10.LA FILOSOFÍA POLÍTICA

10.1. El campo de la filosofía política

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En el Primer ensayo sobre las categorías de las «ciencias políticas» (1991), Bueno trata de reconstruir y deslindar el ámbito de la filosofía política. Esta tiene como contenidos tanto a las estructuras políticas construidas históricamente como a los saberes políticos. Entre estos últimos incluimos los saberes políticos ejercitados (por los profesionales de la política, por los gobernados o súbditos, etc.), las ciencias políticas (tales como la antropología política, la sociología política, el derecho político, la teoría del Estado, la teoría de los juegos, la aritmética electoral, etc.), la filosofía política (en la que podemos incluir textos célebres como República, de Platón, Política, de Aristóteles, El príncipe, de Maquiavelo, Sobre las leyes, de Suárez, Leviatán, de Hobbes, El contrato social, de Rousseau, La filosofía del derecho, de Hegel, etc.), la teología política (que tiene como paradigma La ciudad de Dios, de Agustín de Hipona, y en la que hay que incluir la teología de la liberación, desarrollada en pleno siglo XX) y la historia del pensamiento político.

Bueno critica las pretensiones científicas de las ciencias políticas, en la medida en que tales ciencias no logran «cerrar» su campo. Pero critica también toda pretensión de establecer conocimientos espontáneos, intuitivos, sapienciales, místicos, ideológicos, etc., dados al margen de cualquier sistematismo racional. Su objetivo es construir un sistema de Ideas (con aquellas Ideas que se cruzan en el campo político) racionalmente trabadas.

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Para mostrar la constitución del campo político desde una perspectiva filosófica comenzaremos tratando de establecer una definición de sociedad política. Pero se trata de establecer una definición que muestre la construcción (el núcleo, el cuerpo y el curso) del propio concepto, que se llevará a cabo a partir de su inserción material (recordemos que siempre operamos in media res). Para ello, Bueno echa mano de un tipo de definición procesual, lo que denomina definición nuclear. Recordemos que definiciones nucleares son aquellas que comienzan determinando el núcleo de la estructura a definir, el cual se obtendrá a partir del género radical por anamórfosis. (Ver concepto de definición nuclear, género radical y anamórfosis en apartado 3., &3).

Dado que las sociedades humanas proceden de las sociedades animales, tomaremos a estas como géneros radicales. Llamaremos sociedades naturales a aquellas sociedades humanas que comparten características estructurales con las sociedades animales (tales como la convivencia, la dominación) y que carecen, todavía, de estructuras políticas. Tales sociedades naturales se diferencian, no obstante, de las sociedades animales por la racionalidad constitutiva de la condición humana. Entendiendo la racionalidad como la actividad de un sujeto corpóreo dotado de manos y lenguaje, que construye un mundo a esa escala operativa.

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Las sociedades naturales son múltiples (bandas, hordas, tribus). Pero, para analizarlas, las situaremos en un espacio antropológico (constituido por un eje circular, un eje radial y un eje angular -véase 6.1., &2-) dentro del cual determinaremos esas operaciones racionales constitutivas de lo humano:

(1) Desde la perspectiva del eje circular una sociedad natural aparece como una totalidad atributiva, constituida de partes materiales y partes formales. La determinación de cuáles son partes materiales y cuáles son partes formales dependerá de la teoría política desde la que operemos. Así, los contractualistas consideran a los «individuos» humanos como partes formales elementales de la sociedad humana. Bueno considera, por el contrario, que la descomposición del todo social en sus partes constitutivas remite a clases con unos patrones específicos de conducta: «varones adultos», «mujeres adultas», «hermanos de la madre», etc.

Que la sociedad aparezca como una «totalidad atributiva», como un «todo» organizado, no debe llevarnos a sustancializar o hipostatizar ese todo. Es decir, no podemos partir de ese todo como principio de sí mismo, como un todo que se autoorganizase, que se autodeterminase. De modo que, si hay todo, y si, como tal, está organizado, tendrá que ser por la acción de algunas de sus partes sobre otras. Lo que significa que algunas partes son capaces de representarse el todo social como objetivo de su actividad proléptica teleológica. (Recordemos que Bueno emplea el término prolepsis para referirse a conductas orientadas a fines, teniendo en cuenta que toda actividad futura, toda prolepsis, está determinada por un recuerdo, por una anamnesis). A esta actividad de algunas de las partes que tienen como objetivo proléptico el todo social la denomina Bueno control social específico. Un ejemplo de este tipo de acción puede ser la decisión de un grupo dirigente de limitar el crecimiento de la población mediante el infanticidio femenino.

(2) Desde la perspectiva del eje radial la sociedad natural aparece inmersa en un entorno natural, en el que podemos encontrar una diversidad de materiales utilizables directamente o mediante procesos de transformación (materiales tales como bosques, plantas, tierras, lagos, ríos, animales, etc.).

(3) Desde la perspectiva del eje angular toda sociedad natural aparece inmersa entre sujetos que no pertenecen a esa sociedad, tales como númenes, dioses, y, eventualmente, otros seres humanos.

Estas perspectivas lineales -tal como las hemos presentado a partir sucesivamente de los tres ejes del espacio antropológico-, son abstracciones, dado que cada una se entrecruza constantemente con las restantes, configurando la estructura interna de la sociedad. La sociedad natural puede ser definida, por ello, como la convergencia de diversas partes merced a que unas ejercen funciones de control social sobre otras. La divergencia en la sociedad natural, cuando existe, es solo individual, y sobre ella recae todo el peso coactivo de la estructura social.

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Cuando la sociedad natural alcanza cierto grado de desarrollo pueden aparecer en su seno divergencias objetivas entre sus partes. Puede suceder, por ejemplo, que un grupo tenga planes o programas incompatibles con los del grupo dominante. Es entonces cuando se produce un proceso de desestructuración de esa sociedad que puede llevar a su disolución, a su reestructuración en una sociedad natural diferente, o a una reestructuración por anamórfosis que dé origen al núcleo de una sociedad política. Este núcleo surgirá a partir de los componentes de la sociedad natural de procedencia, organizados de un modo distinto. Para esta nueva organización es necesario que una parte, desprendida de la sociedad anterior, esté dotada de la capacidad para conformar la totalidad de la sociedad política.

A la capacidad de esa parte, o partes, para influir en las demás, para causar en ellas la ejecución de sus planes y proyectos, le denominamos poder político. Y a la buena constitución de la unidad resultante del ejercicio de ese poder le denominaremos eutaxia. (El término eutaxia procede del griego eu -que significa bien, bueno-, y taxis -que significa orden, regla-, por lo que su significado literal es el de «buena forma» o «buen orden». Gustavo Bueno emplea ese término para referirse a la «buena conformación» de una sociedad, y, en especial, de una sociedad política; una buena conformación que le permitirá perdurar y resistir los diversos avatares).

Llamaremos capas del cuerpo político a la forma que adoptan los tres ejes del espacio antropológico reducidos a los componentes que tienen una función política. Tenemos así la capa conjuntiva (correspondiente al eje circular), la capa basal (correspondiente al eje radial) y la capa cortical (correspondiente al eje angular). A partir de estas tres capas analizaremos los componentes políticos rudimentarios de las sociedades naturales y los componentes estrictamente políticos de las sociedades políticas. (Expondremos con más detalle el concepto de capas del cuerpo político en &4).

Una vez en posesión de estos nuevos conceptos, podemos concebir el núcleo de una sociedad política como el ejercicio del poder, mediante el cual, una parte de la sociedad política pone en marcha y hace girar en torno suyo a las otras partes de las diferentes capas del cuerpo político de la sociedad que reorganiza.

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Las sociedades políticas, cambian, evolucionan, se transforman. Al conjunto de transformaciones y discontinuidades que atañen a una sociedad le denominamos su curso. Para su análisis necesitamos un criterio o referente desde el que hablar. Bueno encuentra este criterio o referente en el Estado. Aclaremos que el concepto de Estado no es sinónimo del concepto de sociedad política (pues cabe pensar en sociedades políticas sin Estado o post-estatales). Pero con la Idea de Estado como referente podemos organizar el curso de la sociedad política en tres fases:

(1) Fase primaria: desarrollo de las sociedades políticas anteriores al Estado, pero conducentes a él.

(2) Fase secundaria: sociedad política y Estado se identifican, se superponen, en todo el ámbito planetario.

(3) Fase terciaria: se produce una multiplicación de las relaciones políticas que desbordan el ámbito estatal.

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La fase primaria es la situación en la que se encuentran aquel tipo de sociedades que, por ser políticas, son ya sociedades de segundo orden, reorganizadas a partir de sociedades naturales, pero carentes todavía de un Estado propiamente dicho. Las sociedades políticas primarias son cuerpos políticos que constan de dos capas: la capa basal y la capa conjuntiva.

La capa basal procede de la sociedad natural, y está constituida por elementos no humanos, tales como el territorio, los bosques, los animales y vegetales en tanto materiales aptos para consumo, los ríos, los lagos, etc. (Conviene recordar que estos elementos naturales forman parte de la capa basal en tanto pueden ser utilizados por esas sociedades políticas. Así, la existencia de wolframio en el territorio de una sociedad altomedieval no constituirá un elemento de su capa basal).

La capa conjuntiva está constituida por los seres humanos y sus relaciones en tanto estas tienen como objetivo el mantenimiento de la propia sociedad. Esta capa surge cuando, en el seno de la sociedad natural, aparecen divergencias que propician la formación de un grupo hegemónico capaz de percibir las exigencias eutáxicas de la sociedad en su conjunto (esto es, las exigencias de una determinada conformación que permita la persistencia de tal sociedad). Estas exigencias consisten sobre todo en una reestructuración de la capa basal (que posibilite un aumento de la producción) unida a la aparición de individuos especializados en esta reestructuración (recaudadores de impuestos, soldados que mantienen el poder coactivo directo, etc.). Aparecen así la institucionalización de las rivalidades políticas y de la jefatura política -con una incipiente burocracia-, la división del trabajo, etc.

Estas sociedades políticas primarias se han desarrollado bajo dos modelos:

(1) Uniarquías: se trata de sociedades de jefatura política (en las que una figura de autoridad controla algunos aspectos relacionados con la administración de lo común) organizadas sobre una única sociedad natural. Como ejemplo señala Bueno las sociedades de jefatura teocrática, tales como el Egipto de los periodos badariense y predinástico, del IV milenio a. C.

(2) Protoestados: sociedades de jefatura política organizadas sobre más de una sociedad natural. Los protoestados se constituirán normalmente a partir de uniarquías por fusión, por expansión hacia otras uniarquías o sociedades naturales, etc. Como ejemplos señala Bueno el Imperio antiguo del III milenio a. C., resultado de la conquista del Bajo Nilo por la jefatura teocrática asentada en el Alto Nilo; y la sociedad china de la dinastía Chang, del II milenio a. C.

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Para que las sociedades políticas primarias se conviertan en sociedades políticas secundarias hace falta la aparición de un tercer componente: la capa cortical, constituida por aquellos contenidos del eje angular del espacio antropológico reorganizados en función de las necesidades políticas. Recordemos que el eje angular da cuenta de las relaciones de los seres humanos con aquellos seres no humanos dotados de inteligencia y voluntad, tales como númenes y dioses -y también, ocasionalmente, aquellos seres humanos ajenos a la comunidad de referencia-. Esa relación adquiere una dimensión política cuando algunos seres humanos, organizados en sociedades primarias, entran en relación con otros seres humanos organizados en otras sociedades primarias, apareciendo como unidades mutuamente enfrentadas (en el sentido de que no se dejan absorber unas por las otras, lo que las mantiene en situación, potencial o abierta, de guerra). Las sociedades enfrentadas reaccionan desarrollando una trama de naturaleza militar, encargada de mantener ese «enfrentamiento», y a la que denominamos capa cortical (que se añadirá a las capas basal y conjuntiva). Es, en ese momento, cuando aparece el Estado propiamente dicho.

Este enfrentamiento, esta codeterminación que da origen y mantiene a los Estados, hace que las sociedades políticas se globalicen, se constituyan en un «ámbito esférico». (Al igual que una esfera, presentan una superficie interior -la acción del poder dirigida hacia el propio cuerpo político, hacia la totalidad de ese cuerpo político-, y una superficie exterior -la acción del poder dirigida hacia los otros Estados y cerrada frente a otros Estados-). A partir de ese momento comienza a fraguarse el concepto de soberanía.

Cada reino o esfera empieza a concebirse (al menos desde su parte dirigente) como un proyecto eutáxico temporalmente indefinido. Esto es, comienza a concebirse como proyectándose hacia «adelante», hacia el futuro, y también hacia el pasado (reapropiándose de ese pasado). Y eso solo puede suceder con el desarrollo de la escritura, ya que solo con la escritura se pueden fijar tradiciones de un modo preciso, y proponer normas, leyes, para ese futuro indefinido. De ahí la vinculación entre la escritura y la existencia del Estado.

El Estado se constituye como una sociedad internamente ilimitada en el tiempo y externamente limitada en el espacio. Pero este límite externo no nace de la «naturaleza» de la propia sociedad, sino de la imposición de otros Estados, por lo que todo Estado tiende al desbordamiento de esos límites. (Por eso la creación de los Estados comporta, en sí misma, una contradicción).

El origen del Estado había sido explicado tradicionalmente como consecuencia de una evolución interna de la sociedad natural. Bueno introduce la necesidad de la codeterminación externa. Así, por ejemplo, Engels sostenía que el Estado surge como un sistema de represión para mantener el poder de la clase propietaria tras la aparición de la propiedad privada en el seno de las sociedades naturales. La interpretación de Bueno muestra, por el contrario, que el Estado tiene un papel determinante en la creación de la misma propiedad privada. En primer lugar, porque el Estado, al reservarse para sí un territorio, se lo apropia, lo privatiza, frente a los derechos e intereses que pudieran tener otros Estados. (A esto llama Bueno apropiación originaria). Esto es, el Estado se convierte en un «recinto privado» en relación con el carácter público del territorio origen. Pero, además, el Estado conforma, en el plano legal, la propiedad privada existente; y, al facilitar el aumento de la producción y la acumulación de riqueza, crea propiedad privada.

 (En España frente a Europa, Bueno analiza los conceptos de nación e imperio, que se desarrollan en conexión con la formación y despliegue de los Estados. Véase 10.3., &5 y &6. Asimismo, en El mito de la izquierda mostrará cómo el Estado del Antiguo régimen se reconfigura como nación política. Véase 10.5.1., &2 y &3).

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Dado que partimos del carácter dinámico de toda sociedad política, y en especial de las sociedades de la fase secundaria, tiene sentido, desde un punto de vista lógico, postular un desarrollo post-estatal de las sociedades. La idea de una sociedad post-estatal podría adoptar dos formas de desarrollo: como la idea de una sociedad post-estatal en sentido absoluto, y como la idea de una sociedad post-estatal en sentido «correlativo».

(1) En sentido absoluto se trataría de la idea de una sociedad desarrollada globalmente con posterioridad, tanto temporal como estructural, a la sociedad de segunda fase, y que resultaría de la desestructuración de los Estados surgidos en esta fase. Podemos plantear dos modos lógicos por los que se podría producir la desestructuración y disolución de los Estados en una sociedad post-estatal: (a) Mediante una fragmentación sucesiva de los Estados que llevaría finalmente a su disolución (tal como parece sugerir el proyecto de la «Europa de las regiones»). (b) Mediante una federación o confederación paulatina de Estados, que culminaría, en el límite, en la constitución de un Estado universal.

(2) En sentido «correlativo» estaríamos hablando de formaciones sociales parciales posteriores al Estado pero que no implican la desestructuración de este (que pueden implicar eventualmente incluso su reforzamiento). En este caso el «post» hace referencia a la necesidad de la aparición de las formas estatales para que puedan surgir, a partir de ellas -superponiéndose a ellas, correlativas con ellas-, formas trans-estatales, que no abolen, sin embargo, a los Estados.

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Tendríamos así: una alternativa aestatal, una alternativa supraestatal, y una alternativa transestatal.

(1) La sociedad aestatal implica el debilitamiento paulatino del Estado, que podría tener lugar de varias formas: (a) Al modo marxista-leninista: la liquidación del Estado capitalista llevará consigo la instauración de la sociedad comunista en la que la administración de las personas será sustituida por la administración de las cosas. (b) Al modo anarquista: se produce una balcanización de los Estados paralela a la pérdida de sus funciones y capacidades que serían ejercidas por otros elementos, con la disolución final de toda forma estatal. Las competencias del Estado se traspasan a organizaciones civiles o profesionales.

Quienes defienden estas propuestas apelan a que, con la disolución de los Estados, se produciría la disolución de las divergencias formales objetivas que han aparecido con su creación. Quedarían, acaso, como en las sociedades naturales, divergencias subjetivas, que podrían ser tratadas por vía psiquiátrica. Bueno considera, sin embargo, que esta suposición es gratuita. Pues, como hemos visto, han sido precisamente las divergencias objetivas nacidas en la sociedad natural las que han engendrado el Estado.

(2) La idea de una sociedad supraestatal es desarrollada ya por los estoicos, bajo su noción de «cosmópolis». En este caso los Estados se desestructurarían para su integración final en un Estado universal único. Tal «Estado», ya no tendría un «exterior», por lo que la capa cortical carecería de sentido y se reabsorbería en las otras. Con ello la concepción del Estado de la segunda fase desaparece. Sin embargo, no desaparecería la política, que se concentraría en un órgano de control único, universal y casi omnipotente.

(3) La fase transestatal partiría del mantenimiento de los Estados de la segunda fase, al mismo tiempo que se desarrollan en su seno formaciones que los desbordan y que pueden ejercer la coacción política a través de los propios aparatos estatales de control político. Entre estas formaciones transestatales podemos incluir a sociedades industriales o financieras de carácter multinacional, partidos políticos de extensión internacional, tribunales de justicia internacionales, asociaciones interestatales de municipios, etc. Estas formaciones irían permeando paulatinamente a los Estados haciéndolos evolucionar, probablemente, hacia una fase supraestatal (esto es, una fase post-estatal en sentido absoluto).

Los dos modelos de sociedad estrictamente post-política (post-política en sentido absoluto) que hemos mostrado, la aestatal y la supraestatal, no suponen modos de organización social totalmente novedosos, sino una especie de «refluencias» (es el término que emplea Bueno) de fases anteriores. Así, el modelo de sociedad aestatal puede ser visto como una refluencia de las sociedades naturales preestatales, o acaso de sociedades animales (algo similar a una sociedad de insectos). Mientras que el modelo de sociedad supraestatal puede ser visto como una refluencia de sociedades de la fase primaria; como la reaparición, en una fase avanzada del desarrollo social, de las uniarquías, de las sociedades de jefatura (aunque ahora se trataría de una jefatura única, universal).

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Tras mostrar la construcción del núcleo de la sociedad política, y el desarrollo de su curso, Bueno plantea, ahora, si la vida política se reduce a la actividad de ese núcleo.

Dado que el análisis del curso, y especialmente del núcleo, de las sociedades políticas lo hemos desplegado en el eje circular del espacio antropológico, el problema señalado admite ser planteado de otra forma: se trataría de decidir si la vida política puede reducirse a determinaciones dadas en el eje circular del espacio antropológico o forman parte esencial de la vida política también ciertos contenidos dados en el eje radial y angular. Las posibles respuestas podrán plantearse así:

(1) La vida política se reduce en lo esencial al núcleo de la sociedad política, que hemos situado en el eje circular. Se reduce, por lo tanto, a cierto tipo de relaciones de seres humanos con seres humanos. (Por ejemplo, relaciones de dominio).

(2) La vida política incluye otros contenidos, que pueden estar dados en el eje radial, angular y aquellos contenidos situados en el circular no abarcados por el núcleo. A estos contenidos les denominaremos cuerpo de la sociedad política.

Someteremos a análisis la idea (de momento vaga, un preconcepto) de cuerpo de la sociedad política. El desarrollo del concepto de cuerpo de la sociedad política nos mostrará que: (a) El cuerpo de la sociedad política es un componente esencial de la vida política. (b) La vida política tiene, no obstante, un campo propio, independiente de otras realidades sociales. No es un mero epifenómeno o superestructura al servicio de las «auténticas realidades», como la economía, la religión, la ecología, etc. (Puede encontrarse aquí otra crítica al marxismo clásico, dentro de ese intento de «darle la vuelta a Marx», que Bueno inicia ya con su tesis de la apropiación originaria, que hemos explicado en el parágrafo anterior).

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Para someter a análisis (mostrando sus límites y caracterización general) el cuerpo de la sociedad política, necesitamos analizar la morfología general del sistema político. Tras descartar la vía empírica (que no nos conduciría a una caracterización general) y la vía deductiva (que tendría que partir de una caracterización general de «sistema», que no poseemos, para descender a la caracterización de «sistema político») Bueno emplea la vía analógica para tal cometido.

La vía analógica parte de un modelo que sirve de referente. Esta vía la consideraremos válida siempre que estemos dispuestos a aceptar las rectificaciones necesarias con respecto al modelo original para ajustarnos a la realidad analizada. Es la vía que emplea, por ejemplo, Bohr, cuando desarrolla su concepto de átomo partiendo de la analogía con un sistema solar e introduciendo las rectificaciones oportunas a medida que construye ese concepto. Bueno analizará la idea del sistema político empleando la analogía con el funcionamiento del sistema científico (tal como aparece desarrollado en la teoría del cierre categorial).

Una vez establecido el modelo para ese análisis analógico, continuaremos recordando que el campo de la ciencia está compuesto por un eje sintáctico (que incluye términos, relaciones y operaciones), un eje semántico (que incluye fenómenos, referencias fisicalistas y estructuras esenciales), y un eje pragmático (que incluye autologismos, dialogismos y normas).

Aplicados estos ejes para determinar el campo científico general (véase 5, &3) pueden plantearse ciertas dudas, como la de sí tiene sentido un eje sintáctico independiente de un eje semántico. Veamos cuál es el problema:

En las ciencias tradicionalmente denominadas «formales» (que, desde la perspectiva del materialismo filosófico, tienen como contenidos materialidades terciogenéricas), los símbolos son, como en la lingüística, contenidos de su campo. Pero aquellas ciencias que tienen como contenidos «materialidades primogenéricas» pretenden operar con «objetos», y solo de un modo derivado o indirecto con símbolos. Por lo que, en estas ciencias, el eje sintáctico parecería sobrar. Ahora bien, no se puede determinar cuándo algo se constituye como un objeto de una ciencia con independencia de su formalización sintáctica. Por ejemplo, la química trata con objetos, y no con símbolos. Pero para determinar cuándo algo es un «objeto» de la química, es necesario recortar una parte formal de la realidad, diferenciándola de otras partes formales, en conexión con las cuales, y frente a las cuales, se define, hasta constituir un campo cerrado (en el que queda establecido qué componentes son partes formales de la química y qué componentes no lo son). Esta conexión de partes formales con otras partes formales constituye la perspectiva sintáctica. Pero estas partes formales no se recortan en el vacío, sino que están, a su vez, concatenadas a realidades que desbordan el propio campo. Y esta es la perspectiva semántica. (Así, el NaCl aparece sintácticamente diferenciado como una parte formal de la química, compuesta de otras partes y en conexión, que puede ser de contraposición, con otras. Pero remite, semánticamente, a una realidad que desborda el campo de la química, para formar también parte del campo gastronómico, sanitario, etc.).

Tenemos, entonces, dos situaciones que será preciso tener en cuenta: la de ciencias tales como el álgebra, para la que las partes formales dadas en el eje sintáctico constituyen sus contenidos. La de ciencias como la química, en las que la parte sintáctica remite a la semántica; pues las partes formales, dadas en el eje sintáctico, solo son tales partes porque recortan contenidos dados fuera de ese eje (y que desbordan el propio campo de la química).

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Aclaradas estas cuestiones vamos a someter a análisis el cuerpo político empleando como modelo la teoría del cierre categorial:

(1) En el eje pragmático (que podemos considerar el eje de los «sujetos»), tenemos a los sujetos políticos; entre los cuales incluiremos no solo a la «clase política» sino también a los «súbditos».

(2) En el eje semántico (que podemos considerar el eje de los «objetos»), tenemos tanto contenidos circulares (sujetos humanos), como radiales (elementos económicos), y angulares (componentes religiosos).

Aquí se puede plantear el problema de los límites de la praxis política, el problema de la demarcación entre praxis política y otros tipos de actividad social. Las dos posiciones extremas serían:

(a) Aquella que parte de que la praxis política determina enteramente las operaciones dadas en el espacio antropológico, con lo que estaríamos ante lo que podríamos llamar un «Estado totalitario», que Bueno considera un imposible, en todo caso, una idea límite.

(b) Aquella que considera la praxis política como un mero epifenómeno sobreañadido a la realidad social. En este caso el Estado aparece concebido como un mero gendarme, cuyas funciones quedan reducidas a intervenir puntualmente en una sociedad -que de suyo funciona espontáneamente- para corregir obstáculos. Podríamos incluir aquí a los minarquistas. Esta hipótesis también es descartada porque: (i) Partir de que sin la intervención del Estado la sociedad funcionaría espontáneamente es enteramente arbitrario. No podemos saber si eso es así dado que, a partir de cierto nivel de desarrollo, la sociedad se ha desenvuelto dentro del orden establecido por un Estado. (ii) ¿Quién define, o cómo se define, lo que no funciona en un momento dado para hacer intervenir el Estado?

(3) En el eje sintáctico (que podemos considerar el eje de los signos -que, en el campo de la ciencia, hemos entendido como partes formales que se constituyen como tales en relación con otras partes formales hasta cerrar un campo-), situamos el eje circular, en el que se encuentra el núcleo de la sociedad política. El eje sintáctico está compuesto por términos, relaciones y operaciones. Pero si situamos aquí el núcleo (que, según la organización del espacio antropológico, se constituye en el eje circular -el eje que trata de relaciones de seres humanos con seres humanos-), entonces las operaciones habrá que entenderlas como operaciones de sujetos -políticos- sobre otros sujetos. Estos sujetos sobre los que se realizan las operaciones políticas son sujetos operatorios (que operan en los ejes circular -en tanto se relacionan con otros seres humanos-, radial -en tanto se relacionan con seres no humanos: naturaleza e instrumentos culturales- y angular -en tanto se relacionan con númenes, dioses, y, ocasionalmente, seres humanos ajenos-).

Tenemos, entonces, dos tipos de operaciones: las operaciones políticas que son operaciones realizadas por sujetos políticos sobre otros sujetos; y las operaciones de los sujetos operatorios (que son operaciones de diverso tipo y con diversas finalidades realizadas por sujetos sobre otros sujetos, sobre la naturaleza y el «mundo de la cultura», y sobre los númenes, dioses, etc.). Por lo que, las operaciones políticas adquieren tal carácter (el de «políticas») en la medida en que repercuten sobre las operaciones de los sujetos operatorios. Esto es, las operaciones políticas son operaciones de segundo grado.

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A la pregunta con la que iniciábamos este apartado (la de si la vida política es, o no es, independiente de otros componentes de la realidad social o cultural), podemos dar, ahora, dos tipos de respuestas, que denominaremos «formalismo político» y «materialismo político».

(1) Llamamos formalismo político, por analogía con el funcionamiento de las ciencias «formales», a aquella concepción de la política que reconstruye los contenidos de esta en el eje sintáctico. Es decir, que reduce la política a su núcleo, situado en el eje circular, convertido en contenido del eje sintáctico. El formalismo político es, en definitiva, el planteamiento que defiende la independencia de la vida política con respecto a otros ámbitos sociales y antropológicos.

Se pueden diferenciar dos modalidades básicas de formalismo político: la psicologista y la idealista. Un ejemplo de formalismo psicologista es el de Alfred Adler y sus discípulos que ven detrás de la vida política un despliegue del complejo de inferioridad o de la voluntad de poder. Un ejemplo de idealismo político es el de los kantianos que solo consideran auténtica vida política a aquella que se conduce dentro de los límites del deber moral.

Bueno rechaza cualquier formalismo político porque:

(a) Los componentes a los que apelan los formalistas son genéricos; esto es, desbordan la vida política, actuando también en otros campos (en la vida familiar, religiosa, etc.).

(b) Los mecanismos psicológicos o valores morales que condicionan a los sujetos se mantienen en el ámbito de los fines operantis, no en el de los finis operis del político, que es la eutaxia. (Por finis operis entendemos el fin natural de una acción, el fin último. Por finis operantis entendemos el fin inmediato que puede mover a la acción a los sujetos. Así, el finis operis de una intervención médica será el curar una enfermedad. Pero lo que mueve de modo inmediato al médico, su finis operantis, puede ser el prestigio, ganar dinero, etc.).

(2) Llamamos materialismo político a la concepción que considera que la política tiene una naturaleza estrictamente sintáctica. Lo que quiere decir, que es tarea de la política establecer las partes formales de su campo y sus conexiones. Pero, como hemos explicado anteriormente, tales partes formales solo pueden ser establecidas sobre un contenido que desborda su campo. Esta relación a un contenido es la perspectiva semántica, que incluye la referencia a contenidos circulares, radiales y angulares.

El materialismo político sostiene que la vida política está conformada por el núcleo y el cuerpo de la sociedad política. Entendiendo que el cuerpo político incluye al conjunto de los individuos y sus relaciones (dados en el eje circular), los territorios y sus componentes básicos (dados en el eje radial) y las creencias religiosas (dados en el eje angular). El materialismo político se presenta, así, como una crítica del formalismo político, pero también de aquellas concepciones que eliminan las relaciones circulares convirtiéndolas en epifenómenos de las relaciones radiales (ecológicas) o angulares (religiosas).

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Recordemos que, tomando como modelo la teoría del cierre categorial, el materialismo político defiende una concepción sintáctica de la vida política: es tarea de la política establecer las partes formales de su campo y las conexiones entre estas partes formales (como es tarea de una ciencia determinar las partes formales de su campo y sus conexiones dentro de un sistema cerrado). Pero, al igual que ocurre en las ciencias, las partes formales del campo político se «recortan» o «construyen» -semánticamente- sobre una realidad que desborda su campo. Esto, dicho de otra manera, se traduce en que la actividad política es una actividad de segundo grado, que se ejerce sobre otras actividades, de primer grado, dadas en el espacio antropológico. Sobre estas actividades de primer grado actúa el poder político reorientándolas, frenándolas, estimulándolas, etc., en función de las necesidades de conformación de la sociedad política (en función de la eutaxia).

Tenemos, entonces, que el poder político es un poder sintáctico, que configura las partes formales de su campo. Pero el plano o eje sintáctico está formado por términos, relaciones y operaciones. De donde se concluye que el poder político se dará distribuido en tres ramas: como un poder conformador de términos, como un poder conformador de relaciones y como un poder conformador de operaciones.

Al poder conformador de términos le denomina Bueno poder determinativo. Consiste en la capacidad de construir y destruir términos (sujetos operatorios), la capacidad de disponer o clasificar términos ya dados (grupos de individuos, familias), etc.

Al poder conformador de relaciones le denomina poder estructurativo. Consiste en la capacidad de definir, proyectar, planificar o construir nuevas relaciones a partir de relaciones ya dadas, en función de la eutaxia.

Al poder conformador de operaciones le denomina poder operativo. Consiste en la capacidad de operar sobre individuos o grupos de individuos «a fin de componerlos o descomponerlos en terceros términos que mantengan con otros dados las relaciones características del sistema».

El poder político, cuya naturaleza es sintáctica, despliega, según lo indicado, tres tipos de capacidades, o, dicho de otro modo, realiza tres tipos de funciones (determinar, estructurar y operar).

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El núcleo y el cuerpo constituyen todo el contenido de la vida política. Ambos aparecen correlacionados. El núcleo se constituye en el eje circular, pero sin saturar ese espacio. El cuerpo constituye algo así como la exterioridad del núcleo, su medio. Abarca partes del eje circular exteriores al núcleo, y amplias partes del eje radial y del eje angular.

El núcleo, como ya hemos visto, surge en el seno de las sociedades naturales. Aparece cuando una parte de la sociedad (que ahora será política) pone en marcha a otras partes haciéndolas girar en torno suyo, reorganizando la sociedad en su conjunto.

Ese medio en el que despliega su acción -y en el que se produce la consiguiente reacción- el núcleo es el espacio antropológico. A las reorganizaciones del espacio antropológico producidas por la acción-reacción del núcleo de la sociedad política vamos a llamarle capas del cuerpo político (véase &2). Y como el espacio antropológico está constituido por tres planos o ejes, podemos diferenciar tres capas de la sociedad política. Estas son:

(1) La capa conjuntiva, que resulta de la reorganización del eje circular (donde aparecen las instituciones familiares, profesionales, asociativas, etc.).

(2) La capa basal, que resulta de la reorganización de los contenidos dados en el eje radial (tierras de cultivo, talleres, hornos, edificios, centrales eléctricas, etc.). La capa basal es originalmente económica, pero se transforma en política tras esta reorganización.

(3) La capa cortical, que resulta de la reorganización de los contenidos dados en el eje angular. Esos contenidos incluyen a los númenes (animales, dioses), pero también aquellos seres humanos, ajenos a la comunidad de referencia, que son concebidos como salvajes, bárbaros, a los que en ocasiones se les niega la propia humanidad, y en general a los extranjeros. En las sociedades contemporáneas, en las que las divergencias entre los pueblos se diluyen y crecen las instituciones transestatales, aparecen en escena nuevos tipos de númenes: los extraterrestres.

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Nos encontramos, entonces, por un lado, con la naturaleza «sintáctica» del poder político: es tarea del poder político establecer las partes formales del campo político. De modo que se despliega a través de las siguientes funciones: conformando términos (poder determinativo), conformando relaciones (poder estructurativo), y conformando operaciones (poder operativo).

Pero en tanto «sintáctico» esa conformación está orientada a un «contenido», a una «sustancia». Esa sustancia o contenido es lo que ha sido conformado, a su vez, según las tres capas (conjuntiva, basal y cortical) del cuerpo de la sociedad política. O, para ser exactos, las tres capas constituyen la «forma del contenido».

Pues bien, las tres funciones del poder político, desplegadas sobre las tres capas del cuerpo del poder político, generan nueve formas de poder. También podemos decir que estas nueve formas de poder resultan de la interacción del eje sintáctico con el eje semántico (haciendo abstracción del eje pragmático) que nos ofrece un panorama muy completo para organizar las formas de poder político. Ahora bien, todo poder se ejerce en sentido «descendente», o «ascendente». Porque todo poder es susceptible de generar una resistencia, un contrapoder. De modo que las nueve formas de poder aparecen desdobladas, constituyendo un total de dieciocho formas de poder, que exponemos a continuación:

CAPAS

(eje sintáctico)

RAMAS

(eje semántico)

CONJUNTIVA

BASAL

CORTICAL

OPERATIVO

Poder ejecutivo

↓↑

obediencia/

desobediencia civil

Poder gestor

↓↑

contribución/

sabotaje

Poder militar

↓↑

servicio/deserción

ESTRUCTURATIVO

Poder legislativo

↓↑

sufragio/abstención

Poder planificador

↓↑

producción/

huelga, desempleo

Poder federativo

↓↑

comercio/contrabando

DETERMINATIVO

Poder judicial

↓↑

cumplimiento/

desacato

Poder

redistribuidor

↓↑

tributación/fraude

Poder diplomático

↓↑

alianzas/

inmigración privada

 

Explicamos brevemente estas nueve (desdobladas en dieciocho) formas de poder:

(1) El poder ejecutivo es el poder operativo aplicado a la capa conjuntiva: implica la capacidad de unir o separar sujetos o bienes (por ejemplo, reunir a ciudadanos en asambleas o disolverlas, retribuir a los ciudadanos o someterlos a exacciones, etc.). El poder ejecutivo tiene una naturaleza coercitiva: es el poder de obligar a los ciudadanos a reorientarse según ciertos planes o proyectos. Incluye también la capacidad de ejecutar sentencias, pues aun cuando estas emanen del poder judicial solo el poder ejecutivo tiene capacidad para hacerlas cumplir. La forma ascendente de este poder, su resistencia, aparece bajo la forma de desobediencia civil.

(2) El poder legislativo es el poder estructurativo aplicado a la capa conjuntiva: implica la capacidad de establecer leyes (relaciones normativas estables, orientadas a la eutaxia). La resistencia a este poder aparece como abstención.

(3) El poder judicial es el poder determinativo aplicado a la capa conjuntiva: implica la capacidad clasificadora (por ejemplo, en ciudadanos y no ciudadanos, y a los ciudadanos en categorías fiscales, etc.). También incluye el poder que tiene la mayoría parlamentaria para derribar un gobierno (en tanto es el pueblo actuando como jurado). Su resistencia aparece como desacato.

(4) El poder gestor es el poder operativo aplicado a la capa basal: implica la capacidad gestora y movilizadora de las fuerzas de trabajo (a través de la coerción o de los estímulos). Su resistencia se da como sabotaje.

(5) El poder planificador es el poder estructurativo aplicado a la capa basal: implica la capacidad de planificación y programación de la producción en su conjunto (sancionando unos planes, bloqueando otros, o elaborando los propios planes. Como ejemplo, los planes quinquenales de la Unión Soviética del periodo estalinista. Su resistencia aparece bajo la forma de huelga o desempleo.

(6) El poder redistribuidor es el poder determinativo aplicado a la capa basal: implica la capacidad de imponer impuestos o exacciones a los individuos o instituciones y redistribuir lo recaudado. Su resistencia se da como fraude.

(7) El poder militar es el poder operativo aplicado a la capa cortical: implica la capacidad de hacer la guerra a los extranjeros o de perseguir a aquellas fuerzas que comprometen la estabilidad del poder político o su soberanía. Su resistencia aparece bajo la forma de deserción.

(8) El poder federativo es el poder estructurativo aplicado a la capa cortical: implica la capacidad de establecer relaciones regulares con sociedades extrañas (alianzas con extranjeros, concordatos). Su resistencia se da como contrabando.

(9) El poder diplomático es el poder determinativo aplicado a la capa cortical: implica la capacidad de determinar qué extraños pueden ser considerados aliados o enemigos. Aparece imbricado con el campo del derecho internacional y de gentes. Su resistencia aparece bajo la forma de inmigración privada.

&5

El Ensayo sobre las categorías de las «ciencias políticas» concluye con una tipología de las sociedades políticas.

Es conocida la tipología desarrollada por Aristóteles, quien, tomando como criterio el modelo lógico de la cantidad y el valor veritativo, diferencia seis tipos de proposiciones lógicas, y, tomando esta clasificación como referencia, organiza los regímenes políticos en seis tipos. Los tipos de proposiciones serían: singulares, particulares y universales verdaderas, y singulares, particulares y universales falsas. Siguiendo un procedimiento similar (no hay una total equivalencia entre «particulares» y «minoría», ni entre el «todos» proposicional y «la mayoría»), tendríamos aquellos regímenes en los que gobierna uno, la minoría o la mayoría y atienden al bien común (son correctos) y aquellos en los que gobierna uno, la minoría o la mayoría y atienden al bien particular (son incorrectos).

Frente a esta tipología clásica, Bueno desarrolla otra fundada en las tres capas del cuerpo de las sociedades políticas y la teoría sintáctica del poder que hemos expuesto. Tenemos así las siguientes situaciones:

(1) Sociedades en cuya estructura una capa domina sobre las otras. Esta situación da origen a tres tipos posibles de sociedades políticas:

Tipo I: sociedades en las que la capa basal predomina sobre las otras dos.

Tipo II: sociedades en las que la capa cortical predomina sobre las otras dos.

Tipo III: sociedades en las que la capa conjuntiva predomina sobre las otras dos.

(2) Sociedades en cuya estructura dos capas predominan sobre la tercera. Esta situación da origen a otros tres tipos de sociedades políticas:

Tipo IV: sociedades en las que las capas conjuntiva y basal predominan sobre la cortical.

Tipo V: sociedades en las que las capas conjuntiva y cortical predominan sobre la basal.

Tipo VI: sociedades en las que las capas basal y cortical predominan sobre la conjuntiva.

(3) Sociedades en cuya estructura ninguna capa predomina sobre las otras. Esta estructura da origen, lógicamente, a un único tipo de sociedad política:

Tipo VII: sociedades en las cuales las capas basal, cortical y conjuntiva son equipotentes o equidominantes.

 

10.2. Sociedad política y Estado de derecho:

crítica a la ideología del Estado de derecho

[A desarrollar]

 

10.3. Sociedad política y democracia:

la crítica a la Idea de democracia

&1

Bueno despliega una compleja crítica a la Idea de democracia en una serie de escritos breves y libros entre los que cabe señalar: La democracia como ideología (1997), Telebasura y democracia (2002), Panfleto contra la democracia realmente existente (2004), Zapatero y el pensamiento Alicia (2006), Consideraciones sobre la democracia (2008), El fundamentalismo democrático: democracia y corrupción (2010) y ¿Qué es la democracia? (2011).

En Panfleto contra la democracia realmente existente la crítica se centra en lo que denomina Idea pura de democracia, que estaría operando tras las actuales sociedades democráticas, y que lleva implícita una perspectiva fundamentalista. Esta crítica se limita a aquellos procedimientos democráticos que tienen un contenido político, y que vienen exigidos por la estructura de la propia materia a la que se aplican. (Quedan, por lo tanto, al margen de este análisis los ejercicios de democracia procedimental desarrollados en el seno de comunidades que no alcancen la escala política -tales como, por ejemplo, un grupo de excursionistas que deciden qué ruta tomar empleando la regla de la mayoría-, y aquellos que vengan impuestos por condicionamientos externos).

Tras estas aclaraciones, comenzaremos tratando de explicar qué entendemos por fundamentalismo democrático, qué entendemos por democracia realmente existente, y cuáles son los límites bajo los que vamos a desplegar la crítica.

***

Por fundamentalismo, en general, entenderemos «la convicción de que los propios principios […] son la fuente de todos los demás valores afectados por ellos». Para definir en qué consista el específico fundamentalismo democrático será preciso llevar a cabo, previamente, una clasificación de las sociedades políticas, a partir de la cual se puedan establecer, dialécticamente, las alternativas que nos permitirán definir tal concepto.

Tomando como referencia base la clasificación llevada a cabo por Aristóteles (véase en 10.1., final del parágrafo 4), Bueno recurre a la distinción, ya habitual, entre materia (entendida aquí como el momento genérico de las sociedades políticas) y forma (entendida como su momento específico) para proceder a su propia clasificación de tales sociedades. Y recurre a la, también habitual, distinción entre géneros porfiriano-linneanos y géneros plotiniano-darwinianos para determinar cuál pueda ser la materia o contenido material de las sociedades políticas y su relación con su forma o contenido específico. Partiendo de estas distinciones podemos concluir que:

(1) Concebida como un género porfiriano la materia política «tendrá la estructura de un género distributivo»: se daría distribuida en varias especies. Esto puede suceder, a su vez, de dos modos: (a) Partimos de la existencia de una materia prepolítica (el género, que algunos conciben como sociedad civil), la cual se configurará en distintos lugares y tiempos bajo la forma de monarquía, aristocracia, democracia, etc. (sus distintas especies). (b) La sociedad política se da directamente en forma de diversas especies: monarquía, aristocracia, democracia, etc.

(2) Concebida como un género plotiniano la materia política será el género a partir del cual surgen (evolutivamente, unas a partir de otras), las diversas especies de sociedades políticas. El problema en este caso es determinar cuál de esas especies (monarquía, aristocracia, democracia, etc.) constituye la materia política originaria.

Pues bien, el fundamentalismo democrático sería aquella alternativa que sostiene que el fundamento de toda sociedad política es la democracia, que esta constituye su materia originaria. Entendiendo por democracia «la autoorganización de la sociedad», «el gobierno del pueblo para el pueblo». Y entendiendo por pueblo «el conjunto de los ciudadanos» (de ahí la caracterización de la democracia como una oloarquía). Desde la perspectiva fundamentalista se abren dos alternativas a la definición genética, plotiniana, de democracia:

(a) La democracia como género originario: la autoorganización (democrática) de la sociedad surge directamente del encuentro entre individuos, tal como proponen algunas teorías del contrato social (especialmente la de Rousseau). (Sin prejuicio de que esta autoorganización democrática pueda degenerar posteriormente).

(b) La democracia como género final: la autoorganización democrática de la sociedad es fruto de un proceso que culmina tras la superación de la monarquía, la tiranía, la aristocracia, etc. Tras el triunfo de la democracia las sociedades han alcanzado la plenitud política. Esta es la tesis del «fin de la historia» defendida, en su momento, por el politólogo Francis Fukuyama. (Recordaremos que, en El fin de la historia y el último hombre, Fukuyama considera el triunfo definitivo de la democracia liberal como una consecuencia de la propia naturaleza humana que tiende al bienestar y la autorrealización -cosas ambas que se alcanzarían en las sociedades que practican la libertad económica y la democracia-. Aunque, años más tarde, en El fin del hombre: consecuencias de la revolución biotecnológica ha advertido de que los avances tecnológicos abren la posibilidad de una manipulación tal de la naturaleza humana que la historia podría derivar hacia horizontes imprevisibles).

***

La expresión democracia realmente existente es empleada por Bueno por analogía con la de «socialismo realmente existente», atribuida a Mijaíl A. Súslov. Suslov habría empleado esta expresión frente a quienes, como los troskistas, criticaban a la Unión soviética de la época de Stalin por haberse desviado del auténtico socialismo (de la idea pura de socialismo). Con ella habría pretendido señalar que: (1) Tales críticos se mantenían en un ámbito utópico, carente de realizaciones. (2) Había un socialismo real, el cual, pese a todos sus déficits (explicables por las condiciones materiales en las que tenía que desenvolverse), podía mostrar una serie de avances constatables hacia esa idea pura de socialismo.

Pues bien, de modo similar, con la expresión «democracia realmente existente» se pretende designar a las democracias empíricamente dadas, en tanto estas se presentan como realizaciones (pese a sus déficits) de la Idea pura de democracia. Pero, tras esta expresión aparece un componente ideológico, del que podemos desglosar dos momentos: (1) Reconciliación con la realidad: los déficits de las democracias dadas -o del socialismo real- son vistos como producto de las dificultades materiales con las que necesariamente tendrán que enfrentarse para su realización, por lo que no llevan a negar su existencia. (Esto diferencia al fundamentalista de un integrista o rigorista, que rechaza la realidad de lo realizado en tanto no se ajusta plenamente a la Idea pura). (2) La irrealidad empírica de la Idea pura de democracia no le quita a esta su valor sino que la hace aparecer como esencia ideal que ilumina el camino de las realidades empíricas.

***

La crítica a la democracia realmente existente puede plantearse desde dos perspectivas:

(1) Una perspectiva emic (esto es, interna, llevada a cabo desde el propio fundamentalismo democrático). Desde esta perspectiva se comienza concibiendo la democracia como oloarquía, esto es, como gobierno de todos (o de la mayoría como representante más cualificado de ese todos). A partir de esta concepción se reconocerán los déficits inevitables que el desarrollo empírico de la democracia irá mostrando (la esclavitud en la democracia ateniense, la corona como residuo predemocrático en muchas democracias europeas, la corrupción económica, los juegos sucios coyunturales, tales como el Watergate en EE: UU. o los GAL en España, etc.). Finalmente estos déficits serán enfrentados con una propuesta: más democracia (entendiendo esto como, más ajuste empírico a la Idea de democracia subyacente).

(2) Una perspectiva etic (esto es, externa), que es la propia del Panfleto contra la democracia realmente existente, y que es realizada desde una interpretación funcionalista (como alternativa a la interpretación fundamentalista) de las realidades políticas. La crítica se dirige ahora contra la misma Idea de democracia que está operando tras las democracias dadas.

Esta crítica se dirigirá, en primer lugar, contra la concepción de la democracia como oloarquía, pues no existe realidad alguna que «corresponda al “pueblo” en cuanto titular de la soberanía política». Por ello, partirá de las sociedades políticas reales, no de esa concepción ideológica que las convierte en manifestaciones de la Idea de democracia. Esto es, partirá de las sociedades democráticas históricamente dadas, mostrando su evolución en el entorno conflictivo con otras sociedades (no democráticas).

E incluirá, también, el análisis de la Idea pura de democracia en tanto ha desempeñado un papel como fuente de orientación y valoración, como idea límite, en el desarrollo de las democracias empíricas. Pues la Idea pura de democracia, al margen de cuál sea su origen, cumple, al menos, una triple función: (a) Como encubridora «de la estructura real de la llamada sociedad civil democrática»; esto es, de las desigualdades de clase, de oportunidades, etc., que quedan legitimadas con la igualdad de salida. Y encubridora de las relaciones de las sociedades de referencia con otras sociedades del tercer mundo (cuya miseria facilita el bienestar democrático de aquellas), bajo la esperanza de que la extensión de la democracia vaya resolviendo todos los problemas. (b) Como conjuradora de cualquier temor de involución: la democracia es la forma perfecta de la sociedad política, por lo que su implantación definitiva y su expansión están aseguradas. (c) Ofrece un criterio para enfrentarse con los problemas de las propias sociedades democráticas: estos resultarán de «contingencias que no comprometen en ningún caso a los fundamentos de la democracia».

***

Desde el fundamentalismo democrático se caracteriza a la democracia (política) como «el gobierno del pueblo por el pueblo». Pero esta doctrina se desglosa en tres, que tienen su origen en diferentes fuentes:

(1) La doctrina de los tres poderes separables (legislativo, ejecutivo y judicial). Desarrollada inicialmente por John Locke, y perfeccionada por Montesquieu, tiene como finalidad evitar el despotismo al que podría llevar la concentración de poderes en una misma persona.

(2) La doctrina del origen popular del poder (y, más en concreto, de los tres poderes señalados). Que aparece ya en la escolástica española. Así, Francisco de Vitoria, Juan de Mariana y Francisco Suárez, entre otros, sostienen que el poder, aunque procede de Dios, tiene como depositario directo al pueblo, y solo a través de este se encarna en el príncipe. Mariana llega a considerar legítimo el regicidio si el rey se convierte en tirano. Ahora bien, por lo general, la escolástica española consideraba que, una vez delegado el poder en el monarca ya no es retornable (salvo circunstancias excepcionales). Solo tras la Revolución francesa, y la constitución del concepto de nación política entendida como el conjunto de los ciudadanos, se instaurará la idea de que el poder pertenece permanentemente al pueblo.

(3) La doctrina del Estado de derecho, que reorganiza los poderes políticos en función de leyes constitucionales orientadas a garantizar los derechos individuales (con el desarrollo del Estado liberal) y sociales (con el desarrollo del Estado social). Esta doctrina nace en el siglo XIX, en la Europa postnapoleónica. Y busca ordenar completamente la sociedad bajo un sistema jurídico coherente y cerrado, que se orienta a la judicialización de la vida política. Esta concepción del Estado de derecho, asentada en la separación de poderes y la nación de ciudadanos, constituye «la base más firme del fundamentalismo democrático». Bueno introduce la expresión «Estado pleno de derecho», para designar a esa forma de Estado. Dado que: (a) Es concebible un Estado de derecho (en el que prevalezca el imperio de la ley) sin separación de poderes (se podría decir, incluso, siguiendo a Kelsen, que la expresión Estado de derecho es redundante: todo Estado es un Estado de derecho). (b) Es concebible una separación de poderes sin democracia (como podría darse en un Estado de corte aristocrático).

&2

Aclarado qué entendemos por fundamentalismo democrático, por democracia realmente existe, y los límites dentro de los que se mueve la crítica a estos conceptos, continuaremos, ahora, con el análisis de la Idea de democracia (y en especial, con el análisis de la «democracia realmente existente»). Para ello recurriremos al «modelo canónico de sociedad política». Recordemos que ese modelo se traduce en la existencia de dieciocho poderes, nueve ascendentes y nueve desdendentes (véase 10.1., &4).

Estos poderes no son independientes entre sí, sino que interrelacionan en diversos grados y modos. (Así por ejemplo, el poder ejecutivo -capa conjuntiva- puede ejercer un poder planificador -capa basal- a través de sus ministerios de fomento o tecnología). Tampoco tienen todos un mismo peso relativo, ni necesariamente se dan todos en todo tipo de sociedad política.

Las capas y ramas pueden reagruparse. Esta reagrupación puede alcanzar su plenitud cuando se produce una coordinación de todos los vectores descendentes de las diversas capas y ramas (la armadura reticular, que se puede poner en correspondencia con la «sociedad política»); o cuando se produce una coordinación de todos los vectores ascendentes (la armadura básica, que se puede poner en correspondencia con lo que a veces se denomina «sociedad civil» en tanto contradistinta de la sociedad política). Pero puede producirse una reagrupación parcial por capas o ramas:

(1) La reagrupación por capas da las siguientes posibilidades: (a) Capa conjuntiva + capa basal: esta agrupación es común en sociedades tribales, prepolíticas, o en sociedades comunistas del tipo de la Unión soviética, en las que todas las empresas tienen el carácter de públicas. (b) Capa conjuntiva + capa cortical: es propia de Estados feudales o liberales, donde la economía se deja al margen del poder político. Desde una perspectiva descendente constituye una armadura reticular reducida. (c) Capa basal + capa cortical: desde una perspectiva ascendente constituye una armadura básica reducida.

(2) La reagrupación parcial por ramas da tres posibilidades en cada capa, lo que hace un total de nueve posibilidades, de entre las cuales la más interesante es la que agrupa «poder ejecutivo + poder judicial», dada en la capa conjuntiva y que engloba lo que se entiende por administración pública.

***

Especial interés tienen las reagrupaciones y distinciones que llevan a los conceptos de sociedad política y sociedad civil, y a plantear las relaciones posibles entre ambas. Estas distinciones y relaciones (que pueden ser equiparadas, en el lenguaje del materialismo filosófico, a la armadura reticular y la armadura básica de la sociedad política, y que han llegado a tener un papel relevante en el desarrollo de la teoría de la democracia) serán enfrentadas de muy distintas maneras.

Así, los anarquistas tenderán a considerar la democracia como una cierta organización de la sociedad civil, al margen de la sociedad política. Desde estas posiciones, o similares, se verá en la fusión de sociedad política y sociedad civil la fuente del totalitarismo (como sería el caso del nacionalsocialismo o el estalinismo), tras el cual alienta una concepción unitarista de la sociedad. Mientras que la democracia aparecería caracterizada por la organización del pluralismo. Otras veces, se tiende a analizar reductivamente la sociedad política desde la sociedad civil, de modo que se explican las estructuras o instituciones de aquella partiendo de esta. Así, se explica el fascismo como una versión política de la familia autoritaria.

Pero estas interpretaciones son cuestionables. El pluralismo no explica por sí mismo la democracia (también se da el pluralismo en las aristocracias y las oligarquías). Y el hecho de encontrar paralelismos y derivaciones entre componentes de la sociedad civil y de la sociedad política (por ejemplo, entre el poder autoritario de la familia patriarcal y el de las instituciones políticas fascistas), no significa que se puedan explicar unas a partir de las otras. El poder político tiene un componente específico, que es su orientación a la eutaxia del cuerpo entero de la comunidad social.

El concepto de «sociedad civil», empleado para designar algo distinto de la comunidad política, comenzó a usarse a partir del siglo XVII. En un primer momento tenía un carácter negativo, se empleaba para designar aquellos aspectos sociales «que no se dejaban reducir a la vida política». Pero ese concepto acabó sustancializado, como si designarse una realidad positiva. Sin embargo, el concepto de sociedad civil no designa una realidad unitaria sino un conjunto variado de sociedades englobadas en la sociedad política, aunque diferentes de esta. Sociedades tales como el «conjunto de individuos [...] en tanto forman parte de una sociedad humana protegida por los derechos humanos promulgados por la Asamblea General de la ONU», el «conjunto de fieles [...] que se consideran miembros de la Iglesia en tanto "Ciudad de Dios"», el «conjunto de asociaciones internacionales» -tipo Cruz Roja o Greenpeace-, el conjunto de organizaciones empresariales o sindicales, etc.

&3

El modelo canónico genérico de sociedad política se da bajo diversas especies, que pueden ser diferenciadas en función de la combinación de las partes, integrantes o determinantes, del propio modelo; esto es, partes que tengan una función política interna. (Véase la noción de partes integrantes y partes determinantes en 3, &3).

Dado que la «parte que manda» tiene una función interna a la propia sociedad política (constituye una parte integrante suya), podemos tomarla como referencia para establecer un sistema de diferenciación. Tenemos, así, aquellas comunidades políticas en las que el mando (el poder, la soberanía) es ejercido por uno, aquellas en las que es ejercido por la minoría y aquellas en que lo ejerce la mayoría (que pueden ser todos). También se puede diferenciar entre aquellos regímenes en los que el poder soberano se orienta al bien común y aquellos en los que se orienta al bien propio. Cruzando estos dos criterios (o tipos de partes) Aristóteles clasificará las sociedades políticas en tres especies correctas: monarquías, aristocracias, repúblicas/democracias, y sus consiguientes degeneraciones (que no serían auténticas sociedades políticas): tiranías, oligarquías y democracias/demagogias.

Bueno sostiene que esta clasificación es cuestionable (pese a su indudable interés). Pues: (1) Nunca ejerce el poder soberano uno solo; este «uno» siempre se apoyará en un grupo (por lo que las monarquías y las tiranías difícilmente son diferenciables de las aristocracias y las oligarquías). (2) No diferencia entre los diversos tipos de poder, como si este tuviese un sentido unívoco.

***

Con respecto a la primera objeción, podemos reorganizar la clasificación aristotélica, del siguiente modo: (1) Llamaremos monoarquías o uniarquías a aquellos tipos de gobiernos, buenos o malos, en los que, aunque manda un grupo (pues, como hemos dicho, nunca manda uno solo), este está dotado de unicidad merced a una estructura jerárquica. (2) Llamaremos paurarquías a aquellos tipos de gobiernos, buenos o malos, en los que manda un grupo y no está dotado de unicidad (cuenta, por lo tanto, en su seno con partes en mayor o menor equilibrio). (3) Llamaremos poliarquías a aquellos tipos de gobiernos, buenos o malos, en los que el poder lo detenta la mayoría (que puede ser fruto de una coalición de múltiples partes o partidos no mayoritarios).

Desde esta clasificación aristotélica corregida podemos enfrentar las tesis de aquellas posiciones fundamentalistas, como las de Pericles en la Grecia clásica, que definen la democracia como el gobierno de las mayorías que atienden al todo. Así como a sus versiones modernas que hacen del pueblo la fuente de donde emana el poder político, bajo la forma de voluntad general. Frente a tales tesis, hemos de contemplar la posibilidad, siguiendo la clasificación señalada, de que también las monarquías (monoarquías en su versión no tiránica, según la reelaboración que hemos hecho) y las aristocracias (paurarquías en su versión no oligárquica) atiendan al todo. Esto sucede cuando esas minorías tienen entre sus finis operis la eutaxia (pues solo en este caso hay auténtica comunidad política, recurrente, con capacidad de persistir), al margen de cuales sean sus finis operantis (que pueden estar motivados por sus intereses particulares).

Las democracias no pueden ser definidas, por lo tanto, por su orientación al todo, a la eutaxia, orientación que también pueden tener las monarquías y aristocracias (como ya había señalado Aristóteles). Por lo que la diferencia con estas habrá que situarla en otra parte. La diferencia estará en que en las democracias los grupos de poder (las poliarquías) han de someterse periódicamente al «control impersonal de las urnas que llamamos simbólicamente “control del pueblo”». Mientras que las sociedades no democráticas solo se someten al control de otros grupos, o, ideológicamente, solo responden «ante Dios o ante la historia». De ese modo, las especies políticas pueden quedar reducidas, finalmente, a dos tipos, las democráticas (sometidas al control de las urnas) y las no democráticas.

***

La segunda objeción que encontrábamos en la clasificación aristotélica está relacionada con la naturaleza del poder que detentarían quienes mandan (sea uno, la minoría o la mayoría). Pues Aristóteles no especifica qué tipo de poder es el que detenta el grupo que manda.

Con posterioridad, Montesquieu desarrollará la doctrina de los tres poderes separados (quizá inspirado en la interpretación que Polibio había hecho de la organización de la república romana). Bueno considera que esta doctrina también es cuestionable. En primer lugar, porque esa clasificación es arbitraria, dado que no encuentra fundamento alguno ni en la realidad empírica de las sociedades políticas democráticas, ni en la génesis de estas a partir del género sociedad política. (¿Por qué tres poderes y no cinco o siete? Ya hemos visto la propuesta alternativa de Bueno a este respecto). Además, la separación de poderes es en sí misma confusa. Pues esta podría referirse a sus funciones o a los órganos. Ahora bien, la separación de los órganos «no conlleva la separación de funciones», pues si se separase «la función judicial de dar sentencias, de la función ejecutiva de hacerlas cumplir», aquellas carecerían de efecto, y la propia función judicial carecería de sentido. Tampoco se da la separación estricta de los órganos en ninguna sociedad política. Así, la función legislativa puede ser ejercida por el parlamento o el gobierno. Podría admitirse, en todo caso, que los tres poderes señalados -ejecutivo, legislativo y judicial-, constituyen la capa conjuntiva del Estado. Pero reducirlo a esta capa es una pura abstracción idealista, ningún Estado puede sobrevivir sin una capa basal y cortical.

Por lo que la naturaleza de ese poder solo puede ser establecida partiendo del modelo canónico de sociedad que hemos desarrollado anteriormente. En el Panfleto Bueno esboza un modelo algebraico que permitiría organizar el sistema de ideologías y realidades que configuran el poder político, teniendo en cuenta los distintos tipos de sujetos que detentan ese poder (monarquía, república, democracia, por seguir con las denominaciones aristotélicas), y los distintos cuerpos o variedades de poder político que pueden detentar esos sujetos. Resumidamente:

Sea X la capa conjuntiva, Y la basal y Z la cortical. Xi, Yi, Zi serán los tipos de poder generales que corresponden a los cuadros que forman las columnas de las diferentes capas. De modo que Xi = [XE, XL, XJ], Yi = [YG, YP, YR], y Zi = [ZM, ZF, ZD], serán las filas que representan las ramas de esa sociedad cruzadas con las capas.

CAPAS

(eje sintáctico)

RAMAS

(eje semántico)

CONJUNTIVA

BASAL

CORTICAL

OPERATIVO

Poder ejecutivo (XE)

↓↑

obediencia/

desobediencia civil

Poder gestor (YG)

↓↑

contribución/

sabotaje

Poder militar (ZM)

↓↑

servicio/deserción

ESTRUCTURATIVO

Poder legislativo (XL)

↓↑

sufragio/abstención

Poder

planificador (YP)

↓↑

producción/

huelga, desempleo

Poder federativo (ZF)

↓↑

comercio/contrabando

DETERMINATIVO

Poder judicial (XJ)

↓↑

cumplimiento/

desacato

Poder

redistribuidor (YR)

↓↑

tributación/fraude

Poder diplomático (ZD)

↓↑

alianzas/

inmigración privada

Sea, ahora, I = la monoarquía (en su versión monárquica), II = la paurarquía (en su versión aristocrática), y III = la poliarquía (en su versión republicana/democrática). De modo que los tipos de poder señalados pueden desglosarse ahora como (Xi ® I), (Yi ® II), etc. También hay que diferenciar entre las versiones descendentes y ascendentes (↓Xi ® I), (↑Xi ® I). E igualmente habrá que representar las diversos grupos de presión que operan en las diversas especies políticas. Por ejemplo, en las aristocracias encontraríamos los grupos IIμ, IIν, IIλ… IIx, de modo que a cada grupo podría corresponder un tipo de poder. Así, por ejemplo: Xi ® II: XE ® IIμ, XL ® IIν, XJ ® IIλ.

También se debe representar la diferencia entre los «poderes de gestión» (poderes «positivos», por ejemplo, el poder del ejecutivo de presentar proyectos), de los «poderes de control» o veto (poderes de resistencia, poderes «negativos», por ejemplo, el poder del pueblo de vetar los proyectos del ejecutivo) y a ambos de las partes morfológicas. Los primeros puede ser representados como 1, 2, 3, etc. Los segundos como -1, -2, -3, etc. Cuando el mismo grupo de poder puede ser negativo y positivo lo representaremos como ±1, ±2, ±3, etc.

Las distintas formas que adquieren el poder efectivo y las ideologías subyacentes aparecen así en un entramado que podemos representar algebraicamente. Como ejemplo las siguientes representaciones algebraicas, que dan cuenta de las organizaciones más generales del poder:

(1) (↓Xi ® I) (↓Yi ® I) (↓Zi ® I). En esta fórmula aparece recogida ideológicamente la uniarquía o monoarquía, en la que el rey absoluto o el tirano detenta todos los poderes. Otra cosa es la realización efectiva de tal posibilidad. También podríamos incluir aquí (etic) aquellas situaciones en las que el tirano se presenta como encarnación del poder popular, tal como sucedería con los gobiernos de Mussolini, Hitler, Stalin), aunque desde su propio punto de vista (emic) habrían de ser incluidas en la fórmula 3.

(2) (↓Xi ® II) (↓Yi ® II) (↓Zi ® II). En esta fórmula aparece recogida la aristocracia, que es compatible con la separación de poderes en la medida en la que diferentes partes de la sociedad (IIμ, IIν, IIλ… IIx) pueden encargarse de los diversos poderes conjuntivos (XE, XL, XJ), y aun corticales (ZM, ZF, ZD).

(3) (↓Xi ® III) (↓Yi ® III) (↓Zi ® III). En esta fórmula aparecen recogidas ideológicamente las llamadas democracias populares, pero también aquellas en las que se hace presente el fundamentalismo democrático. Decimos que aparecen recogidas «ideológicamente» porque las democracias populares y las democracias fundamentalistas comparten la convicción, ideológica, de que el poder (todos los poderes) emana enteramente del pueblo.

&4

La esencia de la democracia parlamentaria material viene caracterizada, desde la perspectiva reticular, por el control simbólico del poder legislativo-presidencial por el cuerpo electoral, constituido como un cuerpo de ciudadanos indiferenciados (el «pueblo»). En eso reside su diferencia con sociedades no democráticas, en las que el poder legislativo o ejecutivo es controlado por «otras corporaciones particulares» (no indiferenciadas) familias, municipios, sindicatos, consejos de fábrica, etc.

Pero la democracia no constituye una especie dentro del género sociedad política, sino más bien una familia de especies.

Así, según la situación del poder ejecutivo podemos tener democracias presidencialistas y no presidencialistas. Las primeras son aquellas en las que el pueblo (el cuerpo de ciudadanos indiferenciados) controla directamente la elección del ejecutivo (del presidente, y, por lo tanto, del gobierno). Si se trata de democracias republicanas, el jefe del ejecutivo ejerce de Jefe del Estado o presidente de la república. Si se trata de democracias coronadas, «el Jefe del Estado está fuera del control popular» (aunque, en casos, como la democracia española, sus decisiones tienen que ser refrendadas por el gobierno o el parlamento). Las segundas son aquellas «en las que el pueblo no tiene el control directo del ejecutivo, sino solo indirecto a través de la Asamblea legislativa».

Podemos diferenciar también otras especies de democracias en función de que ciertas corporaciones particulares tengan el control de otras corporaciones particulares, en ciertas situaciones límite. Por ejemplo, cuando se trata de ilegalizar partidos, o de una declaración de guerra. Esto nos pone ante tres especies de democracia: aquella en la que el ejecutivo tiene reservadas este tipo de decisiones (democracias ejecucionistas), aquellas en las que es el parlamente el que tiene reservadas estas decisiones (democracias parlamentaristas) y aquellas en las que esas decisiones recaen en el poder judicial (democracias judicialistas).

También se pueden establecer diferentes especies de democracias en función del control que el pueblo ejerza sobre el poder militar. Estarían así aquellas en las que el pueblo tiene el control del ejército (lo que suele suceder sobre todo en situaciones extraordinarias, como en la guerra de la Independencia, o con las milicias populares durante la Guerra Civil (española), y aquellas en las que ese control no se da.

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Una tesis, ampliamente compartida, sostiene que la democracia (cuya esencia es la igualdad, la isonomía), nace en la Atenas del siglo V a. C., alcanzando su plenitud bajo el gobierno de Pericles.

Desde la perspectiva del fundamentalismo democrático, ese triunfo de la igualdad, y consiguientemente de la democracia, se explica apelando a la naturaleza humana. Los seres humanos tienen una naturaleza compartida caracterizada por la libertad, que se habría manifestado políticamente en el ágora ateniese, en la práctica del diálogo ciudadano. Pero los ciudadanos son ante todo hombres, lo que produce una ecualización de aquellos por encima de las profesiones, clases sociales, etc. Cierto que, inicialmente, solo se trataba de la igualdad de algunos (pues los esclavos, mujeres y metecos estaban excluidos de ese diálogo, de esa igualdad). Pero eso no invalidaría esta explicación, ni quitaría mérito a ese ensayo inicial de comunidad política democrática. Se trataría de algo así como un ensayo o un experimento controlado, y sería cuestión de tiempo que esa igualdad se fuese expandiendo, hasta incluir en su círculo a todos los seres humanos. La existencia de grupos excluidos (en especial la existencia de esclavos), se explicaría como una inconsecuencia destinada a ser históricamente corregida. El fracaso final de ese experimento democrático tampoco invalidaría la explicación fundamentalista, pues ese fracaso sería la consecuencia de la corrupción política de Atenas.

Frente a esta explicación fundamentalista, Bueno sostiene que, en la democracia ateniense, los herreros, zapateros, ricos, pobres, etc., no estaban igualados por su condición de hombres, sino de ciudadanos, de miembros de una misma comunidad política. Y a esta igualdad se llegaría a consecuencia de procesos que tienen su origen en la capa basal y cortical (no solo en su capa conjuntiva). Simplificando mucho esta explicación quedaría así: la existencia de esclavos (que forman parte de la capa basal) permite, a los ciudadanos liberados de ciertas tareas, dedicar su tiempo al diálogo en el ágora. Paralelamente, las guerras médicas (fenómeno que hay que situar en la capa cortical) propician la solidaridad ante un enemigo externo. De ese modo los hombres libres se configuran como un grupo con solidaridad interna frente a los esclavos y externa frente a los persas. Y es esta solidaridad la que está en la base de la igualdad democrática. La disolución final de la democracia ateniense puede ser explicada por la irrupción de nuevos fenómenos dados en la capa cortical. En especial, la aparición del poder imperial macedonio, con el que confluyen los intereses de los atenienses (en la medida en que se convirtió en ariete frente al enemigo persa común, al mismo tiempo que permitía mantener la solidaridad de los hombres libres frente a los esclavos). El nuevo imperio, liderado por Alejandro, disolvería definitivamente las polis griegas, y toda posibilidad de repetir ese modelo democrático. (Modelo democrático que, en realidad, consistía en una oligarquía ampliada).

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Las actuales sociedades democráticas, que tienen unas características esencialmente distintas de la «democracia» ateniense, proceden, como esta, de otras sociedades no democráticas. Surgen como consecuencia de cambios en las armaduras basales de estas. Su origen es muy reciente (no puede remontarse más allá de finales del siglo XVIII), y se consolidan, bajo la forma de las actuales democracias homologadas, en pleno siglo XX (tras la Segunda Guerra Mundial, y, especialmente, tras la caída de la URSS).

Bueno mostrará que tras la transformación de estas sociedades no democráticas en sociedades democráticas está la Idea de libertad objetiva. Para analizar esta Idea será conveniente aclarar primero que la libertad puede ser entendida con dos sentidos: como «libertad de» y como «libertad para».

Entendemos que hay «libertad de» cuando nada impide que un proceso o conducta siga su curso natural. Así, decimos que el agua discurre libremente por un regato cuando no hay presas que la retengan; que un pájaro vuela libremente cuando abandona la jaula; o que hay libertad de prensa cuando la censura estatal o de otro tipo no impide la publicación de las informaciones u opiniones. Entendemos que hay «libertad para» cuando el individuo tiene la capacidad de elegir entre un elenco de posibilidades dadas. (A veces se radicaliza esta capacidad y se entiende que el individuo tiene una capacidad absoluta de elegir, la libertad se entiende entonces como espontaneidad, como libertad subjetiva. A esta forma de libertad, que Bueno descarta por materialmente imposible, se la conoce como libre albedrío). Ambas formas de entender la libertad van entrelazadas. Efectivamente, se me hace presente que carezco de «libertad de» cuando decido hacer algo (cuando trato de hacer uso de mi «libertad para»). Así, cuando me planteo salir a pasear («libertad para») se me hace presente que los barrotes de la celda me lo impiden (carezco de «libertad de»); o cuando me dispongo a divulgar un artículo crítico con el gobierno me encuentro con el bloqueo de la censura.

Pues bien, Bueno entiende la libertad objetiva como «libertad para», que él denomina «libertad de especificación», entendida como una libertad «para escoger esto o lo otro». (Lo que significa que descartamos toda interpretación de la «libertad para» como libertad en sentido subjetivo, como libre arbitrio, como espontaneidad emanada del interior del individuo).

Esta libertad de especificación se construye a medida que, con el desarrollo de la moderna sociedad burguesa e industrial, los individuos van liberándose de las instituciones medievales en las que estaban constreñidos (gremios, estamentos, corporaciones, etc.) y pasan a formar parte de los grupos de trabajadores industriales, teniendo entonces que elegir entre las variadas alternativas de trabajo. Al mismo tiempo, la capacidad de producción desplegada por ese desarrollo industrial sustituye el limitado mercado medieval por un creciente mercado pletórico de bienes entre los que el trabajador-consumidor tiene también que elegir.

Por mercado pletórico entenderemos aquel en que se da «una multiplicidad indefinida de bienes fabricados […] y clasificados en especies, géneros, órdenes, clases diferentes, cada uno de los cuales ha de estar representados por unidades numéricas distributivas de carácter indefinido». Para el desarrollo de tal tipo de mercado se necesitan dos cosas: (1) Unas industrias capaces de reponer los bienes demandados, que entrarán en competencia con otras. (2) Una masa de compradores desiguales, esto es, con deseos, necesidades y capacidades diferenciadas. (Pues si a todos les moviese la satisfacción de los mismos deseos con los mismos productos y tuviesen la misma capacidad de compra, el mercado podría ser sustituido por una producción uniforme y planificada).

Y paralelamente a este proceso, y entretejido con él, tiene lugar el desarrollo del sufragio universal, con una oferta variada de candidatos (desglosados en especies -individuos-, géneros -partidos- o clases -ideologías-) desplegada ante el cuerpo de electores. Y es en medio de este proceso donde se constituye «la libertad objetiva de los ciudadanos, compradores, consumidores, usuarios o electores».

La sociedad democrática y la sociedad de mercado libre responden, por lo tanto, a una misma estructura. Ambas aparecen coordinadas bajo la forma de estado de bienestar, que es aquel que «garantiza la participación de sus ciudadanos en el mercado» y que se desarrolla como alternativa a los Estados fascistas y nacionalsocialistas (derrotados tras la Segunda Guerra Mundial) y el socialismo soviético (que colapsará hacia finales del siglo XX).

&5

Nos centraremos, ahora, en el análisis de aquellas contradicciones que forman parte de la estructura de la sociedad democrática, partiendo del modelo canónico de sociedad (véase &3).

La contradicción principal aparece como divergencia entre la armadura reticular (capa conjuntiva + capa cortical) y la armadura basal. Desde la primera se tiende a la apropiación y cierre de un territorio, constituyendo unidades de acción y administración, unidades lingüísticas, etc. Esto es, se dirige al ciudadano. Desde la segunda se tiende a desbordar ese territorio, a expandir universalmente las relaciones comerciales, o bien a la solidaridad de las clases por encima de los Estados (dando origen a la decisiva dialéctica de clases y Estados), etc. Esto es, se dirige al género humano.

Esta contradicción entre el ciudadano y el hombre (entre los derechos del ciudadano y los derechos del hombre) se manifiesta con especial fuerza en nuestros días en las fronteras de las sociedades del bienestar, cuando millones de inmigrantes de regiones más pobres tratan de arribar a las sociedades más ricas. Es entonces cuando, en nombre de los derechos humanos (en nombre de la ética), se pide la acogida de esos inmigrantes. Pero, desde un punto de vista basal, la entrada de un número de inmigrantes en una comunidad política, por encima de lo que su sistema económico pueda absorber, la colapsaría.

Encaja aquí también la contradicción entre la defensa de unos derechos humanos (universales) y la defensa de los derechos culturales, esto es, el respecto por la diversidad cultural. O la contradicción entre las pretensiones de crear un tribunal internacional de justicia, y el hecho de que la justicia se imparte siempre desde una legislación dada (en contradicción, acaso, con otras legislaciones), y apoyada, para que no se reduzca a mera condena moral, en el poder efectivo de algún Estado.

También nos encontramos aquí con la contradicción entre defensores y detractores de la pena de muerte. Reducida a su carácter político, la contradicción quedaría así: según los abolicionistas, el Estado surge de un contrato social por el que se constituye como servidor de los individuos, de donde se sigue que no puede imponer la pena capital a ninguno de estos individuos. La obligación del Estado, en consonancia con su misión de servidor de los individuos, es procurar su reinserción (la de aquellos que hayan participado de algún delito, incluso si se trata de un crimen horrendo). Pero ante esto cabe plantear que acaso la justificación de la pena de muerte no se encuentre en el Estado, sino en la sociedad civil (en tanto expresión, no de una sociedad política, sino del género humano). En este caso sería la sociedad de personas la que establecería, mediante el procedimiento de la pena de muerte, la existencia de un límite que no debe ser traspasado, consustancial con la condición de persona (véase 9.1., &5).

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Otra fuente de contradicciones es la que se produce entre los vectores descendentes y ascendentes de la armadura reticular y la armadura básica. Encontramos aquí, en primer lugar, los conflictos de orden público. Este tipo de conflictos tienen difícil explicación en una democracia, en la medida en que resulta complicado explicar por qué los individuos que han votado una constitución y un gobierno, se rebelan contra esa constitución o gobierno. De modo que se tiende a interpretarlos como fruto de déficits democráticos: por parte de los rebeldes (que no han recibido una correcta educación democrática) o de las instituciones (que no han sabido dar satisfacción a las legitimas demandas de los rebeldes). Cuando estos conflictos se dirigen directamente contra la Constitución se tiende a reducirlos a la condición de conflictos violentos, que hay que combatir con las medidas oportunas de educación democrática y reinserción.

Encajan aquí, también, los conflictos originados por la existencia de partidos políticos, y por la explicación de la convergencia de partidos políticos originalmente incompatibles. La justificación habitual de tales partidos es que sirven de canalización de los intereses del pueblo. Pero esa explicación es ella misma autocontradictoria: un partido representa siempre los intereses de una parte. Los partidos pueden ser reclasificados además según la oposición izquierda-derecha (cuyos avatares desarrolla Bueno El mito de la izquierda y El mito de la derecha, véase 10.5.1. y 10.5.2.). [A desarrollar: explicar el porqué la paradoja de su confluencia.]

En la confluencia vectorial de la justicia y los justiciados encontramos otra fuente de contradicción. Esta nace ahora de la definición de la justicia como igualdad ante la ley. Pero es el caso que los ciudadanos que constituyen la sociedad civil de mercado son necesariamente desiguales (por las razones anteriormente explicadas, véase &4). De modo que esa igualdad dada en la armadura reticular acrecienta la desigualdad en la sociedad civil. Bueno pone como ejemplo el caso de dos conductores que sean privados de su carné de conducir por exceso de velocidad, en aplicación de una ley que es igual para ambos. Supongamos ahora que el conductor A es un camionero con salario menguado y que precisa ese carné para seguir trabajando, y el conductor B es un rico empresario que puede procurarse un chófer. Es obvio que la igualdad (reticular) ante la ley solo refuerza su desigualdad (basal) como miembros de la sociedad civil. Sin embargo, eso no significa que pueda prescindirse de la igualdad ante la ley, pues esta cumple una indudable función ordenadora (de modo similar a la cumplida por las leyes naturales, al margen de su justicia).

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Analizaremos, ahora, las contradicciones implícitas en el concepto de tolerancia y su ejercicio, que han pasado a cumplir, desde la perspectiva del fundamentalismo democrático, una función esencial en la constitución y desarrollo de las modernas sociedades democráticas. De hecho, la caracterización de la tolerancia como virtud (y a su contrario como vicio horrendo) es tan fuerte en las actuales democracias que, cuando es manifiestamente necesario reprimir conductas u opiniones, no se hablará de intolerancia para con tales conductas u opiniones, sino, eufemísticamente, de «tolerancia cero».

De entrada cabe diferenciar tres tipos de tolerancia, que, analizadas desde una perspectiva antropológica, serían los siguientes:

(1) La tolerancia radial: la que se da en relación con la naturaleza o las leyes físicas: así, hablamos de la tolerancia de un individuo al alcohol, de la tolerancia mecánica o tolerancia de fabricación (por ejemplo, la holgura permitida entre el cilindro y el pistón en un motor de combustión), etc.

(2) La tolerancia angular: incluimos aquí la tolerancia o intolerancia religiosa, y, en especial, aquella dirigida contra los animales. Tal es el caso de «la intolerancia de Moisés al culto al becerro de oro», de la intolerancia ante los animales considerados inmundos por ciertas religiones, o aquella tolerancia propiciada por ciertas religiones o sectas, hacia ciertos animales, incluso cuando se trata de piojos o sabandijas, a los que se impide matar o molestar aun cuando su existencia sea nociva para el bienestar humano.

(3) La tolerancia circular: es el ámbito propio de la tolerancia (los otros usos del concepto aparecen, en cierto modo, por derivación de este). Surge de la relación entre seres humanos. Ciñéndonos a este ámbito circular podemos diferenciar tres etapas en la historia de la tolerancia.

(a) Una primera etapa vinculada a la justicia o la caridad. La tolerancia es entendida entonces como un vicio, el de quien tolera la injusticia o la impiedad. O bien aparece como un mal menor: se toleran «cosas malas para no impedir otras buenas o no dar lugar a otras peores».

(b) En el mundo moderno aparece el concepto de tolerancia con un sentido específico: surge frente a la intolerancia religiosa, y se vincula a la libertad.

(c) Ya en el mundo contemporáneo la tolerancia aparece como una virtud democrática, frente a la intolerancia de las dictaduras y regímenes autoritarios o totalitarios (fascismo, nacionalsocialismo, estalinismo), y como señal de respeto por las personas, sus opiniones o conductas. Y aquí aparece una primera contradicción: la tolerancia implica siempre una desigualdad de poder entre el tolerado y el que tolera (y que podría, por lo tanto, no tolerar); de modo que, si ponemos la esencia de la democracia en la igualdad, la tolerancia no debería ser considerada una virtud democrática (sería, en todo caso, una virtud aristocrática).

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Conviene señalar además que hay muy diversos géneros de tolerancia. Partiendo de la tolerancia circular podemos encontrar tres géneros diferenciados:

(a) Tolerancia entre instituciones. Para que se pueda hablar de tolerancia tenemos que partir de una situación de asimetría entre las instituciones implicadas. Supuesta esta situación, la tolerancia puede tener la forma del desprecio (cuando la institución tolerada carece de toda capacidad de influir en la que tolera), o de la prudencia (cuando, aun estando en una situación de asimetría, la institución tolerada tiene una potencial capacidad de resistencia a las potenciales presiones de la tolerante).

Puede ser desglosada en varias especies: (i) Tolerancia entre instituciones políticas: para que la tolerancia se produzca es necesario que dos Estados, un Estado y un Imperio, un Estado y partes de ese Estado, etc., mantengan una relación de asimetría causal. Esto es, una relación de desigual poder pero con algún tipo de conexión causal entre el despliegue de una y de la otra. Dadas estas dos condiciones, la tolerancia suele tener, con frecuencia, la forma de prudencia política, o, en otros caso, de la impotencia. (ii) Tolerancia entre instituciones pertenecientes a la «sociedad civil» (religiosas, empresariales, etc.): aquí podemos incluir la tolerancia entre religiones o iglesias. Este tipo de tolerancia puede tener la forma del desprecio (la tolerancia de los colonizadores ingleses ante la religiones animistas de sus colonias). Casos límite (porque la aplicación de la tolerancia se desvanece para adquirir otra condición) son aquellos en los que el tolerante pierde la fuerza de suprimir aquello que tolera (con lo que la tolerancia se convierte en impotencia) y aquellos en los que la tolerancia está movida por un interés, que puede ser comercial, político, etc. (con lo que la tolerancia se convierte en estrategia). (iii) Tolerancia en las relaciones entre instituciones políticas e instituciones pertenecientes a la «sociedad civil». Aquí podemos incluir las relaciones de tolerancia/intolerancia entre el Estado y las iglesias. La tolerancia religiosa por parte del Estado está en el origen del moderno concepto de tolerancia. En el límite, el Estado deja de ser tolerante o intolerante porque desaparece esa forma de relación (cuando se haga agnóstico, cuando se desentienda de todo posicionamiento religioso). También podemos incluir aquí la tolerancia/intolerancia del Estado ante las instituciones culturales, morales, etc. En este caso, los Estados democráticos suelen fijar el límite de la tolerancia en el respeto a los derechos humanos (en cuyo nombre se puede ser intolerante con la cliteroctomía, el uso público del burka, etc.). Aunque las delimitaciones pueden tener un punto arbitrario (¿se debería ser tolerante o intolerante con quienes se niegan a las transfusiones sanguíneas por motivos religiosos? ¿y con el tabú de la carne de cerdo, que mantienen judíos y musulmanes, suministrada en colegios o residencias públicas?).

(b) Tolerancia/intolerancia entre una institución y un individuo. Bueno incluye aquí: (i) La tolerancia ejercida desde el Estado hacia los ciudadanos o súbditos (la tolerancia administrativa, «cuando la Agencia Tributaria tolera pequeños fraudes», la tolerancia del capitán ante ciertas conductas de los soldados). (ii) La tolerancia de la Iglesia con sus fieles. (iii) La tolerancia de una empresa para con sus empleados (en cuanto a puntualidad, residencia, etc.); de los maestros o padres para con los discípulos o hijos, etc. Hay, aquí, sin embargo, una línea de difícil demarcación entre la tolerancia y la indulgencia o la negligencia.

(c) Tolerancia entre individuos. También en este caso podemos diferenciar varias especies: (i) Si la relación es de igualdad, tal como presuponemos en una sociedad democrática, no se podría hablar estrictamente de tolerancia (sino de afabilidad, cortesía). Pero puede adquirir la condición de tolerancia en el momento en que tales individuos tienen detrás la fuerza de una institución a la que podrían apelar alternativamente ante una conducta del contrario (tolero tu conducta inadecuada, pero ojo, no la vuelvas a repetir porque puedo decírselo al director). (ii) En caso de que los individuos iguales no estén bajo el paraguas de una igualdad institucional, podemos hablar de tolerancia en la medida en que un individuo tiene la posibilidad de estorbar la conducta, o confrontar la opinión, de otro (la tolerancia estaría en la renuncia a hacerlo). La tolerancia puede ser simple prudencia, comodidad, dejadez (adquiriendo la condición de vicio, más que de virtud). No obstante, desde el fundamentalismo democrático se alaba esta manifestación de tolerancia como señal de respeto (por la libertad del otro, por sus creaciones). Pero aquí nos encontramos con una variedad de situaciones cubiertas por el manto del respeto. Puede tratarse de generosidad (como ejemplo señala Bueno la tolerancia pedagógica del maestro ante las objeciones ingenuas del alumno para mantener la confianza de este). Puede tratarse de la capacidad de autocrítica, cuando asumo que mi contrincante pueda presentar argumentos superiores a los míos. Pero puede tratarse también de un vicio: cuando las opiniones o conductas de un individuo pueden implicar justamente la falta de respeto por ese mismo individuo o por otros. Así, si el sujeto en cuestión emite opiniones claramente delirantes y las «toleramos», estamos manifestando desprecio por su capacidad racional (le damos la razón «como a los locos» en expresión común). En estos casos, y dado que estamos en una relación de simetría, el respeto se manifestará en mi disposición a rebatirle, o cortar el diálogo (rompiendo la relación), esto es, con mi intolerancia. Bueno sostiene que estas formas de tolerancia, profusamente alabadas, son manifestaciones de pseudotolerancia, tras las cuales se encuentra un repliegue del ciudadano a la condición de consumidor: las opiniones (ya sean de científicos, místicos o chamanes) se ofrecen para ser vendidas o compradas como cualquier otro producto del mercado pletórico.

Podemos concluir, por lo tanto, que bajo el concepto de tolerancia se incluye una enorme variedad de situaciones. De las cuales, solo en algunos casos el ejercicio de la tolerancia puede ser calificado de virtud. La mayor parte de las veces se trata de desprecio, temor, prudencia, dejadez, comodidad, impotencia o simple pluralismo institucional.

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En la confluencia entre la armadura reticular y la armadura básica encontramos una forma especial de conflictos que se manifiestan en «los procesos de tributación de la capa basal». Las contradicciones tienen, en este caso, su origen en la distinción entre lo público y lo privado, entre el ciudadano (miembro de la sociedad política) y el hombre (miembro de la sociedad civil) yuxtapuestos «a través del deber de la tributación».

Bueno sintetiza la contradicción que aparece aquí en los siguientes términos: «el tributo presupone la propiedad privada […] pero, al mismo tiempo, pone en tela de juicio (y desde luego, limita y recorta en la práctica) el mismo núcleo de la propiedad privada». Esta contradicción nos aboca al origen mismo de la propiedad privada, que solo existe como tal tras la apropiación de un territorio por la comunidad política, constituyéndose en propiedad colectiva. Es entonces cuando se abre la posibilidad de que la comunidad política haga entrega (mediante su reconocimiento) de una propiedad privada, como participación en la propiedad política global. La propiedad privada tiene su origen, por lo tanto, en la propiedad colectiva, que es previa a la sociedad estatal, y, por supuesto, a la sociedad democrática. (El tributo constituye entonces una segregación de esa propiedad privada, que vuelve al ámbito público, segregación «de geometría variable», que puede, en el límite, convertirse en confiscación).

Dado que el sistema tributario es dependiente de la sociedad política su estructura será «un reflejo muy fiel de la estructura del sistema político». Así, en las democracias parlamentarias a cada ciudadano le corresponde un voto, esto es, cada ciudadano es concebido como autónomo (con respecto a cualquier comunidad de referencia: familia, gremio, etc.) por lo que el contribuyente tendrá, del mismo modo, una titularidad individual. No obstante, esa concepción del Estado de ciudadanos individuales y autónomos queda rota en la práctica, dado que el votante figura como miembro de otras subcomunidades (así, en España, municipios, provincias, comunidades autónomas), en las cuales vota y tributa, y a través de las cuales vota, de modo que el peso que tiene como ciudadano y como tributante ya no es igual en todo el territorio. (Un voto para las elecciones generales en la provincia de Teruel vale considerablemente más que en la de Madrid, los impuestos transferidos varían en cada comunidad autónoma española, etc.).

En relación con el porcentaje que el Estado puede segregar de la propiedad privada para reingresar a la propiedad colectiva surge el concepto de «sistema tributario justo», que, a juicio de Bueno, es un imposible político, en todo caso, una idea límite. Para establecer ese sistema justo habría que atenerse al aspecto formal (igual tributación, tributación proporcional a los ingresos, etc.). Pero todo intento de equidad formal (que puede tener la forma de la proporcionalidad) implica una desigualdad material (de modo similar a como ya vimos para el caso de la igualdad ante la ley).

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Otra zona de conflicto señalada es la que aparece en las ramas del poder político operando en la capa conjuntiva (véase 10.1., &3). Tenemos, aquí, los conflictos entre el poder ejecutivo y el legislativo, entre el ejecutivo y judicial y entre el legislativo y el judicial.

(1) Los conflictos entre el ejecutivo y el legislativo tienen dos fuentes principales: (a) Mientras del poder legislativo surgen las leyes de aplicación «universal», el ejecutivo tiene que enfrentar las diversas variables concretas, y las situaciones cambiantes. (b) El propio legislativo está compuesto de partes con orientaciones e intereses enfrentados. Esto es, su unidad es de consenso, pero no de acuerdo. (Bueno emplea la expresión consenso democrático para referirse «a la aceptación de la resolución tomada por una mayoría», que, en el límite puede ser por unanimidad, pero puede ser también una mayoría relativa, o minoría mayoritaria, frente a un desacuerdo mayoritario pero disperso. Mientras que emplea la expresión acuerdo democrático para referirse a la concordancia de una mayoría en unos contenidos. El acuerdo presupone el consenso).

(2) El conflicto entre el poder legislativo y el judicial tiene como fuente principal la imposibilidad de aplicar unas leyes universales de modo automático a los caso singulares juzgados. A veces es necesario componer unas normas con otras que confluyen en un mismo caso y no son enteramente compatibles, otras veces surgen casos no previstos por la norma, etc. De modo que los jueces se convierten en «”fuentes de derecho” en competencia, a veces, con el propio poder legislativo».

(3) Los conflictos, o contradicciones, entre el poder ejecutivo y el poder judicial tienen su origen en la interpretación que se hace de la independencia de poderes. El poder judicial no puede ser totalmente independiente del ejecutivo por varias razones. En primer lugar porque todos los poderes tienen que estar orientados a la eutaxia de la propia democracia. Mantenerse fiel al lema «hágase la justicia aunque perezca el mundo» no es sino una manifestación de inmadurez. Pero, además, el poder judicial tampoco es independiente estructuralmente del poder ejecutivo, ni puede serlo (a riesgo de crear un Estado dentro del Estado). Pues, para que las sentencias se cumplan, es necesaria la intervención de la policía u otros órganos coercitivos dependientes del ejecutivo.

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En la capa cortical encontramos las formas más intensas de contradicción en una democracia. La existencia de una comunidad política está determinada por la existencia de aquellas comunidades que la envuelven, frente a las cuales mantiene una relativa autonomía por su disposición a defenderse. De ahí que la capa cortical constituya un elemento esencial de toda comunidad política. Por lo que, como ya señaló en su momento Platón en el Libro I de Leyes, «hay por naturaleza una guerra perpetua y no declarada de cada polis con todas las demás». Este estado de guerra larvado, que se traduce en guerra efectiva bajo determinadas circunstancias, adquiere un carácter manifiestamente contradictorio bajo los sistemas democráticos, toda vez que «se da por supuesto […] que las sociedades democráticas han de mantener entre sí relaciones pacíficas». En apoyo de esta tesis se suele decir que las guerras se producen siempre entre regímenes no democráticos. Así, la Segunda Guerra Mundial habría sido desencadenada por la Alemania nacionalsocialista. Pero el régimen nacionalsocialista llegó al poder en el seno de una sociedad democrática, y siguiendo las reglas de esas sociedad. Y no son pocos los casos en que potencias democráticas han entrado en guerra con otras potencias no democráticas sin que hubiese agresión por parte de estas. En cualquier caso, la democracia no es, en sí misma, garantía de paz.

&6

Bueno remata el Panfleto contra la democracia realmente existente con una serie de consideraciones:

Desde el fundamentalismo se tiende a explicar las democracias actuales como si brotaran de las raíces primitivas de la sociedad humana, o como un resultado final al que apuntara la propia sociabilidad humana. Pero esta explicación es puramente ideológica. La estructura de las actuales sociedades democráticas es el producto de la reorganización de estructuras previas llevadas a cabo por ciertos grupos e individuos en función de sus intereses. (Cabe señalar que un elemento esencial para la interacción de esos grupos e individuos y, por lo tanto, para la organización y mantenimiento de esa estructura social, es compartir un mismo idioma. De ahí la importancia que dan los grupos secesionistas a la ruptura con el idioma común y la imposición de uno propio).

Esa estructuración de la nueva sociedad democrática está constituida por una compleja trama de relaciones en equilibrio dinámico. Entre las cuales cabe señalar aquellas que mantienen entre sí la armadura reticular y la «sociedad civil». Así, podemos incluir en la armadura reticular a la clase política, que será concebida unas veces como «encarnación misma del Estado», «depositaria de una sabiduría práctica heredada, de naturaleza eminentemente técnica», y otras veces como una administración encargada «de los intereses de la sociedad civil», al servicio de los ciudadanos, como si se tratase de un grupo de gestores contratado por estos. En ambos casos la armadura reticular (reducida a la capa conjuntiva, toda vez que la ficción de la paz perpetua democrática reduce al ejército a tareas no militares como apagar incendios) aparece sustancializada con respecto a la sociedad civil, que se mantiene como independiente (sustancializada a su vez), frente a la capa conjuntiva.

Esta sustancialización de la capa conjuntiva (a la que hemos reducido la armadura reticular) y de la armadura basal (identificada con la sociedad civil), tiene varias consecuencias

(1) Produce un distanciamiento de los ciudadanos frente a los asuntos políticos, que se manifiesta de dos formas: (a) Los ciudadanos, miembros de la armadura basal, tienden a considerar que, ya que existe un «conjunto de “profesionales que administran el Estado”», pueden dejar en sus manos tales asuntos. Con frecuencia se considera que la propia Constitución es un sistema de normas que la sociedad civil se ha dado a sí misma a través de esa clase de administrados que ha creado previamente. (b) Los ciudadanos, miembros de la capa basal, tienden a generar una aversión a la capa conjuntiva, desconecta de sus propios intereses, a la que niega el derecho a hablar en su nombre (es el caso, muchas veces, de los abstencionistas activos en la elecciones).

(2) Como miembros, ante todo, de la sociedad civil, donde residiría la esencia del Estado democrático, los ciudadanos se conciben como desbordando el ámbito nacional, para presentarse como cosmopolitas, defensores de los derechos humanos y que aspiran a vivir en un estado de paz (y desentendiéndose de las necesidades de acción política necesarias para el mantenimiento del propio sistema democrático).

Ante esta percepción podemos señalar el hecho constatable de que las actuales democracias (las democracias homologadas) se han constituido a partir de la solidaridad entre grupos y clases, situándose frente a aquellas poblaciones menos favorecidas que representan al menos los dos tercios de los habitantes del planeta. Tales democracias constituyen en ese sentido una comunidad internacional, el denominado con frecuencia Primer Mundo.

(3) Una característica de la democracia moderna es que los elementos que constituyen la armadura reticular son seleccionados permanentemente a través de un proceso electoral en el que pueden participar todos los adultos, rompiendo con el carácter hereditario de la clase política dirigente (mayormente procedente de la nobleza) del Antiguo Régimen. Esa operación aparece, a juicio de la concepción fundamentalista, como si el ciudadano electo determinarse con su voto individual la «voluntad general» causante de los resultados electorales. Pero lo cierto es que no hay ninguna voluntad general determinando el resultado electoral, sino la confluencia aleatoria de múltiples decisiones individuales, que están moldeadas por estructuras supraindividuales (que las hace estadísticamente previsibles).

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El fundamentalismo oculta la constitución no democrática del propio cuerpo electoral. Eso se pone de manifiesto cuando aparecen en escena los defensores del derecho a la autodeterminación, o las críticas a la Constitución partiendo de que la mayoría de los ciudadanos actuales no la han votado (cosa que sucede con cierta frecuencia en España).

Algunos grupos piden el derecho de autodeterminación de algunas de las partes del Estado constituido apelando a principios democráticos. (Dejaremos de lado, de momento, los problemas que plantean los propios conceptos de «autodeterminación» y «derecho de autodeterminación», véase 10.3, final del &5). Pero es imposible decidir democráticamente como establecer la parte que habría de «autodeterminarse», lo que nos llevaría a incurrir en una petición de principio. El principio democrático exigiría, en realidad, que fuese el cuerpo electoral entero (que forma parte de una nación política ya constituida), el que decidiese, en todo caso, segregar o no segregar una parte. Pero esto no puede ser aceptado por los defensores del «derecho de autodeterminación», porque supondría la negación de tal derecho (sería, en todo caso, el derecho otorgado a la independencia).

Otro problema de la misma naturaleza tiene que ver con la legitimidad de una Constitución (tal es el caso de la española) que, por su antigüedad, no ha votado una parte considerable de la población actual. Lo que plantea el problema de cada cuánto tiempo tendría que ser votada una constitución para adquirir esa legitimidad que le faltaría. ¿Cada cuarenta años?, ¿cada veinte?, ¿por qué no cada cinco, dado que las posiciones de los electores pueden haber variado en ese tiempo? Pero ningún Estado, ninguna nación política, resistiría semejante proceso, salvo que ciertas estructuras estales permaneciesen al margen del sometimiento al principio democrático. Lo que volvería a plantear el problema de la legitimidad de tales instituciones.

También se podría plantear el problema de quién estaría legitimado para votar esa constitución, si no contamos con un cuerpo electoral constituido previamente a la democracia, y por ello, por procedimientos no democráticos. (Las democracias actuales surgieron a partir de la reorganización de las estructuras del Antiguo Régimen, y en el seno de Estados creados por el Antiguo Régimen. No es posible una fundamentación democrática de la democracia).

***

Finalmente, la Idea pura de democracia distorsiona la relación con el tiempo histórico, al presentar el triunfo de la democracia (ya sea con la Revolución francesa, ya sea con la transición española) como un corte radical en la historia de ambos países, cuando lo cierto es que la condiciones que posibilitaron el triunfo de esas formas democráticas se incubaron en los regímenes anteriores (la Revolución francesa en el Antiguo Régimen y la transición española en el franquismo). Del mismo modo se tiende a sobrevalorar los productos culturales de la democracia, y la propia potencialidad de la democracia para crear cultura, como si la obra de Cervantes, Bach, o Miguel Ángel, y la productividad cultural de las épocas en las que vivieron, desmerecieran algo frente a la «creatividad democrática».

&7

En Consideraciones sobre la democracia, un escrito breve publicado en 2008, Bueno somete a la democracia a un análisis antropológico (que puede ser contrapuesto a otros de tipo politológico, etc.). Desde esta perspectiva, la democracia aparece como una institución compleja (o un complejo de instituciones, véase 6.1, &5) con su momento tecnológico y su momento nematológico. (Recordemos que Bueno emplea el término nematología para referirse a la estructura de las «nebulosas ideológicas» que envuelven a diverso tipo de instituciones).

Vista desde su momento tecnológico, la democracia constituye un complejo de instituciones operativas que se desenvuelven en un entorno configurado por otras instituciones, y que incluye a electores, candidatos, militantes, partidos políticos, mítines, funcionarios, urnas, papeletas, pasquines, televisión, etc. El concepto de democracia, así entendido, y como contrapuesto a otros sistemas no democráticos, o a otro tipo de instituciones o complejos institucionales, ofrece pocos problemas. De hecho, «todo el mundo» tiene una idea más o menos clara de a qué nos estamos refiriendo con esa designación.

Pero detrás de todo complejo tecnológico democrático está operando siempre una nematología, un conjunto de ideas confusas, ideológicas, que pasan muchas veces por teorías de la democracia, y que están inmersas «en la propia realidad institucional» de la práctica democrática. Así, por ejemplo, cuando un grupo de excursionistas, poniendo en marcha la democracia procedimental, decide elegir mediante votación mayoritaria qué camino tomar en una bifurcación, no solo están haciendo uso de un procedimiento técnico de decisión, están presuponiendo además un entramado ideológico (una nematológía): estructuran el grupo en un conjunto de individuos, cuyo voto vale igual, capaces de elegir libremente, etc. Frente a otras posibilidades tales como organizar el voto por familias, valorarlo según criterios de edad o experiencia, apelar a la intuición, etc.

Si nos circunscribimos al campo político, entre las nematologías democráticas más persistentemente instaladas en nuestro presente cabe señalar: el formalismo de Kelsen, el armonismo universal progresivo (característico de las doctrinas socialdemócratas), y el fundamentalismo democrático, fusionados, en cierta forma, tras el derrumbe del sistema socialista.

La nematología socialdemócrata se constituye como la idea de un progreso gradualista indefinido y armónico, extensible a todos los Estados a través de la pedagogía, que conducirá a un estado final de paz, libertad y felicidad del género humano.

Tras la caída de la Unión Soviética, hay una tendencia de la nematología democrática a identificarse con la democracia fundamentalista. Tal como se muestra con absoluta claridad en El fin de la historia y el último hombre, el fundamentalismo democrático ve en la democracia la consumación de la sociedad política a través de la cual el género humano podrá alcanzar su plenitud. La democracia se confunde, así, con lo propiamente humano. Esta nematología está inmersa en la estructura de las democracias realmente existentes, y es asumida de modo especialmente intenso por los partidos socialdemócratas (en los que confluye la idea de un progreso gradualista indefinido con la defensa de la democracia entendida como única forma auténticamente humana de gobierno).

En Consideraciones sobre la democracia Bueno focaliza la crítica de esta nematología en los siguientes puntos:

(1) El fundamentalismo democrático se dirige al género humano. Pero tal concepto tiene un carácter metafísico. Pues, no existe un género humano, no existe algo que compartirían todos los seres humanos, presentes, pasados y futuros, salvo que los reduzcamos a lo puramente biológico, animal. Si, más allá (o más acá) de los componentes animales, nos enfrentamos con lo humano del hombre (y, por lo tanto, con un ser determinado social y culturalmente), la humanidad aparece escindida en una diversidad de comunidades políticas y culturales. Desde ese punto de vista solo tiene sentido hablar de género humano como idea aureolar, como el proyecto de un imperio universal. (Una idea aureolar es aquella que designa un proceso tal que solo adquiere sentido -solo puede ser entendido como ese concreto proceso- supuesto un fin al que estaría conduciendo. Fin que resulta irrealizable pero que dota de sentido al proceso en realización. Se diferencia de una idea utópica en que esta se supone irrealizable desde el principio).

(2) El fundamentalismo democrático oculta los procesos materiales que están operando tras las democracias realmente existentes. Oculta, en primer lugar, que estas se basan en la libertad frente a la coacción (libertad de), y en la capacidad para elegir (libertad para) entre el conjunto de bienes que ofrece el mercado. Bueno acuña la expresión «democracias de mercado pletórico» para designar a las democracias presentes.

(3) El fundamentalismo democrático oculta el empleo de la fuerza para expandir ese modelo de democracia y garantizar el suministro de recursos necesarios para su mantenimiento (gas, petróleo, minerales de diverso tipo, etc.). Ese empleo de la fuerza aparece disfrazado con frecuencia bajo el rótulo cínico de «misiones de paz».

(4) La nematología democrática fundamentalista oculta que el interés en la expansión planetaria de la democracia a través de la pedagogía tiene como trasfondo la necesidad de ampliar el «cuerpo de consumidores», lo que refuerza los centros de producción que «se encuentran en el país pedagogo».

(5) El fundamentalismo democrático oculta, también, bajo el mito del progreso indefinido, el posible fracaso de tales sociedades a consecuencia de las crisis potenciales del mercado.

(6) Finalmente, el fundamentalismo democrático oculta que el mercado, fundamento de las democracias realmente existentes, exige diversidad de necesidades y compradores, de lo contrario tales necesidades podrían ser satisfechas de modo planificado y automático. A consecuencia de esto, esa nematología fundamentalista exige la desigualdad. Y esto sin perjuicio de que se amplíe la oferta de servicios (médicos, educativos, culturales, de infraestructuras, de seguridad, etc.) para los estratos sociales bajos como medio de evitar su rebelión, lo que conduciría a la liquidación de tal modelo de democracia pletórica de mercado.

 

10.4. Sociedad política y sociedad civil:

la crítica a la Idea de sociedad civil

[A desarrollar]

 

10.5. Sobre las nociones de izquierda y derecha política

Las nociones de izquierda y derecha están detrás de buena parte de los debates y confrontaciones sociales y políticas actuales, especialmente en las sociedades democráticas «occidentales». En algunos países, en razón de sus propias circunstancias históricas, estas nociones son empleadas como auténticas ideas fuerza para descalificar al contrario y movilizar voluntades. Ahora bien, a juicio de Bueno, esas nociones:

(1) Esconden ideas oscuras y confusas; esto es, funcionan como auténticos mitos confusionarios.

(2) Responden al funcionamiento de sistemas ideológicos. (Esto es, de sistemas de ideas que canalizan los intereses de un grupo en tanto enfrentado con otros grupos sociales). A juicio de Bueno, las ideologías mantienen un cierto entretejimiento con el pensamiento filosófico y mítico, fundamentalmente por dos razones: (a) Dado que toda concepción del mundo es construida desde alguna parte -no se puede pensar desde fuera del mundo- toda filosofía es ideología. (Pero no a la inversa, pues solo aquella ideología que mantiene el carácter dialéctico es filosofía). (b) Los mitos desarrollados en el seno de las sociedades avanzadas son, con frecuencia, incorporados a algún sistema ideológico.

Pues bien, cuando se habla de «la izquierda», en singular, se está reduciendo ese concepto a un mito incorporado a una ideología. Un mito que, en este caso, es oscurantista y confusionario porque oculta la existencia real de una diversidad de proyectos de izquierdas que son incompatibles entre sí. Cuando se habla de «la derecha» se incurre en una mitología similar.

Bueno lleva a cabo un análisis sistemático y crítico de los conceptos de izquierda y derecha política en dos obras fundamentales, El mito de la izquierda y El mito de la derecha, y en otros numerosos escritos entre los que cabe mencionar: La ética desde la izquierda, En torno al concepto de izquierda política, ¿Qué significa ser de derechas en la España actual?, y Sobre la transformación de la oposición política izquierda/derecha en una oposición cultural (subcultural) en sentido antropológico.

 

10.5.1. El mito de la izquierda

&1

Comenzaremos con el análisis del concepto de izquierda en sentido político. La tesis central de El mito de la izquierda es que las izquierdas son múltiples, con proyectos diferentes y aun contrapuestos. No obstante, mantienen entre sí algún tipo de unidad (que será funcional y no sustancial) lo que permite agruparlas bajo un mismo rótulo y clasificarlas.

Para llevar a cabo esa clasificación partiremos de cierto material dado históricamente: aquellas concepciones de izquierda tanto expresadas (las ideas de la izquierda o sobre la izquierda) como ejercitadas (las corrientes de izquierda históricamente desarrolladas). Incluiremos entre tales concepciones a las que tengan los siguientes rasgos:

(1) Un carácter directamente político. (O bien, cuando no es así, caso de movimientos sociales o culturales, que se intersecten de algún modo con la vida política).

(2) Un carácter racionalizador, esto es, que busquen la racionalización de la vida práctica política.

(3) Que tengan una orientación universal.

Esta caracterización nos proporciona un concepto general de izquierda que sirve para seleccionar una cierta cantidad de material, eliminando a aquel que no se atiene a los criterios señalados. Pero estamos todavía ante una definición no distinta, confusa, que habrá que ir precisando. Tomándola como punto de partida procederemos a la clasificación de las concepciones de la izquierda apelando a criterios lógicos o sintácticos.

Los criterios lógicos son de dos tipos: de carácter lógico estructural (aquellos que tienen que ver con la estructura lógica interna de los conceptos), y de carácter lógico gnoseológico (aquellos que tienen que ver con la relación del concepto de izquierda con el material empírico).

Con respecto al primer tipo (de carácter lógico estructural) podemos distinguir tres formatos:

(1) Unívoco o absoluto: es el propio de las acepciones que tratan de establecer un concepto unívoco de izquierda, de modo que cualquier variedad que no se ajuste a ese concepto será considerada como una desviación.

(2) Relacional-posicional: es el propio de aquellas acepciones que consideran que el concepto de izquierda está en función de la derecha, como opuesto a la derecha, de modo que al variar uno varía el otro.

(3) Funcional: es el propio de aquellas acepciones que admiten el carácter relacional del concepto de izquierda, pero no el sentido posicional.

Con respecto al segundo tipo (de carácter lógico gnoseológico) puede desglosarse en tres criterios:

(1) De índole modal. Surge al considerar el grado de necesidad que se atribuye a cada concepción de las izquierdas. Se divide en dos posiciones extremas: (A) Accidentalistas: conceden a la posición izquierda/derecha un carácter secundario para la organización de la sociedad política. (B) Esencialistas: conceden a la oposición izquierda/derecha un carácter relevante para la organización de la sociedad política.

(2) De índole predicamental-intensional. Se pueden distinguir aquí dos concepciones de la izquierda: (a) Genéricas, la determinación «izquierda» se aplica a campos distintos del político. (b) Específicas, la determinación «izquierda» solo se aplica al campo político.

(3) De índole predicamental-extensional. Presenta dos situaciones extremas: (i) Concepciones de la izquierda universalistas: aquellas que consideran que el concepto de izquierda se aplica a la totalidad de las sociedades humanas (de modo que se califica, por ejemplo, a los comuneros -de la rebelión comunera en la Castilla del siglo XVI- como de izquierda, frente a los imperiales que serían situados en la derecha). (ii) Concepciones de la izquierda particularistas: aquellas que consideran que los conceptos de izquierda y derecha solo pueden ser aplicados a ciertas sociedades (por ejemplo, las sociedades burguesas modernas) de modo que su extensión indiscriminada desvirtuaría estos conceptos.

Las clasificaciones de carácter lógico estructural no se pueden cruzar entre sí, pues unas excluyen a otras. Pero las de carácter lógico gnoseológico sí pueden ser cruzadas, dando origen a ocho grupos de concepciones de la izquierda o sobre la izquierda, que aparecen en la siguiente tabla (que Bueno presenta en El mito de la izquierda, 2003):

 

(A)

Accidentalistas

(B)

Esencialistas

(a)

Intención

genérica

Aai

Modelo 1

(teoría de

Maritain)

Aaii

Modelo 2

(teoría de

Lenin)

Bai

Modelo 5

(teorías

reaccionarias)

Baii

Modelo 6

(teoría de las terceras vías)

(b)

Intención

específica

Abi

Modelo 3

(teorías

anarquistas)

Abii

Modelo 4

(teorías

fascistas)

Bbi

Modelo 7

(teoría

marxista)

Bbii

Modelo 8

(teoría de

Habermas)

 

(i)

Universalista

(ii)
Particularista

(i)

Universalista

(ii)
Particularista

Esta tabla recoge las teorías posibles sobre el concepto de izquierda. Una teoría que se situase, por ejemplo, en el punto B de la tabla, pero que no pudiera ser adscrita a (a) o a (b), a (i) o a (ii), sería tan vaga y genérica que tendría que ser descartada. La tabla adquiere así una capacidad crítica, en la medida en que permite clasificar y contraponer las diversas Ideas de izquierda y descartar a aquellas que no encajen en algunas de las modalidades posibles.

&2

Los conceptos políticos de «izquierda» y «derecha» se fraguaron en Francia, en la Asamblea revolucionaria de 1789. Tales designaciones (accidentales, pero no lo que representan) proceden de que los partidarios del Antiguo Régimen (representado por el trono y el altar) se sentaban a la derecha, mientras que los partidarios del nuevo régimen se sentaban a la izquierda.

La aparición de la noción de izquierda como categoría política vino acompañada de la reivindicación de la razón y la racionalidad, al mismo tiempo que se trataba de arrinconar a la derecha (a los defensores del trono y el altar) en la superstición. Y aunque tales términos se usaron vinculados a conceptos confusos, en la práctica los revolucionarios franceses pusieron en marcha un auténtico «ejercicio» de racionalización política. (Paralelo al proceso de racionalización de ciertos saberes que dio origen a las ciencias positivas modernas. No en vano, muchos revolucionarios franceses fueron, al mismo tiempo, destacados científicos).

Bueno muestra cómo, con la Revolución francesa, se puso en marcha un proceso en el que estaba implicado un determinado tipo de racionalización: la racionalización por holización. (Véase 3, &3). Los revolucionarios parten de la nación histórica francesa, organizada como un Estado con la morfología propia del Antiguo Régimen, sometiendo a trituración sus partes anatómicas (naciones étnicas, estamentos, gremios, familias, etc.). Esta trituración se detiene cuando alcanzan aquellas partes atómicas susceptibles de conservar la forma política; esto es, cuando alcanzan los átomos racionales, los individuos, concebidos como libres e iguales entre sí. A partir de esos átomos racionales se reconstruirá la totalidad. Ahora bien, esa totalidad tiene que estar presupuesta (dialelo gnoseológico), pues, de lo contrario, dado que tales átomos racionales no se distinguen de los que podríamos obtener por trituración de cualquier otra entidad política, quedarían anegados «en el océano de la humanidad» (esto es, se habría disuelto toda comunidad política). Pero esa totalidad reconfigurada a partir de esos átomos racionales ya no tendrá la morfología del Antiguo Régimen, sino la de una nación política, cuyas partes formales últimas, los mentados átomos racionales, serán concebidas como ciudadanos, esto es, como sujetos libres e iguales, que detentan la soberanía. De modo que la nación política surge como esencialmente republicana (como nación de ciudadanos libres e iguales).

En la reconstrucción de este todo como nación política intervinieron, no solo procesos internos, sino también externos, como es el caso del cerco que las potencias extranjeras, ancladas en el Antiguo Régimen, pusieron a la Francia revolucionaria. La necesidad misma de defender la revolución exigía la puesta en marcha de las nuevas instituciones nacionales.

De este proceso de holización podemos concluir que:

(1) El concepto de nación política constituye una categoría nueva, que surge tras la Revolución francesa. (Y surge, como es lógico, en paralelo a la constitución de la nación política efectiva).

(2) La nación política no se desarrolla a partir de la humanidad, ni como una creación ex novo, sino a partir del Estado francés del Antiguo Régimen. La nación política francesa surge a partir de la nación histórica francesa.

(3) La nación política fue una construcción de los revolucionarios franceses, enfrentados al Antiguo Régimen y a sus defensores. Dado que los bandos surgidos en este conflicto dieron origen a las nociones de izquierda y derecha política, y que fue el bando de la izquierda el que puso en marcha ese proceso de transformación por holización del Antiguo Régimen en el nuevo, cabe decir que la nación política fue una creación de la izquierda.

&3

La izquierda nace, pues, vinculada a la creación de la nación política, que se lleva a cabo desde el Estado (un Estado que procede del Antiguo Régimen y que es reconfigurado por procesos de holización). Pero esa izquierda originaria, esa izquierda prístina, dará origen históricamente a una variedad de proyectos, cuya génesis mostraremos más adelante. De momento comenzaremos clasificando esas múltiples izquierdas en dos grandes grupos: las izquierdas definidas y las izquierdas indefinidas.

Dado que el criterio empleado para la definir a la izquierda y clasificar a sus variantes es su relación con el Estado, concluiremos que las izquierda definidas son las izquierdas en sentido propio. Izquierdas definidas son, pues, aquellas que tienen un proyecto claro en relación con el Estado (aun cuando ese proyecto pueda ser su aniquilación, como sucede con la izquierda anarquista).

Pero también es frecuente incluir en el ámbito de las izquierdas a grupos que no tienen una posición frente al Estado, salvo de un modo derivado, y que serán por esto denominadas izquierdas indefinidas. Aquí se incluyen ciertas vanguardias artísticas, ONGs, etc.

Las izquierdas definidas históricamente dadas se han desarrollado a través de un complejo proceso en el que unas serán generadas a partir de otras (sin que eso signifique que las primeras han quedado disueltas en las siguientes). Por eso Bueno habla de las generaciones de las izquierdas definidas. Se pueden diferenciar seis de estas generaciones:

***

Primera generación de izquierdas definidas: la izquierda jacobina. La primera generación de las izquierdas se desarrolló con la Revolución francesa. Pero el proceso revolucionario se encontró con diferentes posicionamientos. Cabe señalar la confrontación entre girondinos y jacobinos. Los primeros no pretendían llevar a cabo la disolución del Antiguo Régimen hasta sus partes atómicas (los individuos, luego reconvertidos en ciudadanos) sino que limitarían este proceso hasta ciertas unidades regionales, que serían luego federadas. Fueron los jacobinos, triunfantes en esta confrontación, los que pondrían en marcha el proceso de racionalización por holización del Estado, transformando la nación étnica e histórica del Antiguo Régimen en una nación política republicana: la nación de ciudadanos libres e iguales.

Esta izquierda jacobina, que puede ser considerara la izquierda prístina, la primera generación de la izquierda, tendría luego dos derivaciones: (1) La bonapartista. Frente a quienes consideran que la entronización de Napoleón Bonaparte fue una traición a la república (un giro reaccionario en la Revolución francesa), Bueno sostiene que fue una consecuencia de la presión exterior, que obligó a una reorganización interna capaz de hacer frente a esa presión y de combatirla, llevando las ideas revolucionarias fuera de las fronteras francesas. De ese modo el bonapartismo cumplió la función de extender los principios de la revolución, de extender la racionalización, a los Estados del Antiguo Régimen que envolvían a Francia. (2) La radical, a la que también podríamos llamar republicana. Es consecuencia de la evolución natural de la izquierda originaria una vez que la presión exterior cesó. Se centra en intensificar el carácter republicano del Estado combatiendo las excrecencias del Antiguo Régimen. Es la izquierda que está tras la constitución de la Tercera República francesa (1870-1940).

***

Segunda generación de izquierdas definidas: la izquierda liberal. Surge en España, en el contexto de la lucha contra la invasión napoleónica. En ese momento, en España encontramos tres posiciones políticas destacadas: (1) Los «afrancesados», que asumen el ideario de la ilustración francesa y la Constitución de Bayona de 1809, impuesta por Napoleón. Pueden ser considerados como representantes de la izquierda jacobina en España. Entre sus miembros más conocidos podemos incluir a Moratín y a Goya. (2) Los «reaccionarios», que se enfrentan al dominio francés -conducidos, en muchas ocasiones, por la Iglesia- intentando restaurar el Antiguo Régimen. Entre los representantes de esta posición cabe señalar a José Joaquín Colón (autor de España vindicada), y Rafael Vélez (autor de Preservativo contra la irreligión y Apología del Altar y el Trono). (3) Los liberales, que se enfrentan al dominio francés pero quieren transformar la Monarquía hispánica (que en aquel momento incluye no solo la España peninsular, sino también los territorios americanos, africanos y asiáticos) en una nación de ciudadanos. Representan, a juicio de Bueno, la auténtica izquierda española. Entre sus miembros destaca Jovellanos.

Conviene recordar que el término liberal, como categoría política, surgió, en España, con un sentido diferente del que ha acabado asumiendo. El origen de este término está, seguramente, en la expresión «artes liberales», que, en la Edad Media, eran contrapuestas a las artes serviles. Por el camino, en ese proceso de conversión en concepto político, adquirió la connotación de generoso (liberalidad se usaba como sinónimo de generosidad). Y acabó designando a ese posicionamiento político que se oponía a la derecha reaccionaria española (los partidarios del trono y el altar) pero también a la izquierda jacobina. Los liberales, como supo ver en su momento Marx, bebieron de la ilustración francesa, pero la filtraron a través de la tradición «constitucionalista» española que se puede remontar a las Cortes de León, las reflexiones políticas de la Escuela de Salamanca, etc. Fueron los liberales quienes dieron forma a la constitución de Cádiz, de 1812, en la que se define a la nación española como el «conjunto de los individuos españoles de ambos hemisferios», y se establece que la soberanía reside en la nación.

Los liberales, al igual que los jacobinos, querían construir una nación política a partir del Estado creado en el Antiguo Régimen. Pero no eran inicialmente republicanos, apostando por una monarquía constitucional. Tampoco renegaron del catolicismo, que siguió siendo la religión del Estado.

***

Tercera generación de izquierdas definidas: el anarquismo. Hemos visto como las izquierdas de primera y segunda generación tuvieron como tarea propia la transformación del Estado del Antiguo Régimen en una nación política (a través de los procesos de racionalización por holización ya explicados). Este proceso llevaba implícito, sin embargo, un conflicto interno. Pues, por un lado, la holización reducía las partes anatómicas del antiguo estado a sus átomos racionales, que, como tales, eran iguales a cualesquiera otros átomos racionales, lo que apuntaba al desarrollo de una república universal, regida por los derechos del hombre. Pero, por otro lado, esa holización tuvo que producirse dentro de recintos cerrados, constituyendo las diversas naciones políticas, en el seno de las cuales los individuos adquirían la condición de ciudadanos, regidos por los derechos del ciudadano. Esta contradicción, interna al desarrollo de los propios procesos de holización del Estado, se desarrolla en un doble ámbito:

(1) La libertad e igualdad jurídico-política establecida dentro de cada recinto nacional convive con las desigualdades socioeconómicas, consecuencia de que los individuos siguen formando parte de diversas clases sociales en conflicto.

(2) La racionalización de los Estados introduce relaciones de igualdad en su seno, pero estos se conforman como naciones distintas, que mantienen entre sí conflictos similares a los que mantenían los Estados del Antiguo Régimen. Ciertamente, existen relaciones de igualdad y fraternidad que sobrepasan las naciones políticas, las que se dan entre clases sociales «internacionales» (la clase proletaria, la clase burguesa), pero estas se hallan limitadas por las relaciones de «solidaridad» entre los miembros de cada Estado nacional. (Conviene recordar la diferencia señalada por Bueno entre fraternidad y solidaridad, esta funciona siempre ante terceros). Se desarrolla, así, lo que Bueno denomina dialéctica de clases y dialéctica de Estados (véase 11.2). Este cruce entre la dialéctica de clases y la dialéctica de Estados se mostró con toda claridad en la Primera Guerra Mundial, cuando Rosa Luxemburgo y Karl Liebneck instaron a los obreros alemanes a no participar en una guerra ajena a sus intereses de clase, pero estos prefirieron coaligarse con sus patronos en contra de Francia (y de los obreros franceses).

Cabría esperar que esta dialéctica de clases y de Estados se «resolviese» (por vía de un progreso incesante, de un progressus conducente a la holización definitiva), en la racionalización del género humano. (Racionalización que estaba implícita en la Revolución de 1789). Esta es la apuesta del marxismo, que dará origen a tres generaciones de izquierdas: la cuarta, la quinta y la sexta. Pero cabría dudar también de ese progreso conducente a un fin de la historia, a esa holización definitiva. Ante esta duda la alternativa racional es volver (regressus) a los principios de la Revolución francesa: esta es la vía que dio origen al anarquismo.

Este regressus consiste en deshacer el camino que conduce al Estado nacional, en regresar al momento anterior de la construcción de ese Estado. Ese Estado es visto ahora, no como un medio para el triunfo de la revolución (consistente en la completa racionalización del género humano) sino como un obstáculo. Por lo tanto, el objetivo de la nueva generación de izquierdas que se constituya bajo esta perspectiva, la izquierda anarquista, es la destrucción del Estado nacional (y con él de todo Estado).

Ese proceso de destrucción, ese regressus (que lleva a la trituración de las partes anatómicas del Antiguo Régimen o las instituciones del Estado nacional) puede seguir dos alternativas:

(a) Su continuación indefinida: al no detenerse en ningún punto ese proceso conduce más allá de cualquier sentido político para desembocar en el nihilismo. Esta alternativa es, sin embargo, infrecuente en el ámbito anarquista. Pues, cuando los anarquistas apelan a la destrucción de todo lo existente, buscan, por lo general, que de esa destrucción salga algo nuevo. Ese es el sentido que tenían las palabras de Bakunin cuando decía que «la destrucción es creadora».

(b) La limitación de esa trituración, que se detiene en el individuo, concediendo que este tiene un valor absoluto. Pero ese individuo no vive. Por lo que, descartado el Estado, se trata de ver cuáles son las plataformas propuestas por los anarquistas para la acción social. Dado que estos no derivan su acción a un progreso indefinido en aras de alcanzar un fin de la historia en el que se lograsen todos sus fines, esas plataformas no tendrán el carácter de meros medios, sino que deben prefigurar, de algún modo, el objetivo que se busca alcanzar. Bueno clasifica esas plataformas para la acción social propuestas por los anarquistas (que no serán meros medios sino que deben recrear en sí mismas los objetivos de respeto al individuo, a su libertad, etc.), en tres tipos: la comuna, el cantón o municipio, y el sindicato.

El anarquismo acabó enfrentado no solo a las dos generaciones de la izquierda constituidas previamente, sino también, y de modo especial, a las izquierdas de inspiración marxista: las izquierdas de cuarta, quinta y sexta generación. Aunque el despliegue de tales izquierdas pareció significar la derrota del anarquismo, este no desapareció. En nuestros días está operando detrás de muchas modalidades de lo que Bueno llama izquierda indefinida: ONGs, ecologismo, movimiento hippie, etc.

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Cuarta generación de izquierdas definidas: la izquierda socialdemócrata. Incluye a los partidos socialistas y socialdemócratas, que tuvieron como punto de encuentro la II Internacional. Es una izquierda de inspiración marxista, que aspira a la transformación revolucionaria de la sociedad, entendida ahora como emancipación del proletariado de su situación de explotación y la superación de la sociedad clasista. A diferencia con los planteamientos anarquistas, defienden que esa transformación ha de llevarse a cabo a través de los Estados nacionales (que se han ido configurando tras la primera y segunda generaciones de izquierdas).

Ese proceso de transformación lo sustentan en dos principios (que les diferencian de las generaciones de izquierdas que se desarrollarán con posterioridad). Estos son:

(1) La transformación se llevará a cabo en el interior de cada Estado nacional, a través de procedimientos pacíficos, democráticos.

(2) No se excluye la «cooperación fraternal» con otros Estados con vistas a lograr los objetivos señalados. Pero se respetará el principio de no injerencia de unos Estados en otros. Esto implica que se defenderá el pacifismo en el ámbito de las relaciones internacionales. Implica también que, en caso de conflicto entre Estados nacionales, los partidos socialistas o socialdemócratas apoyarán los intereses de su propio país, con preferencia a los intereses revolucionarios internacionales.

En la Europa posterior al desmantelamiento de la URSS los partidos socialistas están comprometidos con el Estado del bienestar y las «democracias homologadas» imperantes, con lo que su diferencia con los partidos «de derechas» ha devenido casi exclusivamente retórica. En todo caso, no va más allá de distintos planteamientos en la gestión, o distintas posiciones en cuestiones que se circunscriben al terreno de la ética.

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Quinta generación de izquierdas definidas: la izquierda comunista. Incluye al comunismo encarnado en la URSS, tras la Revolución de Octubre de 1917, y su área de influencia. Se considera la auténtica heredera del pensamiento marxista, que, a partir de la interpretación llevada a cabo por Lenin, acabará siendo designado como marxismo-leninismo y contrapuesto a la socialdemocracia.

La izquierda comunista también hace del Estado un medio para transformar el mundo. Tras tomar el poder en el Imperio ruso (que, en realidad, desde el día 1 de septiembre, ya había sido sustituido por una república, aunque el triunfo de los soviets no le dejó tiempo material para consolidarse, en caso de que pudiera hacerlo) puso en marcha un doble proceso que, en cierto modo, transcurrió paralelo al desarrollado por la izquierda de primera generación. Como en la izquierda jacobina, ese proceso transformador siguió una doble orientación: hacia dentro, transformando el Estado imperialista en un Estado comunista (o, para ser fieles a su propia terminología, en un Estado socialista que habría de poner las bases para construir una sociedad comunista); y hacia fuera, en lo que se puede describir como una forma de bonapartismo, orientándose a la trasformación de los demás Estados, y sin descartar el empleo de medios violentos para ello. La diferencia con el modelo jacobino está en que se parte de los Estados imperialistas (concebidos como fase superior del capitalismo) para instaurar una sociedad comunista, que representaría la racionalización plena de la sociedad. (En la práctica, acaso paradójicamente, las dos grandes revoluciones llevadas a cabo bajo la bandera comunista, la rusa y la china, triunfaron en países que apenas si habían comenzado a abandonar el feudalismo, o estaban inmersos en él).

Bueno diferencia tres períodos en el proceso seguido por el movimiento comunista de filiación soviética:

(1) Primer período, o periodo leninista. Abarca desde finales del siglo XIX hasta la muerte de Lenin, en 1924. En él se prepara la revolución y se produce la conquista del poder en Rusia (facilitada por la Primera Guerra Mundial), bajo la dirección de Lenin, instaurando la dictadura del proletariado. Lenin opera con el convencimiento de que la revolución se va a extender rápidamente a todos los países desarrollados, convirtiéndose en una revolución universal.

(2) Segundo periodo, o periodo estalinista. Abarca desde la muerte de Lenin hasta la condena de Stalin, en 1956, por el XX congreso del PCUS. Vuelve la guerra exterior, como consecuencia de la invasión de la Alemania nacionalsocialista. Lo que favorece la unidad interna. En este periodo se configura la Unión Soviética como nueva realidad política, caracterizada, entre otras cosas, por una «intensa estatalización y centralización». Se consolida también la idea del comunismo en un solo país. (Abandonando la tesis leninista, y de otros, como Trotsky, de la revolución universal).

(3) Tercer periodo, que abarca desde el XX congreso del PCUS hasta el desmantelamiento de la URSS. Se inicia un proceso de coexistencia pacífica con el mundo capitalista (pero sin renunciar a extender la revolución comunista cuando se presenta la ocasión, tal los casos de Cuba, Vietnam, etc.). Hacia el interior, ya consolidada la revolución, se busca convertir a la URSS en la potencia dominante, confiando en que el desarrollo económico, tecnológico, etc., le permitirán «ganar la batalla al capitalismo». Pero fueron apareciendo múltiples signos de que esa batalla estaba perdida: la revuelta en Hungría, en 1956, la revuelta de Praga, en 1968, la ruptura, en 1978, con la China comunista, la crisis en la producción agrícola, etc. Finalmente el sistema soviético acabará colapsando (se suele tomar la «caída del muro de Berlín», en 1989, como referente de ese colapso).

Respecto a las razones de ese fracaso final (aun cuando la izquierda de quinta generación no ha desaparecido del todo) Bueno sostiene que «la racionalización de cualquier dominio no implica siempre la verdad de sus resultados, ni siquiera la de sus premisas». Y que el comunismo desarrollado a lo largo del siglo XX «define plenamente el curso de una trayectoria de la izquierda, heredera de las primeras izquierdas revolucionarias, llevando sus principios a una escala tal que fueron esos mismos principios los que fueron desbordados».

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Sexta generación de izquierdas definidas: la izquierda asiática. Bueno emplea esta designación (quizá no la más ajustada) para referirse a la izquierda que surge de la revolución comunista china. También es habitual conocerla como maoísmo. Esta izquierda tiene, al igual que las dos anteriores, una inspiración marxista, incluso marxista-leninista, pero se constituye a partir de situaciones distintas, y elaborará proyectos que acabarán diferenciándola de la socialdemocracia, por supuesto, pero también de la izquierda de quinta generación.

Bueno señala, a este respecto, que distintas tradiciones (anamnesis) llevan a distintos proyectos de futuro (prolepsis). De ahí que la cuarta, la quinta y la sexta generación de la izquierda, al partir de condiciones sociales, económicas -y, en general, culturales-, distintas, desarrollarán proyectos de futuro distintos. La sexta generación parte de una república recién creada sobre los restos de un imperio inmenso, sostenido sobre tradiciones comunitarias y confucianas, que se puede considerar como prácticamente atea, y con una población que, en su inmensa mayoría, es rural. Desde esa base, la representación que se hace del futuro socialista es la de una sociedad unida por la cooperación comunitaria (más que por la expansión de lo que Bueno denomina «cultura extrasomática»).

La izquierda asiática coincide con la izquierda leninista (y también con la jacobino-bonapartista) en su expansión imperial (entendida en el sentido de «imperio generador»), esto es, en su pretensión de racionalizar a todo el género humano. Pero esta racionalización tendrá que hacerse partiendo de un proyecto que arraiga en la tradición china, «por las vías del comunitarismo», y no volcándose a la producción de bienes «materiales» (cultura extrasomática) impulsados «por la codicia del propietario o el consumidor».

Los primeros despliegues de esa izquierda asiática parecen seguir los pasos de la Unión Soviética, en un intento de forzar la industrialización del país a través del Gran Salto Adelante. Pero, desde el principio, este proyecto apareció combinado con el desarrollo de comunas y la potenciación del «espíritu comunista». Lo que algunos interpretan como manifestación de la especial importancia dada por el maoísmo a los factores subjetivos, frente al comunismo soviético, más centrado en los estímulos «materiales», en el bienestar. Gustavo Bueno ve aquí, sin embargo, la contraposición entre dos formas de individuación: la absoluta, propia de las culturas cristianas, en las que cada alma es fruto de una creación individual, y la relativa, propia de la cultura china, en la que el individuo es, ante todo, un miembro del grupo. (Aun cuando la primera, añade Bueno, tiene que enfrentarse con la existencia de factores trasversales en la constitución de los individuos, y la segunda con el hecho de la separación física de los cuerpos).

La potenciación del espíritu comunista tendrá un peso decisivo tras la Revolución Cultural (desatada entre 1966 y 1977), una especie de revolución dentro de la revolución, que consistió, básicamente, en un intento de «educación o moldeamiento de los individuos», con el objetivo de producir una racionalización de la sociedad que acabase con toda forma de desigualdad. Se trataba de constituir individuos dispuestos a renunciar a los bienes externos y a cualquier tipo de distinción o jerarquización (lo que se tradujo incluso en una uniformización general en el vestir). Los procedimientos empleados para lograr este objetivo fueron tremendamente duros, y con desastrosos resultados en el terreno de la producción económica y científica. Esto provocó que en el XI Congreso del Partido Comunista Chino (celebrado en 1977) se diese un giro de estrategia, sustituyendo la educación en el espíritu comunista por el pragmatismo. En 1982 una nueva constitución China abandonó definitivamente la Revolución Cultural. Bajo el lema de «un país, dos sistemas» se dio paso a modos de producción de propiedad privada. Ese pragmatismo permitió un desarrollo espectacular de la economía china (a punto de convertirse en la primera potencia económica mundial). Cómo esto pueda influir en la orientación de la izquierda asiática, o en su liquidación, es, dice Bueno recordando palabras de Winston Churchill, «un enigma, encerrado en un secreto y envuelto en un misterio».

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Tras mostrar las características y el desarrollo de las seis corrientes de la izquierda definida, vamos, ahora, a presentar las corrientes de la izquierda indefinida. Se incluye aquí a aquellos grupos de ONGs, artistas, departamentos universitarios, clubs, medios de comunicación, etc., que se conciben a sí mismos, o son concebidos desde la derecha, como de izquierdas, pero que no tienen una posición definida con respecto al Estado. Bueno diferencia tres corrientes dentro de las izquierdas indefinidas, que denomina izquierda divagante, izquierda extravagante e izquierda fundamentalista.

(1) Izquierda extravagante: incluye aquellas variables de la izquierda «que, por sí mismas, no forman parte del campo político». Y, por lo tanto, son «extravagantes» con respecto a las variables estrictamente políticas. Son aquellas variables de la izquierda que, por ejemplo, forman parte de campos científicos, artísticos, etc. Así, en física se habla de «una “escuela realista”, que englobaría a físicos “de izquierda”, (Planck, Einstein Ehrenfeit) contrapuesta a una escuela positivista u ortodoxa, que englobaría a los físicos de derecha ([…] Bohr, Born y sus discípulos Heisenberg o Jordan)». No se trata de que unos tengan posiciones políticas de izquierda y otros de derecha, sino que sus métodos, sus planteamientos físicos, son categorizados como de izquierdas o de derechas.

(2) Izquierda divagante: incluye aquellas modalidades de la izquierda que, en principio, se identifican «con algunos valores dados en función de las variables políticas, o incluso con algunas corrientes de la izquierda definida, pero que sin embargo creen necesario desbordar ese campo […] para poder reconocerse como de izquierdas». Se trata de corrientes «divagantes» con respecto de las variables políticas de las que proceden. Esa divagación se desarrolla a través de corrientes artísticas, filosóficas, ecológicas, etc. Se trata de una izquierda que, procediendo del campo político, e incluso sin abandonar totalmente dicho campo, tiende a ser «cultural», o «ética».

(3) Izquierda fundamentalista: Bueno denomina así a la izquierda que resulta de la confluencia de corrientes de izquierda extravagantes y divagantes. Desde esta posición se tiende a considerar que «la izquierda es siempre la misma», y se prestará especial atención a la «educación en valores», dando por sentado que tales valores son los suyos. Para caracterizarla de un modo «extensivo», pero organizado, Bueno sitúa sus posiciones en los tres ejes del espacio antropológico. Así: (a) Con respecto al eje circular: esta izquierda tomará como guía la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Defenderá el «multiculturalismo», la «sociedad abierta», la tolerancia ante las diferentes culturas, la eutanasia. Preferirá la escuela pública a la privada, los alimentos vegetales a los animales. Se posicionará contra la «pena de muerte», los símbolos nacionales (salvo que se trate de naciones «oprimidas», en cuyo caso podrá ser radicalmente nacionalista). (b) Con respecto al eje radial: esta izquierda defenderá el ecologismo, la conservación de la naturaleza, la defensa de la biodiversidad e incluso el paisaje natural. Se posicionará contra las grandes obras públicas (embalses, trasvases) y todo lo que tenga un «impacto ambiental». (c) Con respecto al eje angular: esta izquierda suele posicionarse en favor de posturas agnósticas en materia religiosa (aunque puede asumir la creencia en seres extraterrestres).

 

 

 

 

IZQUIERDAS

 

 

DEFINIDAS

JACOBINA (nacida con la Revolución francesa)

LIBERAL (nacida en España, Cortes de Cádiz)

ANARQUISTA (mantiene la pureza jacobina)

SOCIALDEMÓCRATA (vía democrática al socialismo)

COMUNISTA (nacida tras la Revolución rusa)

ASIÁTICA (nacida en China, con Mao)

 

INDEFINIDAS

EXTRAVAGANTE (al margen del campo político)

DIVAGANTE (desborda el campo político)

FUNDAMENTALISTA (confluencia de las anteriores)

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Finalmente cabe preguntarse por el porvenir de la izquierda. Y cabe preguntarse si es posible, y bajo qué condiciones, una séptima generación de izquierdas definidas.

Bueno considera que las izquierdas indefinidas se mantienen, y acaso se mantendrán, porque surgen, en buena medida, de las frustraciones de las corrientes de las izquierdas definidas. Pero no se puede ir más allá de esta afirmación.

Tampoco se puede prever nada con respecto a una posible séptima generación de las izquierdas definidas. En todo caso, se puede afirmar únicamente que, de surgir esta, tendrá que hacerlo a partir de una plataforma que desborde el ámbito nacional (que alcance dimensiones continentales o supranacionales), y que sea lo suficientemente homogénea para que haya comunicación y convergencia de intereses. Existen, a juicio de Bueno, cuatro grandes plataformas que cumplen estas condiciones: (1) La anglosajona, en la que se asienta «el único Imperio universal hoy realmente existente», que tiene como centro a los EE. UU. (2) La islámica, «que se mantiene totalmente al margen de la distinción entre izquierdas y derechas». (3) La asiática (en tal incluye Bueno a China y su área inmediata de influencia), «continuadora de la sexta generación de las izquierdas». (4) La hispánica, conformada por aquellos países que surgieron de la implosión del Imperio español.

Llama la atención que Bueno no considere aquí la plataforma ruso-eslava como otro posible origen de una nueva generación de izquierdas.

 

10.5.2. El mito de la derecha

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Cinco años después de la publicación de El mito de la izquierda, Bueno publica El mito de la derecha. En estas obras se muestra como ambos mitos confluyen bajo una determinada óptica maniquea, de modo que tenemos una izquierda, concebida como única, intemporal, sustantivada, que se enfrenta a una derecha, concebida igualmente como una, también intemporal y sustantivada. La concepción maniquea del enfrentamiento izquierda-derecha es especialmente acusada en los países católicos (Italia, Francia, España, Portugal y los países iberoamericanos), acaso porque no deja de ser una versión laica de la oposición agustiniana Ciudad de Dios/Ciudad terrenal. En España este planteamiento aparece reforzado cuando se vincula a una concepción, también mítica, de la II República y la guerra civil, donde se habrían enfrentado esa izquierda única (olvidando los conflictos, a veces llevados a sus extremos, entre anarquistas, trotskistas, estalinistas, etc.) y esa derecha también única (olvidando los conflictos entre falangistas, liberales, tradicionalistas, etc.). Durante el franquismo, la derecha «nacional» fue unificada por decreto (dejaremos de lado la cuestión de que los falangistas no se considerasen de derechas ni de izquierdas), mientras que la oposición al régimen fue obra casi exclusiva del Partido Comunista de España. De modo que todo quedaba reducido a una dicotomía izquierda-derecha, en la que, para la izquierda, la derecha se reducía a franquismo, y, para el franquismo, la izquierda, y aun los demócratas en general, se reducía a comunismo.

Tras la Constitución de 1978, ese enfrentamiento dicotómico pareció diluirse. Las derechas, ex franquistas o no, asumieron las reglas de juego del Estado democrático, mientras que las izquierdas, comunistas o no, renunciaron a la revolución asumiendo igualmente esas reglas. El enfrentamiento derecha-izquierda no desapareció, pero parecía discurrir por cauces más suaves y dispersos, limitado a una simple competición entre diversos partidos que seguían las reglas de juego establecidas.

Pero, tras la segunda victoria de Aznar al frente del PP en unas elecciones generales, y con mayoría absoluta, el PSOE, cuya oposición al régimen de Franco había brillado por su ausencia, temió verse apartado del poder durante un largo periodo de tiempo. De modo que, bajo la dirección de Zapatero, se decidió «recuperar la memoria histórica» buscando con ello reforzar la asociación de la derecha con el franquismo, y aun con sus aspectos más siniestros (ejecuciones masivas, fosas comunes, etc.) como estrategia para su deslegitimación social. La confrontación derecha-izquierda, reducidos ambos términos a sus aspectos míticos (unitarios, sustantivados, no positivos), se puso de nuevo en marcha, desde el polo de la «izquierda», con toda la intensidad posible en ese contexto.

(Que haya sido precisamente el PSOE -y no, por ejemplo, el PCE, cuyos miembros se jugaron materialmente la libertad, y aun la vida, en la lucha antifranquista-, el impulsor de ese ejercicio de «recuperación de la memoria» -en contraste con las anteriores propuestas de reconciliación nacional de los comunistas- constituye una prueba más del carácter estratégico -que buscaba la prevalencia social y política, el rédito electoral-, de esa medida. Salvo que, en una extraña inversión del mito del Cid, se tratase de derrotar a Franco veinticinco años después de muerto).

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Bueno concluía El mito de la izquierda afirmando que, aunque la derecha se constituye simultáneamente a la izquierda, desde un punto de vista antropológico aquella es anterior a esta. Esto se debe a que la izquierda nace confrontándose con algo que ya hay, con el Antiguo Régimen, que es el heredero de los procesos de totalización sostenidos en la apropiación originaria (consistente en que el Estado se apropia un territorio y defiende su ocupación frente a otros Estados). Tras ese proceso, surge el sentido jurídico de propiedad. Y, tras esta, las clases sociales. Pero apropiación, propiedad y particularización, son procedimientos que caracterizan a la derecha (en contraposición con el universalismo de la izquierda). Por eso, aquella, en ese sentido que hemos señalado, es anterior a la izquierda. A esta derecha originaria le denomina Bueno derecha absoluta.

La izquierda surge con el objetivo de demoler el Antiguo Régimen, culmen de ese proceso de apropiación. La reacción de este, o de partes formales suyas, tratando de conservar el estado de cosas establecido, da origen a la derecha efectiva, que aparece entonces confrontada a la izquierda. Y, por esta razón, no se podrá «determinar qué es la derecha efectiva hasta que no hayamos determinado alguna figura de la izquierda transformadora».

Que la izquierda aparezca confrontada a algo que ya hay, hace que esta tenga un carácter negativo, y de ahí que sea múltiple en su origen (pues este enfrentamiento puede resolverse a través de procedimientos, y con orientación a proyectos, muy diferenciados). Mientras que la derecha, al mantenerse en la afirmación de lo que hay, tiene un carácter positivo, y de ahí que pueda decirse que, en su origen, es una.

No obstante, esa unidad de la derecha acaba derivando hacia métodos y proyectos plurales, conforme tiene que enfrentarse con diversas izquierdas, y conforme esas variedades de la derecha que van surgiendo compiten entre sí.

De modo que, si Bueno había empleado el término generaciones para referirse a las variedades de la izquierda, empleará, ahora, el término modulaciones para referirse a las variedades de la derecha.

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El primer problema con que nos enfrentamos es, pues, encontrar un procedimiento que nos permita caracterizar a la derecha efectiva y sus modulaciones. Toda vez que, en la adscripción de un grupo, o un conjunto de rasgos, a la derecha, o a la izquierda, están operando circunstancias de diversa índole que convierten tal objetivo -en palabras de Bueno- en un «embrollo».

Que la derecha efectiva aparezca como una forma de reacción, que trata de conservar lo dado, frente a una izquierda que trata de provocar un cambio (en la dirección del progreso) lleva, con frecuencia, a caracterizar a la derecha como conservadora, frente a la izquierda progresista. Sin embargo esta caracterización no siempre es adecuada. Pues, en ocasiones, los partidos o movimientos sociales caracterizados como de izquierdas se posicionan por la conservación (por ejemplo, del medio natural), frente a una derecha transformadora (por ejemplo, de ese medio natural, mediante la construcción de autopistas, pantanos, etc.). Habrá, en este caso, que especificar qué es lo que se trata de conservar.

Otras veces se ponen en marcha clasificaciones de las derechas, pero en las que los propios criterios de clasificación varían. (De modo que se obtiene, en palabras de Bueno, algo similar a la clasificación de los animales de la mítica enciclopedia china que Borges menciona en El idioma analítico de John Wilkins). Más ejemplos de este embrollo vienen dados por la adscripción del liberalismo, al que se ha incluido históricamente en la izquierda, a la derecha, e incluso a la extrema derecha. O la introducción de conceptos como centro derecha. Lo que obligaría a especificar cómo se determina el centro. ¿Se fijan primero los extremos y en función de ellos se señala un centro como punto de equidistancia? En ese caso el centro variará en función de cómo se determinen los extremos. ¿Se comenzará fijando un centro absoluto? En ese caso los grados de derecha y de izquierda aparecerán en función del alejamiento de ese centro. Pero ¿cómo fijar tales extremos?, ¿cómo fijar tal centro absoluto?

Si optamos por señalar unos rasgos de identidad que permitan una caracterización de la derecha frente a la izquierda el embrollo no es menor. Así, rasgos como la defensa del toreo, frente a posiciones antitaurinas, la construcción de pantanos o el trasvase del agua de los ríos, frente al mantenimiento del medio ambiente en su estado natural, la prohibición del aborto, frente al derecho al aborto, etc., han sido empleados, a veces, para posicionar a un grupo o partido en la derecha o en la izquierda. Lo que, a juicio de Bueno, tendría, en todo caso, una conexión accidental con tales ideologías. (Así, por ejemplo, el derecho al aborto ha sido convertido en seña de identidad de la izquierda en algunos países, pero también ha sido defendido desde posiciones liberales, por muchos partidos conservadores europeos y por la Alemania nacional-socialista, y prohibido en la URSS a partir de 1936, bajo la dirección de Stalin; el entusiasmo por la construcción de pantanos ha sido una seña de identidad de la España franquista, pero también de la Francia republicana, de la Unión Soviética o de la China maoísta; las corridas taurinas han sido defendidas con entusiasmo por señalados militantes de la izquierda, como los poetas Miguel Hernández y José Bergamín, el pintor Pablo Picasso. Etc.).

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Descartados los rasgos coyunturales (fenoménicos) vamos a recurrir a la génesis del mito de la derecha para encontrar un criterio objetivo para su definición.

La derecha, como ya hemos señalado, se origina en el Antiguo Régimen; en el momento en que ciertos sectores de este reaccionan ante los embates de la izquierda. El Antiguo Régimen se origina en el momento en que los reinos feudales se transforman en imperios universales por un proceso de reunificación o conquista, paralelo al desarrollo del absolutismo. Estos imperios adquieren la condición de tales «por su irradiación a todo el globo terráqueo». Aunque solo se podrá hablar de auténticos imperios universales, de imperios universales en sentido positivo, tras el descubrimiento de América y la expansión planetaria de algunos reinos europeos.

Esa expansión y la configuración del modelo de Estado absolutista trae consigo la modificación del peso de las capas y ramas que constituyen la estructura de las sociedades políticas. Así, el rasgo más señalado del Antiguo Régimen (de este modelo absolutista orientado a la expansión imperial) es el desarrollo de la capa conjuntiva. Se mantiene la estructura estamental heredada de los reinos feudales. Pero se produce un enorme desarrollo comercial, industrial y demográfico, que genera nuevos grupos sociales y oficios (tales como comerciantes, banqueros, científicos, juristas, etc.). El conflicto entre estos grupos minará el Estado desde dentro, lo que dará origen a la Revolución francesa. Otras revoluciones tendrán su origen en los cambios en el equilibrio inestable entre las diversas sociedades del Antiguo Régimen. Inestabilidad producida por los cambios en las relaciones de poder, y los introducidos por la propia Revolución francesa. Es entonces cuando comenzó a desarrollarse la oposición derecha/izquierda.

En España esta oposición, que es tardía, comienza siendo un modo de designación derivado, oblicuo, para otras oposiciones dualistas, tales como las de liberales/serviles, apostólicos/progresistas, etc. Al aparecer otros dualismos, directamente políticos, como los de estatistas/anarquistas, comunistas/capitalistas, se producen nuevas contraposiciones. Se tiende, finalmente, a la agrupación en bloques, que ya no podían designarse por oposiciones teológicas (liberales/conservadores/progresistas, por un lado, comunistas/anarquistas/socialistas, por otro) y comienza a generalizarse la oposición izquierda/derecha con un sentido trascendental.

Una vez establecida esta oposición, se tiende a aplicarla retrospectivamente, y anacrónicamente, para designar a grupos que entonces tenían otras denominaciones. A través de este proceso se muestra la naturaleza mítica de la utilización del dualismo izquierda/derecha, «cuyo carácter dual solo puede proceder efectivamente de las oposiciones aparecidas en el proceso de transformación del Antiguo Régimen».

Estas oposiciones se han ido disolviendo a medida que el Antiguo Régimen desaparecía para transformarse en lo que Bueno denomina «el régimen de las democracias homologadas de mercado pletórico».

En cualquier caso, las corrientes que se desarrollan en medio de la revolución, tanto para combatir el Antiguo Régimen como para resistirse a ese combate, surgen de la reorganización de capas o ramas de ese régimen, pues no pueden salir de la nada.

La revolución heredó del Antiguo Régimen las tecnologías (de la minería, imprenta, transportes, medios de comunicación), las ciencias, el lenguaje común, etc. Por eso, la profundidad de la revolución depende de la escala que se considere. A cierta escala pueden considerarse que los cambio revolucionarios fueron superficiales (afectaron solo a ideología), mientras que, a otra escala, pueden considerarse profundos y radicales (cambió las relaciones entre personas, las relaciones de poder).

Esa reorganización de las capas y ramas del Antiguo Régimen se produce por parcelas, no como un bloque unitario, y eso tanto por lo que afecta a los movimientos revolucionarios, llevados a cabo desde la izquierda, como a los movimientos reaccionarios, llevados a cabo desde la derecha.

Esas transformaciones tampoco afectaron de la misma manera a todas las capas. Así, los cambios de la Francia constituyente se limitaron casi exclusivamente a la capa conjuntiva (en la rama ejecutiva: ejecución de los reyes y sustitución de la monarquía por una república; en la rama legislativa: el parlamento estamental fue sustituido por una asamblea democrática; y en la judicial: en un primer momento con tribunales populares, aunque luego se ralentizaron los cambios). En España la revolución tuvo un desarrollo diferente. Afectó menos a la capa conjuntiva, pues permaneció la monarquía, aunque sujeta a una transformación profunda. También afectó escasamente a la capa basal, salvo cambios de propiedades que pasaron de manos de la aristocracia y el clero a la burguesía ascendente. Pero afectó de un modo profundo a la capa cortical, con la transformación del ejército real en ejército nacional, y, sobre todo, con la emancipación de la mayoría de los virreinatos y provincias de América, de modo que la Monarquía Hispánica se disuelve como imperio universal.

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La unidad de la derecha «se funda en la unidad y afinidad de las partes del Antiguo Régimen». La diversidad de derechas procede, al modo de un género plotiniano, de la desintegración de ese régimen, de las reacciones que desplegó en sus tres frentes (conjuntivo, basal y cortical). La no distinción entre estos tres ejes proporciona una idea simplista de la derecha, que es lo habitual por la tendencia a centrar las transformaciones del Antiguo Régimen en su capa conjuntiva.

Esa idea simplista del Estado es la que inspira a la izquierda revolucionaria, que pretendió transformar el Antiguo Régimen a partir de su capa conjuntiva «en nombre de la libertad y la fraternidad». Esto se tradujo en una Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que encierra una contradicción. Pues el término «hombre» se refiere a una clase distributiva universal; mientras el término «ciudadano» se refiere al miembro de una clase atributiva, de una comunidad política concreta, que incluye leyes, costumbres, etc., específicas. Dicho de otro modo, la proclamación de los derechos del hombre tiene que prescindir de los componentes basales y corticales, pero tales componentes «son imprescindibles en la definición de ciudadano».

A diferencia de la Revolución francesa, la española comenzó «definiendo la Nación española como “la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”». «Mientras que los revolucionarios franceses definían a los franceses en cuanto hombres, prescindiendo de la capa basal y cortical, la Revolución española definía a los hombres en cuanto españoles, que ocupaban inmensos territorios (basal) y con fronteras indefinidas (corticales) con otros reinos».

La derecha, en tanto heredera del Antiguo Régimen, es necesariamente basal, porque la apropiación del territorio por el Estado es condición de su existencia. Y, al revés, la izquierda será más pura cuanto más prescinda de esa apropiación, y, por lo tanto, de la capa basal y cortical. De ese modo puede decirse que la forma más pura de la izquierda, la izquierda absoluta, es el anarquismo.

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Trataremos, ahora, de las modulaciones de la derecha, comenzando por las de la derecha tradicional. En la derecha tradicional incluimos las variedades de la derecha que surgen de la reacción del Antiguo Régimen y sus herederos ante los embates de la izquierda (iniciando así una confrontación a través de la cual se modifican mutuamente). Esta derecha (en la que tienen un peso especial los elementos cristianos, o más específicamente, católicos) se desarrolla a través de tres modulaciones. Bueno emplea este término para designar a las modalidades de esa derecha tradicional que comparten una estirpe común, esto es, se despliegan al modo de un género evolutivo-plotiniano. (En contraste con el empleo del término generaciones que emplea para diferenciar las modalidades de la izquierda definida que, en este caso, no comparten un mismo origen genealógico, sino que serían independientes unas de otras). Esta clasificación de las modalidades de la derecha tradicional no se obtiene a partir de criterios fenoménicos, meramente empíricos (que nos llevarían a hablar, por ejemplo, circunscribiéndonos a España, de la derecha doceañista, la fernandina, la canovista, la apostólica, la moderada, la liberal, la integrista, etc.) sino estructurales. Estas modulaciones serían, la derecha primaria, la liberal y la socialista, que Bueno distingue de las derechas no tradicionales. Esas tres modulaciones de la derecha se configuran y reconfiguran, partiendo del Antiguo Régimen, pero en relación con las generaciones de la izquierda que tratan de abolirlo.

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La primera modulación de la derecha tradicional es lo que Bueno denomina derecha primaria. En esta modulación incluimos (ciñéndonos al caso español) a los serviles de Cádiz, la derecha enfrentada a la tropa napoleónica (también los seguidores de Hidalgo que, en México, entonces parte de la Monarquía Hispánica, se enfrentaron al poder instaurado por los jacobinos en España), los apostólicos de la regencia de María Cristina, los carlistas, los requetés de la Guerra Civil, el cardenal Isidro Gomá, etc.

La derecha primaria surge como una reacción del Antiguo Régimen a los embates de la izquierda jacobina y los elementos anarquistas que aparecen en su seno. Pero esta no debe ser entendida como un ejercicio de mera resistencia, como el mero intento de dicho régimen de persistir en su ser, sino que tiene un carácter activo, transformador. Es esta acción orientada a restaurar el Antiguo Régimen, y no el Antiguo Régimen en sí mismo, ni la resistencia de este, o de partes suyas, ante los embates de la izquierda, lo que constituye la derecha primaria.

En España se produce la paradoja de que la derecha primaria se constituye al mismo tiempo como una izquierda revolucionaria. Eso sucede porque la derecha primaria surge como reacción a la invasión francesa, que mantenía la estructura del Antiguo Régimen, pero con el rey secuestrado. De modo que, el intento de restaurar al rey depuesto en el trono suponía el desacato a la Autoridad central en ejercicio. Dado que ese desacato era la condición para reinstaurar la monarquía se da aquí una paradoja (desobedecer al Antiguo Régimen en ejercicio, para reinstaurar el Antiguo Régimen), que se solventó con dos tipos de salidas:

(1) La primera consistió en entender la reacción contra el invasor como una contrarrevolución, cuyo objetivo era «recuperar intacto el Antiguo Régimen» (al margen de que tal cosa fuese posible).

(2) La segunda consistió en interpretar la reacción contra el invasor como un acto de soberanía de la nación. Pues en ausencia del rey fueron las Juntas quienes declararon la guerra el invasor. Pero esa declaración solo podía ser legítima si la soberanía descansase en las Juntas, lo que suponía quitársela al rey. La solución consistió en remitir la soberanía al lugar de donde esta emanaba: el pueblo o la nación. Y esto se hizo siguiendo una tradición hispánica, según la cual, si bien todo poder viene de Dios, su depositario es el pueblo, y solo a través de este llega al monarca. Se trataba, por lo tanto, según esta posición, de combatir la invasión francesa para devolverle el poder al rey, pero no la soberanía, depositada en la nación. Estamos así, ante un acto revolucionario, que combate al Antiguo Régimen, pero que bebe de fuentes asentadas en la tradición española y no de la revolución francesa.

Estas dos interpretaciones están detrás de la división entre serviles y liberales, que posteriormente serán designados como derecha (según la sistematización que aquí se está empleando sería una derecha primaria) e izquierda (que clasificaríamos como izquierda liberal).

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La segunda modulación de la derecha está constituida por la derecha liberal. Bajo esta modulación podemos incluir al liberalismo español del siglo XIX en sus diversas variedades.

La derecha liberal se desarrolla en relación con la segunda generación de las izquierdas, la izquierda liberal. Pero se desarrolla a partir de la misma izquierda liberal.

Bueno hace aquí una propuesta un tanto paradójica, pues sostiene que en la derecha liberal hay que incluir, no solo los partidos que se autodenominan así, y a otros que se designan simplemente como liberales, sino también a la izquierda liberal (aquella que, en El mito de la izquierda, aparecía configurando la segunda generación de izquierdas, los liberales de Cádiz). Esta aparente contradicción desaparece como tal si abandonamos el dualismo derecha/izquierda. En ese caso, los liberales de Cádiz pueden ser considerados de derechas o de izquierdas en función de la perspectiva que asumamos. El liberalismo, que en España dominó el panorama político a lo largo del siglo XIX, fue adscrito a la izquierda cuando se confrontó con la derecha primaria (aquella que pretendía la restauración plena del Antiguo Régimen, de la que el carlismo sería una representación). Pero pudo ser encuadrado en la derecha cuando, con la expansión del anarquismo, el socialismo y el comunismo, trató de conservar aspectos del Antiguo Régimen que estos pretendían dinamitar.

Así, analizado desde la capa conjuntiva, los liberales se posicionaron a favor del mantenimiento de la monarquía, aun cuando se tratase, ahora, de una monarquía constitucional (frente a las posiciones republicanas de sindicalistas, anarquistas, socialistas, etc.). Analizado desde la capa basal, los liberales se posicionaron a favor de mantener el Estado al margen de la planificación central. Analizado desde la capa cortical, los liberales mantuvieron el catolicismo como religión de Estado.

El término liberalismo, además de un sentido caracterológico y político, adquirió un sentido económico, que nace vinculado al intento de desarrollar una ciencia económica, una ciencia de la economía política.

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La tercera modulación de la derecha tradicional es la derecha socialista. Con este sintagma designa Bueno «a una corriente política clasificada ordinariamente como derecha, pero […] con proyectos propiamente socialistas». Ejemplos de este tipo de derecha, sacados de la reciente historia española, son el maurismo, la dictadura de Primo de Rivera y el régimen franquista. Tres movimientos políticos que comparten el intento de desarrollar una «revolución desde arriba».

Esta modulación de la derecha se constituye en relación con la cuarta generación de las izquierdas (la izquierda socialdemócrata), y con la quinta (la izquierda comunista), enfrascadas en una «revolución desde abajo». Tiene como objetivo constituir una alternativa a estas izquierdas con un proyecto que dé respuesta a los problemas de la nueva sociedad. Y eso la diferencia de la derecha primaria y liberal. Frente a la primera no busca restaurar el Antiguo Régimen. Frente a la segunda introduce la cuestión social en su proyecto. Cuestión social que había sido abordada por la Iglesia católica, con notable influencia sobre las variedades de la derecha socialista señaladas, a partir de Gregorio XVI y León XIII.

La atención al problema social es lo que permite calificar a esta derecha de socialista (no solo en sentido genérico sino también específico). [Aclarar]

La condición de derecha la mantiene por sus relaciones de filiación con el Antiguo Régimen. Esa filiación se encuentra en el mantenimiento de partes de ese Antiguo Régimen a través de los procesos de transformación. Tomando como referencia el modelo de Estado desarrollado anteriormente, podemos analizar esas transformaciones partiendo de los tres ejes señalados. Así:

(1) En lo que respecta a la capa conjuntiva, los movimientos de la derecha socialista que tomamos como referencia comparten con el Antiguo Régimen una organización jerárquica del poder con un rey dinástico en la cúpula, y la represión de todo intento sedicioso. (Esa es la tónica general del maurismo y la dictadura de Primo de Rivera, pero también bajo el régimen de Franco se reinstaurará la monarquía a través de un referéndum).

La diferencia de la derecha socialista con la liberal es su predisposición no democrática, mientras que se diferenciaría de la derecha primaria por el compromiso de esta con la monarquía absoluta.

(2) En lo que respecta a la capa basal, la derecha socialista se distancia del Antiguo Régimen en tanto trata de dar respuesta al problema social, confluyendo en este punto con la socialdemocracia. (Habría que incluir aquí también la intervención directa del Estado en los mecanismos de producción). Pero sigue manteniendo similitudes con el Antiguo Régimen en la medida en que esta respuesta al problema social se presenta bajo un manto de paternalismo (aunque no muy distinto del practicado en la época del socialismo soviético por Stalin).

(3) En lo que respecta a la capa cortical la derecha socialista mantiene en común con el Antiguo Régimen el reforzamiento del ejército y la consideración del catolicismo como religión oficial del Estado.

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En paralelo a la distinción entre izquierdas definidas e indefinidas (con relación al Estado) Bueno establece una diferencia entre derechas alineadas y no alineadas (en relación con el Antiguo Régimen). Así, además de las tres modulaciones de derechas alineadas (o tradicionales) que ya hemos mostrado, nos encontramos con diversas derechas no alineadas (o no tradicionales).

Las derechas alineadas son derechas históricas. Entre ellas hay «un orden de sucesión genética». Proceden del Antiguo Régimen y «conservan la huella de alguna de sus partes formales». Pero, a partir de cierto momento, ya no se pueden rastrear las huellas de aquel tras las nuevas versiones de la derecha (ya no es posible reconocer parte significativa alguna suya tras estas). Esto es, podrán encontrase similitudes entre esta nueva derecha y algunas de las versiones de las derechas alineadas, pero que ya no remiten al Antiguo Régimen como antepasado común. Aparecen, en ese momento, las derechas no alineadas (esto es, las derechas que no siguen una línea que proceda del Antiguo Régimen).

Dado que estas derechas se definen negativamente, nos encontramos aquí una variedad «heterogénea y amorfa» de individuos y grupos. Bueno clasifica esas derechas en externas a un Estado (extravagantes), e internas a un Estado.

(1) Derechas externas a un Estado, o derechas extravagantes, son aquellas que no se conciben como parte de un Estado real, sino como orientadas a un Estado imaginario. Vagan, por ello, de una situación a otra. Como ejemplos señala Bueno a los partidos secesionistas españoles constituidos en el siglo XX, a las facciones secesionistas surgidas en la América Hispana a finales del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX, y a aquellas con objetivos religiosos ultraterrenos (como puede ser la Teología de la liberación).

(2) Entre las derechas no alineadas internas al Estado podemos incluir a movimientos como el fascismo, el nacionalsocialismo, o la llamada nueva derecha francesa. La razón de incluir a tales movimientos políticos en la derecha necesita de una reflexión previa. Ciertamente, si, como hemos apuntado en 9.6.1., &1, adscribimos a la izquierda todos aquellos movimientos políticos que tienen un carácter racionalizador y universalista, parece que deberíamos, en consecuencia, adscribir a la derecha aquellos caracterizados por el irracionalismo y el particularismo. Lo que sería suficiente para incluir en la derecha a los movimientos antes citados. Sin embargo, aquí nos hemos atenido al criterio de definir las modalidades de la derecha remitiéndolas al Antiguo Régimen. Ateniéndonos a este criterio, dado que el Antiguo Régimen ha sido completamente demolido, y ya nadie pretende reinstaurarlo, los conceptos de izquierda y derecha parece que deberían ser abandonados (por haber perdido su sentido). Frente a esta conclusión lógica, Bueno sostiene que hay que diferenciar entre derecha e izquierda en sentido constitutivo y derecha e izquierda en sentido distintivo. No existen ya derechas e izquierdas en sentido constitutivo. Y es aquí donde podemos recuperar su renuncia al racionalismo y el universalismo para mantener en las derechas a esas corrientes que ya no tienen referencia alguna al Antiguo Régimen (aunque sí a modulaciones surgidas de aquel) como es el caso del fascismo, el nacionalsocialismo o la denominada nueva derecha francesa. [Aclarar esto]

DERECHAS

 

ALINEADAS

PRIMARIA

carlistas, requetés, Isidro Gomá, etc.

LIBERAL

liberalismo español del XIX, etc.

SOCIALISTA

Primo de Rivera, franquismo, etc.

NO ALINEADAS

EXTERNAS AL ESTADO

movimientos secesionistas españoles, teología de la liberación, etc.

INTERNAS AL ESTADO

fascismo, nacional socialismo, nueva derecha francesa, etc.

 

10.5.3. Izquierda y derecha como distinciones sociológicas o antropológicas

Con posterioridad a El mito de la izquierda, Bueno analiza la oposición izquierda/derecha como oposición cultural (sociológica, antropológica) y no política. [A desarrollar]

 

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