6.1. Las antropologías y el espacio antropológico
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En los años 60 del siglo
XX Michel Foucault sostuvo la rompedora tesis de que «el hombre es una
invención reciente». En el Epílogo a la edición de Etnología y utopía
de 1987, Bueno admite que, si bien la Idea de hombre aparece en la
tradición filosófica helenística y cristiana (e incluso como idea mundana en
las más diversas tradiciones antiguas), dicho aserto no va desencaminado si lo
reinterpretamos en el sentido de que la antropología, como tratado
acerca del hombre, y, por lo tanto, el «hombre», como objeto de estudio
explícito de la ciencia, tienen su origen en el mundo moderno.
En el mundo antiguo y
medieval el hombre habría tenido su sitio en el ámbito de las disciplinas
prácticas (medicina, ética, política), pero no en el de las especulativas (en
las que quedaba anegado como un ente más de la naturaleza o del mundo de los
espíritus). Pero una serie de cambios en la posición del ser humano en el
cosmos propicia que aquel se convierta en un objeto de estudio similar al que
constituye el ámbito físico; que encuentre su sitio, por lo tanto, en el
terreno de las disciplinas especulativas.
Ese cambio de posición
se produce en el Renacimiento. El ser humano aparece, entonces, colocado por
encima de los animales (la reducción de estos a máquinas en la Antoniana
Margarita de Gómez Pereira puede considerarse un punto de inflexión a este
respecto). Pero aparece también por encima de los ángeles. (Así, en De
los nombres de Cristo, Fray Luis de León sostiene que Dios crea el mundo para
manifestarse a sí, a través de la figura de Cristo. Pero Cristo es el hombre.
De modo que este aparece en una posición privilegiada en la creación. En la
medida en que ha sido el hombre -y no los ángeles, que serán paulatinamente
arrinconados por el pensamiento moderno hasta desaparecer de la esfera
celeste-, el elegido por Dios para reencarnarse). En este proceso, entra en
escena una nueva esfera de realidad -la constituida por el ser humano-, situada
entre la naturaleza y Dios. Y a estas tres esferas corresponderán tres tipos de
disciplinas: los tratados de numine, de natura y de homine. A partir de
aquí se irá conformando la antropología como un «tratado racional integral
acerca del hombre».
Ahora bien, cuando se
define a la antropología, siguiendo la etimología de la palabra, como un
«tratado (científico, se entiende) acerca del hombre», estamos presuponiendo el
significado de unos conceptos, «ciencia» y «hombre», que distan de ser claros.
(1) El término ciencia
puede ser usado, en este contexto, con dos sentidos: (a) Como ciencia
categorial (esto es, ciencia en sentido estricto, según la terminología del
materialismo filosófico). (b) Como sinónimo de filosofía (pues así era
usado hasta muy recientemente -recordemos por ejemplo los Principios matemáticos
de filosofía natural, de Newton-).
Pero la calificación de
la antropología como ciencia, bajo cualquiera de los dos usos señalados,
plantea, a juicio de Bueno, ciertos problemas:
(a) Si se usa en el
primer sentido, nos encontramos con que existen dos tipos de ciencias: (i)
Aquellas que emplean metodologías α-operatorias y que podemos caracterizar como
«no humanas» (naturales o «formales»). (ii) Aquellas que emplean metodologías
β-operatorias y que podemos caracterizar como «humanas». La antropología, en
tanto trata de los productos del hombre, y no del hombre reducido a la condición
de una especie biológica, tendría que ser incluida entre las ciencias humanas
(ciencias β-operatorias). Pero este tipo de ciencias no alcanza el mismo grado
de cierre categorial que las ciencias de la naturaleza (ciencias
α-operatorias), por lo que esta caracterización rebajaría sus pretensiones de
cientificidad.
(b) Si se usa ciencia en
el segundo sentido, estaremos entendiendo el «tratado acerca del hombre» como
una antropología filosófica. Pero esto supone, desde la perspectiva del materialismo
filosófico, aceptar que hay ciertos problemas del campo antropológico que
desbordan cualquier ciencia categorial; que no son reducibles, por lo tanto, al
ámbito de una antropología general de carácter pretendidamente científico.
(2) El término hombre
puede adquirir igualmente diversos significados. No será la misma concepción
del hombre aquella que lo asocia preferentemente con un cuerpo, que aquella que
lo asocia preferentemente con un alma, o que aquella que lo describe como un
compuesto de ambos. Así, el pensamiento cristiano considerará que la parte
noble del hombre pertenece al «reino sobrenatural de la gracia». Mientras que
en el mundo moderno ese orden sobrenatural acabará transformándose en el «reino
del espíritu» o en el «reino de la cultura», que constituirán el contenido de
las ciencias del espíritu o ciencias de la cultura.
***
Para evitar los problemas
con que nos encontramos al partir de esa definición etimológica de antropología,
conviene disociar su objeto del hombre (aun cuando este permanezca como el
fondo inevitable sobre el que se configura el saber antropológico). Hay,
además, dos razones de carácter gnoseológico que apoyan esta disociación: (1) Como
ya hemos explicado, una ciencia no tiene objeto, sino campo. (2) El hombre
también es objeto de estudio de otras ciencias, tales como la física, la biología
o la historia.
Podemos establecer, así,
que la antropología se ocupa, no del hombre, sino, «de las relaciones de
parentesco, de herramientas, de cerámicas, de danzas, de cráneos, de mitos, de
sistemas políticos», etc., a lo que Bueno denomina material antropológico.
En cualquier caso, ni
los campos categoriales antropológicos, ni el material antropológico, son realidades
sustantivas. Solo se dan, solo pueden ser configurados, en un contexto. Y es
tarea filosófica determinar ese contexto. Es aquí donde Bueno introduce el
concepto de espacio antropológico, que constituye el contexto envolvente
de un campo o material antropológico.
Ese espacio se puede
encontrar ya en las diversas mitologías y en la filosofía antigua y medieval.
En el mundo moderno y contemporáneo el espacio antropológico tiende a
simplificarse, quedando reducido a un plano de dos dimensiones (que, por
ejemplo, para Hegel y Dilthey serían la naturaleza y el espíritu, y para el
marxismo la naturaleza y la historia).
Bueno considera que ese
espacio bidimensional es insuficiente, por dos razones fundamentales: (1) Es
ontológicamente inadecuado: deja fuera parte del material antropológico. (2) Es
gnoseológicamente inadecuado: un espacio con dos ejes no permite componer
figuras de un eje con independencia del otro. Sin embargo, un espacio con tres
ejes permite construir figuras bidimensionales abstrayendo alternativamente el
tercero.
Estas razones le llevan
a recuperar el espacio tridimensional que ya manejaron Aristóteles y la
teología cristiana e islámica (en el que figuraban las relaciones del hombre
consigo mismo, del hombre con la naturaleza y del hombre con Dios), pero
adaptándolo a una perspectiva filosófica materialista.
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Para determinar el
espacio antropológico, para organizarlo, hay que contar con aquellos materiales
ya dados a través de los cuales se despliega lo humano. De modo que la
antropología filosófica se constituye en medio de una cierta paradoja que Bueno
denomina dialelo antropológico: para
establecer qué sea lo humano y cómo organizarlo hay que partir de que ese
ámbito ya está, en cierto modo, dado. (La noción de dialelo recuerda lo que
otros autores denominan círculo hermenéutico, ambos conceptos tienen en su base
la idea cibernética de retroalimentación).
Los materiales que
constituyen el ámbito humano son personas, cosas culturales, y acciones y operaciones.
Así, forman parte de este ámbito, el guerrero que blande una espada, la espada,
y el combate que aquel está desplegando frente a un enemigo.
Pero el espacio
antropológico debe incluir también aquellas relaciones que los humanos
mantienen con entidades no humanas (cuerpos celestes, territorio, animales,
etc.).
En Sobre el concepto
de espacio antropológico (1978) Bueno establece un sistema de tres ejes,
que denomina eje circular, eje radial y eje angular, para organizar dicho espacio:
(1) El eje circular incluye términos,
operaciones y relaciones de los seres humanos consigo mismos. Aquí encuentran
su lugar los procesos políticos, económicos, bélicos, y, en general,
culturales. (Para simbolizar este eje Bueno emplea un diagrama en el que
representa a los seres humanos como puntos sobre una circunferencia. De modo
que la relación de un ser humano con otro -un punto con otro- vendría establecida
por el arco de la circunferencia que los une).
(2) El eje radial incluye los elementos no
humanos, ni personales en ningún sentido, con los que los hombres entran en
relación; aquellos elementos que podemos simplificar denominando «cosas», y que
incluyen tanto los elementos naturales como los productos fabricados por los
seres humanos. (Bueno representa estos elementos como puntos que se situarían
sobre otra circunferencia que podría ser externa o interna a la anterior. De
modo que las relaciones de los seres humanos -los puntos de la primera
circunferencia- con estos elementos no humanos -puntos sobre la segunda
circunferencia- coincidirían con posibles radios).
(3) El eje angular
incluye aquel tipo de entidades no humanas pero poseedoras de inteligencia y
voluntad, y con las que los seres humanos entran en relación: tales son los
animales. Algunas de estas entidades, en especial las pertenecientes a la megafauna
del pleistoceno, aparecen ante los humanos como seres numinosos, y, como tales, están en el verdadero origen de los
dioses y de la religión. Entre los seres numinosos podemos incluir, como una
derivación de aquellos, a dioses, ángeles, demonios, extraterrestres, etc.
(Bueno representa esos elementos como puntos entre las dos circunferencias
anteriores intercalados entre los puntos que representan a los seres humanos y
a los elementos no humanos. De modo que la relación de un ser humano -simbolizado
como un punto sobre la primera circunferencia- con uno de estos puntos formaría
un ángulo).
(En El mito de la felicidad Bueno justifica la tridimensionalidad de
ese espacio como fruto del cruce de dos divisiones dicotómicas: (1) La división
de la realidad en un sector interno,
o inmanente, al hombre y un sector externo,
o transcendente, a este. (2) La división de la realidad en dos clases de seres,
personales e impersonales. Dado que no puede haber un ámbito interno al hombre e
impersonal, cruzando estos dos tipos de divisiones tenemos los tres ejes
señalados: en el eje circular incluiremos los elementos internos y personales,
en el eje radial lo elementos externos e impersonales, y en el eje circular los
elementos externos y personales).
***
Ahora bien, no todo lo
que aparece en el espacio antropológico es contenido formalmente antropológico
(aunque lo sea materialmente). La influencia de las condiciones atmosféricas sobre
los hombres constituye un tipo de relación (entre humanos y «cosas») que podemos
situar en el eje radial. Pero no consideraremos que constituya una parte formal
del material antropológico, pues se trata de una relación meramente natural, y
no cultural o «espiritual». Dado que los conceptos de cultura y espíritu están
impregnados de supuestos metafísicos Bueno empleará los símbolos φ (de φυσιζ,
naturaleza), y π (de πνευμα, espíritu), para referirse a esas dos dimensiones
que aparecen en el espacio antropológico, la física-natural y la
cultural-espiritual.
Aclarado esto, podemos
diferenciar aquellos contenidos que constituyen partes materiales y aquellos
que constituyen partes formales del material antropológico a partir de las
dimensiones φ y π señaladas:
(1) Las relaciones dadas
en el eje circular son de carácter zoológico en su dimensión φ (cuando
se limitan a ser meras relaciones naturales entre los hombres). Y de carácter simbólico
en su dimensión π (cuando son, por ejemplo, relaciones de tipo lingüístico).
(2) Las relaciones dadas
en el eje radial son de carácter fisiológico o termodinámico en su
dimensión φ. Y de carácter tecnológico en su dimensión π.
(3) Las relaciones dadas
en el eje angular son de carácter biológico o etológico en su dimensión
φ. Y de carácter religioso en su dimensión π.
Las partes materiales
van, en todos los casos, asociadas a las dimensiones φ, mientras que las partes
formales van asociadas a las dimensiones π.
Es necesario, no
obstante, aclarar que la oposición φ-π no es enteramente superponible a la
oposición (metafísica, por lo que tiene de sustancialización de ambos campos)
naturaleza-cultura. Pues solo desde un orden cultural, aunque este haya sido
abstraído, puede algo constituirse en un componente φ del material
antropológico. Así, una gruta no es un contenido antropológico (ni siquiera
sería exacto decir que constituye una parte material de dicho contenido). Solo
llegará a serlo en la medida en que constituya una forma de vivienda, un lugar
para la reunión o la defensa, o un templo. Solo a partir de entonces podremos
decir que la cueva, en tanto accidente geográfico, constituye una dimensión φ
del material antropológico, mientras que la vivienda, el fortín o el templo
formarían parte de la dimensión π del eje radial, circular o angular.
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Hemos sustituido el
«hombre» por conceptos tales como «material antropológico», «campo antropológico»,
«espacio antropológico», etc., porque estos tienen un significado gnoseológico
inmediato, claro y distinto, en el ámbito de la antropología. Pero eso no
implica eliminar el hombre como trasfondo de esta disciplina, lo que llevaría a
su supresión como saber científico o filosófico en cualquiera de sus modalidades.
Nos enfrentaremos, pues,
ahora, con el concepto de hombre, que, como ya hemos señalado, aparece
como plural, diverso. El término hombre puede, en principio, ser desglosado en
dos órdenes con significado gnoseológico, cada uno constituido por dos
familias. Tenemos así:
(1) Primer orden,
que incluye: (a) La familia de los términos factuales, esto es, términos
descriptivos, que se expresan a través de juicios acerca de la realidad. El
término hombre aparece con este sentido en enunciados naturalistas como «el hombre
de Cro-Magnon». (b) La familia de los términos axiológicos, esto es,
términos normativos, que se expresan a través de juicios de valor. El término
hombre aparece con este sentido, por ejemplo, tras el rótulo: «Declaración
universal de los derechos del hombre», pues se entiende que el hombre es sujeto
de especial dignidad, poseedor de derechos.
(2) Segundo orden,
que incluye: (a) La familia de las categorías o conceptos categoriales.
Se emplea el término hombre con ese sentido, por ejemplo, en la obra de
Vesalio, De humano corporis fabrica. Pues aquí humano remite a huesos,
cartílagos, músculos, etc., con significado científico-categorial. (b) La
familia de las Ideas. Aparece con este sentido, desbordando todo
significado categorial, en enunciados como «el hombre es la medida de todas las
cosas». Es, no obstante, complicado deslindar el uso de hombre como categoría y
como Idea. Y es precisamente en el ámbito del material antropológico donde
ambos sentidos aparecen más frecuentemente entretejidos. Lo que complica la
distinción entre las antropologías científicas y filosóficas.
***
Lo expuesto nos lleva a
sospechar que el desarrollo de una antropología general como ciencia categorial
es imposible. No se puede reducir todo el material antropológico (el material
que tiene como trasfondo a lo humano) a un único campo categorial, que daría
origen a esa antropología general de carácter científico. Pues, como hemos
visto, el concepto hombre tiene una diversidad de usos categoriales difícilmente
reductibles unos a otros. Nos encontramos, de ese modo, con diversas disciplinas
antropológicas, que mantendrán relaciones polémicas entre sí. Bueno recurre a
las facultades académicas tradicionales como marco de referencia para delimitar
y clasificar esas disciplinas antropológicas, que quedarían reducidas a:
(1) La antropología
médica: es la primera disciplina antropológica categorial que se ha
constituido como tal. Trata del hombre en tanto ser individual y complejo,
susceptible de encontrase en dos estados límite: sano o enfermo. Sus términos
serían órganos, tejidos, miembros, etc. Sus relaciones las de salud y
enfermedad. Y sus operaciones las transformaciones orientadas a pasar
las partes enfermas al estado sano.
El problema que se
plantea es el de qué puede alegar esta disciplina para que quepa incluirla en
el ámbito antropológico (y no meramente zoológico, en la dimensión φ del
espacio antropológico). La respuesta es que esos individuos, que el médico trata,
se desenvuelven en ambientes artificiales, culturales (toman agua de los pozos
y estanques, ingieren vino, comen alimentos cultivados y cocinados, respiran el
humo de las hogueras, de los hogares cerrados, etc.). Y ese entorno varía
además según la condición social, la profesión, etc. Esto es, el médico trata
con individuos cuya vida, cuya salud y enfermedad, es dependiente, en gran
medida, de un medio cultural (esa es la dimensión π de este material
antropológico).
(2) La antropología
biológica o física: aparece históricamente con posterioridad a la
antropología médica. Los términos con sentido gnoseológico de esta disciplina
son ahora los individuos enclasados en grupos y razas, aun cuando esto implique
también considerar como partes formales suyas a órganos, huesos, cadenas de
ADN, etc. La antropología biológica queda delimitada por el estudio de los
homínidos, por un lado, y por la antropología cultural, por otro. Pero tiende a
saltar estas fronteras, y a incluir rasgos culturales entre los rasgos
biológicos, o a explicarlos a partir de esos rasgos.
(3) La antropología
cultural: aparece con posterioridad a la antropología médica y la antropología
biológica. Dado que abarca realidades muy diversas (las formas de parentesco,
el sistema totémico, los bailes tradicionales, etc.), y dado que no se podía
recurrir al hombre como concepto unificador, pues ya era usado por la
antropología médica y biológica, se apeló a la cultura para cumplir ese
fin. Ahora bien, la cultura es una Idea, y no un concepto categorial. Y,
además, hay estructuras culturales que no constituyen material antropológico, sino,
por ejemplo, lingüístico. Pero se puede determinar el ámbito de la antropología
cultural considerando que sus términos son los individuos agrupados en círculos
culturales (bandas, clanes, tribus), con un aislamiento relativo de unos con
respecto a otros. (La antropología habría sido reducida, en este caso, a etnología,
en la terminología de Bueno).
Cada una de estas
categorías antropológicas tiene la pretensión de abarcar la totalidad del
material antropológico. (Todos los hombres son objeto de la antropología médica
– en tanto individuos corpóreos susceptibles de encontrarse en estado de salud
o enfermedad-; de la antropología biológica -en la medida en que incluye entre
sus materiales a todas las razas y variedades humanas-; o de la antropología
cultural -que trata de todas las culturas humanas). Pero aun refiriéndose cada
una de estas disciplinas a la totalidad del material antropológico no lo trata
bajo todas sus manifestaciones, sino, por decirlo así, cada una desde una
perspectiva. Ninguna puede erigirse, por lo tanto, en una antropología general.
Una disciplina tal tendría que comenzar por determinar el espacio
antropológico, tarea que desborda el campo categorial para entrar en el
filosófico.
Pero ¿es posible una
antropología general de carácter filosófico? Una disciplina semejante no puede
consistir en un saber sistemático en torno a la esencia del ser humano. No
puede tratarse de una disciplina autónoma, que constituyese un saber exento,
sino de una disciplina crítica y dialéctica, que se configure en
la confrontación de ciertas categorías con otras categorías o Ideas y de estas
entre sí. Esta antropología será dependiente de las antropologías
categoriales, dado que tratará de Ideas que surgen del desbordamiento de
ciertas categorías; pero será dependiente también de coordenadas filosóficas
generales, de un sistema filosófico, desde el cual se determinará cuáles
son los problemas que atañen a un antropología filosófica y las posible
soluciones. Y así, habrá múltiples antropologías filosóficas, dado que hay
múltiples concepciones filosóficas del hombre. Habrá, en general, antropologías
filosóficas materialistas e idealistas. Pero, a su vez, la Idea de hombre
desborda el campo de la antropología filosófica, para aparecer también en el
campo de la filosofía de la historia. De modo que la antropología filosófica se
desplegará también en confrontación con esta.
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Tras delimitar el
espacio antropológico (y mostrar los problemas que pueda plantear la naturaleza
de la propia antropología, y los límites dentro de los que ha de moverse una
antropología filosófica) estamos en condiciones de establecer qué tipo de
materiales constituyen sus contenidos. Estos podrán ser clasificados en dos
categorías fundamentales: ceremonias e instituciones. Tales
categorías, por tener un carácter antropológico, se diferenciarán de otras
categorías que también tratan de «lo humano», aquellas que tienen un carácter
etológico-zoológico, lingüístico, político, económico o histórico.
***
El término ceremonias
se empleó inicialmente para designar cierta modalidad de procedimientos
religiosos recurrentes, y se extendió luego a otros campos; de modo que se
llegó a hablar de ceremonias militares, ceremonias académicas, etc., con lo que
el término acabó abarcando el ámbito entero de la cultura.
En Ensayo de una
teoría antropológica de las ceremonias (1984), Bueno define las ceremonias
como «toda figura práctica teleológica que, constituida por secuencias efímeras
de operaciones humanas, está delimitada sobre un “fondo procesual”, por una apertura
y una clausura identificables».
Vamos a analizar el
sentido de esta definición.
(1) Una figura
práctica es una figura propia «del hacer humano», que, como tal es reconocible
por su reiteración, por su inicio y acabamiento, y por su dirección a un fin
(en esto consiste su carácter de «figura»). Pero teniendo en cuenta que el
«hacer» incluye aquí dos tipos de operaciones o movimientos, que
tradicionalmente son designados con los términos facere y agere.
El facere incluye aquellos movimientos u operaciones que tratan
con las «cosas», que se resuelven en la producción de cosas (como ejemplos:
hacer una casa, canalizar un torrente). El agere incluye aquel
tipo de movimientos u operaciones que tienen su finalidad en el hombre mismo o
en las acciones mismas (como ejemplos: realizar una parada militar, saludar).
El «hacer humano» coincide con lo que a veces se denomina «praxis». Una
figura práctica es, en definitiva, una secuencia de operaciones que no procede
de las cosas, o de la naturaleza (aunque tenga a las cosas o a la naturaleza
como su contenido), sino de las «costumbres» (esto es, se inscribe en el ámbito
antropológico, no etológico).
Estos movimientos u
operaciones que constituyen las ceremonias tienen un carácter «teleológico»,
están orientados a un fin. Pero aquí encontramos otro concepto problemático: el
de finalidad. Las causas finales fueron desterradas de la ciencia
moderna, pero continuaron empleándose para referirse a aquellas conductas
propias de un ser consciente. Tradicionalmente, las operaciones de un sujeto
operatorio humano con vistas a producir un objeto -por ejemplo, un bifaz de
sílex- son explicadas como si aquel se «representase» de antemano en la mente
el «fin» a conseguir. Una versión extrema de esto sería el caso en el que el
sujeto produce algo nuevo, que es explicado como fruto de la «creatividad
libre».
Bueno considera que
tales explicaciones son inaceptables, porque nos llevarían a postular que la
conciencia puede extraer de un futuro que todavía no existe la determinación de
su acción, o que puede crear libremente, sin causa, ideas o proyectos. De modo
que, si hemos de seguir empleando el concepto de finalidad o de causa final,
este tendrá que ser explicado de un modo distinto. Es así como Bueno introduce
el concepto de prolepsis o finalidad proléptica.
El término «prolepsis» fue
empleado por los estoicos y los epicúreos para referirse al conocimiento
anticipado de algo. Bueno designa con este término a las conductas orientadas a
fines, determinadas por planes y proyectos. Ahora bien, tales conductas deben
ser explicadas prescindiendo de conceptos metafísicos tales como «representación
mental» o «creación libre». Para ello Bueno parte de que toda proyección
futura, toda prolepsis, está determinada por algo del pasado, por una anamnesis. El primitivo que talla una
piedra para fabricar un bifaz no está determinado por una representación mental
del objeto futuro, sino por algo que «recuerda», que ha visto o desarrollado en
el pasado. Las novedades, cuando las hay, se producen como fruto de resultados
inesperados debido a que nos encontramos en distintas situaciones o con
distintos materiales. El
sujeto aparece aquí, no como una conciencia pura, creativa, sino como un mecanismo
situado entre, por ejemplo, la piedra tallada en el pasado y la posterior.
Sin
embargo, no todo «hacer» tiene un carácter proléptico. Existen dos tipos de
operaciones que nos permiten diferenciar las conductas auténticamente
prolépticas de aquellas que no lo son, y que nos permiten diferenciar
simultáneamente el hacer humano del animal. Como ejemplos podemos señalar,
siguiendo a Bueno, la conducta de un neandertal tallando un bifaz, y la
conducta de un ave construyendo el nido.
Antes
de explicar las similitudes y diferencias entre estos dos tipos de operaciones
aclararemos algunos conceptos: calificamos a una conducta de operatoria
cuando tiene un carácter apotético e implica una modificación del medio
natural. Recordemos que una conducta apotética es aquella que opera a
distancia, espacial o temporal, haciendo abstracción del contenido interpuesto
entre el sujeto operante y el objeto. Así, consideramos apotética la conducta
del neandertal tallando la piedra porque lo hace siguiendo el recuerdo (esto
es, haciendo una abstracción temporal que le remite a un pasado) de una piedra
similar, o unas operaciones similares sobre otras piedras. O bien, observa
(haciendo una abstracción espacial) a cierta distancia una piedra que toma como
modelo.
En
los ejemplos propuestos (el neandertal tallando un bifaz y el ave construyendo
un nido) tenemos, en ambos casos, conductas operatorias (apotéticas) orientadas
a un fin (teleológicas). Pero solo la conducta del neandertal es auténticamente
proléptica. La diferencia está en el carácter
normativizado que tiene la conducta de este. Esto significa que su conducta
operatoria (un determinado modo de proceder para tallar una piedra de sílex de
modo eficaz) tuvo que imponerse en competencia con otras posibles, de donde
salió una rutina vencedora, que es
lo que entendemos como una norma. Y esto significa que esta conducta no
era necesaria, que pudo haberse impuesto otra similar o distinta, o ninguna en
absoluto, o que podrá ser cambiada o abandonada definitivamente en el futuro.
Tenemos, pues, que la conducta auténticamente proléptica, la propia del hacer
humano, es, siempre, una conducta normativa (regularizada pero
convencional, no natural).
(2) Bueno sostiene que
las ceremonias «están delimitadas sobre un “fondo procesual”». Todo
sistema, toda «figura» en cuanto tiene límites, se recorta necesariamente sobre
un «fondo». (Tal como postuló la Escuela de la Gestalt, al sostener que en toda
percepción hay que distinguir entre figura y fondo). Las ceremonias se determinan
sobre el fondo que es el discurrir de la vida, constituyendo configuraciones
dentro de ese discurrir (de modo similar, dirá Bueno, a cómo se constituyen meandros
sobre el discurrir lineal, uniforme, del río). Aunque, dado que cada ceremonia
es una norma, que como tal se ha impuesto sobre otras derrotadas, también
podemos contrastar cada ceremonia particular con el fondo constituido por
aquellas ceremonias alternativas descartadas.
(3) Las ceremonias son
operaciones temporales, cuyo alcance se mide en el orden del día o sus
fragmentos (horas). Pero en ningún caso encontraremos ceremonias que duren
años, décadas o siglos, ni tampoco segundos o fragmentos de segundo. (Aunque
puede haber ceremonias que se repitan cada siglo o milenio -por ejemplo, las celebraciones
de fin de siglo o de fin de milenio-, o encadenamientos de ceremonias que
abarquen largos periodos de tiempo). Esto es lo que quiere decir que las ceremonias
están «constituidas por secuencias efímeras».
Este carácter efímero de
las ceremonias establece, pues, una diferencia esencial con las categorías
históricas. Ceremonias serán, por ejemplo, el procedimiento (que podemos
recoger en una receta de cocina) de preparación del arroz a la zamorana, el
procedimiento que sigue un programa de ordenador, el procedimiento de presentación
que debían seguir aquellos a quienes Moctezuma recibía en audiencia, etc.
***
Las
ceremonias son un tipo de totalidades dinámicas, cuyas partes se relacionan
entre sí internamente (dentro de la propia figura total que constituye
la ceremonia) o externamente (con las partes de otras totalidades que constituyen
su fondo). Esa relación puede ser conjuntiva (de unión) o alternativa
(de exclusión).
Empleando
como criterios estos dos tipos de relaciones podemos elaborar un cuadro en el
que aparezcan los diversos momentos que constituyen la estructura general
de una ceremonia:
|
Criterio 1 Criterio 2 |
Líneas de relaciones ad intra |
Líneas de relaciones ad extra |
|
Líneas de relaciones conjuntivas |
(1) Momento constitutivo |
(2) Momento distintivo |
|
Líneas de relaciones alternativas |
(3) Momento variacional |
(4) Momento contextual |
Analizaremos
esos cuatro momentos que conforman la estructura de una ceremonia:
(1) Momento
constitutivo: es el momento de constituirse la ceremonia. Son esenciales en
esta constitución las normas y los fines (entendidos en el
sentido de prólepsis, que ya hemos explicado). Sucede, no obstante, que las
normas pueden estar implícitas y que los fines que mueven a los sujetos (finis
operantis) no se identifican con los fines objetivos de la ceremonia (finis
operis). Esto implica que el sentido de las ceremonias escapa, con
frecuencia, a los que participan en ellas.
(2) Momento
distintivo: las ceremonias constan de normas prohibitivas, o bien de
marcas fisicalistas, que las diferencian de otras ceremonias, o en
general, del fondo frente al que se demarcan. A veces estas marcas están
incorporadas a la propia ceremonia (tal sucede, por ejemplo, cuando se inicia
una junta de un consejo de administración con la expresión «se abre la sesión»
y se finaliza con su equivalente «se cierra la sesión»).
(3) Momento
variacional: las ceremonias se desarrollan «como haces de alternativas»
(por ejemplo, la ceremonia de desvestirse antes de dormir, comenzando por la
camisa o comenzando por los zapatos). A veces es difícil determinar si estas
variaciones constituyen ceremonias diferentes (en la ceremonia de levantar el
puño ¿hacerlo con el derecho o el izquierdo constituyen variaciones de una
misma ceremonia o son dos ceremonias distintas?).
(4) Momento
contextual: las ceremonias se dan en un contexto, al que se encuentran
simultáneamente unidas (dentro de ciertos márgenes: una ceremonia no puede ser
desarrollada en cualquier contexto, pero admite variaciones del contexto) y
enfrentadas (en la medida en que se recortan sobre el fondo contextual).
***
Las
ceremonias pueden ser fácilmente confundidas con los rituales conductuales.
En cierto sentido los rituales pueden ser considerados precedentes zoológicos
de las ceremonias. Pero existen, sin embargo, diferencias entre unos y otras.
Estas diferencias se encuentran en su forma, se trata de diferencias
esenciales: las ceremonias son contenidos culturales, que forman parte del espacio
antropológico; los rituales se mantienen en el terreno de la etología.
Así,
con un ejemplo de Bueno, es conocido que, bajo ciertas condiciones (una
temperatura elevada y ausencia de agua), los elefantes africanos sustituyen las
abluciones con agua por abluciones con arena. Sucede también que, bajo
determinadas condiciones, al musulmán le está permitido sustituir la ceremonia
religiosa de la ablución con agua por la ablución con arena. Algunos
antropólogos han querido ver aquí dos versiones de un mismo ritual o, acaso, la
posibilidad de reducir una ceremonia religiosa a un ritual animal. Bueno
encuentra que esa comparación yerra en lo esencial. Pues se dan diferencias en
los cuatro momentos que conforman la estructura de las ceremonias. En el
momento constitutivo: la ablución del musulmán está normativizada, y su fin es
la purificación (un fin de orden religioso-moral); la del elefante africano no
está normativizada y su fin es refrescarse (algo que se mantiene en el orden
fisicalista). En el momento distintivo: el inicio y la clausura del ritual de
la ablución del elefante está desencadenado por la variación de su temperatura;
el ceremonial del musulmán por el tiempo culturalmente medido (por el reloj).
En el momento variacional: las variedades de la ablución ritual del elefante
son aleatorias e individuales; las variedades ceremoniales del musulmán se dan
en función de otras costumbres o prohibiciones implicadas. En el momento
contextual: las abluciones rituales del elefante se dan siempre en un contexto
fijo (cuando la temperatura sobrepasa un determinado valor); las abluciones
ceremoniales del los musulmanes se dan con independencia del ambiente natural.
***
Las
ceremonias pueden ser clasificadas partiendo de los cuatro momentos o dimensiones
que hemos diferenciado en su estructura. Tenemos así la siguiente clasificación:
(1)
Partiendo de la dimensión constitutiva, las ceremonias se pueden
clasificar en función de la perspectiva de los actores, de los contenidos o de
la relación entre ambos. (a) Desde el punto de vista de los actores
implicados en las ceremonias, se pueden clasificar de múltiples maneras
(masculinas o femeninas, infantiles o seniles, etc.) pero tiene especial
relevancia la que las diferencia en función de la cantidad (ceremonias unipersonales
o multipersonales). (b) Desde el punto de vista de los contenidos,
se pueden clasificar igualmente de múltiples maneras, adquiriendo especial relevancia
la que parte de la organización del espacio antropológico, que nos permite
clasificarlas en circulares (se corresponden con el agere; por
ejemplo, la sesión de apertura de un congreso), radiales (se
corresponden con el facere; por ejemplo la fabricación de un producto
siguiendo procedimientos normalizados) y angulares (aquellas en que
aparecen relaciones con animales en tanto tales; por ejemplo, una cacería o una
ceremonia religiosa). (c) Desde el punto de vista de la relación de los
sujetos de las ceremonias con los contenidos, tenemos ceremonias de primer orden
o primera especie (aquellas que se organizan sobre rituales etológicos, por ejemplo,
el saludo) y ceremonias de segundo orden o segunda especie (aquellas que
se han organizado desconectadas de toda referencia zoológica, por ejemplo, la
misa).
(2)
Partiendo de la dimensión distintiva las ceremonias se pueden clasificar
en: (a) Formalizadas, que son aquellas que cuentan con marcas de
apertura y clausura, como ejemplo la ya mencionada ceremonia de junta de
administración que se inicia con un «se abre la sesión», etc. (b) No
formalizadas, que son aquellas con una demarcación de inicio y cierre no
clara (como ejemplo señala Bueno la ceremonia de ver la televisión en familia).
(3)
Partiendo de la dimensión variacional, las ceremonias se pueden
clasificar en: (a) Algorítmicas o protocolizadas, que son aquellas cuyo
proceso sigue reglas claras (por ejemplo, un concierto que sigue una
partitura). (b) No algorítmicas o abiertas. [Falta ejemplo].
(4)
Partiendo de la dimensión contextual, la clasificación más interesante es la
que las divide en: (a) Plurales, que son aquellas que se repiten un
número de veces en determinados contextos en la vida de una persona o un grupo
(como ejemplos, la celebración del cumpleaños o comer). (b) Unitarias,
que son aquellas que solo acontecen una vez en la vida de un individuo o grupo
(por ejemplo, la primera comunión para un católico).
&5
Toda categoría se da
siempre determinada frente otras categorías dentro de un campo. Una categoría
genérica se determinará frente a otras categorías cogenéricas o específicas.
Esto plantea el problema de cuál es el lugar de la categoría «ceremonia» en el espacio antropológico.
En el Ensayo de una
teoría antropológica de las instituciones (2005), Bueno desarrolla dos
tesis básicas: (1) Las instituciones constituyen una categoría universal
del espacio antropológico, su género generalísimo. (2) Todo campo gnoseológico
contiene una pluralidad de categorías.
De las dos tesis
señaladas se colige que las ceremonias constituyen un tipo específico de
instituciones. Resta por determinar si las ceremonias componen la única especie
dentro de la categoría general de las instituciones o existen instituciones no
ceremoniales.
Para responder a esta
cuestión comenzaremos analizando un ejemplo de figura ceremonial que Bueno
presenta en su Ensayo de una teoría antropológica de las ceremonias, y
que recoge de un escrito sobre agricultura práctica del año 1820:
«Preparación de una almáciga:
La manera de formar una almáciga es esta. Hacer un surco hondo a
manera de una acequia; si la tierra fuera templada, sea hondo hasta la rodilla;
si fuere seca, algo más hondo, y si fuere húmeda, no tanto, porque el mucho y
demasiado humor ahoga la planta por lo más bajo y así la pudre y seca del todo.
Y allí, en aquel surco, póngase los sarmientos, que se han notado y escogido,
tan altos y tan hondos que a menos queden cinco yemas so tierra, tan poco
verdeados que hagan asiento cuanto un palmo, porque de aquellos salen muy bien
las raíces …».
Lo que tiene de
ceremonia esta figura es el proceso de su preparación, siguiendo un determinado
orden y ritmo. Pero no son ceremonias en sí mismos los elementos implicados en
esa preparación, tales como la tierra, los sarmientos, las azadillas, el
hortelano, etc.
Se trata, por lo tanto,
de aclarar si los contenidos implicados en este proceso, pero que no son en sí
mismos ceremonias, deben ser incluidos en la categoría general de institución
(esto es, si deben ser considerados instituciones no ceremoniales). Encontramos
que los caracteres esenciales compartidos (genéricos) por las ceremonias y los
contenidos no ceremoniales implicados en aquellas, son de dos tipos: (1) El
carácter de modelos (que pueden ser paradigmas, metros, cánones y prototipos,
véase apartado 5, &7). Tal carácter lo tienen en virtud de la praxis humana;
es decir, se trata de elementos no naturales, convencionales, que se despliegan
según un reiterado modo de hacer humano. (2) El carácter de la repetibilidad.
A partir de estos
caracteres, compartidos por ceremonias y elementos no ceremoniales implicados
en su desarrollo, Bueno define provisionalmente la institución como «un
modelo artificioso repetible, en el seno de materiales que, sin prejuicio de
estar sometidos a sus propias leyes […] sean también propios del espacio
antropológico». De modo que, según esta definición, no solo es una institución
la preparación de la almáciga, sino también aquellos elementos implicados en su
desarrollo que no sean estrictamente naturales (que tengan la condición de
contenidos π, no φ) y que son desarrollados siguiendo procedimientos
repetibles. De entre los elementos que aparecen en la ceremonia descrita
anteriormente cumplen esas condiciones las azadillas empleadas.
***
El análisis posterior
llevará a Bueno a establecer una definición más completa y precisa de las
instituciones a partir de las siguientes características:
(1) Tienen una estructura
hilemórfica, esto es, constituyen totalidades corpóreas complejas en las
que se puede diferenciar materia y forma (entendidas como conceptos conjugados,
tal como hemos explicado en el apartado 4.1. &2).
(2) Las instituciones
elementales (que no son necesariamente instituciones originarias, ni
simples, pues están compuestas de partes materiales), constituyen «unidades
culturales morfológicas de orden sistático». (Recordemos que una
totalización sistática es una totalización atributiva en la que las partes mantienen entre sí relaciones
de codeterminación en virtud de una ley interna. Como ejemplo, un fusil, cuyas
partes -recámara, gatillo, cañón, culata, etc.-, están unidas de manera
codeterminada constituyendo un todo atributivo). Las instituciones complejas se
constituirán a partir de las instituciones elementales mediante un
entretejimiento, igualmente sistático, de estas. Como ejemplo, la institución
constituida por la unión del soldado fusilero y el fusil.
(3) Se dan siempre en coexistencia con otras instituciones. Ahora
bien: (a) Esto no significa que todas las instituciones mantengan algún tipo de
relación con todas las demás. (b) Hay que distinguir lo que son instituciones
complejas (por ejemplo, una orquesta) de lo que son complejos, o familias, de
instituciones (por ejemplo, una familia de instrumentos musicales). En este
caso se trata de un conjunto de instituciones configuradas como totalidades
sistemáticas. (Recordemos que una totalidad sistemática es aquella en la
que las partes no se codeterminan, sino que comparten alguna estructura o rasgo
común).
(4) Tienen un carácter racional. Más aun, constituyen la expresión
de la racionalidad humana, que se manifiesta a
través de las instituciones. Bueno sostiene que la conocida caracterización
aristotélica del hombre como «animal racional» tiene un carácter lisológico,
que solo alcanza una realización morfológica a través de las instituciones. Son
las instituciones (que implican el empleo de procedimientos normativizados, de
conexión y desconexión de las partes) las que permiten diferenciar una racionalidad
animal de una racionalidad humana. (Aclaremos que Bueno emplea el término lisológico para referirse a aquellos
conceptos o Ideas que ganan amplitud borrando las diferencias. En contraposición emplea el término morfológico
para referirse a aquellos conceptos o Ideas que configuran «todos» en los que es posible diferenciar perfectamente
la materia de la forma. En los que, por lo tanto, la forma no queda diluida,
las diferencias aparecen perfectamente delimitadas).
(5) Son normativas,
lo que se deduce de su repetibilidad. Cada institución reproduce una norma que
es inmanente a la propia institución. Así, un concierto improvisado que no ha
sido grabado ni recogido en una partitura no constituye una institución, dado
que carecemos de la norma que permite reiterarlo.
(6) Tienen un carácter
axiológico (no son neutras). Esto debe ser entendido en el sentido de que
ciertas instituciones son incompatibles con otras, o aliadas de unas terceras,
en función de un contexto. Dicho de otro modo, unas instituciones niegan a
otras, las refuerzan, o son reforzadas por ellas.
6.2. Sobre el carácter científico de la
etnología y la crítica del etnologismo
&1
En Etnología y utopía (1971) Gustavo
Bueno se enfrenta con el etnologismo, que alienta tras muchos de los
desarrollos etnológicos (antropológicos, según sus autores) llevados a cabo en
las décadas de los años 50 y 60 del siglo XX (y que sobrevive todavía en el
siglo XXI).
El etnologismo (cuyo más destacado
representante es Lévi-Strauss) surge de la pretensión de convertir a la
etnología en algo más que una ciencia positiva; de convertirla en la ciencia fundamental,
o en la sustituta de la filosofía. Bueno considera que tras esta pretensión se
esconde un determinado modo de interpretar las relaciones entre «barbarie»
(concepto del que debe descargarse toda connotación descalificadora: la noción
de culturas bárbaras es empleada por Bueno en la obra señalada para referirse a
aquellas «sociedades relativamente aisladas» preurbanas, que no han iniciado su
ingreso en la cultura universal), y «civilización». El etnologismo nace
de una nostalgia de la barbarie, concebida como la «autenticidad» de la
vida humana, desde la cual se realiza una crítica de la civilización.
Frente a estas pretensiones etnológicas Bueno
sostiene que: (1) Barbarie y civilización tienen una misma sustancia, que es la
«cultura humana». (2) La civilización tiene su origen en la barbarie, de la que
procede de un modo necesario. (3) La civilización no puede ser reducida a la
barbarie, «instaura un orden nuevo».
Para explicar el paso de la barbarie a la
civilización (una vez admitido que esta tiene su origen en aquella) Bueno
emplea lo que denomina «esquemas de transformación dialécticos», y, en
especial, el esquema de la transitividad. (Explicaremos este proceso con
detalle más adelante).
***
El primer problema que enfrentaremos es el de
la definición de la propia etnología. Tras analizar las definiciones dadas por
algunos representantes destacados de esta disciplina (Kunz Dittmer, Marcel
Mauss y Claude Lévi-Strauss), Bueno concluye que tras las posiciones de los
etnólogos con respecto al papel de su propia disciplina, parece estar
funcionando un doble juego. Por un lado establecen una conexión entre la
etnología y las «vidas extrañas a nuestra cultura» (entendiendo que
«nuestra cultura» es aquella en la que es posible el desarrollo de la etnología).
Pero, por otro, parecieran querer ocultar ese hecho diluyendo el contenido de
sus estudios en la cultura en general o la sociedad en general.
Bueno considera que ambas posiciones no son
meramente circunstanciales, sino fruto de un proceso necesario que está
operando tras la constitución de la etnología como ciencia. Este proceso
responde a la siguiente estructura dialéctica:
(1) La etnología (el «punto de vista
etnológico») surge del interés o consideración por las culturas bárbaras.
(2) La constitución de la etnología como
ciencia exige objetividad, neutralidad.
(3) En consecuencia, la etnología se ve
abocada a descartar el concepto mismo de barbarie por considerarlo interesado,
etnocéntrico. (La barbarie queda así equiparada a la civilización, en el seno
de la cual ha surgido la etnología como disciplina científica).
Al analizar esta estructura dialéctica podemos
considerar el punto de partida (el punto 1) como accidental o como esencial. Si
lo consideramos como meramente accidental, como una apariencia, la
conclusión (el punto 3) aparecerá como la aclaración de un proceso psicológico
o histórico. (En este caso el proceso dialéctico nos muestra que, efectivamente,
el punto de partida era aparente, no verdadero, pues no tiene sentido la
distinción entre culturas bárbaras y civilizadas).
Ahora bien, si consideramos el punto de
partida como esencial entonces será la conclusión dialéctica la que
constituye un error. Pues si es esencial para la constitución de la etnología
la consideración de las culturas bárbaras, en tanto que bárbaras, la negación
de tales culturas significará la negación de la etnología. (Posteriormente
Bueno tenderá a prescindir de la denominación de «bárbaras», en la medida que
se generalizó la crítica a este concepto por considerarlo etnocéntrico y
descalificador. Pero, en cualquier caso, constituye una forma de denominar a un
tipo específico de culturas, con unas características determinadas, aun cuando esta
designación genérica pueda ser sustituida por otro término que no arrastre una
carga negativa).
&2
Detrás del proceso dialéctico que hemos
descrito está operando lo que Bueno denomina ilusión etnológica. Esta
consiste en suponer que el etnólogo puede operar desde una perspectiva neutral,
objetiva, al margen de toda cultura concreta.
Es esta convicción la que fundamenta el etnologismo.
Pues si el etnólogo puede situarse en un punto de vista culturalmente neutral,
está en condiciones de reducir a las diversas ciencias, y a la propia
filosofía, a conjuntos de rasgos culturales propios de determinadas culturas.
Rasgos culturales que solo el etnólogo podrá estudiar objetivamente, sin
atribuirles preeminencia alguna sobre cualesquiera otros rasgos culturales con
los que comparten ciertos espacios. Así, el etnólogo no tendrá por qué tomar
partido entre un ritual de magia curativa y la medicina «occidental», o entre
cualesquiera mitos cosmogónicos y la filosofía. Se sitúa, de ese modo, en un
punto de vista trascendental, que sobrevuela toda otra disciplina
cultural. (Trascendental debe ser entendido aquí como contrapuesto a
categorial. El ámbito categorial es el de las ciencias positivas. El ámbito
trascendental es el de las «Ideas», que desborda el campo de la ciencias para
constituirse en el propio de la filosofía. El etnólogo absorbe así el papel del
filósofo, reduciendo la filosofía históricamente dada a una manifestación
cultural más).
Frente a estas pretensiones del etnologismo,
cuyo fundamento último es la supuesta superación del etnocentrismo (convertido
en un concepto crítico), podemos sostener que:
(1) Hay al menos un contenido cultural que no
puede ser objeto de estudio de la etnología: el museo etnológico, porque en
este no puede aparecer representado el propio museo, lo que abriría un proceso
al infinito.
(2) La etnología solo puede llegar a existir
como ciencia en el seno de una cultura determinada. La pretensión de llevar a
cabo estudios etnológicos situándose fuera de cualquier cultura es tan absurda
como pretender pensar situándose fuera de toda conciencia pensante.
(3) Aun cuando fuese posible situarse en un
punto de vista neutral (fuera de toda determinación cultural, de todo
contexto), esto no convertiría a la etnología en un saber trascendental, sino
en un saber gnóstico (teológico, situado en el punto de vista de Dios),
o escéptico (asumiendo la negación de todo saber). Formas límites de
saber que, además, recordará Bueno, están directamente entroncadas con una
concreta tradición cultural: la tradición filosófica helénica.
La consideración trascendental de la etnología
debe, pues, ser rechazada (en la medida en que conduce al gnosticismo o al
escepticismo). Pero esto nos lleva a buscar el objeto categorial de la
etnología; de modo que esta pueda alcanzar su condición de ciencia positiva, y
de modo que podamos descubrir cuáles son sus funciones críticas reales.
&3
Si la etnología no es un saber trascendental,
sino categorial, se trata ahora de señalar la categoría concreta que deba
asignársele. Pero es fácil confundir estos ámbitos. En Etnología y utopía Bueno toma como representativo el caso de
Jean Poirier, que ofrece un concepto categorial para la etnología pero cuyo
objetivo es defender una perspectiva trascendental.
Poirier comienza constatando la predilección
de la etnología por los pueblos primitivos. Pero esto supone poner límites a la
etnología, que excluiría de este modo de su campo a las sociedades actuales.
Como quiere evitar esas limitaciones, Poirier acaba concluyendo que el objeto
de la etnología «no son los primitivos, sino la primitividad».
Para determinar qué sea la primitividad hay
que comenzar aclarando la diferencia, que Poirier recoge de Lévi-Strauss y
Durkheim, entre comunidad y colectividad.
El nombre de comunidad se reserva para
aquellos grupos formados por un pequeño número de individuos, que mantienen entre
sí una comunicación directa (oral), en la que se dan patrones reiterados de
conducta y con una estructura orgánica. Estas serían las sociedades
«auténticas». Por el contrario la colectividad estaría constituida por
un número mayor de individuos, entre los cuales la comunicación será en gran
medida indirecta (a través de la escritura u otros medios), con patrones de
conducta cambiantes. Estas serían sociedades «inauténticas», «artificiales»,
mecánicas.
La primitividad se identificaría con las
sociedades comunitarias, que serían, por lo tanto, el objeto de estudio de la
etnología (mientras que de las comunidades colectivas se ocuparía la
sociología). Pero al ocuparse de las sociedades comunitarias (identificadas con
la primitividad) la etnología trataría no solamente de las culturas diferentes
de la nuestra, sino también de los residuos primitivos, comunitarios, conservados
en el seno de las culturas industriales: las comunidades de vecinos, familiares,
etc.
Bueno rechaza este planteamiento porque:
(1) No hay comunicación directa: esta está
mediada siempre por objetos. (No es posible comunicar algo de individuo a
individuo si no hay referentes externos que doten de sentido a sus
expresiones).
(2) No es adecuado para determinar el campo de
la etnología. Pues, ni toda comunidad es primitiva (como ejemplo, la
tripulación de un transatlántico, cuyo estudio correspondería a la sociología o
la psicología social), ni toda sociedad primitiva pertenece al campo de la
etnología (como ejemplo, una banda de homínidos, cuyo estudio es tarea de
arqueólogos o de historiadores especializados en la prehistoria).
(3) No recoge la virtualidad crítica de la
etnología. Pues su distinción entre sociedades auténticas e inauténticas es
puramente ideológica. Decir que una colectividad es una sociedad inauténtica
solo puede querer decir que no es una comunidad. Salvo que se establezca que lo
humano se da de un modo más pleno en las comunidades que en las colectividades,
pero eso es una hipótesis arbitraria o metafísica.
***
Frente a la posición de Poirier, Bueno
sostiene que la etnología no estudia a las sociedades primitivas porque sean
comunidades, sino por su condición de bárbaras (esto es, de extrañas a la
nuestra). Y el carácter crítico no lo obtiene tanto por la identificación con
esas culturas bárbaras, como por su capacidad para producir el extrañamiento de
formas de conducta propias al descubrir su similitud con aquellas.
Trataremos de mostrar, a lo largo de los
parágrafos posteriores, que solo desde la Idea de cultura bárbara se
puede enfrentar la cultura de partida como extraña (y, de ese modo, desplegar
el sentido crítico de la etnología) y construir un cierre categorial que
permita desarrollar la etnología como ciencia positiva.
Avanzamos, de momento, que esta Idea de cultura
bárbara: (1) Se desarrolla como una inflexión de la Idea de cultura. (2) Es la
condición para el desarrollo de la cultura «civilizada», aquella en la que se
constituye la propia etnología. (3) Instaura un cierre categorial de la etnología
que permite deslindarla frente a la antropología biológica (de la cual puede
ser considerada una derivación la etología) y la historia.
Comenzaremos tratando de mostrar que el
concepto de cultura bárbara no surge de una mera diferenciación convencional.
Que posee una entidad ontológica; esto es, un tipo de unidad que no será solo
empírica, sino esencial.
Para mostrar esto tendremos que explicar
previamente en qué consisten ciertos esquemas empleados por Bueno para el
análisis de la cultura y la identidad personal: el esquema matricial de los
géneros combinatorios y el esquema de la transitividad.
El esquema matricial de los géneros
combinatorios es un intento de pensar la Idea de cultura sin
sustantificarla ni sustantificar las diversas esferas culturales. Para ello Bueno
emplea una matriz constituida por un recuadro dividido en filas y columnas. En
la cabecera de las filas estarían las diversas culturas (dadas en número limitado,
¿un máximo de 620?). Y en la cabecera de las filas estarían los rasgos culturales
(dados también en número limitado, ¿un máximo de 10.000?). El contenido etnológico
habría que ponerlo en la intersección entre las filas y las columnas.
|
RASGOS CULTURAS |
1 |
2 |
3 |
4 |
5 |
6 |
7 |
10000 |
|
I |
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|
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|
|
|
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|
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II |
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III |
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IV |
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|
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|
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DCXX |
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|
|
|
El esquema de la transitividad fue
desarrollado en Para una construcción de la Idea de Persona (1953). En
este escrito define la persona por la comunicación. La comunicación puede ser
definida, a su vez, como la trasmisión de mensajes a través de medios
materiales. Pero no entre sujetos sustancializados, porque los sujetos se
constituyen como tales en este proceso, son un resultado.
Pues bien, el proceso de comunicación comienza
siendo simétrico («a» trasmite mensajes a «b» y «b»
transmite mensajes a «a»). Continúa siendo transitivo (si «a» transmite
mensajes a «b», y «b» transmite mensajes a «c», entonces «a» transmite mensajes
a «c»). Y solo a partir de entonces puede ser reflexivo (si sobre la propiedad
simétrica -«a» trasmite mensajes a «b» y «b» transmite mensajes a «a»- hacemos
refluir la transitiva, entonces tenemos que, si «a» trasmite mensajes a «b» y
«b» a «a», entonces «a» transmite mensajes a «a»).
(1) Simetría: xRyÙyRx
(2) Transitividad: xRyÙyRz®xRz
(3) Reflexividad: [(xRyÙyRx)Ù(
xRyÙyRz®xRz)]®xRx
(Este análisis de la comunicación nos sirve
también para señalar que la propiedad reflexiva no es primaria, sino un
resultado, y toda pretensión de convertirla en originaria no es sino metafísica).
Partiendo de este esquema matricial de los
géneros combinatorios y el esquema de la transitividad, Bueno define el
concepto de cultura bárbara como «una symploké […] en la que las relaciones
constitutivas, si bien han alcanzado la simetría, no han alcanzado la
transitividad, y, por tanto, tampoco la reflexividad».
Estas relaciones constitutivas tienen una base
material, y se despliegan en función de cambios materiales (en función de
cambios en los modos de producción, por emplear terminología marxista). Estos
cambios se explicarían así: dado un cierto nivel de desarrollo productivo, que
situaríamos en el esquema matricial en algún punto de la intersección de filas
y columnas, una comunidad puede alimentar a individuos que se dedican a cierta
producción especializada a tiempo completo (individuos tales como un sacerdote
o un forjador). Pero acontece también que la producción de esos especialistas
no puede ser absorbida por la comunidad. Se hace necesario, entonces, que estos
(el sacerdote, el forjador) viajen a otras comunidades donde ofrecen sus
productos sobrantes (con el desarrollo del proselitismo religioso o el
comercio). Se rompe así el aislamiento de las comunidades, que, más allá de la
relaciones simétricas instauradas por el intercambio de ciertos productos,
inician el proceso de transitividad.
De ese modo Bueno explica esos cambios
partiendo de una estructura esencial, ontológica, no de los datos empíricos
(aunque estos cambios han de realizarse empíricamente). Esa explicación muestra
que el paso del estado de barbarie al de civilización consiste en el paso de
las «culturas relativamente aisladas» a la ciudad. La comunidad «bárbara»
(construida sobre relaciones de comunicación simétricas, cerradas sobre sí
mismas) da paso a la ciudad (construida sobre relaciones de comunicación
transitivas, abiertas, volcadas a la universalidad). En el seno de estas
ciudades crece un tipo de sujetos capaz de desvincularse de cualquier comunidad
concreta y encajar en cualquier otra, convirtiéndose en individuos
«cosmopolitas». Con la aparición de la ciudad se forja, por lo tanto, una forma
nueva de conciencia, que inicia el camino a la universalidad, a la
civilización. Y es, entonces, partiendo de la civilización nacida de la ciudad
y del tipo de sujeto que esta crea, cuando se genera el concepto de barbarie.
La aparición de la ciudad establece así una
división entre la barbarie y la civilización, pero marca también
la «línea divisoria entre la etnología y la historia».
&4
La relación entre etnología e historia es
objeto de controversia. Ha sido frecuente vincular la aparición de la historia
a la escritura, al mismo tiempo que se incluye a las sociedades ágrafas
en la barbarie. Las razones para hacerlo así suelen ser epistemológicas: las
sociedades con escritura proporcionan mucha información sobre sí mismas y de un
carácter preciso. Lo que no sucede con las sociedades ágrafas.
Bueno sostiene que ciertamente las sociedades
ágrafas proporcionan menos información sobre sí mismas que aquellas en las que
ha aparecido la escritura. Pero esta diferencia es de grado, no esencial.
Además, en la medida en que se pueda obtener información por otros medios se
podría ir construyendo una historia de estas sociedades (a ello se dedicaría la
etnohistoria).
Pero si, frente a esta perspectiva
epistemológica, adoptamos un punto de vista ontológico, encontramos que hay una
diferencia esencial entre el material etnológico y el material histórico. Para
este análisis ontológico Bueno recurre, una vez más, a la Idea de
transitividad. A la luz de esta Idea la escritura será vista como una forma
superior de realización de la comunicación (frente a Lévi-Strauss, que la
consideraba interruptora de la comunicación directa, de la oralidad): aquella
que propicia una recurrencia idéntica de esta. (Idéntica porque es objetivada,
independiente del sujeto narrador). La escritura permite alcanzar una forma de
identidad nueva, operativa, no metafísica, a través de las generaciones. Los
signos escritos permiten mantener la comunicación más allá de la vida del
individuo, hacia el futuro y hacia el pasado. A través de los signos escritos
el pasado (permaneciendo idéntico, sin las distorsiones de la comunicación
oral) habla al presente y lo determina, y este habla al futuro y lo determina.
Este espacio de relaciones de identidad transitiva es el espacio histórico.
A partir de lo expuesto se pueden inferir
otras dos interesantes conclusiones:
(1) El centro de referencia, desde el que se
dota de unicidad al discurrir histórico, es el presente. Pero, dado que nuestro
presente es un presente universal (pues las relaciones de reciprocidad tienen en
nuestra época alcance universal), la historia será historia universal.
Los cursos relativamente autónomos de la historia de Egipto, Grecia, etc.,
confluyen en este presente universal.
(2) Esa
posibilidad universal vino abierta, como ya hemos mostrado, por la civilización,
que nace de la transitividad operativa de los patrones culturales. Esa transitividad
lleva en su seno la recurrencia sin límites y la incorporación de las culturas
bárbaras a la cultura civilizada. Pero dado que el mundo es limitado, esa
expansión sin límites conduce a la unicidad de la civilización. Por eso
la civilización no constituye un concepto-clase como las culturas bárbaras, sino
un singular, un individuo (la civilización es, al menos virtualmente, la
civilización histórica universal).
Desde la civilización, desde la historia
universal, se desarrolla la integración de las partes culturales. Integración
de facto. Material. Que es, con frecuencia, violenta. No solo porque surge del
choque militar o económico de unos pueblos con otros, sino porque la ruptura
del aislamiento -que permitía el mantenimiento de las identidades culturales, y
la permanencia, de ese modo, en el nivel de la barbarie- es, en sí misma,
destructiva.
Podemos poner, como un ejemplo señalado de
esto, el llamado «descubrimiento» de América por los españoles. Ese
descubrimiento es negado, a veces, apelando a la supuesta llegada de los
vikingos a ese continente con anterioridad. (Aunque, ya puestos, no estaría de
más recordar que pueblos procedentes de Siberia se habían instalado en el continente
americano unos 30.000 años antes). Pero solo con la llegada de los españoles en
el siglo XV los pueblos americanos fueron integrados en la civilización
universal, que, en ese momento, representaba el área de difusión helénica, la
que tenía la potencia para esa integración. Los pueblos prehispánicos fueron
entonces «descubiertos» para la civilización universal.
El espacio de civilización y el espacio
histórico se crean, así, como fruto de la transitividad idéntica a través del
tiempo y el espacio, que crea un espacio-tiempo universal e histórico. (La
civilización es universal y única, la historia es historia universal).
Frente a ese espacio-tiempo histórico, el
espacio-tiempo etnológico, el espacio-tiempo de la barbarie, es flotante,
desconectado. Y en la medida en que un ámbito cultural se aísle de esa corriente
de la civilización universal «caerá» en la barbarie.
&5
Hemos concluido, pues, que la barbarie se
define desde la civilización; que la aparición de esta ha sido ontológicamente
explicada a partir de procesos de transitividad idéntica; y que el campo de la
barbarie constituye el contenido de la etnología, frente a la civilización que
será el campo de la historia.
Estamos, ahora, en condiciones de enfrentar el
problema del cierre categorial de la etnología, esto es, el problema de
su estatuto científico.
Recordemos que el espacio gnoseológico
de una ciencia viene determinado por tres ejes: sintáctico (que incluye
términos, relaciones y operaciones), semántico (que incluye
referenciales, fenómenos y esencias o estructuras esenciales) y pragmático
(que incluye normas, dialogismos y autologismos).
Volviendo a la etnología, y centrándonos en
los cruces del eje sintáctico y semántico, donde podemos situar los elementos
diferenciadores de una ciencia, encontramos que aquella se configura en torno
a:
(1) Los términos, que pueden pertenecer
al plano fisicalista (cuerpos, movimientos, lo que, en general,
denominamos exocultura), al fenomenológico (cauris, mitos, etc.), o al ontológico
(concepto de organismo individual).
(2) Las relaciones entre los términos,
que pertenecen también a distintos planos.
(3) Las operaciones, que se mantienen
igualmente en distintos planos.
Para el desarrollo de la etnología como
ciencia es necesario aclarar la naturaleza del plano ontológico en el que se
mueve, que es el de la civilización. El etnólogo que cree poder
instalarse en el interior de la sociedades que examina, es víctima de la ilusión
etnológica y se mantendrá en un nivel fenomenológico.
A modo de ejemplo: desde el punto de vista del
miembro de una tribu primitiva un fetiche puede ser divino, numinoso. Pero si
el etnólogo pretende situarse en ese punto de vista lo que sucede es que se
queda en el nivel fenomenológico. A nivel ontológico ese objeto estudiado es
una «cosa», cuya conversión en objeto numinoso tendrá que explicar el etnólogo.
(En cualquier caso, es psicológica, gnoseológica y lógicamente imposible que el
etnólogo se coloque en el punto de vista del primitivo estudiado, entre otras
cosas porque si llegase a hacerlo dejaría de ser etnólogo).
Para el desarrollo de la etnología como
ciencia será esencial, pues, contar con un conjunto de términos o relaciones
en su vocabulario perfectamente definidos (constantes etnológicas), de
modo similar a como acontece en otras ciencias (así la química consta de
términos como «H», «O», etc., la geometría de términos o constantes como
«triángulo», «línea», etc.). La dificultad añadida de la etnología es la de que
esas constantes no se pueden obtener sin más a partir del plano de los
fenómenos, donde nos encontramos con cosas como «padre» o «muerte». Pero, si
nos quedamos en el nivel de los fenómenos, «padre» puede no significar
progenitor (en algunos pueblos primitivos, al decir de algunos antropólogos, no
hay conexión entre cópula y paternidad), y «muerte» puede significar «bajada al
Hades». Para redefinir con precisión etnológica tales fenómenos hay que
situarlos en un plano ontológico, pero esto implica situarse en el nivel de la
civilización (desde el que el etnólogo «explica» tales fenómenos).
***
Denominaremos U al universo de la etnología,
constituido por el total de las culturas bárbaras. Los términos de este
universo o campo pueden ser: (a) Cada uno de los rasgos (a, b, c, … n)
constitutivos de cada cultura, que situaríamos en las cabeceras de columna de
la matriz anteriormente mencionada. (b) Cada una de las diversas culturas (A,
B, C, … N), que situaríamos en las
cabeceras de las filas de la matriz mencionada.
Tomaremos como subclase señalada de la
relaciones de identificación a las relaciones lingüísticas. Estas ligan a los
términos-individuos corpóreos de U (en terminología mundana, a los diversos
humanos hablantes), y son, en principio, simétricas, transitivas y reflexivas.
Pero tales relaciones no se establecen entre cualesquiera de esos
términos-individuos (no son conexas), sino entre ciertas clases circunconexas.
Cada una de estas clases circunconexas constituye un círculo lingüístico, que
puede ser puesto en correspondencia con una cultura bárbara. En el interior de
cada círculo lingüístico (de cada cultura bárbara) se produce una
identificación de los términos-individuos, identificación que es materialmente
diferente para cada círculo.
Las relaciones de comunicación entre dos círculos
lingüísticos-culturas cualesquiera (A-B, C-D) pueden ser simétricas
(intercambios comerciales, de mujeres, guerra), pero no necesariamente
transitivas. En esto consiste, como ya hemos señalado, la característica de la
barbarie. La civilización nace como la negación de ese aislamiento
comunicativo, al implementarse la transitividad idéntica.
Desde la civilización, el aislamiento
comunicativo de la barbarie aparece entonces como un «error». Pero, desde el
punto de vista etnológico, es, precisamente, ese aislamiento, el que permite
instaurar el cierre categorial que posibilita la condición científica de la
etnología. Así, el etnólogo compone los rasgos (a, b, c, … n, de las cabeceras
de las columnas), para obtener las formaciones culturales propias de cada círculo
cultural. (Cuando establece relaciones entre los diversos círculos culturales
-A, B, C, … N, las cabeceras de las filas-, estás serán de tipo distributivo, y
tienen siempre como referencia cada cultura particular).
***
Que la civilización se construya sobre la
barbarie abre la posibilidad de que la etnología encuentre contenidos propios
entre el material civilizado. La Idea de barbarie, es, desde un punto de vista
lógico, el género por respecto a la Idea de civilización. Género puede ser
entendido en sentido darwiniano, como un singular genérico del que procede (del
que se genera) la especie. El mamífero tipo lémur del que proceden los
mamíferos actuales (incluidos los lémures) constituye un género singular, por
respecto a estos últimos. Y del mismo modo que en los mamíferos actuales encontramos
elementos de ese mamífero ancestral, así también podemos encontrar en la
civilización elementos procedentes de la barbarie. Y del mismo modo que encontramos
en la actualidad mamíferos que conservan a grandes rasgos las características
de ese mamífero ancestral (los lémures) así también encontramos en la
actualidad los primitivos contemporáneos.
Pues bien, la etnología tendría como campo de
estudio a los pueblos bárbaros en general, incluidos esos primitivos contemporáneos,
pero también a los componentes bárbaros de la civilización. Esto significa que
cuando hablamos de la barbarie como campo de la etnología nos estamos
refiriendo a diversos planos, que conviene precisar:
(1) Como campo de elección la etnología
incluye a las sociedades previas a la civilización (proto-civilizadas), a los
contemporáneos primitivos, y, en general, a las comunidades marginadas de la
corriente de la civilización.
(2) Como campo de selección la
etnología incluye a aquellos componentes bárbaros de la civilización que puedan
ser segregados mediante el cierre categorial. Estos «componentes bárbaros» de
las civilización son de tres tipos:
(a) Arcaicos: aquellos que constituyen
supervivencias o refluencias del fondo bárbaro de la civilización. Por ejemplo,
los ritos del culto a las ánimas.
(b) Antiguos: aquellos elementos que se
encontraban en la barbarie proto-civilizada, y en los bárbaros contemporáneos,
que podrían ser sustituidos en la civilización, pero que pueden convivir en el
seno de esta con sus sustitutos. Tal es el caso del carro en una granja, conviviendo
con coches y tractores. Aquellos elementos que habiendo surgido en el seno de
la civilización han sido sustituidos, o están en proceso de serlo, pueden ser
denominados clásicos. Como ejemplos señala Bueno la geometría de
Euclides y la orquesta de cuerda.
(c) Basales o fundamentales: son
aquellos componentes surgidos en la barbarie, que han sido incorporados a la
civilización y que no pueden ser segregados de esta. Como ejemplo, la rueda.
La etnología selecciona como contenidos
propios a los componentes arcaicos y antiguos de la civilización, pero no
incluye a los clásicos ni a los basales. Esta selección constituye en sí un acto
crítico. Determinar, por ejemplo, que el culto a las ánimas constituye un
elemento arcaico es condenarlo a las afueras de la realidad civilizada, fuera
del espacio de la cultura viva.
&6
Podemos, ahora, resumir lo dicho en este
apartado en los siguientes puntos:
(1) «La etnología no puede ser definida como
la “ciencia de la cultura” en general». Eso por diversas razones. La primera es
que hay al menos un elemento cultural que no puede ser objeto de la etnología:
el museo etnológico (o la propia ciencia etnológica). Una segunda razón es que
hay diversas disciplinas que tratan de campos culturales concretos y no pueden
ser reducidas a etnología, tales como la lingüística, la economía, etc. La
generalidad de la etnología se reduce, pues, a la de las culturas bárbaras.
(2) «La etnología no puede ser definida como
“ciencia del hombre”, como antropología». La antropología puede tener sentido
como ciencia positiva (como antropología natural o biológica) en la medida que
trate del hombre como especie biológica. Pero en el momento en que pretenda
tratar al hombre como un ser cultural carecerá de sentido (por las razones ya
expuestas). Sobre el ser humano confluyen una diversidad de campos científicos,
cuyos resultados pueden convertirse en objeto de reflexión filosófica, dando
origen así a la antropología filosófica.
(3) Detrás de la pretensión de la etnología de
presentarse como alternativa a la filosofía están funcionando ciertos
mecanismos que pueden ser descritos así: los contenidos categoriales
(positivos, científicos) de la etnología, aun pretendiendo ser neutros, están
entretejidos con ciertas Ideas generales (de carácter teológico, metafísico o
filosófico). La articulación de esos contenidos en una concepción general lleva
al etnólogo a pensar que tales contenidos están apoyados en datos etnológicos.
Bueno señala dos modelos de este proceso:
(a) El modelo de la hermenéutica etnológica,
empleado profusamente por etnólogos cristianos. Este da por supuestas ciertas
Ideas o principios, obtenidas del Antiguo
Testamento, tales como que el hombre ha sido creado por Dios, que Dios se reveló
al principio de los tiempos, que el hombre se encuentra en situación de caída a
consecuencia del pecado, etc. Con estos supuestos en la mano se orienta la
interpretación del material etnológico, de modo que se busca en las mitologías
bárbaras manifestaciones confusas de aquella sabiduría revelada, indicios del
Dios monoteísta, etc.
Sin embargo, las Ideas que están aquí
presupuestas, la Idea de Dios, por ejemplo, incorporan datos etnológicos,
semánticos, sociológicos, psicológicos, etc., por lo que su investigación corresponde
al campo filosófico.
(b) El modelo crítico. Este modelo
puede rastrearse ya en los cínicos, se consolida con Rousseau en el mundo
moderno, y tiene a Lévi-Strauss como su más preclaro representante en la
actualidad. Parte del supuesto de un paraíso perdido, de una vida humana
auténtica, abandonada con la civilización, en la que el hombre se ha extraviado.
(Por lo que, en cierto modo, confluye, cuando no es su fruto, con el modelo
cristiano del paraíso terrenal perdido por el pecado). La etnología aparecería
ahora como el saber redentor, que permitiría al hombre «contemplar» el modo de
vida auténtica. La etnología tiene aquí, efectivamente, una función crítica (se
presenta como crítica de la civilización), pero una crítica asentada en una
nostalgia de la barbarie. Pero eso es solo un sucedáneo de crítica, que se
detiene ante las culturas bárbaras, a las que deja intocadas. Y por eso esta
crítica está lejos de la crítica filosófica, que solo se detiene ante la
materia trascendental.
Bueno sostiene que la etnología se enfrenta
ciertamente a la filosofía, pero a un nivel más profundo. Pues, aunque como
ciencia positiva se articula en un nivel distinto de la filosofía, incluye en
su campo a la «totalidad de los materiales que soportan la civilización». De
ahí su propensión inevitable -objetiva, al margen de cualquier pretensión de
los etnólogos-, a reducir a la filosofía (cuyos contenidos aparecerán como una
material etnológico más).
Pero si la etnología tiene una función crítica
y una propensión objetiva a reducir a la filosofía cabe plantear dos cosas:
(i) Cuál es el mecanismo propio de la crítica
etnológica. A esto se puede responder que la neutralidad científica de la
etnología puede alcanzar una significación crítica mediante la trasferencia de
contenidos de la civilización a la barbarie. La crítica etnológica irá dirigida
contra ciertas proposiciones que están incorporadas en nuestra civilización.
Por ejemplo, el comunismo primitivo, constatado en las culturas bárbaras,
refuta la proposición de que la propiedad es consustancial a la existencia
humana.
(ii) Cómo se articulan las relaciones
(dialécticas, conflictivas) entre etnología y filosofía. A esto podemos
responder que entre la etnología y la filosofía hay una tendencia inevitable a
reducirse. En virtud de esa tendencia la etnología busca los componentes
arcaicos del material trabajado por el filósofo. Pero desde el punto de vista
de la filosofía, el etnólogo estará necesariamente preso del aparato
gnoseológico (filosófico) de una cierta forma de cultura.
(4) La neutralidad epistemológica buscada por
la etnología, nivelando todas las culturas, es precisamente una posibilidad de
«nuestra» cultura (aquella en la que se desarrolla una etnología con tales
pretensiones). Pero esta posibilidad muestra que hay productos culturales, la ciencias,
en cuya esencia está el dejar de ser etnocéntricos para adquirir una condición
lógico-universal. Y es el caso que la cultura en la que se han generado tales
productos culturales lógico-universales, es la cultura desde la que hablamos
(desde la que habla el etnólogo), es «nuestra» cultura. (Se puede plantear el
problema también a la inversa: en la medida en que nuestra cultura ha accedido
a la creación de productos lógico-universales, tales como las ciencias, ha
dejado de ser «nuestra»; y si entendemos la cultura como identidad de un grupo,
tales productos han dejado también de ser «cultura». Veremos esto con más
detenimiento en el apartado dedicado a la filosofía de la cultura).
(5) La nivelación de todas las culturas es una
posibilidad límite, que solo puede ser alcanzada haciendo abstracción de las
relaciones reales entre culturas, que son asimétricas. (El dogon -dirá Bueno-
no puede entender los mecanismos del helicóptero que sobrevuela su poblado,
salvo que estudie física e ingeniería, esto es, procedimientos de la cultura
«occidental», lo que implicaría su «occidentalización». Pero el etnólogo que
viaja en ese helicóptero, lo hace con la intención de comprender el
funcionamiento de cualquier artefacto dogon, y reducirlo a las categorías
etnológicas desde las que pretende explicarlo).
De modo que la nivelación de las culturas que
practica el etnólogo no puede ser entendida como la «nivelación de todas las
culturas en cuanto tales, sino en cuanto diferentes de aquella en la que se ha
constituido la etnología como ciencia». La «lejanía» o «extrañeza», con las que
el etnólogo se enfrenta con su material, no serán meras impresiones subjetivas,
sino componentes epistemológicamente esenciales para el desarrollo de la
ciencia etnológica.
Cabe añadir, para finalizar este apartado, que
el propio concepto de cultura con el que nos hemos encontrado recurrentemente a
lo largo de este apartado está envuelto en confusiones múltiples que trataremos
de desenmarañar a continuación.
6.3. La filosofía de la cultura:
crítica de la Idea de cultura
&1
La Idea de cultura como mito oscurantista
La Idea
de cultura se ha convertido en una «idea fuerza» que mueve o paraliza
voluntades. Así, en el ámbito español, cualquier alcalde o consejero de una
comunidad autónoma que quiera justificar una dudosa inversión, no tiene más que
apelar a su carácter cultural para que toda oposición quede silenciada; como si
del advenimiento de una presencia sagrada se tratase. Y, al revés, es
suficiente con reprochar a las instituciones o poderes pertinentes su escasa
inversión en cultura para su descalificación social. La lucha por la «identidad
cultural» funciona como energía movilizadora de la acción política,
sustituyendo a la idea de raza como elemento aglutinante de unos grupos frente
a otros (cumpliendo
así un papel similar al que el tótem, a juicio de Boas, cumplía con respecto a
los pueblos salvajes). La participación en
ciertos eventos culturales eleva a
los participantes por encima de su situación cotidiana (acaso miserable), o por
encima de la condición de otros mortales. Otras veces se ofrece como redención
popular: la imprimación cultural sacará al proletario de su postración social
para llevarlo al reino de la libertad. Etc. Es así como la Idea de Cultura ha pasado a adquirir el carácter de un mito, y, en
concreto, de un mito oscurantista y confusionario (véase apartado 3, &6).
Con esta Idea de cultura se enfrenta Bueno en
numerosos textos (entre los que destacan La etología como ciencia de la
cultura, y, sobre todo, El mito de la cultura), sometiéndola a una
crítica radical, para mostrar su origen y evolución, sus diversos sentidos y
modalidades, y la función que ha ido adquiriendo como componente de variadas
ideologías contemporáneas.
&2
Dos sentidos del término cultura
Comenzaremos este análisis presentando dos
conceptos de cultura que han llegado a tener una fuerte presencia en nuestros
días: la cultura entendida en «sentido etnográfico amplio» (centrada en
los aspectos denotativos de la idea de cultura, en la «extensión» del concepto de
cultura) y la cultura entendida como cultura circunscrita (centrada en
los aspectos connotativos, especialmente oscuros, de la idea de cultura, en su «intensión»).
(1) Entendida en el primer sentido, la
definición de cultura más recurrida nos la proporciona el antropólogo británico
Edward B. Tylor, quien sostiene que: «La cultura o civilización en
sentido etnográfico amplio es aquel todo complejo que incluye el conocimiento,
las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualesquiera
otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre en tanto miembro de una
sociedad» (Tylor, La ciencia de la cultura). Este concepto de cultura
tiene, a juicio de Bueno, la virtualidad de incluir las diferentes capas
y esferas en las que esta aparece repartida.
Aclaremos, antes de seguir, que: (a)
Bueno emplea aquí la expresión capas de la cultura para designar a las
distintas agrupaciones de los materiales culturales en relación con los individuos.
Así, podemos diferenciar una capa subjetual o intrasomática (donde
situaremos aquellos componentes culturales internos al individuo, tales como aprender
a tocar un instrumento); una capa social o intersomática (donde
situaremos aquellos componentes que se constituyen en la interacción humana,
tales como el derecho, las costumbres o las competiciones deportivas); y una
capa material o extrasomática (donde situaremos aquellos
componentes externos a los individuos, tales como los templos, los museos o las
herramientas). No debemos, por tanto, confundir las «capas» de las que se habla
aquí con las que, en su filosofía política, denomina capa basal, capa
conjuntiva y capa cortical. (b) Bueno emplea la expresión esferas culturales
para denominar a las totalidades culturales que identifican a ciertas colectividades
(y a las que, en la definición expuesta, se hace referencia bajo la designación
de «una sociedad»). Como ejemplos de esferas culturales podemos citar a la
cultura egipcia antigua, la bosquimana, la japonesa, etc.
(2) Pero el concepto de cultura
es, también, de uso común en ámbitos políticos o administrativos. Es la cultura
que aparece como campo de operatividad de los ministerios, consejerías o
concejalías de cultura. A esa modalidad la denomina Bueno cultura
circunscrita. Esta puede abarcar las diversas capas o esferas señaladas anteriormente,
pero su ámbito aparece reducido frente a la cultura en sentido etnográfico
amplio. Así, aunque el campo cultural del que se ocupa el Ministerio de cultura
puede incluir elementos intrasomáticos, intersomáticos y extrasomáticos, no
aparecerán entre esos elementos aquellos referidos al ejército, la industria,
la religión, etc., incluidos bajo la esfera operativa de otros ministerios o
instituciones administrativas. Es, sin embargo, problemático, dar una
definición que abarque los elementos comunes a esa cultura circunscrita (más
allá de que es aquello de lo que se ocupan las instituciones señaladas), aunque
podemos indicar, como rasgo distintivo suyo, el aparecer vinculada a algo elevado, o que eleva.
&3
El origen subjetual del concepto de cultura
El término cultura
(procedente del verbo colere, que significa cuidado, cultivo) se usó
inicialmente para referirse al cultivo del campo (agri-cultura). Cicerón resignificó
este término para darle el sentido de cultivo del espíritu (cultura animi).
Parece ser que con el término cultura pretendía traducir el griego «paideia»
(formación, crianza, educación). De modo que este concepto apareció con un
sentido adjetivo (como «cultivo de»), y para designar a una modalidad subjetual
de cultura (como cultura intrasomática, que tiene que ver con la formación del
individuo, con algo que acontece en el interior del sujeto). Hubo de pasar
mucho tiempo, hasta el siglo XVIII, para que el término cultura apareciera con
un carácter sustantivo (formando parte de proposiciones como «”la cultura” nos
hace humanos») y con un sentido objetivo (intersomático y extrasomático). La
cultura en sentido subjetual es, por lo tanto, «la primera modulación de la
idea de cultura».
Las derivaciones posteriores de
esta concepción subjetual darán pie a la identificación de la cultura con el aprendizaje,
que sería el gozne que separa lo natural de lo cultural. Tendríamos así una
conducta heredada (producto de la naturaleza, innata), y una conducta aprendida
(una conducta cultural, pero reducido lo cultural a lo intrasomático).
Esta es, no obstante, una
concepción errónea, pues no todo lo aprendido tiene un significado cultural ni
todo lo natural es heredado sin más. (Tan natural es, dirá Bueno, para un ave,
tener alas, como «aprender» a moverlas bajo el estímulo de sus progenitores).
De modo que solo algunos de los elementos aprendidos tendrán un significado
cultural. Para que se dé este significado, lo aprendido tiene que integrarse
«en un contexto operatorio y social». (Y esto implica que esté conectado con
elementos intersomáticos o extrasomáticos; entre otras cosas porque para que se
dé conducta operatoria esta tiene que estar mediada por elementos tales como
herramientas u otros individuos, pues no entendemos como conducta operatoria
aquella que fuese desencadenada internamente de una manera ciega, refleja).
Bueno concluye que la concepción
subjetual de la cultura es reduccionista (reduce la cultura al aprendizaje),
y puede ser considerada como el residuo de una metafísica espiritualista.
(Pareciera que se hace nacer la cultura del «interior» del individuo, como
creación de una «sustancia espiritual»).
&4
El origen de la Idea de cultura objetiva en la
filosofía alemana
La Idea de cultura
objetiva surgió, y se desarrolló, en la Europa de los siglos XVIII y XIX. Y
especialmente, aunque no solo, en el ámbito de la filosofía alemana de esa
época.
Esta concepción de la
cultura objetiva hace su aparición bajo una forma metafísica: la cultura es
concebida como una realidad sustancial (en oposición a la naturaleza),
que envuelve a los individuos (en eso reside su carácter
objetivo). Esa realidad envolvente
tiene una estructura holística: cada cultura (cada esfera cultural)
constituye una totalidad hecha de partes interconectadas, lo que la hace
equiparable a un organismo. La cultura es, por lo tanto, una especie de
matriz, dentro de la cual los hombres se convierten en personas, elevándose
sobre su condición animal, y elevando a unos hombres, cultos, sobre otros que
no han adquirido, o no han adquirido del todo, tal condición (salvajes,
bárbaros, rústicos), permaneciendo próximos a su estado natural. La cultura
adopta, así, un carácter salvífico.
Bueno sostiene que el embrión de esta idea
moderna, metafísica, de cultura objetiva se encuentra ya plenamente
desarrollado en la obra de Herder. Herder parte de una concepción
subjetualista de la cultura, pero, al situarla en una perspectiva histórica
(que como tal es supraindividual, suprasubjetiva), habría alcanzado a
presentarla bajo un aspecto objetivo. De modo tal que la cultura ya no es solo
fruto de un aprendizaje, mediante el cual los individuos aspiran a lograr ciertos
fines, sino que los propios individuos son configurados dentro de un proceso
educativo que los envuelve, que es histórico, que les antecede y les sucede (y
al que Herder llama tradición).
Esta modelación del hombre se da dentro de
ciertos círculos o esferas culturales, que constituyen las distintas
culturas. A través de esas diversas culturas se desarrollará finalmente una cultura
humana universal. Aunque Herder considera que no todas las culturas son
iguales, ni contribuyen de igual manera al desarrollo final de esa cultura
universal, reservando, para ello, un papel destacado a la cultura germánica.
Tras Herder, Fichte también concibe la
cultura como un todo envolvente (como cultura objetiva), dentro del cual se
configura lo humano. Pero identifica esa cultura, ese todo envolvente, con la
cultura europea, ya dada, y susceptible de ser transmitida a aquellos
individuos que se hallan en estado infantil o salvaje. Como novedad introduce
la tesis de que esa cultura solo puede configurar a los individuos a través del
Estado (con él aparece el mito del «Estado de cultura»). Fichte acabará
postulando la construcción de una república universal de los hombres cultos
para cuyo advenimiento reserva un papel dirigente a la nación alemana.
En Hegel también se da una transición
de la cultura subjetiva a la cultura objetiva. Pero ahora la cultura subjetiva
aparece desde el principio en un entorno envolvente, como un momento de la
cultura objetiva. Previo al desarrollo de una cultura objetiva solo hay
naturaleza, que para Hegel es lo no espiritual, lo no libre. Solo a través de
la cultura objetiva (el sistema del derecho o Estado, la moralidad, la
eticidad), puede algo, una sustancia, hacerse sujeto, espíritu libre.
Finalmente, el espíritu objetivo se determinará como Espíritu Absoluto,
a través de los modos del arte, la religión y la filosofía. Pero esos modos
solo son operativos a través del espíritu de un pueblo, que cristaliza en el Estado.
De modo que, en cada momento histórico, habrá un pueblo, un Estado, que
represente el espíritu universal, el proceso real del Espíritu Absoluto. Y ese
espíritu universal estaría encarnado, en ese momento, en Alemania (en el Estado
alemán).
***
Trataremos de explicar, ahora, por qué la Idea
metafísica de cultura objetiva surgió en la filosofía alemana del siglo XVIII,
por qué no pudo surgir antes; y, partiendo del supuesto de que nada puede
surgir de la nada, desde dónde, y mediante qué procesos, surgió.
(1) Bueno sostiene que la idea de cultura
objetiva no pudo surgir en el mundo antiguo porque aquellos materiales o ideas
afines que podrían entrar en su constitución (técnica, poesía, leyes -en el
mundo griego-, latinitas, urbanitas -en el romano-) fueron
pensadas desde una perspectiva naturalista.
Así, los instrumentos fueron concebidos, o
bien como fruto de un desarrollo natural (a semejanza de las telarañas o los
nidos), o bien como concesiones de los dioses para completar las precarias
dotes naturales humanas. Y se explicaba el desarrollo de las artes no
estrictamente instrumentales (lo que hoy llamaríamos artes) por la imitación (mímesis)
de la naturaleza. Cuando aparecen referencias a ciertas estructuras envolventes
(por ejemplo, cuando Platón, en el Critón, sostiene que las leyes son anteriores
a los individuos, o, de modo similar, cuando Aristóteles, en la Política,
sostiene que el Estado es anterior a los individuos), tales estructuras fueron
asimiladas a aquellas que unen a los enjambres o a los rebaños.
(2) En el mundo medieval la Idea de cultura
objetiva estuvo bloqueada por la Idea de Gracia, convertida por Pablo de Tarso en
elemento esencial de la teología cristiana. La gracia es un conjunto de
virtudes o dones ofrecidos gratuitamente por Dios a los hombres para que estos
puedan salvarse. Aunque, con el tiempo, también aparecerá asociado a la gracia
todo el entramado material, extrasomático (libros revelados, templos), que
configuran la vida eclesiástica, dentro de la cual, y solo dentro de la cual,
los hombres pueden ser «elevados» al «estado de gracia». Es «la gracia
de Dios la que hace que podamos creer, querer, desear, esforzarnos …» (se dice
en el Concilio II de Orange citado por Bueno). Se muestra, pues, aquí, el «reino de la gracia» como un todo envolvente que
determina los contenidos de la «cultura subjetiva» (las creencias, los deseos,
etc.). El «reino de la gracia» aparece, también, como opuesto al «reino de la
naturaleza», pues la naturaleza es el ámbito de la caída, de la cual el ser
humano solo podrá elevarse mediante la gracia.
Mientras el «reino de la gracia» ocupe este
espacio envolvente, que determina lo humano, estará cerrado el paso al
desarrollo de una idea de cultura objetiva (de modo similar a como en el mundo
antiguo este paso estaba cerrado por la remisión de lo que luego serían
materiales culturales a la naturaleza humana).
Pero la aparición de un nuevo elemento social
(a consecuencia de los cambios tecnológicos, económicos, etc.) provocará la
transformación de ese «reino de la gracia» en otra cosa. Ese nuevo elemento es
la nación política.
***
El concepto de nación política surgirá en el
mundo moderno, tras la Revolución francesa. En la Edad Media no había Estados
nacionales y el concepto de nación tenía un carácter antropológico (lo que
Bueno denomina nación étnica). Paralelamente nos encontramos con formas
artísticas, religiosas, políticas, etc., de carácter supraestatal (superpuestas
a los diferentes reinos), que son, en gran medida, herencia de la antigua
«cultura» romana y que se transmiten a través de las instituciones eclesiásticas
internacionales, las instituciones vinculadas a la Iglesia católica. (Podemos
citar entre estos elementos supraestatales al cristianismo, el latín, el
derecho romano, e incluso los estilos arquitectónicos).
Pero el desarrollo de los Estados
nacionales trastocará este estado de cosas. La reforma protestante, con las
nuevas iglesias vinculadas a los nacientes Estados nacionales, propicia la
fragmentación de la Iglesia cristiana de Occidente. Los descubrimientos de
nuevas tierras y sus fuentes de riqueza, vuelcan a los Estados europeos al
desarrollo de proyectos propios cada vez más diferenciados e independizados de
ese magma común que fueron la cristiandad medieval o la latinitas de los
humanistas del Renacimiento. Esta reorientación de los Estados hacia sus
propios proyectos favoreció, también, la eclosión de las lenguas nacionales.
Pues, aunque hablar una lengua es algo que comparten todos los seres humanos,
las diversas lenguas permiten crear círculos diferenciados e incomunicados
entre sí (cosa que no sucede con ningún otro elemento «cultural», que puede ser
«disfrutado», en principio, universalmente). Por esa razón, coincide con el interés
del Estado favorecer el desarrollo de esas lenguas, que cerraban la posibilidad
de comunicación a sus ciudadanos con los habitantes de otros Estados, «a los
que volvían la espalda», orientando la concentración del interés en los
proyectos propios (en conflicto, frecuentemente, con los de los Estados
vecinos). Y tras la lengua nacional se desarrollará toda una cultura nacional
(literatura, filosofía, discursos religiosos, etc.).
La confluencia de todos estos complejos
procesos facilitará el surgimiento de la idea moderna de nación, la Idea de nación política. Se puede
decir, por lo tanto, que la nación política surge en el seno de un Estado ya
dado, que favorece la identidad nacional como instrumento para crear una
convergencia de intereses (esto es, es el Estado el que crea la nación).
Sin embargo esta eclosión de lenguas y
culturas -e incluso variantes religiosas- nacionales, será ideológicamente
reinterpretada como la expresión del espíritu de los pueblos, reprimido
hasta entonces por los poderes autoritarios de los reyes, los nobles o la
Iglesia. Y del mismo ideológico modo se interpretará la creación del Estado
como una secreción de la nación (se dirá que la nación es previa al Estado).
A partir de este proceso comienza a fraguarse
el concepto moderno de cultura. El arte, la literatura, la filosofía,
etc., serán interpretados como la expresión del espíritu de un pueblo. (Cuando
la verdad es, dice Bueno, que «la “matemática francesa”, la “música alemana”,
la “pintura española”, o la “física inglesa” […] no eran otra cosa sino […] el
desarrollo de un patrimonio común, que procedía de la Edad Media, de Roma, de
Grecia, y que tenía fuerza suficiente para asimilar […] lo más valioso de las
“culturas” de los pueblos recién descubiertos en América, en África, o en
Asia»).
En conclusión: la Gracia era ese todo
envolvente que elevaba al hombre por encima de su condición (de ser caído), y
le concedía una dignidad propia. Pero con el triunfo de los Estados nacionales,
la Idea del Pueblo de Dios deja paso a la Idea de la Nación, la Iglesia (= asamblea)
será sustituida por las nuevas Asambleas constituyentes, el Espíritu Santo
dejará paso al Espíritu del Pueblo (el Volkgeist). El Reino de la Gracia
se eclipsa, y de ese eclipse surgirá el Reino de la Cultura.
&5
Clasificación de las diversas acepciones de la
Idea de cultura objetiva
desde una perspectiva ontológica
Como hemos visto, en el seno de la filosofía
alemana se engendrarán diversas concepciones de la Idea de cultura objetiva.
Pero, al margen de la filosofía alemana, surgirán también otras concepciones de
esta Idea. Por eso, para continuar con el análisis propuesto, será conveniente
desarrollar un sistema que permita organizar y clasificar todas las posibles
concepciones de la Idea de cultura. (Recordemos, siguiendo a Bueno, que toda
crítica implica definir y clasificar). Esta clasificación se puede llevar a
cabo desde una perspectiva ontológica o gnoseológica.
Partiendo de una perspectiva ontológica
podemos clasificar las acepciones de la Idea de cultura a partir de las relaciones que esta pueda mantener con otras ideas
ontológicas, que serán las de la ontología especial clásica: Dios, Mundo
(Naturaleza) y Alma (Hombre).
En la «época
teológica» todo se resuelve en Dios (los libros sagrados se escriben
por inspiración divina, las lenguas son creación de Dios como castigo por la
Torre de Babel, las leyes morales, fundamento de todas las leyes, han sido
reveladas por Dios, etc.). De modo que, en esta época, esos contenidos todavía
no figuran como formando parte del «reino de la cultura».
En la época
moderna los contenidos que acabarán englobados bajo la denominación de
cultura se conforman en relación con la Idea de naturaleza o la Idea de hombre.
Cuando la cultura se configura en relación con
la naturaleza aquella aparece concebida de dos modos: (1) Como una creación
emergente que brota de la naturaleza, pero que resulta irreductible a los
procesos naturales (esta actitud es designada por Bueno como «espiritualismo
de la cultura»). (2) Como un proceso enteramente natural, inmerso en
la naturaleza (esta actitud es designada por Bueno como «materialismo de la
cultura»).
Cuando la cultura se configura en relación con
el hombre aparecen tres alternativas: (a) Alternativa humanista:
la cultura se identifica con el hombre. (b) Alternativa no-humanista, o antihumanista:
la cultura aparece separada del hombre, como algo por encima o por debajo del
hombre. (c) Alternativa praeter-humanista: la cultura mantiene una zona
de intersección con el hombre.
Combinando las dos series de alternativas
tenemos las siguientes posibilidades:
(1a) Espiritualismo humanista. Hay una
identidad de la cultura, o el espíritu, con el hombre. El hombre se define por
su capacidad creadora, como creador de cultura, proceso a través
del cual se realiza como ser humano. De modo que la cultura constituye, para el
hombre, una segunda naturaleza. Dentro de esta concepción sitúa Bueno a Herder,
Fichte, Dilthey, Max Scheler, Cassirer, etc.
(1b) Espiritualismo no-humanista. La
cultura es una creación humana, pero trasciende lo humano; de modo que
constituye un mundo más elevado, situado por encima de las miserias
humanas. Como representantes de esta actitud señala Bueno al romanticismo
alemán en general, y más en concreto a personajes como Novalis, Wagner, Kerler,
Hartmann, e incluso Heidegger. Pero el representante más destacado de esta
posición es Leo Frobenius, creador del concepto de paideuma.
(1c) Espiritualismo praeter-humanista.
La cultura es concebida como una creación del espíritu, pero que se identifica
solo parcialmente con el hombre. Caben dos posibilidades: (i) No siempre ha
creado cultura el hombre: la línea divisoria estaría en este caso entre la
prehistoria -donde no ha amanecido todavía el espíritu-, y la historia. (ii) No
todas las comunidades humanas crean cultura: solo las sociedades civilizadas
acceden a la creación espiritual (frente a las sociedades salvajes o bárbaras),
o solo determinadas razas, o clases sociales, son creadoras de cultura (frente
a otras razas, o clases, que solo pueden imitar o absorber, en el mejor de los
casos, lo creado). El representante más señalado de esta posición, a juicio de
Bueno, es Hegel.
(2a) Materialismo humanista. Esta
posición se caracteriza por tres rasgos: (i) La cultura se explica a partir de
su sustrato material. (ii) El ser humano es concebido como un animal cultural.
(iii) La defensa del armonismo entre cultura y naturaleza y entre las
diversas culturas. (Armonismo que acaso se encuentra en ciertos estadios
primitivos de desarrollo, donde la vida humana transcurre insertada en las
condiciones ecológico-biológicas de la existencia, y sometida inexorablemente a
esas condiciones, pero que es insostenible en aquellas culturas que han
alcanzado una expansión universal). Como representantes de esta actitud señala
Bueno a una considerable cantidad de antropólogos de tradición anglosajona,
tales como Morgan, Tylor, Boas, Radcliffe-Brown, Malinowski, etc.
(2b) Materialismo no-humanista o
antihumanista. En este caso se parte de una incompatibilidad entre
hombre y cultura, que puede adquirir dos formas: (i) La defensa del hombre
frente a la cultura opresora. Como ejemplos de esta actitud podemos señalar a
los cínicos del mundo antiguo, a los ascetas cristianos, a las teorías del buen
salvaje en el mundo moderno, o al «reduccionismo zoologista» practicado por
ciertos antropólogos como Desmond Morris. (ii) La defensa de la cultura frente
a la degradación a la que le somete el hombre. La cultura es concebida, en este
caso, como un fin superior al de la propia vida humana. Como ejemplos de esta actitud
pone Bueno a Oscar Wilde, quien sostiene que el socialismo tendrá sentido solo
en la medida en que pueda crear las condiciones para el desarrollo del arte y
de la cultura.
(2c) Materialismo praeter-humanista. En
este caso la cultura no aparece separada totalmente del hombre ni totalmente
identificada con él. Así, en algunos textos de Marx la cultura es entendida
como algo que el hombre produce al margen de su voluntad (de modo que,
aunque la cultura es un producto del ser humano, este no está totalmente
comprometido con su producción), o que es producido por un ser humano alienado,
aun no plenamente humano. Por otro lado, el materialismo de Marx aparece
reflejado en la tendencia de este a sustituir el concepto espiritualista de
creación por el de producción (a través de la cual el hombre no solo
crea objetos externos a sí mismo, sino que también se produce a sí mismo). Otro
defensor de una concepción materialista y praeter-humanista de la cultura
sería, según Bueno, Sigmund Freud.
&6
La Idea de cultura objetiva desde una
perspectiva gnoseológica:
el intento de desarrollar una ciencia de la
cultura
Nos enfrentaremos ahora con la Idea de Cultura
desde una perspectiva gnoseológica. En este caso las distintas
acepciones de cultura se nos hacen presentes al relacionarla con ciertas
disciplinas (historia del arte, lingüística, economía, sociología, etc.) «que
trabajan sobre el material antropológico». Desde esta perspectiva hay dos vías
de acercamiento a la cultura:
(1) La vía pluralista: el material
antropológico (cultural) aparece constituido por contenidos
singulares (idiográficos), no sometidos a reglas (una civilización, una lengua
-en tanto que es esa lengua singular-, un estilo artístico, una forma
religiosa). Pero estos contenidos se dan organizados en campos
independientes (arte, política, religión, economía), que son objeto de diversas
ciencias. Estas ciencias tienen como referencia, sobre todo, los valores,
que acabarán desempeñando la misma función que las leyes en las ciencias
nomotéticas. Por eso las ciencias culturales buscan la comprensión (que
Bueno entiende como fruto de un proceso intuitivo) frente a la deducción,
explicación o inducción, propias de las ciencias formales y naturales.
(2) La vía unitarista: parte de que todos los contenidos culturales
son susceptibles de ser agrupados en una única ciencia, que podríamos denominar
«ciencia de la cultura» o «antropología cultural» (como es frecuente en la
tradición anglosajona). Tal suposición
podemos fundamentarla en la propia definición de cultura de la que hemos
partido: aquella que la entendía como un «todo complejo».
Ahora bien, el todo complejo cultural puede
ser organizado bajo dos tipos de
«todos»: un todo atributivo, constituido por cada esfera cultural, compuesta de diversos rasgos (tipo de vivienda,
herramientas, estructuras religiosas, formas de parentesco, etc.); y un todo
distributivo, compuesto por las diversas
esferas culturales (cultura egipcia, cultura tolteca, cultura chavín, etc.)
que constituyen la totalidad de la cultura. Por lo que será necesario unificar
ambos todos para que se pueda hablar de «una» ciencia de la cultura. Para ello
será preciso representarlos en una matriz
que estará organizada en forma de un rectángulo dividido en filas y columnas
que se cruzan (como la expuesta en Etnología y utopía, véase 6.2., &3). De modo que en
las cabeceras de las filas pondremos a las distintas esferas culturales (que
configuran el todo distributivo), y en las cabeceras de las columnas las
distintas categorías culturales (que configuran el todo atributivo).
Pero esto platea dos tipos de problemas:
(1) El de establecer un patrón que nos permita
encontrar los rasgos o partes que han de encabezar las columnas. Pues no será
lo mismo emplear para este encabezamiento «piano», «instrumentos de cuerda»,
«instrumentos musicales» o «música». Estos rasgos o partes deben ser
suficientemente generales para que corten todas las filas; es decir, que se
encuentren en las diversas esferas culturales, aunque puedan aparecer bajo
modalidades diferentes en unas y en otras. (Sin duda no encontraremos la
institución «piano» en todas las esferas culturales, pero sí «instrumentos musicales»).
(2) El de establecer sí esas categorías serán
partes constitutivas de las diversas esferas culturales en un sentido esencial
o partes halladas empíricamente, fenoménicamente (algo así como,
empleando una expresión de Marvin Harris, un «listado de lavandería»).
Estos problemas están interconectados entre sí
y no son independientes de la finalidad que quiera darse a la organización de
las partes atributivas de las esferas culturales. Si el objetivo es de tipo
clasificatorio, taxonómico, tal como puede ser empleado en la etnografía (o, en
general, en la etnología o antropología etnológica), una buena «lista de
lavandería» puede ser útil y suficiente. Pero si el objetivo es teórico, propio
de la ciencia de la cultura o de la filosofía de la cultura, entonces parece
necesario encontrar un sistema de categorías esenciales.
***
Pues bien, desde una perspectiva gnoseológica,
el problema de la unidad atributiva de las partes de la cultura se solapa con
el problema de la constitución de las categorías culturales.
Ahora bien, las categorías, entendidas como categorías
sistemáticas, implican que haya una estructura que conecte a todas las
partes. (Recordemos que una categoría sistemática es aquella vinculada a
un tipo de totalización distributiva en la que las partes -que tienen el
carácter de partes sistáticas- son heterogéneas y no se codeterminan, sino que
comparten algún rasgo en virtud del cual forman parte de esa totalidad. Como
ejemplo podemos señalar la categoría de «poliedros regulares». Una categoría
sistática es aquella vinculada a un tipo de totalización atributiva en la
que las partes mantienen entre sí relaciones de codeterminación -causal o
estructural- en virtud de una ley interna. Un ejemplo podría ser la categoría
de «octaedro»).
Siguiendo, una vez más, lo expuesto en la Teoría
del Cierre Categorial, las categorías sistemáticas vendrían dadas en el
momento de constituirse una ciencia, que acota y organiza un campo (no podemos
partir de las categorías para constituir una ciencia, sino que es la
constitución de una ciencia la que nos da una categoría sistemática). Sin
embargo, las categorías culturales no se ciñen a una esfera cultural, sino que
atraviesan las diversas esferas. Así por ejemplo, podemos tomar como elementos
de la cultura humana, como instituciones o categorías sistáticas suyas, vocales
abiertas, vocales cerradas, consonantes dentales, etc., que se integran en
instituciones complejas o categorías sistáticas más amplias, tales como
sílabas, sintagmas, que se integran en la categoría sistemática que llamamos
«lingüística» (configurada al desarrollase la ciencia lingüística). Pero la
categoría «lingüística» no se circunscribe a una esfera cultural (por ejemplo,
al griego ático, dentro de la cultura griega). Sino que aquellas estructuras
que forman parte de la ciencia lingüística, y en la medida en que son
estructuras de esa ciencia, atraviesan todas las esferas culturales, al mismo
tiempo que establecen una diferencia, una exclusión, con otras categorías que
también atraviesan las esferas culturales. (La lingüística incluye entre sus
materiales al griego ático, el latín medieval, el sistema vocálico del
castellano, etc., y excluye el origen y la organización política de Atenas, los
conflictos medievales entre el imperio y el papado, o la Guerra de sucesión
castellana). De este análisis se desprenden dos conclusiones:
(1) Las partes atributivas de una cultura se
insertan en las grandes categorías universales (lingüística, ciencia política,
historia, etc.) y no en una esfera cultural dada. No existe, por lo tanto, una
ciencia para cada esfera cultural (la egiptología o la sinología son en
realidad un conjunto de ciencias).
(2) Como cada categoría excluye a otras
categorías obtenidas de las partes atributivas de las culturas (se produce un
cierre categorial), estas categorías tampoco unifican atributivamente las
diversas esferas culturales. No existe, por lo tanto, una ciencia de la cultura
universal entendida como el conjunto de las esferas culturales.
&7
El aspecto práctico de la Idea de cultura: la
cultura como una idea-fuerza
Analizaremos ahora la idea de cultura bajo su aspecto práctico, en
tanto que «idea fuerza» (idea que lleva asociada una carga valorativa,
de carácter meliorativo, capaz de mover voluntades e impulsar la acción).
La cultura como idea práctica ejerce su función en cuatro frentes:
(1) Entendida como «cultura humana». En este caso la cultura aparece
como un atributo del género humano. Las revoluciones copernicana y
darwiniana destronaron al hombre del lugar esencial que este se había atribuido
en el cosmos y en el seno de la creación. En consecuencia, hubo un intento de
restituir esa primacía bajo el supuesto de que el ser humano es el único
poseedor de razón o de sentimientos. El descubrimiento de que también otras
especies animales poseen razón y sentimientos llevó al intento de encontrar un
lugar privilegiado para el ser humano (que restaurase su perdida dignidad) en
otro sitio: haciendo de él un ser cultural, el ser cultural por excelencia.
(2) Entendida como «cultura étnica». Desde esta caracterización de
la cultura se gesta el concepto de «identidad cultural». Esta expresión
aparece en el origen de todas las reivindicaciones orientadas a preservar, o
restablecer, la identidad cultural de un grupo, para lo cual se reivindica, con
frecuencia, la creación de un Estado al servicio de esa identidad cultural o la
intervención de un Estado ya constituido.
(3) Entendida como «cultura de clase». En este caso, se suele
reivindicar, por ejemplo, el derecho de los trabajadores a adquirir la cultura
de las clases dominantes. El «derecho a la cultura» se convierte, para los
trabajadores, igual que lo fue para la burguesía, en el derecho a disponer de
un medio de ascenso social.
(4) Entendida como «idea gnoseológica». La cultura universal
(entendida ahora como el conjunto de culturas) es reivindicada por los
antropólogos culturales como campo de investigación científica; frente a otros
gremios (sociólogos, psicólogos) con los que pueden plantearse conflictos de
intereses.
&8
Análisis del concepto de identidad cultural:
la acepción ideológica y morfodinámica de la
identidad cultural
Someteremos, ahora, a análisis el concepto de «identidad cultural»
(entendida como la identidad de una esfera cultural: cultura tolteca, turkana,
vasca, etc.). De este concepto se puede hacer un uso positivo (atenido a los
hechos, etnográfico) o ideológico.
Cuando se hace un uso ideológico de la identidad cultural, esta aparece
implícitamente asociada a «un tronco que emerge desde el fondo del tiempo y
cuya conservación es valiosa en sí misma».
Pero, tras esa idea de apariencia simple, encontramos una diversidad de
significados que permanecen ocultos, confusos, de ahí su carácter de mito
oscurantista.
Comenzaremos analizando el propio concepto de «identidad», implicado
en el sintagma «identidad cultural». Una identidad puede ser sintética o
analítica, esquemática o sistemática. Ya hemos explicado la diferencia entre las
dos primeras modalidades en el apartado 5, & 6. Las identidades
sintéticas esquemáticas (también
llamadas esquemas de identidad o configuraciones) son el resultado
de operaciones que se desarrollan en un progressus, como unidades
sinalógicas (esto es, manteniendo un vínculo de continuidad, contigüidad o
causalidad) o se construyen en un regressus. Por ejemplo la
configuración circunferencia, concebida como la operación recurrente de trazar
arcos sucesivos. Están en el origen de los contextos determinantes. Las
identidades sintéticas sistemáticas son unas relaciones o identidades
proposicionales (aunque implican operaciones). En ellas residen las verdades
científicas. Presuponen contextos determinantes. Se establecen a partir de
términos diversos, vinculados por sinexión (esto es, mediante un vínculo
necesario entre tales términos), a través de la identidad. Ejemplo: S = πr2.
Daremos por sentado aquí que la identidad cultural de un pueblo solo puede
ser concebida como identidad sintética (entre otras cosas porque, como
ya hemos mostrado en el apartado 5, la identidad analítica es un caso límite de
la sintética), y que tiene que ser concebida además como una identidad
sintética sistemática (puesto que las identidades culturales presuponen una
variedad de esquemas de identidad, tanto de naturaleza objetual
-instituciones, ceremonias- como subjetual -la identidad del pueblo, de la
nación, etc.-).
Una identidad sintética puede
adoptar dos modulaciones: la sustancial y la esencial. (Una identidad
sustancial es aquella, propia de una cosa, que, por así decir, la
identifica consigo misma. En El mito de la cultura Bueno ilustra este
tipo de identidad con el siguiente ejemplo: «fue “el mismo oso” quien mató a
las tres vacas». Una identidad esencial es aquella propia de una clase de cosas. Bueno ilustra este tipo de
identidad con el siguiente ejemplo: «la piel de este oso tiene “la misma
textura” que la de este otro oso»).
Quienes hablan de la
identidad cultural de un pueblo suelen estar apelando a su identidad sustancial. Esa identidad, al igual que la de un organismo
individual, se mantendría aun a través de los cambios, que dejarían invariantes
a sus contenidos formales, en una permanente vuelta a las raíces.
Esta manera de
concebir la unidad o identidad del todo complejo que constituye una cultura
representa una posibilidad extrema, frente a la cual se situaría otra posibilidad
extrema: la de concebir la identidad o unidad de ese todo como un mero agregado de partes. Pero ambas posibilidades son cuestionables:
concebir la unidad del todo como la propia de un agregado es tanto como decir
que no hay unidad alguna; pero concebirla como la propia de un organismo parece
algo desproporcionado. Frente a ambas posturas extremas Bueno considera que la
identidad cultural puede ser considerada positivamente, de forma no ideológica,
como un sistema morfodinámico (que analizaremos más adelante).
***
La concepción
ideológica de la identidad cultural adquiere finalmente la forma de lo que
Bueno denomina «megarismo de las culturas».
Toma este nombre
partiendo de una supuesta deriva de los filósofos megáricos antiguos, quienes,
influidos por Sócrates, Parménides y Platón, habrían defendido la existencia de
«un reino de esencias inmutables, inconmensurables e incomunicables entre sí».
De modo similar, en el siglo XX se impone la concepción de una multiplicidad de
culturas que estarían determinadas, cada una de ellas, por su propia forma o esencia invariable, y en pie de igualdad con cualquier otra. Ese
megarismo se ve reforzado por la asociación, especialmente a partir de la segunda
mitad de ese siglo, de la identidad cultural con la etnicidad.
Los términos etnia y
etnicidad han sido desarrollados por la antropología cultural, que se adjudica
la tarea de identificar y demostrar la realidad de las diversas identidades
culturales. Pero, con el tiempo, esa identidad étnica dejará de ser un mero sistema
clasificatorio de etnotipos (encontrados en una labor de campo, a efectos de estudio),
y acabará convertida en un producto ideológico: el producto de unos grupos que
actúan sobre una población sometida a su influencia a la que convencen («conciencian»
es la palabra con la que suelen describir esta acción) de su pertenencia a un
grupo étnicamente definido. De este modo se establece una conexión entre etnicidad
e identidad: el grupo étnico se convierte en una categoría de adscripción e identificación. Uno se reconoce de un grupo étnico en función de una identidad básica supuestamente determinada por su origen y
formación (por su identidad genético-cultural).
Lo que conocemos
como relativismo cultural sería una variedad o consecuencia de ese megarismo cultural. El
relativismo surge como una corrección del etnocentrismo (supuestamente europeo,
lo que históricamente es falso, pues se encuentran manifestaciones
etnocéntricas en las más diversas culturas de todos los continentes) que hace
de la propia etnia (de la propia identidad cultural) el sistema de referencia
en base al cual se juzgan las demás. Frente a esto, los relativistas sostienen
que cualesquiera otras culturas tendrían el mismo derecho a erigirse en referente
(cosa que con frecuencia ya hacen de hecho) con lo que quedaría neutralizado el
etnocentrismo (y especialmente el etnocentrismo europeo o eurocentrismo).
Pero el relativismo
permanece preso del megarismo cultural, pues renunciar al etnocentrismo no
significa renunciar a la etnicidad: si partimos de que el etnocentrismo es relativo a cada cultura es
precisamente porque hacemos de la etnia (de la identidad cultural, o
genético-cultural, que constituye la etnia) un valor absoluto. De ese modo, el
relativismo cultural absolutiza todas las esferas culturales: cada cultura se
convierte en una entidad megárica, encerrada en sí misma, inconmensurable.
Frente a esta
posición Bueno sostiene que la identidad cultural no viene dada por un conjunto
de patrones invariantes. Sus contenidos están sometidos a un cambio permanente,
que la transforma siguiendo «ciertos ritmos característicos» y las «interacciones
con otras esferas culturales».
Por eso, cuando líderes
sociales (políticos, religiosos, antropólogos) invocan a la identidad cultural
como principio para apoyar sus estrategias, nos encontramos ante un discurso
ideológico. La identidad cultural es usada como una idea fuerza, al servicio de los intereses de ciertos
grupos que dirigen la visibilidad, conservación o recuperación, de esa
identidad cultural.
***
Ahora bien, rechazar
la concepción megárica (ideológica) de la identidad cultural, convertida en una
esencia invariante y autorreferente, no significa negar la existencia de todo
tipo de identidades culturales. Es posible, como ya hemos señalado, una idea «positiva»
(atenida a los «hechos», no ideológica) de la identidad cultural.
Desde esta
perspectiva, la unidad, e identidad, de una cultura puede ser concebida como la
propia de un sistema morfodinámico; esto es, un sistema cambiante merced a procesos
causales internos o externos al propio sistema, que dan origen a configuraciones
subjetuales, sociales o materiales (esto es, contenidos intrasomáticos, intersomáticos
o extrasomáticos).
En tanto es un
sistema en el seno del cual se producen relaciones de causación, este tiene que
ser cerrado. Pero no permanece
aislado del entorno, en el que pueden aparecer otras esferas culturales. De ese
entorno, que, en el límite, es el planeta entero, obtiene ese sistema morfodinámico
la energía para el mantenimiento de su propia identidad (para su
autosostenimiento).
Se produce así un
sistema de retroalimentación mediante el cual los factores intersomáticos y
extrasomáticos canalizan y moldean las corrientes humanas individuales y
sociales.
Este proceso de
retroalimentación causal es posible porque el sujeto es permeable con respecto
a su medio, la cultura extrasomática se encuentra también incorporada en la
cultura subjetiva (aunque no disuelta en ella). De modo que «las conductas automatizadas
de cada sujeto […] son contenidos objetivos […] para los otros sujetos de su
grupo […]», y a la inversa «las máquinas, los libros, los caminos con sus hitos
y señales, tienen “grabada” la mayor parte de los programas de conducta de los
sujetos, y son, por tanto, componentes internos (causales) de la misma memoria
de los pueblos».
La cultura objetiva
(intersomática, extrasomática) es, dirá Bueno, para la corriente subjetiva
(intrasomática) algo similar a los huesos que se van configurando en el embrión
del vertebrado (y que modelan su proceder). La cultura intersomática y extrasomática
es un componente interno de la cultura global (de la esfera cultural, del todo
complejo), que se configura como una serie de bloques o placas que se forman en
el seno de ese flujo dinámico (morfodinámico) que es una cultura, y que a su
vez pueden orientarla en un sentido o en otro.
Es en esas unidades
morfodinámicas (cuyo dinamismo consiste en una causalidad interna, en una
retroalimentación de las diversas formas, placas o bloques, que la constituyen)
donde reside la identidad cultural (en la medida en que tales unidades
morfodinámicas se mantengan, y no se disuelvan enteramente en otras o se
extingan de otros modos).
&9
La cultura determinada en relación al ser
humano
y la sustancialización de la Idea de hombre
Cuando la cultura
aparece determinada, delimitada, en relación al hombre, podemos encontrar las
siguientes conexiones entre ambos:
(1) Concepciones accidentalistas de la cultura: son aquellas que
consideran que la cultura mantiene una conexión accidental, externa, con el
hombre. Podemos diferenciar dos variantes. (a) La que viene representada por
los cínicos antiguos, que parten
del hombre como lo dado, considerando a la cultura algo prescindible (de la
que, de hecho, se debería prescindir), porque esconde la auténtica esencia
humana. (b) La que viene representada por lo que en nuestros días se conoce
como cultura-aprendizaje: el hombre es pensado como un ser plástico que puede asimilar los diversos
contenidos objetivos de la cultura, que no modifican su esencia. Es una concepción
procedente de la etología y la psicología.
(2) Concepciones esencialistas de la cultura: son aquellas que
consideran que la cultura mantiene una conexión esencial, interna, con el
hombre. Podemos diferenciar también dos variantes: (a) La instrumentalista, que tiene como representantes a Louis Bolk o Desmond Morris. Para esta
variante los contenidos culturales son
instrumentos habilitados por los seres humanos para satisfacer necesidades
internas (que forman parte de su propia naturaleza). Pero a esta concepción se
le puede objetar que las necesidades humanas se desarrollan en función de la
propia cultura, son históricas. (b) La expresionista, que tiene
como representantes destacados a Cassirer y Ortega: Para esta variante la cultura
es la expresión de la naturaleza creadora humana. Concepción que parece
derivarse de la relación que cierta teología (Nicolás de Cusa, Fray Luis de
León, Fray Luis de Granada) encuentra entre Dios y su obra: el «mundo es la
explicación de Dios». Se le puede objetar que, en ese todo complejo que es la
cultura, al lado de formas expresivas se encuentran formas que no expresan nada
(Bueno pone como ejemplo el hipercubo), y al lado de formas admirables (acaso
la ética) se encuentran formas repugnantes (tales como los campos de exterminio
nazis o el gulag soviético).
Desde la perspectiva
del materialismo filosófico todas estas concepciones de la cultura resultan
inaceptables, pues todas ellas parten de una sustancialización de la idea de hombre, como si este estuviese dado con anterioridad a la
cultura.
La teoría de la
evolución nos muestra, por el contrario, que son los precursores homínidos los
que se configuran como hombres a través de la cultura. La dialéctica
naturaleza-cultura reorienta la evolución hacia la actual especie humana. Por
esta razón no cabe sustancializar a la cultura o a la naturaleza, no tiene
sentido enfrentar a la cultura con la naturaleza. Y, por lo tanto, tampoco
tiene sentido plantear la existencia de un hombre natural frente al cual la
cultura sería un artificio prescindible; ni de un hombre elevado por la cultura
por encima de su condición natural.
En ese nuevo orden
natural-cultural encontramos «actividades operatorias normativizadas», que se
acumulan históricamente, y van constituyendo «formas objetivas», que se
concatenan en «círculos culturales». Entre estas formas objetivas, que constituyen
«los nuevos ámbitos de vida de los hombres», aparecen algunas (tales como «la
forma libro, o la forma persona»), que no tienen precedentes en el mundo
animal. Pero esto no supone mayor novedad o «dignidad» que la que pueda suponer
la aparición de una vértebra con respecto a los invertebrados (por lo que su
aparición tampoco justifica una contraposición cultura-naturaleza).
Podemos rematar este
parágrafo, señalando que la cultura objetiva constituye para los humanos algo
similar al entorno natural para otros primates (es eso que viene dado). La
diferencia fundamental entre la cultura humana y otras culturas animales es su
carácter normativo e histórico: el entorno cultural (intrasomático y extrasomático)
en el que viven los humanos hace que la acción de unas generaciones determine
la de las que le preceden; mientras que no sucede lo mismo con el entorno
natural en el que viven los animales
La ley del desarrollo
inverso de las culturas
y el desbordamiento de
la disyuntiva naturaleza-cultura
Vamos a analizar
ahora las relaciones entre las esferas culturales (las culturas globales: bosquimana, zapoteca, ainu, etc.) y las categorías culturales (las culturas específicas: cultura musical,
agrícola, etc.). De este análisis concluirá Bueno una «ley del “desarrollo
inverso” de las esferas y las categorías culturales».
Para el análisis de
estas relaciones echará mano de la matriz ya empleada con anterioridad en el
análisis del todo complejo (véase 6.2. &3). Pero, dado que lo que se
tratará de mostrar ahora es el dinamismo cultural (que puede conducir de lo
particular a lo universal) tendremos que poner esa matriz en movimiento.
Para lograr ese
objetivo, la matriz empleada se desdoblará en dos, que representarán el estado
inicial y el estado final de la dinámica cultural, pero partiendo ya de
culturas humanas constituidas (no de culturas homínidas).
|
𝕿 T |
1 |
2 |
3 |
… |
n |
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𝕿 T |
a |
b |
c |
… |
k |
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I |
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A |
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II |
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B |
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… |
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… |
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DCXX |
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P |
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Estado inicial Estado
final
En el estado inicial
las líneas transversales, que separan una esfera cultural de otra, aparecen
llenas (la separación es clara, plena), mientras que las líneas longitudinales
aparecerán punteadas (la separación entre categorías es inexistente o poco clara).
En el estado final la matriz se habrá invertido, las líneas trasversales
aparecerán punteadas (ya no hay separación entre esferas culturales, su
identidad diferencial se habrá diluido), mientras que las líneas longitudinales
aparecerán llenas (lo que indica que las categorías están plenamente
diferenciadas). Estos dos cuadros matriciales representan, lógicamente, los
puntos extremos de esa transformación cultural, entre los cuales cabe postular
un número indefinido de estados.
En el estado inicial las
culturas humanas se encuentran distribuidas por determinadas zonas de la
superficie terrestre, siendo «independientes “termodinámicamente” entre sí» (lo
que quiere decir que no dependen unas de otras para la obtención de la
«energía» precisa para su mantenimiento, aun cuando puedan mantener relaciones
de diverso tipo entre sí). Tales esferas culturales (concebidas como sistemas
morfodinámicos) persisten como tales merced a su adaptación biológico-ecológica
al medio; por lo que la cultura será entendida aquí como un concepto ecológico.
Los contenidos de estas culturas en su estado inicial, sus categorías, que
ocuparán los espacios longitudinales de la matriz, se dan a escala
operatoria humana; esto es, a escala de las operaciones realizadas con sus
manos. Por esa razón, la diferencia entre esas líneas será escasa. Esto quiere
decir que cualquier miembro de esa cultura podrá ejecutar cualquiera de sus
contenidos objetivos (tales como cazar, encender y mantener el fuego, construir
cabañas, guerrear).
Las esferas culturales tienden al equilibrio dinámico, lo que
implica que hay una tendencia en las culturas a mantener su «identidad». (Este
equilibrio dinámico puede entenderse por similitud con el de un río, que se
mantiene siendo «el mismo río» mientras se renueva continuamente el agua que lo
constituye. El cauce sería en esta analogía el equivalente al entorno).
Las variaciones aparecen como consecuencia del enfrentamiento con otras culturas,
los cambios demográficos o los producidos en el medio. Estas variaciones dan
origen a un desarrollo multilineal, esto es, diversificado (de modo
similar a como de un mismo tronco de vertebrados evolucionan las aves y los
mamíferos). No es aceptable, por lo tanto, la tesis de que las culturas siguen
un mismo patrón de desarrollo (de modo que las diferencias vendrían dadas sobre
todo por encontrarse en una fase posterior, «más avanzada», o anterior, «menos
avanzada»). Pero tampoco es aceptable la tesis que supone a las culturas
incomparables (la concepción megárica, relativista, de las esferas culturales
que hemos expuesto anteriormente). La comparación se realiza en la práctica, en
forma de conflictos entre culturas, donde algunos componentes de unas pueden
dar una ventaja frente a otras en según qué contextos. (Así, pese a los
singulares desarrollos de la cultura mexica en los campos de la orfebrería, la
arquitectura o ciertos tipos de cultivo, no pudo competir con la cultura
española, que traía consigo, entre otras cosas, la domesticación de los grandes
animales, el carro, las armas de fuego, o la concepción esférica de la Tierra,
esencial para cruzar los océanos y explicar racionalmente el encuentro de pueblos
imprevistos).
Cuando las esferas culturales se organizan en Estados sus variaciones toman
la forma de dinámica histórica. En las sociedades estatales aparece la división
del trabajo, con la formación de profesionales dedicados a su especialidad
a tiempo completo. Aparecen, entonces, elementos nuevos que forman parte de la
cultura objetiva (elementos extrasomáticos). Estos elementos producidos se
vuelven cada vez más complejos e independientes de las operaciones que están en
su origen (se alejan de la escala operatoria en la que se desarrollaban los
contenidos en su estado inicial). Con lo que también se diferencian cada vez
más unos de otros. Esto produce una reorganización de los componentes de las
líneas longitudinales de la matriz. Estas líneas longitudinales se irán
cerrando, sus elementos o procesos ya no serán intercambiables.
El límite en este proceso de diferenciación es el estado final de la
matriz. Las diversas culturas aparecen entonces refundidas en una única cultura
universal, constituida por componentes (categorías) que se han ido
diferenciando de las operaciones que les dieron origen, y, por lo mismo,
capaces de extenderse por encima de las diversas esferas culturales. Así, por
ejemplo, la música, que comienza teniendo un carácter adjetivo (vinculada a
ciertas representaciones religiosas, al baile, etc., propios de diversas
esferas culturales), acabará adquiriendo un carácter sustantivo, exento,
constituyendo un mundo musical puro, que se desarrolla al margen de su conexión
con cualesquiera otros elementos y que, por ello mismo, se expande sobre
cualquier esfera cultural. O, con otro ejemplo, ciertos procedimientos de
agrimensura desarrollados en el Antiguo Egipto o en ciertas zonas del Indo, acabarán
transformados en teoremas geométricos, y constituyendo finalmente la geometría
como categoría que sobrevuela cualquier esfera cultural.
Este proceso responde, según Bueno, a lo que denomina «ley del
desarrollo inverso de la evolución cultural», que simplificando, dice lo
siguiente: «la cultura, entendida como todo complejo, evoluciona de modo que el
grado de distribución de sus diversas “esferas” disminuye en proporción inversa
al grado de atribución constitutivo de sus categorías». Esto es, a medida que
los elementos constitutivos de la cultura, sus «categorías», se hacen complejos
y se organizan diferenciándose de otros elementos constitutivos, de otras
«categorías», el número de esferas culturales disminuye.
***
De esa ley del desarrollo inverso se desprende que la propia idea de
cultura genera sus límites internos. La cultura es lo que el hombre
produce haciendo uso de su capacidad de operar en el mundo. Pero que ciertas
relaciones tengan su origen en operaciones humanas no implica que la
«estructura» de tales relaciones sea «humana» (y, por lo tanto, cultural). Que
medien operaciones humanas tras la formulación del teorema de Pitágoras no
quiere decir que las relaciones entre los lados de un triángulo rectángulo sean
humanas; tienen un carácter necesario del que queda segregada toda
subjetualidad. (Y de esa relación queda segregada, igualmente, toda esfera
cultural: la geometría no es griega, ni árabe, ni occidental, ni oriental, ni
forma parte de la «cultura universal» -porque toda cultura es siempre una
cultura concreta-).
Tenemos así que tras toda construcción cultural (de la cultura entendida en
sentido objetivo) hay un tránsito desde los contenidos subjetuales a los
contenidos objetivos (por ejemplo, de las operaciones del geómetra con la
escuadra y el cartabón al teorema de Pitágoras). Pero, en muchas ocasiones, las
operaciones humanas solo tienen la finalidad de exhibir una estructura de la
que son segregables tales operaciones. Estructura que está, por lo tanto, al
margen de las operaciones humanas. Por lo que cabe preguntarse si tiene sentido
seguir denominando a tales estructuras productos culturales. Tal sucede con los
productos de las ciencias físicas, biológicas o matemáticas, que se convierten
en realidades objetivas de las que se ha segregado el sujeto y que adquieren un
carácter universal y necesario.
De aquí se desprenden dos conclusiones:
(1) Estos productos, que no pueden ser considerados como culturales (dado
que no llevan en ellos la huella de la actividad humana o animal), tampoco
pueden ser calificados de naturales (pues llegaron a la existencia por la
intervención humana). Por lo que la disyuntiva tradicional, naturaleza o
cultura, tiene que ser desbordada.
(2) Si tales productos ya no pueden ser calificados de culturales, tampoco
pueden, por esa misma razón, constituir elementos diferenciales de una
determinada cultura (ni siquiera de una cultura universal confrontada con las
culturas particulares de origen).
De este modo se muestran las contradicciones que aparecen en la
confrontación entre el concepto de una cultura global (aquel todo atributivo
que integra una variedad de categorías) y una cultura especial (la constitución
y desarrollo de una determinada categoría cultural). Pues esta categoría deja
de ser cultural en el momento en que se universaliza, al quedar segregadas de
su constitución las operaciones humanas que le han dado forma.
&11
Del mito de la cultura universal a la cultura
kitsch cosmopolita
Si en el parágrafo anterior hemos confrontado la cultura global con la
cultura especial (los todos complejos con las categorías que atraviesan esos
todos), para mostrar su entretejimiento y contradicciones, ahora vamos a
confrontar la cultura universal con la cultura particular (esto es, el
potencial desarrollo de una cultura en sentido atributivo que incluyese la
totalidad de las culturas, con las diversas esferas culturales).
Esa confrontación nos pone en presencia de otras contradicciones: así, por
un lado, la existencia de las culturas particulares parece negar la existencia
de una cultura universal; y, por otro, en defensa de la cultura universal se
sostiene que solo esta es auténtica cultura. Estas contradicciones se intentan
superar, en ocasiones, diferenciando entre la cultura particular de cada pueblo
(que incluiría las costumbres, la lengua, el derecho, etc.) y la cultura
universal común a todos los pueblos (que incluiría las matemáticas, la física,
etc.).
Bueno considera discutible, sin embargo, como ya vimos en el parágrafo anterior,
que cosas tales como las matemáticas o la física puedan ser incluidas entre los
contenidos de la cultura. Y es difícil que aquellos contenidos que no adquieran
esa condición de transculturales (o posculturales) puedan ser universalizados.
En cualquier caso, tales contenidos universales tendrían que forjarse a partir
de las culturas particulares dadas. Aceptado esto, encontramos cuatro posibles
alternativas para la formación de una posible cultura universal:
(1) A partir de la generalización de todos los contenidos culturales dados
en un momento concreto. Una especie de armonismo universal, que Bueno descarta
por metafísico.
(2) La prevalencia universal de algún contenido específico y particular
(tal como pudiera ser la democracia liberal, la sociedad de mercado, una
determinada religión, etc.).
(3) La producción y universalización de contenidos nuevos por anamórfosis (véase
3., &3) a partir de contenidos ya dados.
(4) La destrucción de los contenidos culturales dados y la creación de una
cultura enteramente nueva. Tesis que también descartaremos por metafísica.
***
En nuestra época la cultura universal toma la forma de una «cultura mundial
diversificada», configurada por elementos tecnológicos, científicos, políticos,
artísticos, deportivos, etc., que exigen la inversión de la totalidad del
tiempo de cualquier individuo que quiera tener un cierto control de ese
entorno.
A juicio de Bueno, el mundo cultural de nuestra época representa, para el
individuo que quiera integrase en él, lo que lo que «el mundo material salvaje
para el primitivo». Así como este invertía su tiempo en buscar alimentos,
defenderse de los animales o las inclemencias del tiempo y descansar, el
individuo que aspire a no quedar excluido de esa cultura mundial diversificada
debe invertir todo su tiempo en «aprender a calcular, a hablar otros idiomas
distintos del materno, a seguir los incidentes que miden el tiempo social, como
las ligas de fútbol o el calendario de elecciones parlamentarias […] a leer
periódicos y revistas, a seguir varios canales de televisión […]». Esto supone
una vida íntegramente volcada al dominio de esos contenidos culturales, que no
garantiza una formación y que produce «un tipo de homo sapiens sui generis»
cuyo interés es similar al que «pueda tener una banda de chimpancés explorando
la selva». Pero es así como la humanidad comienza a intercomunicarse a escala
planetaria.
El ideal de la cultura universal se realiza, en esta era industrial,
bajo la forma de lo kitsch, tradicionalmente asociado a la cultura de
masas y a lo cursi. Bueno caracteriza lo kitsch por tres rasgos: (1) Su «universalidad
relativa» (frente a la supuesta cultura de vanguardia, a disposición de una
minoría). (2) Su abigarramiento (proliferación de objetos, o de funciones en un
mismo objeto). (3) Su referencia a otro nivel cultural considerado superior
(del que es imitación, sucedáneo). Aunque, a partir de cierto momento, lo
kitsch se vuelve producción deliberada (ya no imitación) de objetos
multiplicados industrialmente (los cuadros de Andy Warhol como ejemplo).
Existen variaciones de kitsch, existe un kitsch popular y uno que es
simulacro de vanguardia intelectual (Bueno habla incluso de una filosofía
kitsch, que identifica con «la filosofía analítica del lenguaje ordinario»).
Pero de hecho se produce una retroalimentación entre lo kitsch (asociado a la
cultura de masas) y la cultura de vanguardia (asociada a una cultura de élite).
&12
La cultura como opio del pueblo
Si Bueno hace nacer la idea objetiva metafísica de cultura de la idea de
gracia, no es sorprendente que acabe cargando sobre la cultura aquella
condición que Marx había cargado sobre la religión: la cultura es la versión
contemporánea del opio del pueblo.
Claro que en la tradición marxista esa condición ha sido interpretada en un
doble sentido: (1) El que parece ser el sentido que quiso darle Marx, según el
cual la religión es la escapatoria que encuentra el pueblo a su situación
miserable (de modo similar a como el burgués intenta huir de sus frustraciones
fumando opio). (2) El que le quiso dar Lenin, según el cual la religión es el
instrumento que emplea la burguesía para mantener dormido y calmado al pueblo
(evitando así que se rebele frente a su situación de explotación).
Bueno ve en la cultura un instrumento de adormecimiento que se manifiesta
de dos formas:
(1) Bajo la forma de la identidad cultural: la tendencia natural de
todo grupo social (y, en cierto modo, de todo lo vivo) es la expansión, que se
manifiesta no solo en el control de otros grupos sino en la asimilación de todo
aquello que aumenta su propia potencia y garantiza su permanencia. Pero el mito
de la identidad cultural invierte esa tendencia expansiva propiciando el
encapsulamiento en su propia identidad, lo que no es sino una manifestación de
debilidad, y una forma de adormecer su propia realidad.
(2) Bajo la forma de cultura circunscrita: ya hemos dicho que esta
es la forma en la que aparece la cultura administrada por los poderes públicos (en
el caso español, por las concejalías, consejerías autonómicas o ministerios de
cultura). La cultura de la que tales instituciones tratan constituye una
selección de contenidos de entre el todo complejo. Una selección de contenidos
que tienen un carácter elevante, salvífico: es la cultura selecta. Invertir en
cultura se convierte, pues, en una obligación para los poderes públicos
civiles, similar a impartir los sagrados sacramentos para el sacerdote.
Es difícil, no obstante, aclarar cuáles son los criterios que están
operando detrás de esa selección de los contenidos que formarán parte de esa
cultura elevante. Una explicación consiste en remitir esa selección a la
diferencia entre el mundo del trabajo y el mundo del ocio, que nace en el seno
de las sociedades avanzadas con separación jerarquizada en clases. La cultura
circunscrita incluiría aquello que, a partir de un momento dado, forma parte
del ocio de las clases dominantes, o de funciones desarrolladas por estas
(funciones «intelectuales» diferenciadas del trabajo manual). La lectura, las
audiciones musicales, la contemplación de cuadros y esculturas en un museo, la
asistencia a representaciones teatrales o cinematográficas, etc., pasarán a
formar parte de «la cultura»; esto es, de esa cultura elevante que los poderes
civiles tienen la obligación democrática de facilitar al pueblo. Cultura elevante
que saca al pueblo de su vida prosaica para introducirlo en el seno de un mundo
espiritual de naturaleza superior, para llevarlo al estado de gracia.
Sin embargo, toda esa liturgia cultural, en la que el altar es sustituido
por el escenario y el rezo en familia por la contemplación, en familia, de un
programa de televisión, adquiere otro sentido cuando es interpretada como opio
del pueblo. (Teniendo en cuenta que «pueblo» designa aquí al «vulgo» y vulgo
incluye no solo a la «plebe», sino también a la «élite». Bueno recurre a Ortega
para incluir en el vulgo a todo aquel que «se encuentra satisfecho de lo que es
por el mero hecho de pertenecer a su grupo», e inmerso «en las rutinas y señas
de identidad» de ese grupo).
Mediante la participación en las culturas circunscritas, el vulgo (la élite
y la plebe) «alcanza la conciencia de la realización de su plenitud vital».
Esta realización es sin embargo ilusoria, un mero ensueño. Y esta es la razón
por la que la cultura selecta funciona como un opio de pueblo, en el segundo
sentido que hemos indicado antes, como adormidera psicodélica.
6.4. Individuo, persona, conciencia, libertad,
sentido
&1
Nos enfrentamos ahora con un grupo de conceptos e ideas (persona,
conciencia, libertad, sentido) que forman parte tradicionalmente de los
contenidos de la antropología filosófica, y que, más allá de esta,
interseccionan con la filosofía de la religión y la filosofía moral. Estos
conceptos e ideas son analizados por Bueno en Para una construcción de la Idea de persona, Las estructuras metafinitas, El
sentido de la vida, Cuestiones Cuodlibetales
sobre Dios y la religión, Psicoanalistas y epicúreos, y otros diversos
escritos.
En Para una construcción de la Idea
de persona y Las estructuras
metafinitas, Bueno desarrolla el concepto de metafinito que tendrá una
función relevante en su análisis de la noción de persona. Para ello parte del
concepto matemático de conjunto infinito. Este puede ser definido como aquel en
el que el todo «es
equivalente a una de sus partes». Tal
sucede por ejemplo con el conjunto de los números naturales, cuyos elementos
pueden ponerse en relación biunívoca con los que componen el conjunto de los
números pares. Bueno construye el concepto de metafinito como una ampliación de
ese concepto de infinito cuantitativo aplicada ahora al infinito connotativo,
entendido como aquel todo que es equivalente a cada una de sus partes. Como
ejemplo histórico del empleo (en ejercicio) de este concepto tenemos la noción
de homeomería introducida por Anaxágoras, según la cual la realidad es un
compuesto de partes infinitamente divisibles de modo tal que no podemos encontrar
nunca partes simples, y en consecuencia, en cada parte -compleja- se encuentra
ya una representación del todo.
El término persona procede del latín per
sonare, derivado del etrusco phersu,
y este a su vez del griego prosopon,
con los que se designaba a las máscaras empleadas en las representaciones
teatrales o a los personajes que representaban tales máscaras. El concepto de
persona reaparecerá en la teología cristiana, en relación con la naturaleza
trinitaria de Dios y la doble naturaleza (divina y humana) de Jesús. Este
concepto tendrá su propio espacio en el derecho romano y en la filosofía. Boecio,
en el siglo V, propondrá una definición de persona que se ha hecho común:
persona es, dice, una «sustancial individual de naturaleza racional». Definición
en la que se alude a una serie de conceptos (sustancia, individuo, razón), cuyo
entretejimiento será decisivo para desarrollar cualquier idea ulterior persona.
De esta definición parte esa consideración de la persona que la opone «a cosa,
por un lado, y a animal, por otro», y
que lleva al entrecruzamiento entre hombre (individuo humano) y persona.
En la tercera lectura de El sentido
de la vida Bueno centra su análisis precisamente en esta relación entre
individuo (humano) y persona. Aparece aquí un entrecruzamiento entre hombre y
persona, lo que no implica, no obstante, su solapamiento. Pues, de hecho, se
habla de personas no humanas (por ejemplo, las tres personas de la Santísima
Trinidad), y de humanos (por ejemplo, el hombre de neandertal) a los que no se
atribuye la condición de personas. «Hombre» remite a la animalidad, a la zoología, mientras
que «persona» remite a la moral, a la ética, al derecho. (Así, en el derecho romano los
esclavos tenían la condición de hombres, pero no de personas). En la lectura
mencionada, Bueno analiza las conexiones y desconexiones, históricamente constituidas,
entre persona y hombre, entre persona e individuo humano, partiendo de
contextos científico-técnicos, contextos mundanos y contextos filosóficos.
***
Comenzaremos con el análisis del concepto de persona en los contextos categoriales,
científico-técnicos, a partir de tres frentes: el teológico, el jurídico y el antropológico.
En el proceso de constitución y expansión del cristianismo aparece el
concepto de persona vinculado a dos problemas teológicos: (1) El de aclarar la
relación que mantienen entre sí las diversas manifestaciones de un Dios que
siendo Uno tiene una naturaleza trinitaria. El cristianismo primitivo entendió
con frecuencia que Jesús es Dios, y que el Espíritu Santo enviado por Dios a
los hombres también es Dios. De modo que, en una religión monoteísta por principio,
parecen encontrarse tres dioses, o tres versiones distintas de Dios: Dios
Padre, Dios Hijo (Jesús), y Dios Espíritu Santo. Las soluciones a esta paradoja
adoptaron varias formas. Una fue la del arrianismo (del que el islam puede ser
considerado una derivación) según la cual solo el Dios Padre sería Dios (Jesús
es un ser creado, un mensajero). Otra, la que finalmente se impuso, fue la
concepción trinitaria desarrollada por algunos padres griegos, quienes, tomando
un término puesto en circulación por los neoplatónicos (el de hipóstasis), entendieron
que Dios es «una sola ousía, tres hipóstasis». Lo que puede ser traducido como «una sola "esencia", tres
"sustancias"». Sin embargo, esto planteó un problema cuando los
textos griegos comenzaron a ser traducidos al latín. Pues la traducción usual
de ousía al latín fue la de
substantia. Pero por hipóstasis se entiende aquello que es por sí mismo, o sea,
también la sustancia. Con lo cual la traducción latina de la expresión anterior
se convertía en «una sola "sustancia", tres "sustancias"».
Ante en sinsentido de esta expresión se acabó traduciendo «una sola ousía, tres hipóstasis» como «una sola
"sustancia", tres "personas"». (2) El de aclarar la
relación que mantienen entre sí las dos naturalezas de Jesús. Esto es, su
naturaleza divina y su naturaleza humana.
[A
desarrollar]
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