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Detrás de esta compleja obra, igual que detrás
de cualquier otro sistema filosófico que merezca ese nombre, está la entera
tradición filosófica. Pero no toda esta tradición es igualmente relevante para
su configuración. El desarrollo de cualquier sistema presente es fruto de
ciertas líneas de pensamiento y no de otras, se reconoce más en unos
determinados problemas o soluciones que en otros, etc. Por eso, comenzaremos
recordando el origen y las características de algunas de las nociones que
tendrán una influencia más clara en su formación, centrándonos en las de
«metafísica», «ontología», «Idea», «categoría», «dialéctica», «materia»,
«materialismo» y «trascendental».
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Recordemos que Aristóteles denominaba filosofía primera a la disciplina que
trata del ser en tanto ser y de los
primeros principios del movimiento. Posteriormente, Andrónico de Rodas
llamaría metafísica a este tipo de
saber.
La tradición cristiana (desde Agustín de
Hipona hasta Descartes, pasando por Domingo Gundisalvo, Hurtado de Mendoza,
Tomás de Aquino, Francisco Suárez o Francis Bacon) convierten a la metafísica
en un tratado acerca de Dios, el mundo y el alma, por un lado, y en una
reflexión (especialmente Gundisalvo, Mendoza, Suárez o Bacon) acerca del ser en
general, por otro.
Siguiendo esta tradición, Christian Wolf
diferenciará entre la metafísica general u ontología, que trataría del ser en tanto
ser, y las metafísicas especiales, que tratarían de Dios, el mundo y el alma
(esto es, de los diversos tipos de entes). Frente a Wolf (y a esa tradición) Kant
rechazará la posibilidad de establecer un conocimiento científico acerca de
Dios, el mundo y el alma (las «Ideas de la razón», que tendrían, no obstante,
una función dentro de la razón práctica, como posibilitadoras de la moral).
En el siglo XIX, el
positivismo reduce toda la realidad a hechos y leyes (que regulan el funcionamiento
de esos hechos). Desde este supuesto, descarta todo saber que, como la
metafísica, pretenda ir más allá y preguntarse por el ser en general o el ser
de un determinado tipo de entes. Tal saber no sería sino un falso saber.
Nietzsche criticará igualmente a la metafísica
(que identifica con el platonismo),
como aquel pretendido saber acerca de supuestas realidades que desbordan (que
están más allá, de ahí lo de meta-física) el mundo terreno, y que serían el
fruto de una moral de hombres débiles (de una moral orientada a la huida del
mundo, nacida del resentimiento frente al mundo).
Ya en el siglo XX, Heidegger llama la atención
sobre el hecho de que toda ontología derive en metafísica. En su terminología
eso quiere decir que, tratando de pensar el ser, se acabe identificándolo con un ente privilegiado (que, ya en
la tradición cristiana, será Dios). A este proceso, que acompaña a la historia
de la filosofía, se le denominará ontoteología.
La metafísica, y su producto, la ontoteología, ocultan el ser, la fuente de la
reflexión filosófica.
Coincidiendo, en parte, con Heidegger, Bueno
tratará de reconstruir la ontología, evitando, al mismo tiempo, la recaída en la metafísica. Pero por metafísica
entenderá toda forma de pensamiento que sustancialice la realidad. Esto es, que
reduzca la realidad -que es dinámica,
que es plural, que es codeterminación de unas cosas por
otras-, a algo inmóvil, simple, subsistente en sí, y que tiene al monismo
filosófico como resultado. Frente a la concepción metafísica de la realidad,
defiende una ontología materialista y dialéctica. Y distingue, siguiendo la tradición, entre una ontología general (que tratará, ahora,
de la materia ontológico-general) y una ontología
especial (que tratará de los diversos géneros de materialidad).
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Platón había establecido una diferencia
radical (dualismo ontológico) entre el mundo sensible, accesible a
través de los sentidos y constituido por realidades físicas (materia corpórea),
y el mundo inteligible, constituido por realidades formales, a las que
denomina Ideas (en la cima de las cuales se hallaría la Idea de Bien o
Idea de Ser).
Frente a Platón, Aristóteles sostiene que
«ser» no es un término unívoco, sino análogo. Esto es, el ser se dice, y se da,
de muchas maneras irreductibles a una única. A esas diversas maneras de darse
el ser les denomina categorías. Dado que las diversas categorías no se
pueden reducir a una única, no hay una ciencia que las englobe a todas. Cada categoría
constituye una ciencia, (por ejemplo, la categoría de cantidad constituye las
matemáticas).
Ya en el siglo XVIII, Kant diferenciará entre categorías
e Ideas. Las categorías son un conjunto de conceptos a priori que
posibilitan el funcionamiento del entendimiento. Las Ideas son los contenidos
de la razón (cuya función última es posibilitar el uso práctico de la razón).
De esta larga tradición filosófica toma Bueno
la distinción entre categorías e Ideas, que quedará integrada en su sistema
filosófico: las categorías (que
distingue de los conceptos) constituirán el campo de la ciencia
(invirtiendo a Aristóteles dirá que cada ciencia constituye una categoría), las
Ideas constituirán el contenido de
la filosofía.
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El empleo del pensamiento dialéctico se encuentra ya en Platón (aunque algunos
retrotraen su origen a Zenón de Elea, e incluso a Heráclito). Recordemos que la
dialéctica platónica sigue un doble movimiento de ascenso (dialéctica
ascendente o dialéctica propiamente dicha) y descenso (dialéctica descendente o
diáiresis). El primer movimiento nos lleva a ir ascendiendo desde lo más
inmediato -el mundo sensible-, a las Ideas -al mundo inteligible-, pasando de
la eikasia a la pistis, de esta a la dianoia y finalmente
a la noesis. Una vez en el mundo de las Ideas comienza la dialéctica
propiamente dicha, que nos lleva a ascender de las Ideas inferiores -menos
generales-, a las superiores -más generales-, hasta alcanzar finalmente la Idea
de la Idea, la Idea de Bien. El segundo movimiento parte de la Idea de Bien, o
de otra Idea alcanzada y suficiente, para iniciar el movimiento de descenso,
hasta la Idea que queremos definir (y, en el límite, hasta el mundo sensible al
que queremos explicar y orientar). En definitiva, la dialéctica nos muestra el
proceso a través del cual unas Ideas se conectan con otras y excluyen a unas terceras
(pues no todo está conectado con todo).
El pensamiento dialéctico, rechazado por
Aristóteles, tendrá un resurgir en la escolástica medieval, y constituirá una
seña de identidad del idealismo alemán. Así, Hegel definirá a la dialéctica
como «la razón puesta en movimiento»; siendo esencial, en este movimiento de la
razón, el elemento negativo, la contradicción, que es la que dinamiza al
pensamiento y a la realidad. (Este proceso dinámico llevará finalmente a la
fusión de pensamiento y realidad en lo Absoluto). De Hegel, el empleo de la
dialéctica pasará a las diversas ramas del pensamiento marxista.
Bueno retoma esta doble tradición platónica y
hegeliana, y hará de la dialéctica el motor de su pensamiento
antisustancialista, y, por ello, antimetafísico; pues la dialéctica presupone
una realidad plural y dinámica en medio de la cual opera mostrando las
interacciones -de composición y exclusión- que la constituyen. Pero diferencia,
no obstante, cuatro figuras dialécticas, formadas en base a dos
criterios: la diferencia entre procesos convergentes y divergentes
y la diferencia entre procesos evolutivos (progressus) e involutivos
(regressus). (Los términos regressus y progressus son empleados
por Bueno con un sentido similar a análisis y síntesis. El regressus
es el proceso que, partiendo de los fenómenos, y sometiéndolos a análisis, triturándolos,
nos lleva a las esencias o estructuras esenciales. El progressus
es el proceso que, partiendo de esas esencias o estructuras esenciales, nos
lleva a reconstruir los fenómenos, la realidad compleja de la que partíamos).
La combinación de estos dos criterios nos da
las siguientes figuras dialécticas:
Metábasis: proceso
de evolución (progressus) divergente. Así, al aumentar paulatinamente el
número de lados de un polígono, este se transforma, en el límite, en algo de un
género distinto, en una circunferencia.
Catábasis: proceso
de evolución (progressus) convergente. Como ejemplo las cinco vías de Tomás
de Aquino, que, partiendo de hechos de experiencia distintos y una sucesión de
causas diferente, convergen en una misma causa primera: Dios.
Anástasis: proceso
de involución (regressus) divergente. Así, el incremento en la
eficiencia de los motores que reutilizan la energía que ellos mismos producen
llevaría, en el límite, al desarrollo de un perpetuum mobile, lo que implicaría
introducir la causa sui en la naturaleza. Pero esto supone una
contradicción inaceptable. La negación de tal posibilidad lleva (regressus)
a formular el primer principio de la termodinámica.
Catástasis: proceso
de involución (regressus) convergente. Se trata en este caso de una estrategia
que consiste en la detención de un proceso cuando este conduce a un límite
contradictorio. Bueno señala como ejemplo el siguiente: dado que la sucesión
numérica es infinita, nos encontramos con que el conjunto de los números naturales
pares es igual al conjunto de los números naturales enteros. Para evitar la contradicción
que supone aceptar que una parte sea igual al todo Galileo, en un ejercicio de
catástasis, postula que los conceptos de «menor», «igual» o «mayor» solo son
aplicables a conjuntos finitos. (Posteriormente, Cantor enfrentará esa contradicción
introduciendo el concepto de transfinito).
Estas figuras dialécticas
constituirán una parte esencial de la noetología. Bueno denominará así al
intento (nunca desarrollado de un modo sistemático) de elaborar unas leyes
generales del pensamiento «lógico-material», que pudiesen englobar las diversas
formas de razonamiento (científico, filosófico, técnico, artístico, e incluso
el pensamiento raciomorfo de algunos animales). Ese intento fue pospuesto al tener
que dedicar buena parte de sus esfuerzos al desarrollo de una teoría del
conocimiento científico o gnoseología (que expondremos en el apartado
5). La noetología trataría de la forma general de pensamiento racional, de la
cual serían modalidades las figuras de la dialéctica, la gnoseología, o la
teoría de las instituciones (a través de las cuales opera siempre la
racionalidad humana).
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El concepto de «materia» (hyle,
proté hyle) fue introducido como término técnico filosófico por Aristóteles
(apareciendo en su obra como contrapuesto y complementario de «forma»). Aunque,
retrospectivamente, se puede decir (así lo hace el propio Aristóteles) que ya
los presocráticos apelaban a ciertos principios «materiales» (agua, aire,
fuego, apeiron, etc.) como constituyentes de la realidad. Y también se
puede identificar con el concepto de materia lo que Platón llama khora
(receptáculo) o no-ser, un principio de cambio que es el contrapunto del mundo
de las Ideas, y que sirve al Demiurgo para producir el mundo sensible. A partir
de entonces, el desarrollo de la noción de materia ha corrido paralelo a la
historia del pensamiento filosófico.
Una primera viene posibilitada por el
desarrollo del dualismo cartesiano, que separa tajantemente la sustancia
extensa de la sustancia pensante. A partir de entonces, materialistas serían quienes reducen la realidad a la sustancia
extensa y explican cualesquiera fenómenos en términos de tal realidad, negando
la posibilidad de una sustancia pensante separada (Hobbes, La Mettrie, etc.). Espiritualistas serían quienes
defienden la existencia de realidades pensantes de carácter no extenso. El materialismo
se presenta, así, como contrapuesto al espiritualismo. (Aunque el propio
término «materialista» no será acuñado hasta 1674, cuando aparece, por vez
primera, en The Excellence and Grounds of de Mechanical Philosophy, obra
en la que Robert Boyle emplea el término «materialist» para designar a
aquellas doctrinas que consideran que la realidad está compuesta de corpúsculos
que interaccionan entre sí, siguiendo leyes mecánicas que pueden ser descritas
matemáticamente).
La otra raíz del materialismo aparece tras la
superación de la concepción espiritualista de la conciencia pensante. El
materialismo se enfrentará, a partir de ese momento, con el problema de la
constitución de la propia subjetividad. Se trata de decidir si es la estructura
racional del sujeto la que configura la realidad, o es la realidad la que
configura la estructura racional del sujeto (su conciencia, su «subjetividad»).
La apuesta por la primera opción es la base del idealismo, ya prefigurado
en Descartes pero que despliega todo su potencial a partir de Kant y del
Idealismo alemán. La apuesta por la segunda opción aparecería en el «Prefacio»
a la Critica a la economía política, de Karl Marx, donde se afirma que
es la base material de la sociedad la que determina el sistema jurídico,
político, etc., la conciencia social, en suma (y no hay, estrictamente
hablando, conciencias individuales, conciencias que puedan desarrollarse al
margen de la conciencia social). Y a esto se le denominó materialismo
histórico. (Qué Marx defienda tal «materialismo histórico» es algo que
viene cuestionándose a partir de los trabajos de Felipe Martínez Marzoa -véase La filosofía de “El capital”, Ediciones
Taurus, S. A. Madrid, 1983-, pero es un concepto recurrente en la tradición
marxista, del que parten Racionero y Bueno).
Los intentos de Engels y algunos «marxistas»
de dar un fundamento materialista a la filosofía de la naturaleza, que no
incurriese en los simplismos del materialismo mecanicista, dio origen al «materialismo
dialéctico» (que incurre, no obstante, en otros simplismos).
Gustavo Bueno, lo veremos, pretende
reabsorber, y dar continuidad, a la tradición del pensamiento filosófico
materialista, pero, más allá de eso, sostendrá que toda auténtica filosofía es
materialista. (La demostración de esta tesis tan rotunda pasará por una
aclaración de qué se entienda por materia, y por dar una explicación de la
historia de la filosofía, «de tradición helénica», desde las coordenadas de su
sistema).
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«Trascendental»
es un concepto puesto en circulación por el pensamiento escolástico medieval y
retomado por Kant, el idealismo alemán, Husserl, etc.
Tomás de Aquino emplea el término «trascendentales» para denominar a aquellas
propiedades que desbordan las categorías (que, recordemos, para Aristóteles y
la escolástica son los diversos modos de darse el ser) y caracterizan al ser en
su totalidad. Estos trascendentales serían la unidad, la bondad y la verdad.
Francisco Suárez emplea el término
«trascendental» para designar a aquellas relaciones que no son meramente
accidentales, sino constitutivas de, al menos, uno de los entes relacionados.
Así el Mundo mantendría una relación trascendental con Dios, pues solo en esta
relación conserva su ser.
Kant reelabora esta noción suareciana de
trascendental y la usa para designar a la relación constitutiva que mantienen
ciertos elementos con la experiencia. Trascendentales serían aquellos elementos
que, siendo a priori (constitutivos
de la propia subjetividad), se aplican fuera del sujeto para constituir la
experiencia. Estos elementos a priori
son «espacio», «tiempo» y las doce «categorías
del entendimiento», que son componentes consustanciales al sujeto cognoscente
(es decir, forman parte del «psiquismo» de ese sujeto, no vienen de la
experiencia), pero se aplican a los contenidos que proceden de fuera del sujeto
(las impresiones) para ordenarlos y constituir la experiencia.
Pero Kant usa el término trascendental para
referirse, también, al sujeto constituyente de la experiencia. Porque, si hay
componentes a priori que adquieren su
ser aplicados a las impresiones para constituir la experiencia -que es la
realidad en tanto conocida-, es necesario, también, postular un sujeto
cognoscente, que no es un sujeto empírico, sino un sujeto que es cualquier sujeto,
y que es el principio de unidad de las impresiones para constituir el objeto
conocido. A este sujeto «puro», a este sujeto cognoscente, le denomina Kant de
diversos modos: «yo pienso», «apercepción pura», «unidad sintética de la conciencia» o «sujeto trascendental».
Con un ejemplo: cuando percibo un «cubo de
Rubik», una multitud de impresiones, que proceden de fuera de mí, son
organizadas en base a ciertas reglas que imponen el espacio, el tiempo y las
categorías del entendimiento. Pero todo este proceso exige una conciencia que
le dote de unidad, ante la cual aparecen todas esas impresiones organizadas
como un objeto. Esa conciencia es, en cada caso, una conciencia particular,
pero reducida a aquello que tiene de universal -es decir, a aquello que
comparte con cualquier otra conciencia-. Pues el proceso de constitución de ese
objeto de la experiencia es el mismo para cualquier conciencia. A esa
conciencia es a lo que llamamos sujeto -o conciencia- trascendental.
Ya en el siglo XX, Husserl propone el «método
de la reducción» para alcanzar un
saber seguro (verdadero, cierto), que viene a ser una nueva versión de la duda
metódica cartesiana. Esta «reducción» tiene tres momentos: (1) Reducción fenomenológica, consistente
en poner entre paréntesis todo juicio y valoración acerca de lo que se nos da,
quedándonos con el puro fenómeno. (2) Reducción
eidética, que consiste en despojar a ese fenómeno de toda materialidad y
particularidad, quedándonos con lo que en él hay de universal. (3) Reducción trascendental», es el momento
final de la reducción, que consiste en que el sujeto pone entre paréntesis la
existencia de su propia conciencia empírica, para convertirse en una conciencia pura, cuyos contenidos son
las esencias.
Bueno retoma este concepto con un sentido más
cercano al empleado por la escolástica. Trascendental
es aquello que desborda las categorías concretas (teniendo en cuenta que, en su
sistema, las categorías constituyen el campo configurado por las ciencias) para
aplicarse a ámbitos categoriales diversos. Trascendentales son, para Bueno, las
Ideas (los contenidos de la filosofía). Y trascendental es, también, una determinada
configuración del sujeto que denomina Ego
trascendental, o conciencia filosófica. (Ego trascendental o conciencia
filosófica es, lo veremos, el sujeto que totaliza el mundo y, al hacerlo, lo desborda, generando la Idea de materia ontológico-general. Desde esta Idea se reinterpreta
el Mundo como la Materia ontológico-general filtrada por el Ego trascendental).
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