8.LA FILOSOFÍA DE LA RELIGIÓN

La filosofía de la religión de Gustavo Bueno no es independiente de su antropología filosófica. Pero hemos decidido dedicarle un apartado aparte por razones de claridad expositiva.

Lo esencial de esta filosofía de la religión aparece expuesto en El animal divino (obra de la que publica una primera edición en 1985, y una segunda corregida y aumentada en 1996), Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la religión (de 1989), La fe del ateo (del 2007), y en el artículo ¡Dios salve la razón!, que forma parte de la obra colectiva Dios salve la razón (de 2008, y en la que también participa, entre otros, el papa Benedicto XVI).

 8.1. El animal divino: los fundamentos de una filosofía de la religión

8.1.1. Introducción

En El animal divino Bueno pretende desarrollar las líneas generales de una verdadera filosofía de la religión. (Entendiendo que hay verdadera filosofía cuando esta se atiene a los procedimientos de la argumentación filosófica. Mientras que cuando hablamos de filosofía verdadera nos referimos a la validez de su contenido doctrinal). En esta obra no se limita, por lo tanto, a desarrollar una serie de tesis, acaso verdaderas, sobre la religión, sino que pretende, ante todo, exponer «las condiciones que debe reunir una verdadera filosofía materialista de la religión». El contenido doctrinal aparecerá como una exigencia de esas mismas condiciones. En todo caso, ese contenido no puede ser constituido al margen de una teoría del conocimiento filosófico (de una gnoseología) de la religión. (Así, entre otras cosas, será la gnoseología de la religión la que permita diferenciar entre el plano fenoménico y el plano ontológico en lo que atañe al material del campo religioso. Una distinción que tiene aquí unas complicaciones añadidas que no hay en otros campos. Y solo tras esta distinción cabe determinar que el núcleo esencial de la religión está constituido por númenes, por contenido numinoso).

Una filosofía de la religión ha de constar, por lo tanto, de dos fases: una fase gnoseológica, en la que se determinarán las posibilidades de constituir un saber acerca de la religión, y una fase ontológica (que consistirá en el desarrollo de «una doctrina acerca de la esencia de la religión»).

 

8.1.2. Fase gnoseológica

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La filosofía de la religión surge como disciplina filosófica entre los siglos XVIII y XIX, al mismo tiempo que las ciencias de la religión, y en conflicto dialéctico con la teología natural.

Bueno comienza diferenciando ambas disciplinas del siguiente modo: la teología natural es anterior a la filosofía de la religión, y se organiza en torno a la Idea de Dios (el Dios surgido dentro de la tradición filosófica helénica, el Dios de la ontoteología). La filosofía de la religión se constituye en polémica con la teología natural, y tiene como campo propio los fenómenos religiosos, que son fenómenos humanos, no necesariamente relacionados con la Idea de Dios.

La historia de las relaciones entre ambas disciplinas puede ser descrita así:

(1) La teología natural reina durante la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna, ejerciendo un «efecto bloqueo» que impide el desarrollo de una auténtica filosofía de la religión. Este efecto bloqueo se produce de dos formas, consecuencia de dos situaciones distintas:

(a) En la «fase escolástica» la teología natural desarrolló un cuerpo de doctrina de carácter racional «en torno a la idea de Dios». El ser es identificado, en primer lugar, con Dios; de ahí que esta doctrina tenga la forma de una ontología (una ontoteología, para ser precisos). Partiendo de esta ontología se desarrolló una teoría filosófica de la religión: la teoría de los preámbulos de la fe (que establecen que Dios existe, que es uno, que es creador del mundo, etc.), que constituirán la base de la religión natural, y que son comunes, por lo tanto, a todas las religiones.

Pero precisamente esa doctrina significa la negación de la religión. Porque el Dios que está tras ese desarrollo ontológico no constituye (precisamente por su carácter racional, filosófico, aristotélico), material religioso, el cual vendrá dado a través de la fe. Así, en el cristianismo, el componente religioso aparecerá en la medida en que ese Dios es concebido como personal, que conoce el mundo, se encarna en Jesús, etc. Pero esta parte del material religioso pertenece a la fe, de modo que solo desde esta, y no desde la filosofía, se puede acceder a él. Eso bloquea la posibilidad de desarrollar una filosofía de la religión, pues esta queda limitada al conocimiento de esos principios racionales compartidos, partiendo de los cuales no se puede explicar el material positivo (ceremonias, sacramentos, milagros, encarnaciones, etc.) que constituye a las religiones y que es el contenido de la fe. (Usando la terminología que ya conocemos: el regressus lleva a la filosofía de la religión a esos primeros principios racionales, pero, partiendo de ellos, el progressus no puede dar cuenta del material positivo religioso).

(b) En la «fase ilustrada» (deísta) la teología natural se centra en el desarrollo de la idea de una religión natural. Por lo que puede ser considerada como un desarrollo de las tesis racionalistas escolásticas. Pero ahora se invierten las valoraciones. De modo que serán los preámbulos de la fe, a los que se accede racionalmente, los que constituyan la verdad de la religión, mientas que los componentes positivos de esta pasarán a ser considerados mera superstición. Por lo tanto, tampoco desde la concepción ilustrada, deísta, se podrá desarrollar una auténtica filosofía de la religión, limitándose a proponer una teoría racionalista de la misma y dejando los materiales religiosos de carácter positivo para los análisis históricos o psicológicos.

(2) En el mundo contemporáneo se pone en marcha un decidido proceso de demolición de la teología natural, lo que permitirá la constitución de una auténtica filosofía de la religión. Este proceso será llevado a cabo de dos modos:

(a) Se elimina la ontoteología (el discurso racional que identificaba el ser con Dios) pero no la idea de Dios. Así sucede en la obra kantiana, que al negar la posibilidad de la metafísica como ciencia, suprime con ello la posibilidad de todo conocimiento racional de Dios; pero, sin embargo, mantiene la idea de Dios como ilusión trascendental, que constituirá «un componente esencial de la conciencia humana». Partiendo de aquí, Hegel recuperará los contenidos positivos de la religión, que pasarán a constituir momentos del desarrollo de la conciencia, presentada como una «fenomenología del espíritu». De ese modo, a través de ese proceso, la teología natural acabará convertida en una filosofía de la religión de carácter trascendental. (En la medida en que la religión pasa ahora a ser un constituyente de la humanidad del hombre. Y, por esa misma razón, hablaremos de una concepción antropoteológica: Dios se realiza en el hombre; o, lo que es lo mismo, el hombre será divinizado). Es la filosofía de la religión propia del idealismo, pero que tiene antecedentes en toda una serie de místicos y teólogos católicos que se mueven en los límites de la heterodoxia. (Se puede rastrear esta antropoteología en la Teología natural, de Raimundo de Sabunde; en De los nombres de Cristo, de Fray Luis de León -donde aparece prefigurada la metafísica de Hegel, véase 6.1., &1-; o en Lumbre del alma, de Juan de Cazalla).

(b) Tenemos, entonces, que en el idealismo alemán la filosofía de la religión absorbe la teología natural (de modo que la Idea de Dios aparece como fruto de un proceso racional, como un devenir de la conciencia humana, a través del cual se han incorporado los elementos positivos de la religión, cuya forma superior sería el cristianismo). Se desarrolla, así, una filosofía trascendental de la religión (esta aparece como un constituyente del propio ser humano). No obstante, esta filosofía de la religión sigue presa de la teología natural, que identifica lo religioso con el Dios de la ontoteología. Pero hay otros desarrollos posibles de una filosofía trascendental de la religión. Bueno sostendrá que existen otras entidades no humanas (los animales numinosos, como veremos) que pueden desempeñar ese papel en el desarrollo del hombre en tanto que ser religioso. Lo que permitirá disociar definitivamente la filosofía de la religión de la teología natural.

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La filosofía de la religión tiene como contenidos a los fenómenos religiosos, que forman parte del campo de la antropología y de las ciencias humanas (dado que la religión es una cosa humana, pues ni Dios ni los animales son seres religiosos). De modo que, en tanto se constituya como una «verdadera filosofía», partiendo de esos fenómenos regresará (regressus) a las Ideas entretejidas con ellos, para, desde ellas, tratar de reconstruir los fenómenos de partida (progressus), que quedarán así explicados. El mismo tipo de procedimientos que cabe esperar de las ciencias de la religión, con cuyas aportaciones tiene que contar.

Ahora bien, estas ciencias se enfrentan a ciertos problemas gnoseológicos que ya fueron analizados por Bueno en la Teoría del cierre categorial, y que volverá a tratar en sus obras de carácter antropológico (Etnología y utopía, El animal divino, El mito de la cultura) al someter a análisis la posibilidad de una «ciencia del hombre». Su conclusión es que la antropología como ciencia general del hombre no es posible. Pues si buscamos «una» ciencia que abarque el hombre esta tendrá que ser una zoología, primatología o etología (que traten de la anatomía o la conducta animal del hombre). Y si se trata específicamente del «hombre» (de lo humano del hombre) entonces nos encontramos con una diversidad de ciencias (economía, historia, etnología, etc.). «Hombre» desborda cualquier campo categorial concreto, por lo que constituye una Idea (la Idea de hombre), y, como tal, se trata de un contenido de la filosofía y no de una ciencia.

Este mismo análisis es aplicado a una supuesta «ciencia de la religión». No es posible cerrar un campo en torno a la religión. Esto es debido fundamentalmente a que resulta difícil acotar el campo de los fenómenos religiosos. (Las distinciones sagrado/profano o natural/sobrenatural -empleadas, con frecuencia, para tal cometido-, son imprecisas). Aunque sí es posible que diversas ciencias se ocupen de aspectos formales de tales fenómenos, constituyendo en torno a ellos una variedad de categorías (teniendo, eso sí, en cuenta, que tales ciencias, como las ciencias humanas en general, tendrán una categoricidad problemática). Estas categorías pueden ser organizadas, en principio, en dos grupos:

(1) Ciencias genéricas de la religión son aquellas que desbordan el campo de los fenómenos religiosos, insertándolos en otros círculos que los envuelven. Podemos diferenciar dos de estas ciencias: la psicología y la antropología científica de la religión.

(a) La psicología trata aspectos esenciales de las reacciones psicológicas ante entidades numinosas reales. Pero estas reacciones han de considerarse genéricas de la religión (de temor, respeto, acaso se trata de alucinaciones, etc.; esto es, reacciones que desbordan su ámbito específico). Sin embargo, la psicología no puede explicar, por ejemplo, «por qué unos hombres son cristianos y otros musulmanes», para lo cual habrá que recurrir a consideraciones de tipo histórico o sociológico.

(b) La antropología científica de la religión nos muestra los fenómenos religiosos a la luz de las estructuras o esencias sociales (Durkheim, Engels), culturales (Mauss), o ecológicas (¿Marvin Harris?) que los envuelven. Los fenómenos religiosos aparecen así como epifenómenos o reflejos de estructuras más profundas de naturaleza social, cultural o ecológica. Pero a estos planteamientos se les puede objetar que: (i) Presentan a los fenómenos religiosos como cristalizados, fijos, limitándose a explicar cómo ayudan a mantener el equilibrio del sistema en el que están inmersos, prescindiendo del problema de su origen y evolución. (Ello se debe a que, como esas estructuras profundas se consideran, a efectos de análisis, ya dadas, los supuestos epifenómenos o reflejos que producirían aparecen igualmente fijos, dados). (ii) Los componentes religiosos, más que epifenómenos o reflejos, son, con frecuencia, medios que hacen posible el desarrollo de intereses básicos, estructurales. Por ejemplo, Marvin Harris explica la prohibición religiosa de matar a las vacas en la India como una consecuencia de su funcionalidad económica: dado que las vacas y los bueyes son necesarios para la economía hindú, aparecerá la conciencia de su carácter sagrado como un mecanismo para preservarlos. (Esto es, un fenómeno religioso -la sacralización de las vacas-, sería el reflejo de la función social que cumplen estas). Pero cabe, como propone Bueno, la explicación inversa: partimos de que las vacas, o algún otro ser cuya cualidad pueda transferirse a estas, son sagradas. Cuando este carácter sagrado es adaptativo, funcional (como parece ser este caso) tiende a mantenerse. Y es entonces cuando las vacas cumplen un papel económico.

(2) Ciencias específicas de la religión son aquellas que se desenvuelven en el «interior» del campo religioso, en el plano de los fenómenos religiosos. Pero, como hemos visto en la exposición de la teoría del cierre categorial, una ciencia solo adquiere la condición de tal si, partiendo de esos fenómenos, puede alcanzar esencias o estructuras.

Pues bien, cabe, en principio, la posibilidad de desarrollar estructuras científicas manteniéndose en el interior del campo religioso, en el nivel de los fenómenos, componiendo unas partes con otras.

Esta composición será llevada a cabo cruzando las partes atributivas («templos», «sacerdotes», «dogmas», «ceremonias», etc., que simbolizaremos por T = r1, r2, r3, etc.) con las partes distributivas («cristianismo», «islam», «budismo», etc., que simbolizaremos por 𝕿 = R1, R2, R3, etc.), en una matriz.

 

𝕿

T

R1

R2

R3

Rn

r1

 

 

 

 

r2

 

 

 

 

r3

 

 

 

 

rn

 

 

 

 

 

Si ahora tomamos una columna, podemos construir lo equivalente a la gramática de una teología dogmática. Si tomamos una fila podemos construir una ciencia de las religiones comparadas. Pero las ciencias fenomenológicas así construidas alcanzan solamente proyectos de esencias, no auténticas esencias. Porque, si nos atenemos a los fenómenos, no podremos concluir que unos tienen una prioridad ontológica sobre otros, pues todos aparecen en el mismo plano.

Con un ejemplo de Bueno: cuando nos mantenemos en el plano fenomenológico, tanto algunos animales como algunas plantas pueden aparecer bajo un aspecto religioso, numinoso. Pero cuando regresamos al plano esencial, ontológico, entonces esos fenómenos aparecen organizados de otra forma. Así, si el núcleo esencial fuesen los númenes animales, el aspecto religioso de las plantas se mostraría, acaso, como consecuencia de que sean percibidas como algún tipo de animal, o teniendo alguna característica animal. Aparecen así relaciones causales que no se encuentran cuando nos mantenemos en el plano fenomenológico.

Tenemos, por lo tanto, que las ciencias fenomenológicas, aquellas que se desenvuelven en el interior del campo religioso, están imposibilitadas para establecer cuál sea el núcleo esencial de la religión (para diferenciar, lo veremos posteriormente, entre núcleo y cuerpo de esta).

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La filosofía de la religión tiene ciertas peculiaridades gnoseológicas, que se dan en el momento del regressus (su carácter gnoseológico y crítico), y en el momento del progressus (su naturaleza ontológica y dialéctica).

Vamos a analizar estas características por separado:

(1) El carácter gnoseológico que ha de tener la filosofía de la religión no es independiente del contexto histórico en el que esta se desarrolla. Ateniéndonos a las coordenadas religiosas nuestro presente se caracteriza por: (a) La importancia de unas religiones (cristianismo católico, protestante, etc., islam en sus diversas variantes) que han surgido, se han desarrollado y se han consolidado, en un entorno configurado por la filosofía griega. (b) Las religiones desarrolladas en este entorno han interaccionado entre sí y se han hecho la «autocrítica» mutua. (c) Se han desarrollado las ciencias de la religión. (d) Hay un resurgir de los antiguos démones, bajo la forma de extraterrestres.

Nuestro presente incluye, por lo tanto, a una diversidad de fenómenos religiosos y metateorías (las religiones llevan, ya en sí mismas, un sistema teorético) sobre la religión, sobre los que debe recaer el análisis gnoseológico propio de toda verdadera doctrina filosófica de la religión.

(2) Ese análisis gnoseológico lleva implícito un efecto crítico respecto de la propia religión y los saberes sobre la religión, que se manifiesta de dos formas:

(a) El contenido de las religiones es en sí mismo, como ya hemos señalado, de carácter teorético (como sucede con los dogmas y relatos míticos que pretenden instaurar verdades). De ahí que la relación de la filosofía de la religión con ese contenido no pueda ser la misma que la que mantiene, por ejemplo, la filosofía de la física con aquellos contenidos que le son propios. Pues el contenido de las diversas religiones lleva en sí una pretensión de verdad, ante la que la filosofía de la religión tendrá que tomar partido. Esto es, tendrá que posicionarse con respecto a aquellas Ideas que están entretejidas con el material religioso, tales como la Idea de hombre, o la Idea de Dios. Así, dirá Bueno, «cuando  Marx considera degradados a los hindúes “que se arrodillan ante el mono Hanuman”, lo hace desde una Idea de hombre según la cual este es “soberano y dominador de la naturaleza”».

(b) La crítica filosófica de las ciencias de la religión tiene que mostrar que, cuando estas creen estar ante una compresión fenomenológica o empírica de los fenómenos religiosos, «están utilizando inconscientemente Ideas filosóficas», tales como «hombre» o «realidad». Pero el entretejimiento de Ideas con el material religioso hace que este no pueda cerrase en una categoría, y que no pueda haber, por lo tanto, una ciencia de la religión.

Cuando, por el contrario, renuncian al empleo de tales Ideas, evitando tomar partido por la verdad de la religión (son «neutrales»), estamos ante ciencias que no se enfrentan directamente con los fenómenos religiosos, sino, por así decir, de un modo «oblicuo». Estamos, entonces, ante la sociología, la filología, la etnología o la historia, que pueden tratar a los fenómenos religiosos desde sus perspectivas, pero no se trata de auténticas ciencias de la religión. (No son ciencias internas a la religión, en el sentido que ya hemos señalado).

La crítica se dirigirá especialmente contra la antropología de la religión; en concreto, contra la pretensión de desarrollar una ciencia antropológica de la religión (una ciencia inmanente a los fenómenos religiosos) que se mantuviese al margen de la verdad de esta. Pues, si se pretende construir una ciencia de la religión prescindiendo de la verdad de los hechos religiosos (prescindiendo, por ejemplo, de la verdad de los dioses), entonces cabe preguntar qué serían tales hechos. A esto se responderá que son hechos culturales. De ahí que la antropología de la religión sea concebida como un subsistema de la antropología cultural. Pero la posibilidad de tal ciencia es rechazada por Bueno (véase 6.1. &3 y 6.3. &6 ).

(3) Hemos visto como la perspectiva gnoseológica nos ha conducido a la necesidad de una investigación sobre la verdad y la esencia de la religión. Esto es, a la necesidad (nacida de una exigencia gnoseológica) de enfrentarnos con los aspectos ontológicos de la religión.

Pero, dada la enorme variedad del material religioso (que incluye ritos, mitos, dogmas, representaciones pictóricas, templos, sacrificios, oraciones, sacerdotes, santuarios, libros, etc.) la cuestión de la esencia (o lo que viene a ser lo mismo, de la definición de religión) se hace especialmente problemática. Empezando porque hay que determinar qué entendemos, en este caso, por esencia o definición. Pues no todo tipo de esencia o definición permitirá establecer algún nexo entre esa diversidad de fenómenos religiosos.

Bueno comienza por diferenciar entre dos acepciones de esencia: la esencia entendida como especie porfiriana y la esencia entendida como especie plotiniana (véase 3, &3). Dado que se trata de encontrar una definición de religión que permita mantener el nexo entre la enorme variedad de fenómenos religiosos hay que descartar la concepción porfiriana de esencia. Si, por ejemplo, sostiene Bueno, definiésemos la religión al modo de Tomás de Aquino como «una virtud de justicia (género próximo) referida a Dios (diferencia específica)», estaríamos acaso ante una definición de religión natural. Pero habríamos dejado al margen todos aquellos «accidentes» que constituyen a las religiones positivas y que diferencian a unas de otras (ritos, ceremonias, oraciones, templos, etc.).

Se trata, por lo tanto, de entender la esencia, no al modo porfiriano que hemos explicado, sino como una esencia genérica, como un género generador (al modo de las esencias plotiniano-darwinianas -véase 3, &3-). Una esencia tal que «solo pueda expresarse a través del desarrollo de sus partes». Esta esencia ha de ser entendida como una «totalidad procesual susceptible de un desarrollo evolutivo interno». En el proceso de desarrollo de esta esencia podemos diferenciar tres momentos:

(a) Un primer momento lo constituye el establecimiento del núcleo. Este será el componente a partir del cual se organice la esencia, pero entendida esta como una totalidad sistemática que integra los diversos fenómenos. El núcleo cumplirá la función de género generador, que se obtendrá, a su vez, a partir de una raíz o género radical por un proceso de anamórfosis (véase 3., &3). El género radical es, en este caso, lo que llamamos religión natural -de la que hablaremos más adelante-.

(b) Pero el núcleo no constituye todavía la esencia, porque esta debe ser entendida como un proceso (al modo plotiniano), en el que se establezca el nexo entre los diversos fenómenos religiosos. Pues bien, el núcleo se da siempre envuelto en un contorno exterior que lo configura y que mantiene la unidad a través de los cambios (que permanece, en cierto modo, invariable). A esto le denominamos cuerpo de la esencia de la religión.

(c) El núcleo envuelto en el cuerpo (que permanece invariable) se modifica internamente dando lugar a una serie de fases evolutivas, que tienen como límite la eliminación del núcleo, y, en consecuencia, también del cuerpo. A esas fases le denominamos el curso de la esencia de la religión.

El valor que pueda tener esta concepción de la esencia de la religión no reside en que pueda abarcar la totalidad (empírica) de los llamados, por cualquiera, fenómenos religiosos, sino en su capacidad para organizar racionalmente el conjunto de los fenómenos religiosos y aquellos no religiosos entretejidos con estos.

(4) Un último rasgo que hemos señalado como característico de una verdadera filosofía de la religión es su naturaleza dialéctica.

 

8.1.3. Proyecto de una filosofía de la religión en su fase ontológica

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El análisis gnoseológico nos ha mostrado que la pregunta por la esencia de la religión no puede ser respondida ni desde las religiones mismas, ni desde las ciencias de la religión, ni tampoco desde las distintas doctrinas filosóficas sobre la religión históricamente dadas. De modo que, para responder a esa pregunta, será preciso acudir a los propios materiales (fenomenológicos o científicos), que envuelven a la religión, y que aparecen siempre «cruzados por Ideas».

Ese análisis gnoseológico nos ha mostrado también que la esencia de la religión ha de ser establecida a través de una definición procesual, que partiendo de un núcleo, envuelto en un cuerpo que mantiene cierta estabilidad del proceso, se desarrolle a través de un curso.

En atención a estos presupuestos gnoseológicos será preciso, ahora, encontrar, entre el propio material fenoménico religioso, aquel contenido que pueda desempeñar la función de núcleo de la religión.

El contenido seleccionado por Bueno, cuya operatividad como núcleo de la religión tendrá que ser demostrada, es el numen. El término numen procede del verbo latino nuo, -ere, que significa «hacer una señal con la cabeza» (mediante la cual los dioses manifestarían sus deseos, voluntad o poder). Con posterioridad acabará designando a los dioses mismos o los genios silvestres de la mitología clásica.

Bueno redefine el numen como «un “centro de voluntad o de inteligencia” capaz de mantener unas relaciones con los hombres de índole que podríamos llamar “lingüística” (en sus revelaciones o manifestaciones) del mismo modo que el hombre puede mantenerla con él (por ejemplo en la oración)». Partiendo de esta definición podemos incluir entre los númenes a los dioses de la mitología clásica, el Dios, los ángeles y demonios de las religiones teológicas, los espíritus de los bosques, las almas, los espectros, ciertos animales de la megafauna del pleistoceno, e incluso, en nuestra época, a los extraterrestres.

Dada la enorme variedad de entidades que se ajustan a la definición de numen de la que hemos partido, conviene clasificarlas, para ver en qué medida puedan cumplir la función de núcleo de la esencia de la religión. Esta clasificación, aunque parte del material dado fenoménicamente (parte de los númenes «dados»), ha de tener un sentido ontológico. Tenemos, así, dos grandes órdenes de númenes, denominados por Bueno como númenes equívocos y númenes unívocos.

(1) Númenes equívocos: son aquellos que se presentan fenoménicamente como teniendo una naturaleza distinta de la humana o animal. Se pueden dividir en dos clases: (α) Númenes divinos «que, en sus especies límite, llegan a perder el cuerpo». (β) Númenes demoníacos, que, en sus especies límite, pueden tener igualmente la forma a de espíritus puros, aunque aparecen con frecuencia con rasgos corpóreos.

(2) Númenes análogos: son aquellos «cuya naturaleza se concibe ligada a la progenie de los animales o de los hombres reales». También se pueden dividir en dos clases: (γ) Númenes humanos (tales como chamanes, profetas, santos, espectros, ánimas de difuntos, etc.). (δ) Númenes zoomorfos (que incluye a los animales totémicos, animales sagrados, etc.).

Supuesto que el numen constituye el núcleo esencial de la religión, esta será verdadera si al menos una de las clases de númenes señaladas es real, esto es, verdadera. (Es decir, no es fruto de experiencias alucinatorias o pseudo percepciones, meros contenidos mentales). Habrá que establecer, por lo tanto, la verdad (la realidad) que puedan poseer esas diversas clases de númenes. Para ello será necesario optar por ciertos principios ontológicos: será necesario optar, ante todo, por una ontología materialista o espiritualista. Dado que ya hemos llevado a cabo una fundamentación de la ontología materialista (véase apartado 4.1.), esta será la opción elegida.

Esta opción nos lleva a rechazar la realidad de la clase α (dioses espirituales carentes de cuerpo). La realidad o verdad de la clase β (seres demoníacos) es, en principio, problemática, dado que hay quienes, desde supuestos materialistas, defienden la existencia de tales númenes (bajo la forma de extraterrestes, por ejemplo). Pero ha de ser descartada en tanto no se puedan presentar pruebas empíricas fehacientes de su existencia.

***

Descartados los númenes equívocos tendremos que optar entre las clases de númenes análogos: γ (humanos) o δ (zoomorfos). Tenemos, así, dos posibles tipos de filosofías verdaderas de la religión, que, por su relación con los ejes del espacio antropológico, denominaremos filosofías circulares y filosofías angulares de la religión. (No hay posibilidad de una filosofía radial de la religión porque los númenes se definen por su carácter «personal», por estar dotados de inteligencia y voluntad, cosa difícilmente atribuible a las plantas o seres inanimados que constituyen el campo del eje radial).

Pasamos, ahora, a analizar estos dos tipos posibles de filosofías de la religión.

(1) Las filosofías circulares de la religión. Son aquellas que ponen en el núcleo esencial de la religión a los númenes humanos (la religación será de hombres a hombre, de ahí su carácter circular). Según estas teorías «los hombres, o al menos algunos hombres extraordinarios, son númenes, y númenes reales». Podemos diferenciar tres tipos de filosofías circulares de la religión:

(a) Aquellas que usan lo humano en general, la humanidad, como «fuente de vivencias numinosas». Bueno pone como ejemplo de esta concepción a Sófocles cuando en Antígona hace decir al coro que «nada, ni siquiera los dioses, es más terrible que el hombre». Pero encajaría aquí especialmente la filosofía de la religión de Feuerbach, y otras variantes de lo que podemos denominar humanismo trascendental.

(b) Aquellas que hacen de algún componente humano determinado, positivo pero abstracto (el clan, el Estado, el «emperador», el «padre») la fuente de numinosidad. Aquí encajarían, según Bueno, Durkheim (el clan identificado con el tótem) y Freud (el padre terrible arcaico que tras el asesinato por parte de los hijos vuelve en forma de tótem).

(c) Aquellas que consideran como numen a un individuo humano concreto. Aquí encajaría la teoría religiosa de Evémero, que, sin embargo, no constituye, a juicio de Bueno, una verdadera filosofía. (Evémero, nacido en Alejandría en torno al 330 a.C., sostuvo que los dioses no son sino seres humanos excepcionales del pasado que la tradición ha ido adornado con rasgos fantásticos).

(2) Las filosofías angulares de la religión. Son aquellas que ponen el núcleo de la religión en los númenes animales (la religación es de hombres a animales, de ahí su carácter angular). Esta concepción de la filosofía de la religión, por la que tomará partido Bueno, no había sido defendida por nadie con anterioridad. Los epicúreos han concebido en ocasiones a los dioses como animales celestes, pero no llegaron a desarrollar una filosofía de la religión sino más bien una teología. Tampoco serían filosofías angulares de la religión aquellas que reservan un papel a los animales, pero en las que estos aparecen como divinizados o como encarnaciones de dioses previos. (De modo que los dioses o la idea de divinidad serían anteriores a la función numinosa de los animales). La filosofía angular, zoomórfica, de la religión, sostiene, por el contrario, que son los animales los que constituyen el núcleo numinoso originario, la fuente de numinosidad, a partir de la cual surgirá la Idea de divinidad.

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Procede elegir, ahora, entre la concepción circular (antropomorfa) o angular (zoomorfa) de la religión. Dado que son indiscutibles tanto la existencia real de los animales como la de númenes zoomorfos (que aparecen representados como tales bajo las más diversas formas, culturas y épocas), el problema queda reducido a determinar si los hombres también pueden ser númenes.

Para ello recordemos que el material antropológico lo hemos lo hemos organizado en un espacio antropológico, que vendría acotado por tres ejes: el eje circular, el eje radial, y el eje angular (véase el apartado 6.1. &2.). Pues bien:

(1) En el eje angular es donde situamos lo numinoso, cuyo origen (esta es la tesis que Bueno sostiene y cuya operatividad trata de demostrar), son ciertos animales. Para que estos adquieran la condición de numinosos «habrán de ser, por un lado, lo suficientemente semejantes a nosotros (en su conducta operatoria) como para poder decir de ellos […] que nos acechan, nos amenazan o nos protegen; pero también deberán mostrarse lo bastante distintos como para revelársenos como algo ajeno, misterioso, monstruoso o terrible».

(2) La relación del hombre «consigo mismo» la hemos situado en el eje circular. Ahora bien, tras esta relación está operando el criterio de la reflexividad. Pero, como ya hemos mostrado anteriormente (véase 6.2. &3), la reflexividad no es una operación primaria, sino la culminación de un proceso que pasa por la simetría y la transitividad. Que esta relación pase por un proceso de simetría significa que arrastra consigo la igualdad, que se va constituyendo, conforme el hombre se reconoce como tal, definiendo sus relaciones frente a las situadas en el eje radial y angular. Esta igualdad está sustentada en la trasparencia que las acciones humanas tienen para otros seres humanos, en tanto son acciones racionales, propias de una racionalidad sustentada en las operaciones corpóreas. La igualdad es, por eso, el elemento esencial constitutivo de las relaciones circulares, que encuentran expresión inmediata en el lenguaje comunicativo (que atraviesa las clases sociales), en el ámbito jurídico (donde la isonomía y la isegoría se convierten en la forma lógica que adoptan los ideales políticos), en las instituciones técnicas, en la moral, etc. (Esa igualdad puede, ciertamente, ser meramente intencional, compatible con una desigualdad en ejercicio).

Ahora bien, las relaciones circulares son comunes a todos los hombres, pero no son conexas. Lo que significa que al mismo tiempo que instauran una igualdad instauran una diferencia. (La lengua que hablamos iguala las relaciones comunicativas entre una comunidad, pero, al mismo tiempo, establece una diferencia con quienes hablan otras lenguas; los «derechos del hombre» son universales, pero los «derechos del ciudadano» pueden contraponerse a los derechos de los ciudadanos de otros Estados, etc.).

Tenemos así que las relaciones circulares son constitutivas de lo humano, son relaciones humanas específicas. Pero esas relaciones circulares, al mismo tiempo que establecen una igualdad, establecen una diferencia con los otros «círculos» (otros grupos humanos, otros Estados). De modo que puede suceder que esas relaciones con otros círculos ya no sean específicas (en el sentido de que no sean relaciones de carácter circular), sino genéricas (compartidas con los animales, zoológicas). Relaciones que, por lo tanto, habría que situar en el eje angular.

Podemos, ahora, sacar la siguiente conclusión: concebimos a las relaciones circulares como reguladas por la igualdad. Pero, al mismo tiempo, «las relaciones con los númenes implican una distancia o asimetría irreversible». En consecuencia, las relaciones circulares no pueden tener, en ningún caso, un carácter numinoso. Las relaciones con los hombres, en tanto tienen el carácter de relaciones específicas humanas, no pueden estar reguladas por la veneración o la adoración, sino por el respeto (que implica reciprocidad). Y, al revés, tales relaciones solo podrán tener carácter numinoso en la medida en que concibamos a otros seres humanos a partir de sus características genéricas, animales.

Queda, así, establecida la tesis de partida: el núcleo de la religión lo constituyen los númenes, en cuyo origen se encuentran las relaciones de los hombres con ciertos animales.

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Hemos mostrado en qué consiste el núcleo de la religión. Pero el núcleo constituye solo el «germen» de su esencia (entendida esta como esencia generadora, como esencia procesual), que se completa en relación con un cuerpo y se desarrolla a través de un curso. Continuaremos, pues, siguiendo el orden establecido por Bueno en El animal divino, con el desarrollo del curso de la religión. (La razón de seguir este orden -curso/cuerpo- y no el inverso -cuerpo/curso- que parecería, en principio, más lógico, se debe a que facilita la exposición, dado que las capas del cuerpo se van desplegando en función del desarrollo del curso).

Para mostrar las fases del curso de la religión no se apelará a criterios subjetivos (tales como cambios de la mentalidad religiosa), sino a los materiales antropológicos mismos, que están implicados en la constitución de la propia humanidad. Partiendo del espacio antropológico, donde hemos situado esos materiales, tomaremos como principio, para establecer el desarrollo global de estas fases, la relación de los hombres con los animales (dadas en el eje angular, pero en intersección con los otros ejes). Nos encontramos así con tres estadios, en el desarrollo general de la religión, que Bueno denomina: estadio de la religión primaria o nuclear, estadio de la religión secundaria o mitológica, y estadio de la religión terciaria o metafísica.

(1) Estadio de la religiosidad primaria: surge en el Musteriense (en el Paleolítico Medio) y se extiende hasta el Magdaleniense (en el Paleolítico Superior), con una duración aproximada de unos sesenta mil años. Es la forma original de la religión centrada en los númenes animales.

(2) Estadio de la religiosidad secundaria: surge hace unos catorce mil años, a finales del Paleolítico y se extiende por el Neolítico y la Edad del Bronce, perviviendo unos diez mil años. Se desarrolla a partir de la transformación de las religiones primarias, cuando los hombres comienzan a tener control sobre los animales divinos a través de la domesticación. Aparecen abundantes representaciones de númenes humanos, como señores de los animales. Son las religiones mitológicas en las que los dioses adquieren formas zoológicas antropomorfizadas (Egipto) o antropomórficas (Grecia).

(3) Estadio de la religiosidad terciaria: surge ya en la Edad del Hierro, con Amenofis IV (que establece, por vez primera, el monoteísmo en torno a la figura de Atón), con los Vedas, y Moisés. Pero alcanza su plenitud tras la crítica de la filosofía griega a las religiones mitológicas y el desarrollo posterior del cristianismo y el islam, las religiones monoteístas por excelencia. Se desarrolla en paralelo a la emancipación total del hombre con respecto a los animales, a los que acaba concibiendo como máquinas (Gómez Pereira, Descartes), con lo que pierden cualquier resquicio de su carácter numinoso.

***

Ahora bien, dado que la religiosidad no pudo aparecer de la nada, cabe suponer un periodo protorreligioso, o de desarrollo de lo que podemos denominar religión natural, que sería previo a la constitución de las religiones positivas. Esta religión natural constituye el género radical a partir del cual se puede explicar la formación del núcleo. Bueno sitúa el inicio de este periodo protorreligioso en el Paleolítico Inferior, hace unos seiscientos mil años, con posterioridad a la domesticación del fuego.

La religión positiva establece la diferenciación entre el eje angular y el circular. Es, por lo tanto, la que posibilita la aparición de «hombres» (en sentido antropológico, y no solo biológico). Por lo tanto, con anterioridad al surgimiento de la primera forma de religión positiva habría que hablar de protohombres, cuyas relaciones con los animales serían «constitutivas de la religión natural».

El concepto de «religión natural» fue empleado por la ilustración contra las religiones positivas, consideradas mera superstición. En ese momento fue presentada como la religión original de la humanidad, la propia del «buen salvaje» no corrompido aun por la civilización, que veneraría un Dios accesible a través de la pura razón y fundamento del orden racional del mundo. Pero tal concepto es ideológico, la religión natural, tomada en este sentido, no es una religión. Frente a esta concepción, la perspectiva materialista toma la idea de religión natural como un concepto crítico, generado en una fase terciaria de la religión.

Tras estas consideraciones Bueno resignifica tal concepto aplicándolo a la fase prerreligiosa, donde el buen salvaje puede ser equiparado a los protohombres del Paleolítico Inferior, cuya vida transcurre inmersa entre la de los animales. El problema ahora, es explicar cómo esos animales -con los que se relaciona el hombre primitivo, el protohombre-, se convierten en númenes. Pero solo podemos dar una solución especulativa, dado el desconocimiento que tenemos de los múltiples elementos que configuran la vida humana de este periodo. Aunque, a juicio de Bueno, un factor decisivo para explicar esa transición es la aparición del lenguaje fonético articulado, constituido por símbolos, pues estos posibilitan:

(1) Mantener un distanciamiento con sus referencias empíricas (animales, en este caso). Distanciamiento que permite, entre otras cosas, derivar las respuestas emocionales, que no son ya inmediatas.

(2) Mantener la persistencia social (incluido el componente emocional asociado) de aquello que es ordenado, clasificado, y transmitido (a través de esos símbolos) de unos individuos a otros, de unas generaciones a otras. Lo que se traduce en: (a) La mediación de conceptos universales, de símbolos, proporciona la esencialización de los animales (la posibilidad de que «ese» oso se piense, se contemple, bajo la forma del oso arquetípico, que regresa una y otra vez tras la caza, quizá inducido por rituales mágicos). (b) El lenguaje fonético articulado permite la construcción de narraciones míticas, transmitidas en las largas noches al calor del fuego, y complemento, acaso, de las figuras animales pintadas en las cavernas.

Si, siguiendo esta tesis, el lenguaje fonético articulado es el que posibilita la aparición de la religión positiva, esta tendrá que ser establecida con posterioridad a la de aquel. Algunos indicios (pues no se puede recurrir a otros elementos), apuntan a que esa forma de lenguaje fue desarrollada en el Paleolítico Superior, razón por la que no se podría fijar la aparición de la religiosidad primaria (la de los númenes animales, origen de toda forma de religiosidad positiva), con anterioridad a ese periodo.

Tras la aparición del lenguaje articulado, y quizás propiciado por este, se pone en marcha un proceso de constitución de las relaciones circulares, simultáneo al proceso de segregación, de extrañamiento, de aquellos seres que, siendo diferentes (no siguen nuestras reglas circulares), son, al mismo tiempo, semejantes (poseen inteligencia y voluntad).

Este proceso de extrañamiento de esos seres (diferentes y a la vez semejantes), de los que dependemos para la supervivencia (para la alimentación), y cuya vida nos envuelve, es el que constituye la «numinización» de los animales. Y, esta numinización, este extrañamiento, retroalimenta, a su vez, por así decir, la consolidación de las relaciones circulares, el «cierre» de este tipo de relaciones.

Como seres numinosos pueden figurar también ciertos elementos, situados (desde una perspectiva etic) en el eje radial, sobre los que ha operado un proceso de transferencia (tales como, por ejemplo, un arco iris percibido como una gigantesca serpiente celeste), o los miembros de otros grupos humanos percibidos como extraños. Esto implica que la religiosidad primaria «contiene un principio de error interno o de falsedad objetiva». (La religiosidad primaria constituye la religión verdadera, pues trata con númenes que existen materialmente, empíricamente, pero la trasferencia de numinosidad hacia elementos que no pueden contener tal condición -por carecer de inteligencia y voluntad-, o hacia elementos sobre los que opera una distanciación no justificada materialmente, introduce un principio de falsedad en tal estadio religioso).

***

Estos errores señalan ya un principio de transición a otras formas de religiosidad. Pero no son suficientes para explicar la transición hacia la religiosidad secundaria. Para ello es necesaria la intervención de una serie de causas objetivas, tales como cambios en el medio producidos por el desarrollo circular (como puede ser el aumento de la población) y radial (como puede ser el desarrollo de nuevas técnicas, agrícolas, de caza, etc.), o cambios de tipo natural (sequías, epidemias, etc.).

Vamos a centrarnos en dos tipos de cambios suscitados por esas causas que tienen una naturaleza religiosa:

(1) Desaparición de la megafauna del Pleistoceno (que incluía animales como el mamut, el megaterio, el tigre dientes de sable, etc.) a consecuencia del empleo de técnicas e instrumentos de caza más sofisticados. Con ellos desaparecen los grandes númenes reales (empíricos) del paleolítico, que perviven bajo formas arquetípicas.

(2) Domesticación de los animales en el neolítico. Esto significa un cambio en las relaciones de los hombres con los animales, un cambio en las relaciones angulares.

Estos dos procesos producen la desaparición de los númenes reales, bien por la desaparición de las especies animales que cumplían ese fin, bien porque estas, aun perviviendo, pierden su carácter numénico (al invertirse su relación con los hombres). Pero, tras esa desaparición, perviven los númenes arquetípicos; gestados, como ya hemos señalado, por mediación del lenguaje articulado y simbólico. (Pervivencia que puede ser explicada por la fuerza de la imprimación de tales númenes en las costumbres y la psicología social tras un convivencia milenaria). Ahora bien, al cambiar los referentes se produce un doble proceso de inversión y expansión de esos númenes arquetípicos que dan origen a nuevas formas numénicas (lo que Bueno denomina metábasis por inversión y metábasis por expansión). Veamos:

El dominio de los hombres sobre los animales, como consecuencia de la supresión de los grandes animales de la megafauna y la domesticación de otras especies (perros, toros, caballos, etc.), produce un cambio (inversión) en las relaciones entre ambos. Los hombres dejan de ser dependientes de los animales, y ahora son estos los que pasan a depender de aquellos. Y esto propicia un cabio de referencias de los númenes arquetípicos, que se vinculan ahora a figuras humanas dando origen a los dioses de la religiosidad secundaria. Se produce una transferencia de la numinosidad animal a la figura humana (metábasis por inversión). Un ejemplo de esta transferencia lo encontramos en las figuras de las diosas madre que podemos encontrar en el entorno del Mediterráneo, identificadas con la tierra, pero que aparecen frecuentemente como señoras de los animales. A veces esa transferencia de la numinosidad animal a los hombres se muestra todavía más clara, cuando aparece la figura humana engastada en un marco animal, como sucede con los dioses del antiguo Egipto.

Pero el cambio de referencia tras la desaparición de los númenes empíricos lleva también a poblar de númenes arquetípicos la bóveda celeste, «como si en ella se hubiesen proyectado las figuras que, en el primer período, poblaban las bóvedas de las cavernas» (metábasis por expansión). Estos númenes siguen conservando las figuras zoomórficas, como en las constelaciones mediterráneas, o híbridos de figuras zoomórficas y humanas, como en muchos de los dioses mayas. Este proceso viene desencadenado en gran medida (o al menos posibilitado) por el nuevo interés por los fenómenos meteorológicos tras el desarrollo de la agricultura (y quizá también por la expansión náutica), que potencian el desarrollo de un mapa del mundo en el que tiene una parte destacada la astronomía. Pues la configuración cosmológica ofrece una nueva función a los antiguos númenes animales, de modo que estos aparecen «coloreando numinosamente un firmamento que de otro modo sería inexpresivo».

Tenemos así, que estos procesos de metábasis son los responsables del delirio religioso característico de las religiones mitológicas, de la «falsedad» religiosa, en la medida en que ponen el núcleo religioso, el numen, allí donde no hay referente material alguno. Sin prejuicio de que tales mitos tuviesen una función práctica en la organización de la vida de los seres humanos.

&4

Se trata ahora de mostrar cómo se produce el tránsito de la religiosidad secundaria a la religiosidad terciaria. Este tránsito no es consecuencia de una lógica interna, sino de la acción de corrientes procedentes de fuera de la esfera religiosa (del ámbito circular o radial), que frenan o reorientan la producción mitológica.

Entre esas corrientes se puede incluir el aumento de la población y su expansión geográfica, que da pie al encuentro y enfrentamiento con otras poblaciones, y, en consecuencia, con otras realidades mitológicas. Esto propicia los intentos de sistematización, clarificación, simplificación y, en definitiva, racionalización, del sistema mitológico. Proceso que conduce, en el límite, al monoteísmo. A la disciplina encargada de esta tarea se le llamó teología, por eso la fase terciaria de la religión puede ser denominada fase teológica.

Otro elemento externo que propicia la disolución de las religiones mitológicas es el desarrollo tecnológico y científico (fundamentalmente de la mecánica, la geometría y la astronomía) y los primeros sistemas metafísicos (en tales incluye Bueno a la filosofía presocrática). Estos nuevos procedimientos científicos y filosóficos se mezclarán con la actividad teológica, que tratará de reducir los fenómenos religiosos a explicaciones racionales. Solo tras este trabajo de la filosofía y la teología, aparecen las religiones «superiores» (budismo, cristianismo, islam), las religiones terciarias. (Un elemento determinante de este proceso será la concepción aristotélica de Dios, un Dios puramente racional, que, por ese motivo, ya no es siquiera un fenómeno religioso).

En esa simplificación y racionalización del delirio mitológico está la verdad de las religiones terciarias, su componente crítico. Pero al combatir tales delirios, limpiando cielos y tierra de los fantasmas del politeísmo de las religiones secundarias, ciegan, al mismo tiempo, «todas las fuentes de la numinosidad», con lo que se sitúan en la antesala del ateísmo. Y por esta razón se ven necesitadas de regresar a aquellos mecanismos (milagros, santuarios, profetas, etc.) que les permiten recuperar la vivencia religiosa.

***

La «lucha contra los ángeles» constituye, en el seno del propio cristianismo, un ejemplo notable del enfrentamiento de la religiosidad terciaria con la secundaria. Enfrentamiento que tendrá una importancia capital en la medida en que hará aflorar, finalmente, el antropocentrismo metafísico que está en su base. Por eso Bueno considera necesario «re-escribir una historia dialéctica del tractatus de angelis». «Dialéctica» porque en el seno del cristianismo aparece una contradicción interna de la que la teología no parece totalmente consciente:

Por un lado, la creencia en los ángeles, recibida del Antiguo Testamento, forma parte de la dogmática cristiana, en especial de la católica. Estos ángeles son el producto más perfecto, y primero, de la creación. Pero esto implica una concepción no antropocéntrica. (En consonancia con las religiones secundarias, de las que constituyen una «pieza esencial» los ángeles y otros númenes similares).

Por otro lado, el cristianismo lleva en su seno un antropomorfismo metafísico, nacido de que Dios se encarna en el hombre. (Haciendo, de ese modo, girar al universo en torno suyo: la Tierra, descabalgada como centro geográfico del universo por Copérnico, pervive, no obstante, como centro metafísico).

Esas dos afirmaciones son mutuamente incompatibles. Incompatibilidad que, según Bueno, puede reducirse a la contradicción entre el orden natural y el orden sobrenatural. Desde el punto de vista del orden «natural», los ángeles son creados primero, y su desenvolvimiento, incluso su rebelión y caída, es independiente de la creación del hombre. Pero, desde el punto de vista del orden de la Gracia, del orden sobrenatural, que Dios se encarne en un hombre reconfigura las relaciones de lo creado: el hombre aparece en una situación de privilegio, y es esta situación la que determina la conducta de los ángeles.

***

Este conflicto aparece «solucionado» bajo la forma de ciertos compromisos:

(1) Una opción sostiene que la existencia de los ángeles evoluciona con total independencia de los hombres. En este caso la rebelión de los ángeles se interpreta como un pecado de soberbia ante la «conciencia de su propia excelencia». Lo que determinaría la decisión divina de realizar la unión hipostática con el hombre. Esta sería la tesis de Tomás de Aquino.

(2) Una segunda opción sostiene que, desde el principio, la creación estuvo orientada a la unión hipostática de Cristo-Dios con el hombre. En este caso lo que determinaría la rebelión de los ángeles sería la envidia, que los lleva a negarse a venerar a un Cristo humano. Esta es la tesis de Francisco Suárez, entre otros.

Bajo esta segunda interpretación, la lucha de Cristo, o la Iglesia, con el Anticristo (al frente de los ángeles rebeldes), debe ser interpretada como la floración del antropocentrismo constitutivo del cristianismo. Este antropocentrismo, esta elevación del hombre por encima de los propios ángeles (que será tan bellamente recogida por Fray Luis de León en De los nombres de Cristo, véase 6.1. &1), tendrá varias implicaciones:

(a) Produce un cambio en la manera de percibir la relación de los hombres con los animales; pues la posición elevada del hombre parece casar mal con su condición animal. En consecuencia se tratará de separar lo humano del hombre, su parte «espiritual», de su condición animal. Y así, los animales (y lo animal del ser humano) serán concebidos como meras máquinas (tal es la conclusión que saca, ya a mediados del siglo XVI, Gómez Pereira).

(b) Potencia el desarrollo de la idea de la dignidad del hombre, que se convertirá en un elemento característico del humanismo renacentista (Pico de la Mirándola, Fernán Pérez de Oliva) y estará en la base de la ética kantiana.

Finalmente, se podrá encontrar, aquí, una explicación a ciertos procesos propios de nuestra época. Si partimos de que el cristianismo está en la base del antropocentrismo -lo que implica una posición privilegiada del hombre frente a los ángeles y los animales-, será su «desfallecimiento», en nuestra época, lo que explique la refluencia de estos númenes de las religiones secundarias y primarias, bajo la forma de la creencia en los extraterrestres y una nueva sensibilidad hacia los animales.

&5

Tras la exposición del núcleo y el curso de la religión, queda por explicar cómo se produce el desarrollo de su cuerpo. Pues núcleo, cuerpo y curso constituyen, como ya hemos señalado, la esencia, procesual, de la religión.

Hemos mostrado como el curso de la religión se desenvuelve a través de una serie de fases que se van sustituyendo unas a otras (aunque pueda haber refluencias en ese proceso). Veremos, ahora, cómo el cuerpo se va constituyendo mediante la adquisición de una serie de capas que pasan a engrosar un material religioso cada vez más complejo.

Esas capas de la religión se van adquiriendo de modo consustancial al desarrollo de su curso, a partir de materiales que proceden, como también hemos señalado, de fuera del núcleo (de los ejes circular y radial, entretejidos con el eje angular). Relacionando las fases del curso de la religión con esos materiales dados en los tres ejes del espacio antropológico, tenemos un criterio sistemático para ir mostrando cuáles son los materiales esenciales que constituirán esas capas y cómo esos materiales se van adhiriendo en forma de capas constitutivas del cuerpo de la religión. 

(1) Fase primaria: partiendo de que «la relación simbólica del hombre con el animal numinoso» constituye el núcleo de la religión, mostraremos cómo se constituye la primera capa de su cuerpo.

(a) En el ámbito de las relaciones radiales encontramos que el numen real (el animal) vive instalado en un habitáculo o territorio. Esto hace que ese espacio quede impregnado de la numinosidad que desprende aquel. Así aparece la categoría de lugar sagrado, ya en los orígenes mismos de la religión natural, que pasa a formar parte del cuerpo de la religión. Pero, con el desarrollo de la religiosidad primaria, ese lugar sagrado no será ya aquel en el que vive el animal numinoso, sino donde reposa el numen esencializado, el símbolo del numen (un vestigio del animal sagrado, tal como huesos o pieles). A medida que ese lugar sagrado se desvincule del paisaje en el que se desenvuelve la vida del animal (por ejemplo, su guarida), para ser sustituido por un espacio simbólico en el que reposa el fetiche (por ejemplo, una zona elevada, un lugar apartado de la cueva, etc.) se desarrolla la noción de santuario. Un ejemplo de santuario sería, a juicio de bueno, el de la cueva de El Juyo, en Santander, donde se ha encontrado una cabeza labrada en piedra, mitad humana, mitad zoomorfa, y cuyo origen se remonta a hace unos catorce mil años. (El santuario puede ser considerado un precursor del templo, que aparece en la fase secundaria de las religiones).

(b) En el ámbito de las relaciones circulares aparecen los «expertos en el trato con los animales numinosos», bajo la forma de brujos, hechiceros o chamanes (que pueden ser considerados como precursores de los augures).

(c) En el ámbito de las relaciones propiamente angulares aparecen como elementos positivos los rituales (tales como danzas y cánticos), y ciertos instrumentos (tales como indumentaria o máscaras que representan al animal numinoso), que tienen una finalidad práctica: la adulación del animal numinoso, o propiciar su caza o reproducción.

(2) Fase secundaria: continua la constitución del cuerpo de la religión partiendo de las capas desarrolladas en la fase primaria, que «cambian de función y significado», al mismo tiempo que aparecen nuevas estructuras.

(a) En el ámbito de las relaciones radiales se produce un cambio y ampliación en las funciones del lugar sagrado, dando origen al templo. Este aparece en el momento de desarrollarse las aldeas, bajo la forma de un edificio elaborado expresamente para cumplir esas funciones, que consisten en establecer un espacio sacro donde se manifiesta el numen, o donde se reúnen los fieles para asistir a esta manifestación o «para participar de los sacrificios que se le ofrecen». Pero ya no es el habitáculo del numen, que se ha trasladado a los espacios celestes o las profundidades marítimas. (De casa del numen ha pasado, dirá Bueno, a lugar de hospedaje de este).

(b) En el ámbito de las relaciones circulares nos encontramos con la aparición de auténticos especialistas religiosos: los sacerdotes, organizados como una casta diferenciada constituida en un auténtico poder espiritual y material («interviniendo directa o indirectamente en la administración del poblado»).

(c) En el ámbito de las relaciones angulares aparecen las liturgias y las dogmáticas propiamente religiosas, que ya no tienen una finalidad tecnológica, práctica, como los rituales de la fase primaria.

(3) Fase terciaria: los elementos del cuerpo de las religiones se conservan con cambios en las funciones y significados, pero el núcleo, los númenes, bajo la forma de animales o de dioses múltiples y finitos, es completamente borrado.

(a) En el ámbito de las relaciones radiales nos encontramos con una tendencia a suprimir los templos, que ya no son la morada del numen (del Dios monoteísta ahora) ni el lugar donde se manifiesta, sino el lugar donde se reúnen los fieles. Así, se dirá que el templo de Dios es «el universo entero», o «el corazón de los hombres». No obstante, hay que hacer aquí una salvedad con el cristianismo, en especial con el catolicismo, pues este sigue manteniendo que el numen se hace presente en el momento de la eucaristía, acaecida en el templo (aunque ahora es el sacerdote el que dirige esta presencia). En este caso el templo recuperaría «la función primaria de casa de Dios».

(b) En el ámbito de las relaciones circulares encontramos ahora una tendencia a suprimir el papel de los especialistas religiosos, en la medida en que el sacerdocio se hace extensible a todos los fieles. (Bueno recupera aquí una idea que expresa Marx cuando dice que Lutero convirtió a los clérigos en laicos porque antes había transformado a los laicos en clérigos). Aunque también aquí habría que hacer una salvedad con la Iglesia católica.

(c) En el ámbito de las relaciones angulares, en las religiones terciarias aparecen formas de culto más ricas y sutiles, la oración mental, la mística, etc., ello unido «al desprecio absoluto por los animales, como bestias inmundas e irracionales» (lo que borra totalmente su papel de númenes).

***

Estas tres fases de la historia de las religiones son necesarias, en el sentido de que solo a partir de la primera puede aparecer la segunda, y solo de esta brotar la tercera. Pero esto no significa que la aparición de una más «avanzada» elimine aquella de la que procede. Porque esta «puede ser eliminada de una parte de la humanidad, pero no de la humanidad en su conjunto». Por otro lado, la disolución de la fase terciaria de la religión, que da paso al ateísmo, puede suponer también la eliminación de la represión que se ejercía sobre las formas de la religiosidad secundaria o primaria, o incluso de la religiosidad natural, lo que facilita que se puedan producir refluencias de estas formas religiosas en el mundo contemporáneo. Así puede ser interpretada, a juicio de Bueno, la emergencia del interés por los extraterrestes, y, sobre todo, las nuevas formas de relacionarnos con los animales, preparadas por el franciscanismo y la teoría de la evolución.

 8.3. Fetichismo, magia y religión

[A desarrollar]

 8.4. Agnosticismo, ateísmo, Dios y la razón

[A desarrollar]

 

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