2.ANTECEDENTES DE LA FILOSOFÍA MATERIALISTA DE GUSTAVO BUENO

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Gustavo Bueno es el artífice de un complejo sistema de pensamiento conocido habitualmente como materialismos filosófico (o, de manera menos frecuente, como materialismo discontinuista).

Detrás de esta compleja obra, igual que detrás de cualquier otro sistema filosófico que merezca ese nombre, está la entera tradición filosófica. Pero no toda esta tradición es igualmente relevante para su configuración. El desarrollo de cualquier sistema presente es fruto de ciertas líneas de pensamiento y no de otras, se reconoce más en unos determinados problemas o soluciones que en otros, etc. Por eso, comenzaremos recordando el origen y las características de algunas de las nociones que tendrán una influencia más clara en su formación, centrándonos en las de «metafísica», «ontología», «Idea», «categoría», «dialéctica», «materia», «materialismo» y «trascendental».

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Recordemos que Aristóteles denominaba filosofía primera a la disciplina que trata del ser en tanto ser y de los primeros principios del movimiento. Posteriormente, Andrónico de Rodas llamaría metafísica a este tipo de saber.

La tradición cristiana (desde Agustín de Hipona hasta Descartes, pasando por Domingo Gundisalvo, Hurtado de Mendoza, Tomás de Aquino, Francisco Suárez o Francis Bacon) convierten a la metafísica en un tratado acerca de Dios, el mundo y el alma, por un lado, y en una reflexión (especialmente Gundisalvo, Mendoza, Suárez o Bacon) acerca del ser en general, por otro.

Siguiendo esta tradición, Christian Wolf diferenciará entre la metafísica general u ontología, que trataría del ser en tanto ser, y las metafísicas especiales, que tratarían de Dios, el mundo y el alma (esto es, de los diversos tipos de entes). Frente a Wolf (y a esa tradición) Kant rechazará la posibilidad de establecer un conocimiento científico acerca de Dios, el mundo y el alma (las «Ideas de la razón», que tendrían, no obstante, una función dentro de la razón práctica, como posibilitadoras de la moral).

En el siglo XIX, el positivismo reduce toda la realidad a hechos y leyes (que regulan el funcionamiento de esos hechos). Desde este supuesto, descarta todo saber que, como la metafísica, pretenda ir más allá y preguntarse por el ser en general o el ser de un determinado tipo de entes. Tal saber no sería sino un falso saber.

Nietzsche criticará igualmente a la metafísica (que identifica con el platonismo), como aquel pretendido saber acerca de supuestas realidades que desbordan (que están más allá, de ahí lo de meta-física) el mundo terreno, y que serían el fruto de una moral de hombres débiles (de una moral orientada a la huida del mundo, nacida del resentimiento frente al mundo).

Ya en el siglo XX, Heidegger llama la atención sobre el hecho de que toda ontología derive en metafísica. En su terminología eso quiere decir que, tratando de pensar el ser, se acabe identificándolo con un ente privilegiado (que, ya en la tradición cristiana, será Dios). A este proceso, que acompaña a la historia de la filosofía, se le denominará ontoteología. La metafísica, y su producto, la ontoteología, ocultan el ser, la fuente de la reflexión filosófica.

Coincidiendo, en parte, con Heidegger, Bueno tratará de reconstruir la ontología, evitando, al mismo tiempo, la recaída en la metafísica. Pero por metafísica entenderá toda forma de pensamiento que sustancialice la realidad. Esto es, que reduzca la realidad -que es dinámica, que es plural, que es codeterminación de unas cosas por otras-, a algo inmóvil, simple, subsistente en sí, y que tiene al monismo filosófico como resultado. Frente a la concepción metafísica de la realidad, defiende una ontología materialista y dialéctica. Y distingue, siguiendo la tradición, entre una ontología general (que tratará, ahora, de la materia ontológico-general) y una ontología especial (que tratará de los diversos géneros de materialidad).

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Platón había establecido una diferencia radical (dualismo ontológico) entre el mundo sensible, accesible a través de los sentidos y constituido por realidades físicas (materia corpórea), y el mundo inteligible, constituido por realidades formales, a las que denomina Ideas (en la cima de las cuales se hallaría la Idea de Bien o Idea de Ser).

Frente a Platón, Aristóteles sostiene que «ser» no es un término unívoco, sino análogo. Esto es, el ser se dice, y se da, de muchas maneras irreductibles a una única. A esas diversas maneras de darse el ser les denomina categorías. Dado que las diversas categorías no se pueden reducir a una única, no hay una ciencia que las englobe a todas. Cada categoría constituye una ciencia, (por ejemplo, la categoría de cantidad constituye las matemáticas).

Ya en el siglo XVIII, Kant diferenciará entre categorías e Ideas. Las categorías son un conjunto de conceptos a priori que posibilitan el funcionamiento del entendimiento. Las Ideas son los contenidos de la razón (cuya función última es posibilitar el uso práctico de la razón).

De esta larga tradición filosófica toma Bueno la distinción entre categorías e Ideas, que quedará integrada en su sistema filosófico: las categorías (que distingue de los conceptos) constituirán el campo de la ciencia (invirtiendo a Aristóteles dirá que cada ciencia constituye una categoría), las Ideas constituirán el contenido de la filosofía.

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El empleo del pensamiento dialéctico se encuentra ya en Platón (aunque algunos retrotraen su origen a Zenón de Elea, e incluso a Heráclito). Recordemos que la dialéctica platónica sigue un doble movimiento de ascenso (dialéctica ascendente o dialéctica propiamente dicha) y descenso (dialéctica descendente o diáiresis). El primer movimiento nos lleva a ir ascendiendo desde lo más inmediato -el mundo sensible-, a las Ideas -al mundo inteligible-, pasando de la eikasia a la pistis, de esta a la dianoia y finalmente a la noesis. Una vez en el mundo de las Ideas comienza la dialéctica propiamente dicha, que nos lleva a ascender de las Ideas inferiores -menos generales-, a las superiores -más generales-, hasta alcanzar finalmente la Idea de la Idea, la Idea de Bien. El segundo movimiento parte de la Idea de Bien, o de otra Idea alcanzada y suficiente, para iniciar el movimiento de descenso, hasta la Idea que queremos definir (y, en el límite, hasta el mundo sensible al que queremos explicar y orientar). En definitiva, la dialéctica nos muestra el proceso a través del cual unas Ideas se conectan con otras y excluyen a unas terceras (pues no todo está conectado con todo).

El pensamiento dialéctico, rechazado por Aristóteles, tendrá un resurgir en la escolástica medieval, y constituirá una seña de identidad del idealismo alemán. Así, Hegel definirá a la dialéctica como «la razón puesta en movimiento»; siendo esencial, en este movimiento de la razón, el elemento negativo, la contradicción, que es la que dinamiza al pensamiento y a la realidad. (Este proceso dinámico llevará finalmente a la fusión de pensamiento y realidad en lo Absoluto). De Hegel, el empleo de la dialéctica pasará a las diversas ramas del pensamiento marxista.

Bueno retoma esta doble tradición platónica y hegeliana, y hará de la dialéctica el motor de su pensamiento antisustancialista, y, por ello, antimetafísico; pues la dialéctica presupone una realidad plural y dinámica en medio de la cual opera mostrando las interacciones -de composición y exclusión- que la constituyen. Pero diferencia, no obstante, cuatro figuras dialécticas, formadas en base a dos criterios: la diferencia entre procesos convergentes y divergentes y la diferencia entre procesos evolutivos (progressus) e involutivos (regressus). (Los términos regressus y progressus son empleados por Bueno con un sentido similar a análisis y síntesis. El regressus es el proceso que, partiendo de los fenómenos, y sometiéndolos a análisis, triturándolos, nos lleva a las esencias o estructuras esenciales. El progressus es el proceso que, partiendo de esas esencias o estructuras esenciales, nos lleva a reconstruir los fenómenos, la realidad compleja de la que partíamos).

La combinación de estos dos criterios nos da las siguientes figuras dialécticas:

Metábasis: proceso de evolución (progressus) divergente. Así, al aumentar paulatinamente el número de lados de un polígono, este se transforma, en el límite, en algo de un género distinto, en una circunferencia.

Catábasis: proceso de evolución (progressus) convergente. Como ejemplo las cinco vías de Tomás de Aquino, que, partiendo de hechos de experiencia distintos y una sucesión de causas diferente, convergen en una misma causa primera: Dios.

Anástasis: proceso de involución (regressus) divergente. Así, el incremento en la eficiencia de los motores que reutilizan la energía que ellos mismos producen llevaría, en el límite, al desarrollo de un perpetuum mobile, lo que implicaría introducir la causa sui en la naturaleza. Pero esto supone una contradicción inaceptable. La negación de tal posibilidad lleva (regressus) a formular el primer principio de la termodinámica.

Catástasis: proceso de involución (regressus) convergente. Se trata en este caso de una estrategia que consiste en la detención de un proceso cuando este conduce a un límite contradictorio. Bueno señala como ejemplo el siguiente: dado que la sucesión numérica es infinita, nos encontramos con que el conjunto de los números naturales pares es igual al conjunto de los números naturales enteros. Para evitar la contradicción que supone aceptar que una parte sea igual al todo Galileo, en un ejercicio de catástasis, postula que los conceptos de «menor», «igual» o «mayor» solo son aplicables a conjuntos finitos. (Posteriormente, Cantor enfrentará esa contradicción introduciendo el concepto de transfinito).

Estas figuras dialécticas constituirán una parte esencial de la noetología. Bueno denominará así al intento (nunca desarrollado de un modo sistemático) de elaborar unas leyes generales del pensamiento «lógico-material», que pudiesen englobar las diversas formas de razonamiento (científico, filosófico, técnico, artístico, e incluso el pensamiento raciomorfo de algunos animales). Ese intento fue pospuesto al tener que dedicar buena parte de sus esfuerzos al desarrollo de una teoría del conocimiento científico o gnoseología (que expondremos en el apartado 5). La noetología trataría de la forma general de pensamiento racional, de la cual serían modalidades las figuras de la dialéctica, la gnoseología, o la teoría de las instituciones (a través de las cuales opera siempre la racionalidad humana).

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El concepto de «materia» (hyle, proté hyle) fue introducido como término técnico filosófico por Aristóteles (apareciendo en su obra como contrapuesto y complementario de «forma»). Aunque, retrospectivamente, se puede decir (así lo hace el propio Aristóteles) que ya los presocráticos apelaban a ciertos principios «materiales» (agua, aire, fuego, apeiron, etc.) como constituyentes de la realidad. Y también se puede identificar con el concepto de materia lo que Platón llama khora (receptáculo) o no-ser, un principio de cambio que es el contrapunto del mundo de las Ideas, y que sirve al Demiurgo para producir el mundo sensible. A partir de entonces, el desarrollo de la noción de materia ha corrido paralelo a la historia del pensamiento filosófico.

El término «materialismo», y lo que este ha venido a significar, tienen un origen moderno. Siguiendo a Quintín Racionero («Consideraciones sobre el materialismo», en La filosofía de Gustavo Bueno, Revista Meta. Editorial Complutense. Madrid, 1992), podemos señalar una doble raíz en su origen:

Una primera viene posibilitada por el desarrollo del dualismo cartesiano, que separa tajantemente la sustancia extensa de la sustancia pensante. A partir de entonces, materialistas serían quienes reducen la realidad a la sustancia extensa y explican cualesquiera fenómenos en términos de tal realidad, negando la posibilidad de una sustancia pensante separada (Hobbes, La Mettrie, etc.). Espiritualistas serían quienes defienden la existencia de realidades pensantes de carácter no extenso. El materialismo se presenta, así, como contrapuesto al espiritualismo. (Aunque el propio término «materialista» no será acuñado hasta 1674, cuando aparece, por vez primera, en The Excellence and Grounds of de Mechanical Philosophy, obra en la que Robert Boyle emplea el término «materialist» para designar a aquellas doctrinas que consideran que la realidad está compuesta de corpúsculos que interaccionan entre sí, siguiendo leyes mecánicas que pueden ser descritas matemáticamente).

La otra raíz del materialismo aparece tras la superación de la concepción espiritualista de la conciencia pensante. El materialismo se enfrentará, a partir de ese momento, con el problema de la constitución de la propia subjetividad. Se trata de decidir si es la estructura racional del sujeto la que configura la realidad, o es la realidad la que configura la estructura racional del sujeto (su conciencia, su «subjetividad»). La apuesta por la primera opción es la base del idealismo, ya prefigurado en Descartes pero que despliega todo su potencial a partir de Kant y del Idealismo alemán. La apuesta por la segunda opción aparecería en el «Prefacio» a la Critica a la economía política, de Karl Marx, donde se afirma que es la base material de la sociedad la que determina el sistema jurídico, político, etc., la conciencia social, en suma (y no hay, estrictamente hablando, conciencias individuales, conciencias que puedan desarrollarse al margen de la conciencia social). Y a esto se le denominó materialismo histórico. (Qué Marx defienda tal «materialismo histórico» es algo que viene cuestionándose a partir de los trabajos de Felipe Martínez Marzoa -véase La filosofía de “El capital”, Ediciones Taurus, S. A. Madrid, 1983-, pero es un concepto recurrente en la tradición marxista, del que parten Racionero y Bueno).

Los intentos de Engels y algunos «marxistas» de dar un fundamento materialista a la filosofía de la naturaleza, que no incurriese en los simplismos del materialismo mecanicista, dio origen al «materialismo dialéctico» (que incurre, no obstante, en otros simplismos).

Gustavo Bueno, lo veremos, pretende reabsorber, y dar continuidad, a la tradición del pensamiento filosófico materialista, pero, más allá de eso, sostendrá que toda auténtica filosofía es materialista. (La demostración de esta tesis tan rotunda pasará por una aclaración de qué se entienda por materia, y por dar una explicación de la historia de la filosofía, «de tradición helénica», desde las coordenadas de su sistema).

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«Trascendental» es un concepto puesto en circulación por el pensamiento escolástico medieval y retomado por Kant, el idealismo alemán, Husserl, etc.

Tomás de Aquino emplea el término «trascendentales» para denominar a aquellas propiedades que desbordan las categorías (que, recordemos, para Aristóteles y la escolástica son los diversos modos de darse el ser) y caracterizan al ser en su totalidad. Estos trascendentales serían la unidad, la bondad y la verdad.

Francisco Suárez emplea el término «trascendental» para designar a aquellas relaciones que no son meramente accidentales, sino constitutivas de, al menos, uno de los entes relacionados. Así el Mundo mantendría una relación trascendental con Dios, pues solo en esta relación conserva su ser.

Kant reelabora esta noción suareciana de trascendental y la usa para designar a la relación constitutiva que mantienen ciertos elementos con la experiencia. Trascendentales serían aquellos elementos que, siendo a priori (constitutivos de la propia subjetividad), se aplican fuera del sujeto para constituir la experiencia. Estos elementos a priori son «espacio», «tiempo» y las doce «categorías del entendimiento», que son componentes consustanciales al sujeto cognoscente (es decir, forman parte del «psiquismo» de ese sujeto, no vienen de la experiencia), pero se aplican a los contenidos que proceden de fuera del sujeto (las impresiones) para ordenarlos y constituir la experiencia.

Pero Kant usa el término trascendental para referirse, también, al sujeto constituyente de la experiencia. Porque, si hay componentes a priori que adquieren su ser aplicados a las impresiones para constituir la experiencia -que es la realidad en tanto conocida-, es necesario, también, postular un sujeto cognoscente, que no es un sujeto empírico, sino un sujeto que es cualquier sujeto, y que es el principio de unidad de las impresiones para constituir el objeto conocido. A este sujeto «puro», a este sujeto cognoscente, le denomina Kant de diversos modos: «yo pienso», «apercepción pura», «unidad sintética de la conciencia» o «sujeto trascendental».

Con un ejemplo: cuando percibo un «cubo de Rubik», una multitud de impresiones, que proceden de fuera de mí, son organizadas en base a ciertas reglas que imponen el espacio, el tiempo y las categorías del entendimiento. Pero todo este proceso exige una conciencia que le dote de unidad, ante la cual aparecen todas esas impresiones organizadas como un objeto. Esa conciencia es, en cada caso, una conciencia particular, pero reducida a aquello que tiene de universal -es decir, a aquello que comparte con cualquier otra conciencia-. Pues el proceso de constitución de ese objeto de la experiencia es el mismo para cualquier conciencia. A esa conciencia es a lo que llamamos sujeto -o conciencia- trascendental.

Ya en el siglo XX, Husserl propone el «método de la reducción» para alcanzar un saber seguro (verdadero, cierto), que viene a ser una nueva versión de la duda metódica cartesiana. Esta «reducción» tiene tres momentos: (1) Reducción fenomenológica, consistente en poner entre paréntesis todo juicio y valoración acerca de lo que se nos da, quedándonos con el puro fenómeno. (2) Reducción eidética, que consiste en despojar a ese fenómeno de toda materialidad y particularidad, quedándonos con lo que en él hay de universal. (3) Reducción trascendental», es el momento final de la reducción, que consiste en que el sujeto pone entre paréntesis la existencia de su propia conciencia empírica, para convertirse en una conciencia pura, cuyos contenidos son las esencias.

Bueno retoma este concepto con un sentido más cercano al empleado por la escolástica. Trascendental es aquello que desborda las categorías concretas (teniendo en cuenta que, en su sistema, las categorías constituyen el campo configurado por las ciencias) para aplicarse a ámbitos categoriales diversos. Trascendentales son, para Bueno, las Ideas (los contenidos de la filosofía). Y trascendental es, también, una determinada configuración del sujeto que denomina Ego trascendental, o conciencia filosófica. (Ego trascendental o conciencia filosófica es, lo veremos, el sujeto que totaliza el mundo y, al hacerlo, lo desborda, generando la Idea de materia ontológico-general. Desde esta Idea se reinterpreta el Mundo como la Materia ontológico-general filtrada por el Ego trascendental).

 


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