en sí», sino que consiste en un conjunto de relaciones necesarias entre diversos elementos configurados dentro de un ámbito determinado. La verdad es, dicho de otro modo, contextual. Se da, efectivamente, pero en un contexto determinado. Aplicado este principio a las ciencias, nos lleva a concluir que estas solo pueden obtener esas verdades que buscan si acotan un espacio, si establecen un contexto. Al proceso por el que cada ciencia acota su campo le denomina Bueno «cierre categorial». Y a la confluencia de ciertas operaciones realizadas dentro de ese campo acotado, tendentes a establecer determinadas relaciones, le llama «identidad sintética», verdad o teorema. Aclararemos, a continuación, de un modo más detallado, qué entendemos por cierre categorial y qué por identidad sintética o verdad.

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La idea de cierre categorial procede de la noción de «cierre operatorio», tomada de la lógica y las matemáticas. Estamos ante un cierre operatorio cuando, sobre una clase de elementos (por ejemplo, los números naturales), se produce un tipo de operaciones (por ejemplo, la adicción), que dan origen a otros elementos de la misma clase, los cuales son susceptibles de ser sometidos al mismo tipo de operaciones, dando origen a otros elementos de la misma clase, etc.

Así, sobre los números naturales, 5 y 7, podemos realizar la operación de adicción (5 + 7) con lo que obtenemos otro número natural (12), sobre el que podemos realizar el mismo tipo de operaciones (12 + 5 o 12 + 7), dando origen a otros números naturales, etc.

Ahora bien, un cierre operatorio no es todavía un cierre categorial. Para que el cierre operatorio alcance la dimensión de cierre categorial el proceso de construcción tiene que operar con elementos de distintas clases sometidos a distintos tipos de operaciones (que incluyen construcciones operacionales y proposicionales). Podemos, así, obtener teoremas. Por ejemplo, operando sobre un triángulo rectángulo, construimos cuadrados a partir de los catetos, que, sometidos a otras operaciones, nos llevan a construir el teorema de Pitágoras). Estos teoremas se pueden entretejer con otros teoremas, o someterlos a otros tipos de operaciones, expandiendo el campo de una ciencia. El cierre categorial se produce cuando el conjunto de operaciones que puede realizar el sujeto operatorio se cierra de tal modo que esas operaciones resultan absolutamente independientes de otro tipo de operaciones (que pueden dar lugar, o no, a otra ciencia distinta), y no se ven alterados en sus conclusiones por estas.

Así, con un ejemplo propuesto por el propio Bueno, provisto de una regla, un compás y un lápiz de grafito, puedo intentar demostrar el teorema de Pitágoras, dibujando figuras y líneas auxiliares. Pero no añadirá nada a mis conocimientos geométricos el análisis químico del grafito con que mi lápiz mancha la hoja: las relaciones y términos geométricos forman parte de una categoría distinta de las relaciones y términos químicos. A este «encerramiento» de los términos de diversas clases, y de las relaciones y operaciones de distinto tipo, en un campo determinado, distinto e independiente de otros campos, es a lo que llamamos cierre categorial.

Cada conjunto de operaciones cerrado -pero no clausurado- constituye una categoría científica; esto es, una ciencia concreta (las matemáticas, la química, la geografía, etc.). Pero no existe la ciencia de las ciencias; esto es, no existe un conjunto de operaciones cerradas que determine la categoría «ciencia». Por eso no existe la ciencia, sino las ciencias. Lo que sí podemos hacer es agrupar, distributivamente, el conjunto de las diversas categorías en una misma «clase», a la que denominamos ciencia.

Hemos dicho antes «cerrado, pero no clausurado», con esto queremos decir que el cierre categorial acota un espacio diferenciado frente a otros, pero, dentro de ese espacio, no podemos establecer a priori el conjunto de verdades o teoremas que podemos llegar a obtener, por lo que su número es, en principio, indeterminado.

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Desde esta concepción, constructivista, de la ciencia, la verdad es entendida como identidad sintética (que es presentada por Bueno ya en los Ensayos materialistas). Para aclarar qué se entienda por identidad sintética nos remontaremos al origen y desarrollo de la distinción entre juicios analíticos y sintéticos (expresados mediante proposiciones que, en consecuencia, pueden ser analíticas o sintéticas).

Comenzaremos recordando que Hume diferenciaba entre dos tipos de conocimiento: «conocimiento de relaciones entre ideas» y «conocimiento de hechos». El primer tipo de conocimientos se expresa mediante proposiciones que el entendimiento construye al margen de la experiencia. Para ello el entendimiento establece diversos tipos de relaciones entre ideas ya dadas partiendo del significado de tales ideas. De ahí surgen proposiciones tales como «Un soltero es un no-casado», «El todo es mayor que cada una de sus partes», o «Dos más tres es igual a cinco». El segundo tipo de conocimientos se construye a partir de la experiencia, y se expresa mediante proposiciones que hacen referencia a hechos. De ahí surgen proposiciones tales como «Las gallinas se reproducen por huevos» o «El Sol sale todos los días». (Dejaremos de lado la cuestión de cómo explica Hume que, a partir de la experiencia, que es singular, se puedan inferir proposiciones universales).

A los procesos mentales a través de los cuales se construyen estos dos tipos de conocimientos se les denominó juicios analíticos y juicios sintéticos. Un juicio analítico es equivalente al conocimiento de relaciones entre ideas. Se le llamó «analítico» porque del análisis del sujeto del juicio se saca el predicado. Un juicio sintético es el equivalente al conocimiento de hechos. Se le denominó «sintético» porque relaciona cosas distintas entre sí (realiza una síntesis de lo diverso que solo puede, en principio, ser avalada por los hechos).

Kant retoma esta distinción entre juicios analíticos y sintéticos, pero añade un tercer tipo de juicios: los juicios sintéticos a priori. Los juicios analíticos no precisan de la experiencia (dado que se obtienen por el simple análisis del significado de las palabras), son anteriores a la experiencia, son a priori. Y, por esa razón, no amplían nuestro conocimiento de la experiencia. Los juicios sintéticos se construyen a partir de la experiencia, son posteriores a la experiencia, son a posteriori. Y, por esa razón, amplían nuestro conocimiento de la experiencia. Pero Kant sostiene que hay juicios que, siendo sintéticos (porque enlazan cosas distintas entre sí y amplían nuestro conocimiento de la experiencia), se obtienen, sin embargo, sin necesidad de apelar a la experiencia; esto es, son a priori. A este tipo de juicios les denominó «juicios sintéticos a priori». Y entre ellos incluye a los juicios de las matemáticas (que Kant reduce a geometría y aritmética). Los juicios de la geometría y de la aritmética no precisan de la experiencia porque se obtienen del análisis del espacio y el tiempo (que tiene la misma estructura que el número dado que tiempo y número son expresiones de la sucesión pura). Espacio y tiempo son conocidos por el sujeto al margen de la experiencia, en una intuición pura. Por eso, los juicios construidos a partir del espacio y el tiempo son a priori. Pero el espacio y el tiempo forman parte de toda experiencia, constituyen su forma. De modo que, los juicios sacados del análisis del espacio y el tiempo dicen algo acerca de la experiencia. En definitiva, del análisis del espacio puro y del tiempo puro se obtiene juicios que, siendo a priori, amplían nuestro conocimiento de la experiencia (por lo que son además sintéticos).

***

Frente a Hume, Kant, etc., Bueno sostiene que todo juicio es sintético, y que, además, el conocimiento no es una mera cuestión de juicios. Vamos a aclarar estas dos afirmaciones por partes:

(1) Un juicio analítico tiene la forma «A = A», por lo que la tradición lo presenta como autoevidente, como la expresión de la propiedad reflexiva (toda cosa es igual a sí misma). Sin embargo, todo juicio es fruto de una construcción; y, por lo tanto, de un proceso de síntesis de lo diverso. Veámoslo tomando como ejemplo el juicio «todo soltero es un no casado». Este juicio nace de establecer una identidad entre dos términos, «soltero» y «no casado» (que significarían lo mismo, serían una versión del A = A). Sin embargo, esta identidad no es inmediata, sino construida. Para establecer esta identidad hay que suponer un universo de discurso, un marco de referencia o contexto. Digamos que hay que suponer una clase tal que incluya a solteros (A) y casados (B). A esta clase la representaríamos así: A U B. Solo podemos realizar la operación A = B (un soltero es un no casado) una vez establecido este sistema de referencia. (Es decir, solo dentro de un universo de discurso que incluya a solteros y casados podemos identificar a los solteros como no casados). Esta operación es, por lo tanto, una conclusión, no un punto de partida, no algo autoevidente. Bueno concluye que los juicios analíticos solo pueden ser entendidos como un caso límite de los juicios sintéticos.

(2) La verdad no es una mera cuestión de juicios porque esta surge a consecuencia de realizar ciertas operaciones con las cosas (con cosas tales como números, triángulos, compases, elementos químicos, células, cromosomas, etc.). Cuando dos o más procesos operatorios confluyen entonces se produce una identidad sintética, una verdad. En los Ensayos materialistas Bueno sostiene que se trata de una identidad sintética porque «aparece a partir de series de algún modo independientes entre sí».

Lo ilustraremos con un ejemplo clásico. Kant sostiene que «7 + 5 = 12» es un ejemplo de juicio sintético a priori. Un juicio en el que el sujeto sería «7 + 5» y el predicado «12». Bueno dice que esta concepción kantiana está presa de la lógica aristotélica y de la concepción aristotélica del juicio. Frente a Kant (y a la concepción aristotélica del juicio) Bueno entiende que aquí se producen dos tipos de procesos que tienen como «predicado» la igualdad. Detrás de 7 + 5 hay una serie de operaciones, detrás de 12 hay otra serie de operaciones, y de ambas concluimos que «confluyen». Dicho de otro modo, tras el guarismo «7» el sujeto da por sentadas una serie de operaciones tales como 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1. Tras el guarismo 5 da por sentadas otra serie de operaciones tales como 1 + 1 + 1 + 1 + 1. Finalmente, estas operaciones entran dentro de otra operación (adicción), que se resuelve en: 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1. Por su parte tras el guarismo 12 entendemos una serie de operaciones tales como 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1. Ambos procesos operatorios, confluyen, pues, en una identidad (identidad sintética porque resulta de la confluencia de lo diverso, de una pluralidad de elementos).

(De hecho, tras la formación del juicio señalado, 7 + 5 = 12, están operando dos tipos de «construcciones»: objetuales y proposicionales. Construcciones objetuales son aquellas en las que ciertas operaciones producen nuevos términos. Construcciones proposicionales son aquellas que resultan de establecer una relación entre términos. Véase &3).

Otros ejemplos de identidad sintética, sacados de ámbitos completamente distintos, pueden ser: cuando en un juicio penal dos testigos confluyen en una misma narración de los «hechos», cuando dos series de experimentos en un laboratorio dan un mismo resultado, etc.

Cuando estas identidades sintéticas implican distintas clases de elementos y distintas operaciones pueden ser denominadas también teoremas. Bueno concibe el teorema como una «configuración compleja» que se construye a partir de componentes más elementales, más simples (un teorema puede ser el teorema de Tales, pero también una definición o un mapa). Una vez concebido así un teorema, una ciencia puede ser definida como un conjunto organizado de teoremas.

***

Podemos plantear aquí un problema: ¿no basta un solo curso operatorio para que se puede hablar de verdad? En el volumen I de la Teoría del cierre categorial, y en otros textos, Bueno pone como ejemplo de construcción de una identidad sintética, el desarrollo del área del círculo. A esa verdad, a esa identidad sintética, se puede llegar a través distintos cursos operatorios, de los que nos vamos a quedar con dos: la «construcción según el sistema de partes triangulares», y la «construcción según el sistema de partes rectangulares». El fruto final de ambos cursos operatorios es el mismo: S = π.r2. Pero ¿no bastaría acaso uno solo de esos cursos para concluir tal verdad? (Pues, de hecho, cada uno de los cursos operatorios por separado ya concluye en una identidad sintética: S y π.r2 son iguales).

Bueno acepta que pueda hablarse de verdad sin referirla a la confluencia de los dos cursos operatorios. Cada curso operatorio ya establece, por sí mismo, una identidad sintética, en la medida en que consiste en un conjunto de operaciones que confluyen entre sí, y con otras operaciones, dentro de un sistema cerrado. Que confluyen entre sí y con otras operaciones quiere decir, entre otras cosas, que no hay contradicciones -que anularían la identidad-, dentro de ese sistema. (En el ejemplo, cada curso consiste en un análisis ejercido sobre redondeles -fenómenos- sobre los que se proyectan operaciones de separación y unión que tienen como resultado que «S» es igual a «π.r2». Estas operaciones y su resultado confluyen y se entretejen, a su vez, con otras operaciones y resultados dentro del sistema cerrado de la geometría).

Ahora bien, toda verdad es, en principio, una franja de verdad. Esto sucede porque la verdad alcanzada puede ser imprecisa (susceptible de alcanzar una precisión mayor en cursos operatorios posteriores). O puede ser definitivamente destruida como consecuencia de ulteriores operaciones.

Una franja de verdad adquiere mayor intensidad (gana verdad, se hace una verdad más espesa, por así decir) cuando otros cursos operatorios distintos confluyen en el mismo resultado. La confluencia de «cursos operatorios» distintos permite que tal franja de verdad adquiera un especial espesor (que se vea especialmente reforzada). Y permite, también, la segregación o neutralización de las propias operaciones: desde un primer procedimiento o curso operatorio se neutraliza o segrega un segundo curso operatorio y desde este segundo el primero. Dicho de otro modo, el primer procedimiento vuelve prescindible, para la verdad obtenida, el segundo, y el segundo, vuelve prescindible el primero; de modo que esa verdad se instaura como un conocimiento «objetivo», independiente de los procedimientos. (Lo que no quiere decir que se pueda alcanzar esa verdad al margen de tales procedimientos, sino que, una vez alcanzada, adquiere un valor «en sí misma», con independencia de cualquier procedimiento concreto). Se puede decir, por todo ello, que la confluencia de cursos operatorios distintos es fuente de identidad sintética, de verdad.

&7

Este proceso de construcción de verdades sintéticas o teoremas que hemos tratado de describir, no se produce, sin embargo, directamente, a partir de un campo gnoseológico. Pues este es, con frecuencia, demasiado indeterminado para que puedan desarrollase sobre él operaciones necesarias con ciertos resultados. Así, por ejemplo, la geometría euclidiana no construye sus teoremas a partir de un plano constituido por puntos y líneas, sino a partir de ciertas figuras desarrolladas en ese plano, tales como triángulos, cuadrados, círculos, etc. Estas figuras, y otros elementos similares que posibilitan la construcción de teoremas, recibirán el nombre de «contextos determinantes» o «armaduras».

Los contextos determinantes o armaduras son ciertos elementos que permiten entretejer operaciones diversas, obteniendo cierres operatorios (y, en último término, cierres categoriales); y que posibilitan, al mismo tiempo, la neutralización del sujeto operatorio (en la medida en que sus resultados pueden ser reproducidos recursivamente mediante el empleo de esos elementos, al margen de cualquier sujeto concreto). Los contextos determinantes pueden estar constituidos por ciertos aparatos (un gnomon, una brújula, un telescopio, un juego de dados, un interferómetro, un acelerador de partículas, una sonda espacial), o por estructuras abstractas (un círculo, un triángulo, el principio de inercia, un plano inclinado, un campo gravitatorio).

Así, el círculo fue empleado en el mundo antiguo para realizar ciertos rituales religiosos, o para medir determinadas tierras, funcionando como un contexto determinado. Pero en el momento en que, en sus Elementos, Euclides describe cómo construir un triángulo equilátero valiéndose de un círculo, un compás y una escuadra, el círculo se ha convertido en un contexto determinante, que permite realizar operaciones que tienen como resultado la obtención de identidades sintéticas o teoremas.

La diferencia entre un contexto determinado y un contexto determinante es que el primero es común a los campos tecnológicos y científicos, y, por ello, inapropiado para establecer relaciones necesarias. Mientras que el contexto determinante está compuesto por términos y relaciones internos a un campo científico concreto, dentro del cual posibilita el establecimiento de relaciones verdaderas entre otros términos.

Aclarado lo que es un contexto determinante y cuál es su función en el desarrollo de identidades sintéticas, podríamos definir un campo categorial como la suma de un conjunto de contextos determinantes y la «masa envolvente» todavía no «cristalizada» u ordenada (que constituiría, por emplear una analogía del propio Bueno, algo así como el ADN basura en las células).

***

Los contextos determinantes se constituyen por una diversidad de vías que son comunes (genéricas) a las diversas ciencias. A estas vías o procedimientos les denominamos modos gnoseológicos.

Por otro lado, existe una diversidad de normas constitutivas que conforman a los términos y a las relaciones de un determinado campo (dentro del cual se configuran, a través de las operaciones de los sujetos, los contextos determinantes señalados). A estas normas constitutivas les denominamos principios (que son propios de cada ciencia y que abarcan el ámbito entero de esa ciencia).

Hemos introducido, así, dos componentes a los que la tradición asigna una función esencial en el desarrollo de la ciencia: los principios y los modos. Por ejemplo, en la geometría de Euclides distinguimos las definiciones, axiomas y postulados (que incluiríamos en los principios), de los problemas y teoremas (que incluiríamos en los modos).

Sin embargo, el origen y la función de los principios y modos son interpretados de distinta manera en la concepción tradicional de la ciencia y en la teoría del cierre categorial. La primera, de carácter mentalista, considera los principios como producto de las funciones del entendimiento, que serían concebir, juzgar y razonar. A partir de estas funciones se desarrollan definiciones, divisiones y demostraciones (unos principios), que tienen como conclusión los teoremas y problemas (unos modos). La teoría del cierre categorial interpreta los principios y modos de otro forma: como elementos que surgen del campo gnoseológico mismo. Veámoslo.

***

Los principios se van decantando cuando ya se han desarrollado contextos determinantes y teoremas. Solo a partir del desarrollo de ciertos teoremas, por mediación de los contextos determinantes adecuados, se pueden poner de manifiesto los principios que están ejercitándose detrás de esos contextos y teoremas.

Así, por ejemplo, Newton no comienza instituyendo sus tres principios o leyes como un ejercicio del entendimiento, a partir de los cuales «deduciría» las configuraciones astronómicas, sino que, partiendo de estas como algo dado, va decantando los principios de la mecánica, que luego tendrá que probar por su eficacia para el análisis de esas configuraciones. (Recordemos los mencionados principios o leyes: (1) Todo cuerpo permanece en estado de reposo o de movimiento rectilíneo uniforme salvo que otros cuerpos actúen sobre él. (2) La fuerza que actúa sobre un cuerpo es proporcional a su aceleración. (3) Toda acción genera una reacción de fuerza igual, pero de sentido contrario).

Desde la teoría del cierre categorial los principios no son interpretados, por lo tanto, como premisas de las que partir, no son «principios» en el orden temporal, sino que deben ser entendidos más bien por similitud con lo que en medicina se entiende por principio activo (la sustancia que está operando en un medicamento para producir un determinado estado o cambio de estado en un organismo).

Dado que los principios son universales, en el sentido de que se extienden a todo el campo de una ciencia determinada, no podemos descubrirlos situándonos exclusivamente en el eje semántico (que es donde situamos a los contextos determinantes). Optaremos por desbordar este eje para encontrar, o reconstruir, los principios de las ciencias desde los ejes sintáctico y pragmático, en tanto estos ejes se crucen con el semántico. Hecho esto, nos encontramos con que:

(1) Desde la perspectiva del eje sintáctico, tenemos: (a) Principios de los términos: son los propios términos primitivos, dados dentro de una clase (enclasados). Como ejemplos podemos señalar a los reactivos «titulados» de un laboratorio químico, la circunferencia en la geometría, o el electrón en la mecánica cuántica. (b) Principios de las operaciones: como ejemplos señala Bueno los postulados de la geometría de Euclides o el principio de Lavoisier (interpretado, no al modo metafísico: «La materia no se crea ni se destruye», sino como un principio de cierre: «La masa, determinada por la balanza, ha de ser la misma antes y después de la reacción»). (c) Principios de las relaciones: como ejemplos señala los axiomas de la geometría euclidiana o las tres leyes de Newton ya mencionadas.

(2) Desde la perspectiva del eje pragmático, tenemos: (a) Principios de los autologismos: [falta ejemplo]. (b) Principios de los dialogismos: como ejemplo se puede poner el de la sustituibilidad entre los sujetos operatorios (un sujeto operatorio ha de poder ser intercambiable por otro en cualquier operación). (c) Principios normativos: como ejemplos podemos señalar los principios de la lógica formal.

***

Dado que los modos son las distintas vías por las que se construyen los contextos determinantes (por la que estos adquieren la condición de tales), y dado que estos se construyen a partir de «términos» y «relaciones», los diversos modos surgirán de las funciones entre términos y relaciones. Estos modos son de cuatro tipos básicos, que pueden subdividirse en otros tipos:

(1) Modelos. Son contextos determinantes o armaduras en los que, a partir de términos del campo gnoseológico se establecen relaciones definidas. Como ejemplo: el sistema solar será modelo para otros sistemas planetarios externos a tal sistema (otros cuerpos orbitando otras estrellas) o internos (satélites -por ejemplo, la Luna- orbitando un planeta -la Tierra-). Considerando, por un lado, que las relaciones pueden ser heterológicas e isológicas (heterológicas son aquellas en las que los elementos relacionados son distintos entre sí; isológicas son aquellas en las que los elementos se relacionan en virtud de una igualdad o semejanza -por ejemplo, la que mantienen los individuos humanos consistente en su semejanza en tanto humanos-), y, por otro, que los términos pueden ser distributivos o atributivos, los modelos pueden subdividirse en estas cuatro variantes:

(a) Metros: son modelos isológico-atributivos. Como ejemplos el ya mencionado sistema solar, o la familia romana como modelo-metro de la cristiana.

(b) Paradigmas: son modelos isológico-distributivos. Como ejemplos pone Bueno la tangente de la curva como paradigma de la velocidad de un móvil, o las superficies jabonosas como paradigmas de fenómenos de difracción.

(c) Prototipos: son modelos heterológico-atributivos. Como ejemplo señala Bueno la vértebra tipo de Oken como prototipo del cráneo de los vertebrados. (Lorenz Oken establecerá por vez primera, en 1807, que el cráneo surge como un conjunto de vértebras modificadas).

(d) Cánones: son modelos heterológico-distributivos. Como ejemplo, el gas perfecto sería modelo canónico de los gases empíricos. (Se define al gas perfecto como aquel cuyas moléculas o átomos no se atraen entre sí y su calor específico -entendido como la energía necesaria para elevar en un grado un kilogramo de masa- es constante).

(2) Clasificaciones. Son contextos determinantes en los que a partir de relaciones se establecerán otros términos. La construcción de estos términos puede ser ascendente o descendente, y las totalidades obtenidas pueden ser distributivas o atributivas, por lo que las clasificaciones pueden ser subdivididas en cuatro variantes:

(a) Taxonomías: son clasificaciones descendentes distributivas. Como ejemplo pone Bueno la clasificación de los poliedros regulares.

(b) Tipologías: son clasificaciones descendentes atributivas. Como ejemplo, los biotipos de Kretschmer. (Kretschmer clasificaba los tipos psicológicos humanos -que vendrían determinados por ciertas características biológicas-, en ciclotímicos, atléticos y leptosomáticos).

(c) Desmembramientos o descomposiciones: son clasificaciones ascendentes distributivas. Como ejemplo las «cortaduras», de Dedekind. (Una cortadura de Dedekind es un subconjunto de números racionales que cumple las siguientes condiciones: (i) Contiene algún número racional. (ii) No contiene todos los números racionales. (iii) Cualquier número racional que sea menor que uno que pertenece al subconjunto pertenecerá a ese subconjunto. (iv) No hay un número último o máximo: es decir, para cualquier número perteneciente a ese subconjunto se podrá encontrar uno mayor que también pertenecerá a ese subconjunto).

(d) Agrupamientos: son clasificaciones ascendentes atributivas. Por ejemplo, la clasificación de los seres vivos en cinco reinos.

(3) Definiciones. En este caso el contexto determinante consiste en procedimientos por los que se forman términos a partir de términos.

(4) Demostraciones. En este caso el contexto determinante consiste en cadenas hipotético-deductivas a partir de las cuales se puedan establecer identidades sintéticas. Como ejemplo, un razonamiento apagógico. (Un razonamiento apagógico es aquel en el que se llega a una conclusión por reducción al absurdo o porque se han descartado -por inviables, incoherentes, etc.- todas las posibles alternativas).

&8

Hemos visto como el cierre categorial determina un campo, un contexto, dentro del cual es posible la obtención de ciertas verdades. A estas verdades se llega mediante ciertas operaciones que se resuelven en la constitución de identidades sintéticas. En el proceso de construcción de tales identidades sintéticas las operaciones del sujeto operatorio quedan neutralizadas, como modo de establecer conocimientos objetivos.

Pero nos encontramos con que, en las ciencias humanas y etológicas, las operaciones realizadas por los sujetos operatorios (seres humanos y, ocasionalmente, animales) forman parte de los términos que componen sus ejes sintácticos. O, visto desde el eje semántico, nos encontramos con que las operaciones constituyen, en sí mismas, los fenómenos de tales ciencias. Por lo que no se pueden «neutralizar» tales operaciones sin suprimir la materia misma de tales ciencias (y, por lo tanto, suprimir su condición de ciencias).

Para enfrentarse con este problema, Bueno introduce dos nuevos conceptos gnoseológicos: los de «metodologías α-operatorias» y «metodologías β-operatorias».

Las metodologías β-operatorias consisten en aquellos procedimientos que incluyen a los sujetos operatorios en el campo de las ciencias. Son consustanciales a las ciencias humanas, pues solo si hay tales sujetos operatorios como términos de una ciencia, formando parte del campo de esa ciencia, pueden existir ciencias «humanas».

Las metodologías α-operatorias son aquellos procedimientos llevados a cabo por las ciencias humanas que, partiendo de metodologías β-operatorias, permiten neutralizar las operaciones de que partían. (Por analogía también se puede denominar así a los procedimientos propios de las ciencias naturales. Aunque, en este caso, no hay neutralización de metodologías β-operatorias anteriores, sino neutralización de las operaciones de sujetos operatorios realizadas sobre elementos que no son, a su vez, operaciones. Dicho de otro modo, en este caso se neutralizan operaciones que son, por decirlo así, «externas» al propio campo de la ciencia de que se trate).

En tanto las ciencias humanas se constituyen como tales (como humanas), incluyendo entre sus fenómenos a las operaciones y entre sus términos a los sujetos operatorios, tendrán que partir de metodologías β-operatorias. Pero, o bien logran la neutralización de tales sujetos y tales operaciones alcanzando la plenitud científica, con lo que perderían, al mismo tiempo, su condición de humanas, o bien mantienen a los sujetos operatorios como términos de su campo, perdiendo su condición de ciencias. Por esa razón las ciencias humanas y etológicas llevan en sí una antinomia interna que las vuelve inestables.

***

Esa inestabilidad, que es consustancial a las ciencias humanas y etológicas, admite distintos estados (distintos grados de equilibrio), que van desde un grado pleno de cientificidad, hasta el abandono del campo científico. Tenemos así:

Estados α1. Partiendo de una metodología β-operatoria, se alcanza una metodología α-operatoria mediante la neutralización completa del sujeto operatorio y de sus operaciones. Esto es, partiendo de ciertas operaciones (fenómenos), realizadas por ciertos sujetos (términos), a través de un regressus, alcanzamos una situación en la que tales operaciones y términos han sido eliminados. Como ejemplo señala Bueno el caso de la reflexología desarrollada por Paulov. Partiendo del análisis de ciertas conductas de algunos animales (por ejemplo, perros) se regresa a la noción de reflejo medular o cortical, que explicaría esas conductas (que quedan reducidas a tales reflejos). Es decir, un fenómeno, que en este caso es un tipo de conducta, es «reducido» a una estructura esencial, en la que el componente «subjetual» desaparece. O, dicho de otra manera, una conducta apotética, que implica distancia y finalidad, es reducida a procesos contiguos y causales. (Véase la definición de apotético en &3).

Este es un caso límite en el que, partiendo de una ciencia etológica, la reducimos a fisiología del sistema nervioso, es decir, a una ciencia natural.

Estados α2. Se trata de aquellas situaciones en las que partimos de operaciones, pero nos centramos en los resultados de esas operaciones (que no son ellos mismos operaciones), a partir de los cuales iniciamos la construcción de conocimiento. La neutralización de las metodologías β de las que partimos se puede producir accediendo a unas estructuras de tipo genérico (α2-I) o de tipo específico (α2-II).

El primer modo (α2-I) se produce cuando las estructuras a las que se llega desbordan el campo de las ciencias humanas y son compartidas por las ciencias naturales (por lo tanto, por las ciencias en general). Un ejemplo de la situación α2-I es el de la conducta de los espectadores encerrados en un estadio en el que se ha producido un incendio. Cada individuo actúa movido por la «decisión» de salir lo más rápidamente -lo más en línea recta- posible. Se trata, por ello, de una conducta proléptica, orientada a fines. Pero el comportamiento del conjunto -con los individuos desviándose por los choques, espacios ya ocupados, etc.- puede ser analizado y descrito con leyes estadísticas similares a las empleadas para describir el comportamiento de un grupo de moléculas en un recipiente que se calienta.

El segundo modo (α2-II) se produce cuando las estructuras a que se llega son específicas de las ciencias humanas o etológicas. Se trata de aquellas situaciones en las que ciertas estructuras solo pueden realizarse a través de la operatividad humana, pero desarrollan un tipo de conexiones a una escala en la que ya no intervienen las operaciones humanas. Un ejemplo de la situación α2-II es la evolución de las estructuras lingüísticas (por ejemplo, el sistema vocálico indoeuropeo). También podríamos incluir aquí las «ciencias de la cultura» (así la antropología inspirada por el materialismo cultural).

Estados β1. En este estado las operaciones de las que partimos aparecen determinadas por otras operaciones o estructuras. Pero, de modo similar a lo que sucedía con α2, estas operaciones pueden ser determinadas de dos modos, un modo genérico 1-I) y un modo específico 1-II).

El primer modo 1-I) incluye disciplinas que se rigen por el conocimiento del objeto cuando este conocimiento se obtiene regresando al proceso de su construcción. (Ateniéndose al principio, ya establecido por Vico, de que solo podemos entender lo que producimos nosotros, verum est factum). Un ejemplo histórico de este proceder son ciertos modelos astronómicos antiguos, que conciben el orden cósmico (reducido al sistema solar) como un artefacto construido por un diseñador inteligente, un demiurgo. Desde posiciones científicas actuales se pueden tomar como ejemplos de este tipo de procedimientos los desarrollados por ciertas partes de algunas ciencias -por ejemplo, la historiografía- que operan a partir de reliquias cuyo conocimiento exige su «reconstrucción».

El segundo modo 1-II) las operaciones aparecen determinadas directamente por otras operaciones (sin la mediación del objeto). Aquí una conducta de un primer sujeto viene determinada por la de un segundo sujeto, ya ejercida o que se va a ejercer, con la que se cuenta; la cual desencadenará una respuesta en el primer (o un tercer) sujeto, etc. Como ejemplo de disciplina «científica» que encaja en esta forma de proceder podemos incluir la teoría de los juegos. La diferencia esencial con los estados β1-I reside, sobre todo, en que aquí no hay un punto de vista enteramente objetivo, pues las conductas parten de una posición «partidista». Es decir, en el juego (por ejemplo, ajedrez) no hay un jugador que pueda situarse en una posición neutral (que pueda conocer todas las jugadas de antemano, que posea un conocimiento «universal»), pues con ello el juego dejaría de ser tal. Un jugador puede llevar la iniciativa, y determinar en mayor grado la conducta del otro con sus decisiones, pero nunca puede prever de manera absoluta las respuestas.

Estados β2. En este estado, las operaciones de las que partimos no solo no se eliminan de los resultados finales, sino que aparecen en estos como tales operaciones (como planes, decisiones, estrategias, etc.). Son las situaciones propias de la jurisprudencia, la política económica, etc., que, aunque se apoyen en conocimiento científico, en sí mismas son puro ejercicio de prudencia, de praxis. Es el otro caso extremo (la antítesis de α1, por así decir), en el que las ciencias humanas dejan, definitivamente, de ser ciencias para convertirse en praxis o tecnología.

&9

En Nota sobre las seis vías de constitución de una disciplina doctrinal (2002), Bueno introduce un sistema para clasificar los modos a través de los cuales se puede generar una disciplina nueva, que puede ser, o no, una disciplina científica. Para ello, parte de dos criterios: tomar como referencia el modo de surgimiento de esa disciplina nueva y tomar como referencia el orden de la novedad.

(1) Según el primer criterio tenemos dos modos diferentes para explicar el surgimiento de una disciplina: (a) Por «desprendimiento» de algún componente (parte determinante, parte integrante, especie, etc.) de una categoría dada. (b) Por «incorporación» de contenidos de algunas categorías en otra dada.

(2) Según el segundo criterio podemos encontrar tres tipos de novedad bajo los que puede surgir la nueva disciplina: (a) Se mantiene dentro del campo de la precursora. (b) Desborda el campo de la disciplina precursora. (c) Supone una reorganización de las disciplinas precursoras.

Cruzando dos criterios tenemos seis vías para la constitución de una disciplina (que puede o no ser una ciencia categorial).

En esquema:

TIPOS DE

NOVEDAD

MODOS DE

SURGIMIENTO

NO DESORDA EL CAMPO PRECURSOR

DESBORDA EL CAMPO PRECURSOR

REORGANIZACIÓN DE DISCIPLINAS PREVIAS

DESPRENDIMIENTO

(1) Se constituye por segregación interna

(3) Por intersección de categorías o disciplinas

(5) Por reorganización de las disciplinas de referencia

INCORPORACIÓN

(2) Se constituye por segregación oblicua

(4) Por invención de un campo nuevo

(6) Por inflexión desde materiales anteriores

Exponemos y analizamos ahora esas seis vías para la constitución de una disciplina:

(1) Por «segregación interna». Se da cuando se produce un «desprendimiento» consistente en la segregación de alguna parte de la categoría de partida con respecto al resto de las partes. Así, partiendo de la biología general se pueden segregar ciertas disciplinas específicas que «que requieran terminología, métodos [o] aparatos característicos» . Otro ejemplo señalado por Bueno es la segregación (que se produce a partir de Laplace) de las teorías mecánicas centradas en los corpúsculos con respecto a la mecánica de Newton.

(2) Por «segregación oblicua». Cuando hay «incorporación» de algún campo externo en una categoría dada. Como ejemplo, cuando «la teoría geométrica de los poliedros se aplica a los cristales, para dar lugar a una cristalografía geométrica».

(3) Por «composición o intersección de categorías (o de disciplinas)». Cuando el «desprendimiento» es consecuencia de un regressus de categorías precursoras que confluyen en un campo envolvente. Como ejemplo, el regressus desde las disciplinas zoológicas y botánicas da origen a la teoría celular, que será luego el fundamento de la biología general. O la confluencia de la aritmética con la geometría para dar lugar a la geometría analítica.

(4) Por «descubrimientos o invenciones de un campo nuevo». La «incorporación» consiste «en la aplicación de categorías preexistentes a alguna invención tecnológica o a algún descubrimiento de hechos hasta entonces desconocidos». Como ejemplos señala Bueno el electromagnetismo y la termodinámica con respecto a la mecánica de Newton.

(5) Por «reorganización-sustitución del sistema de disciplinas de referencia». El «desprendimiento» consiste en este caso en la demolición de algunas categorías cuyas partes pueden ser reorganizadas en un campo nuevo. Como ejemplo, el surgimiento de la sociología con Comte, convertida en una física social que sustituye a la psicología.

(6) Por «inflexión», a partir de materiales anteriores. La «incorporación» consiste ahora en que la intersección de categorías dadas produce una inflexión en alguna de ellas, de modo que determine de algún modo a campos o categorías previas. Como ejemplo señala Bueno la electroforesis, surgida cuando la proyección de estructuras biológicas en un campo electromagnético, al refluir permite explicar ciertos comportamientos de los tejidos vivos, o la bioética.

&10

Finalizaremos este apartado señalando, a modo de resumen, que de la teoría del cierre categorial se desprenden algunas importantes consecuencias:

 (1) Existen múltiples ciencias que no pueden ser reducidas a una única, o a un tronco común del que se derivarían el resto. Por lo tanto, se rechazan planteamientos como el cartesiano, que concibe el conocimiento como un árbol, cuyas raíces serían la metafísica, el tronco la física y las ramas las demás ciencias. También se rechazan planteamientos como el ideal de la ciencia unificada del neopositivismo.

(2) Se rechaza la idea de que el mundo es un todo armónico, que puede ser conocido en su totalidad a través de las ciencias, cada una de las cuales se dedicaría, por decirlo así, a roturar una parcela de ese mundo. Por el contrario, las ciencias tienen zonas de conflicto, de modo que las construcciones científicas pueden ser incompatibles a diversos niveles. Así, hay construcciones de la mecánica cuántica incompatibles con la física relativista; el desarrollo de un experimento nuclear (por ejemplo, una bomba atómica sobre el atolón de Mururoa) puede ser incompatible con el estudio biológico de las formaciones de coral de los alrededores, etc. Es más, puede haber desarrollos científicos incompatibles con la existencia general de vida en la Tierra.

(3) El conocimiento científico se da a escala humana y está limitado por esa escala. Es decir, se da siempre a escala de un sujeto operatorio. Y por eso, cualquier conocimiento tiene que reducirse, en último término, al conocimiento que puede obtener un sujeto que manipula la realidad con sus manos, con las que construye aparatos que la transforman adaptándola a su propia escala operativa.

(4) No es posible un conocimiento del «todo». En primer lugar, porque, como hemos dicho, el conocimiento funciona siempre a escala de un sujeto operatorio. Pero, en segundo lugar, por ser lógicamente imposible. Un «mapa» del todo exigiría incluir en ese todo el propio mapa, que tendría que incluir el propio mapa, y así hasta el infinito.

 

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