&1
La Idea de cultura como mito oscurantista
La Idea
de cultura se ha convertido en una «idea fuerza» que mueve o paraliza
voluntades. Así, en el ámbito español, cualquier alcalde o consejero de una comunidad
autónoma que quiera justificar una dudosa inversión, no tiene más que apelar a
su carácter cultural para que toda oposición quede silenciada; como si del
advenimiento de una presencia sagrada se tratase. Y, al revés, es suficiente
con reprochar a las instituciones o poderes pertinentes su escasa inversión en
cultura para su descalificación social. La lucha por la «identidad cultural»
funciona como energía movilizadora de la acción política, sustituyendo a la
idea de raza como elemento aglutinante de unos grupos frente a otros (cumpliendo así
un papel similar al que el tótem, a juicio de Boas, cumplía con respecto a los
pueblos salvajes). La participación en
ciertos eventos culturales eleva a
los participantes por encima de su situación cotidiana (acaso miserable), o por
encima de la condición de otros mortales. Otras veces se ofrece como redención
popular: la imprimación cultural sacará al proletario de su postración social
para llevarlo al reino de la libertad. Etc. Es así como la Idea de Cultura ha pasado a adquirir el carácter de un mito, y, en
concreto, de un mito oscurantista y confusionario (véase apartado 3, &6).
Con esta Idea de cultura se enfrenta Bueno en
numerosos textos (entre los que destacan La etología como ciencia de la
cultura, y, sobre todo, El mito de la cultura), sometiéndola a una
crítica radical, para mostrar su origen y evolución, sus diversos sentidos y
modalidades, y la función que ha ido adquiriendo como componente de variadas
ideologías contemporáneas.
La filosofía de la cultura aparece en Bueno,
por otra parte, como un subapartado de su antropología, pero por su densidad e
interés le dedicamos aquí un apartado específico.
&2
Dos sentidos del término cultura
Comenzaremos este análisis presentando dos
conceptos de cultura que han llegado a tener una fuerte presencia en nuestros
días: la cultura entendida en «sentido etnográfico amplio» (centrada en
los aspectos denotativos de la idea de cultura, en la «extensión» del concepto de
cultura) y la cultura entendida como cultura circunscrita (centrada en
los aspectos connotativos, especialmente oscuros, de la idea de cultura, en su «intensión»).
(1) Entendida en el primer sentido, la
definición de cultura más recurrida nos la proporciona el antropólogo británico
Edward B. Tylor, quien sostiene que: «La cultura o civilización en
sentido etnográfico amplio es aquel todo complejo que incluye el conocimiento,
las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualesquiera
otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre en tanto miembro de una
sociedad» (Tylor, La ciencia de la cultura). Este concepto de cultura
tiene, a juicio de Bueno, la virtualidad de incluir las diferentes capas
y esferas en las que esta aparece repartida.
Aclaremos, antes de seguir, que:
(a) Bueno emplea aquí la expresión capas de la cultura para designar a
las distintas agrupaciones de los materiales culturales en relación con los
individuos. Así, podemos diferenciar una capa subjetual o intrasomática
(donde situaremos aquellos componentes culturales internos al individuo, tales
como aprender a tocar un instrumento); una capa social o
intersomática (donde situaremos aquellos componentes que se constituyen en
la interacción humana, tales como el derecho, las costumbres o las
competiciones deportivas); y una capa material o extrasomática
(donde situaremos aquellos componentes externos a los individuos, tales como
los templos, los museos o las herramientas). No debemos, por tanto, confundir
las «capas» de las que se habla aquí con las que, en su filosofía política,
denomina capa basal, capa conjuntiva y capa cortical. (b) Bueno emplea la
expresión esferas culturales para denominar a las totalidades culturales
que identifican a ciertas colectividades (y a las que, en la definición
expuesta, se hace referencia bajo la designación de «una sociedad»). Como
ejemplos de esferas culturales podemos citar a la cultura egipcia antigua, la
bosquimana, la japonesa, etc.
(2) Pero el concepto de cultura
es, también, de uso común en ámbitos políticos o administrativos. Es la cultura
que aparece como campo de operatividad de los ministerios, consejerías o
concejalías de cultura. A esa modalidad la denomina Bueno cultura
circunscrita. Esta puede abarcar las diversas capas o esferas señaladas anteriormente,
pero su ámbito aparece reducido frente a la cultura en sentido etnográfico
amplio. Así, aunque el campo cultural del que se ocupa el Ministerio de cultura
puede incluir elementos intrasomáticos, intersomáticos y extrasomáticos, no
aparecerán entre esos elementos aquellos referidos al ejército, la industria,
la religión, etc., incluidos bajo la esfera operativa de otros ministerios o
instituciones administrativas. Es, sin embargo, problemático, dar una
definición que abarque los elementos comunes a esa cultura circunscrita (más allá
de que es aquello de lo que se ocupan las instituciones señaladas), aunque
podemos indicar, como rasgo distintivo suyo, el aparecer vinculada a algo elevado, o que eleva.
&3
El origen subjetual del concepto de cultura
El término cultura
(procedente del verbo colere, que significa cuidado, cultivo) se usó
inicialmente para referirse al cultivo del campo (agri-cultura). Cicerón resignificó
este término para darle el sentido de cultivo del espíritu (cultura animi).
Parece ser que con el término cultura pretendía traducir el griego «paideia»
(formación, crianza, educación). De modo que este concepto apareció con un
sentido adjetivo (como «cultivo de»), y para designar a una modalidad subjetual
de cultura (como cultura intrasomática, que tiene que ver con la formación del
individuo, con algo que acontece en el interior del sujeto). Hubo de pasar
mucho tiempo, hasta el siglo XVIII, para que el término cultura apareciera con
un carácter sustantivo (formando parte de proposiciones como «”la cultura” nos
hace humanos») y con un sentido objetivo (intersomático y extrasomático). La
cultura en sentido subjetual es, por lo tanto, «la primera modulación de la
idea de cultura».
Las derivaciones posteriores de
esta concepción subjetual darán pie a la identificación de la cultura con el aprendizaje,
que sería el gozne que separa lo natural de lo cultural. Tendríamos así una
conducta heredada (producto de la naturaleza, innata), y una conducta aprendida
(una conducta cultural, pero reducido lo cultural a lo intrasomático).
Esta es, no obstante, una
concepción errónea, pues no todo lo aprendido tiene un significado cultural ni
todo lo natural es heredado sin más. (Tan natural es, dirá Bueno, para un ave,
tener alas, como «aprender» a moverlas bajo el estímulo de sus progenitores).
De modo que solo algunos de los elementos aprendidos tendrán un significado
cultural. Para que se dé este significado, lo aprendido tiene que integrarse
«en un contexto operatorio y social». (Y esto implica que esté conectado con
elementos intersomáticos o extrasomáticos; entre otras cosas porque para que se
dé conducta operatoria esta tiene que estar mediada por elementos tales como
herramientas u otros individuos, pues no entendemos como conducta operatoria
aquella que fuese desencadenada internamente de una manera ciega, refleja).
Bueno concluye que la concepción
subjetual de la cultura es reduccionista (reduce la cultura al
aprendizaje), y puede ser considerada como el residuo de una metafísica
espiritualista. (Pareciera que se hace nacer la cultura del «interior» del
individuo, como creación de una «sustancia espiritual»).
&4
El origen de la Idea de cultura objetiva en la
filosofía alemana
La Idea de cultura
objetiva surgió, y se desarrolló, en la Europa de los siglos XVIII y XIX. Y
especialmente, aunque no solo, en el ámbito de la filosofía alemana de esa
época.
Esta concepción de la
cultura objetiva hace su aparición bajo una forma metafísica: la cultura es
concebida como una realidad sustancial (en oposición a la naturaleza),
que envuelve a los individuos (en eso reside su carácter
objetivo). Esa realidad envolvente
tiene una estructura holística: cada cultura (cada esfera cultural)
constituye una totalidad hecha de partes interconectadas, lo que la hace
equiparable a un organismo. La cultura es, por lo tanto, una especie de
matriz, dentro de la cual los hombres se convierten en personas, elevándose
sobre su condición animal, y elevando a unos hombres, cultos, sobre otros que
no han adquirido, o no han adquirido del todo, tal condición (salvajes, bárbaros,
rústicos), permaneciendo próximos a su estado natural. La cultura adopta, así,
un carácter salvífico.
Bueno sostiene que el embrión de esta idea
moderna, metafísica, de cultura objetiva se encuentra ya plenamente
desarrollado en la obra de Herder. Herder parte de una concepción
subjetualista de la cultura, pero, al situarla en una perspectiva histórica
(que como tal es supraindividual, suprasubjetiva), habría alcanzado a
presentarla bajo un aspecto objetivo. De modo tal que la cultura ya no es solo
fruto de un aprendizaje, mediante el cual los individuos aspiran a lograr
ciertos fines, sino que los propios individuos son configurados dentro de un
proceso educativo que los envuelve, que es histórico, que les antecede y les
sucede (y al que Herder llama tradición).
Esta modelación del hombre se da dentro de
ciertos círculos o esferas culturales, que constituyen las distintas
culturas. A través de esas diversas culturas se desarrollará finalmente una cultura
humana universal. Aunque Herder considera que no todas las culturas son
iguales, ni contribuyen de igual manera al desarrollo final de esa cultura
universal, reservando, para ello, un papel destacado a la cultura germánica.
Tras Herder, Fichte también concibe la
cultura como un todo envolvente (como cultura objetiva), dentro del cual se
configura lo humano. Pero identifica esa cultura, ese todo envolvente, con la
cultura europea, ya dada, y susceptible de ser transmitida a aquellos
individuos que se hallan en estado infantil o salvaje. Como novedad introduce
la tesis de que esa cultura solo puede configurar a los individuos a través del
Estado (con él aparece el mito del «Estado de cultura»). Fichte acabará
postulando la construcción de una república universal de los hombres cultos
para cuyo advenimiento reserva un papel dirigente a la nación alemana.
En Hegel también se da una transición
de la cultura subjetiva a la cultura objetiva. Pero ahora la cultura subjetiva
aparece desde el principio en un entorno envolvente, como un momento de la
cultura objetiva. Previo al desarrollo de una cultura objetiva solo hay
naturaleza, que para Hegel es lo no espiritual, lo no libre. Solo a través de
la cultura objetiva (el sistema del derecho o Estado, la moralidad, la
eticidad), puede algo, una sustancia, hacerse sujeto, espíritu libre.
Finalmente, el espíritu objetivo se determinará como Espíritu Absoluto,
a través de los modos del arte, la religión y la filosofía. Pero esos modos
solo son operativos a través del espíritu de un pueblo, que cristaliza en el Estado.
De modo que, en cada momento histórico, habrá un pueblo, un Estado, que
represente el espíritu universal, el proceso real del Espíritu Absoluto. Y ese
espíritu universal estaría encarnado, en ese momento, en Alemania (en el Estado
alemán).
***
Trataremos de explicar, ahora, por qué la Idea
metafísica de cultura objetiva surgió en la filosofía alemana del siglo XVIII,
por qué no pudo surgir antes; y, partiendo del supuesto de que nada puede
surgir de la nada, desde dónde, y mediante qué procesos, surgió.
(1) Bueno sostiene que la idea de cultura
objetiva no pudo surgir en el mundo antiguo porque aquellos materiales o ideas
afines que podrían entrar en su constitución (técnica, poesía, leyes -en el
mundo griego-, latinitas, urbanitas -en el romano-) fueron pensadas
desde una perspectiva naturalista.
Así, los instrumentos fueron concebidos, o
bien como fruto de un desarrollo natural (a semejanza de las telarañas o los
nidos), o bien como concesiones de los dioses para completar las precarias
dotes naturales humanas. Y se explicaba el desarrollo de las artes no
estrictamente instrumentales (lo que hoy llamaríamos artes) por la imitación (mímesis)
de la naturaleza. Cuando aparecen referencias a ciertas estructuras envolventes
(por ejemplo, cuando Platón, en el Critón, sostiene que las leyes son anteriores
a los individuos, o, de modo similar, cuando Aristóteles, en la Política,
sostiene que el Estado es anterior a los individuos), tales estructuras fueron
asimiladas a aquellas que unen a los enjambres o a los rebaños.
(2) En el mundo medieval la Idea de cultura
objetiva estuvo bloqueada por la Idea de Gracia, convertida por Pablo de Tarso
en elemento esencial de la teología cristiana. La gracia es un conjunto de
virtudes o dones ofrecidos gratuitamente por Dios a los hombres para que estos
puedan salvarse. Aunque, con el tiempo, también aparecerá asociado a la gracia
todo el entramado material, extrasomático (libros revelados, templos), que
configuran la vida eclesiástica, dentro de la cual, y solo dentro de la cual, los
hombres pueden ser «elevados» al «estado de gracia». Es «la gracia de
Dios la que hace que podamos creer, querer, desear, esforzarnos …» (se dice en
el Concilio II de Orange citado por Bueno). Se muestra, pues, aquí, el «reino de la gracia» como un todo envolvente que
determina los contenidos de la «cultura subjetiva» (las creencias, los deseos,
etc.). El «reino de la gracia» aparece, también, como opuesto al «reino de la
naturaleza», pues la naturaleza es el ámbito de la caída, de la cual el ser
humano solo podrá elevarse mediante la gracia.
Mientras el «reino de la gracia» ocupe este
espacio envolvente, que determina lo humano, estará cerrado el paso al
desarrollo de una idea de cultura objetiva (de modo similar a como en el mundo
antiguo este paso estaba cerrado por la remisión de lo que luego serían
materiales culturales a la naturaleza humana).
Pero la aparición de un nuevo elemento social
(a consecuencia de los cambios tecnológicos, económicos, etc.) provocará la
transformación de ese «reino de la gracia» en otra cosa. Ese nuevo elemento es
la nación política.
***
El concepto de nación política surgirá en el
mundo moderno, tras la Revolución francesa. En la Edad Media no había Estados
nacionales y el concepto de nación tenía un carácter antropológico (lo que
Bueno denomina nación étnica). Paralelamente nos encontramos con formas
artísticas, religiosas, políticas, etc., de carácter supraestatal (superpuestas
a los diferentes reinos), que son, en gran medida, herencia de la antigua
«cultura» romana y que se transmiten a través de las instituciones eclesiásticas
internacionales, las instituciones vinculadas a la Iglesia católica. (Podemos
citar entre estos elementos supraestatales al cristianismo, el latín, el
derecho romano, e incluso los estilos arquitectónicos).
Pero el desarrollo de los Estados
nacionales trastocará este estado de cosas. La reforma protestante, con las
nuevas iglesias vinculadas a los nacientes Estados nacionales, propicia la
fragmentación de la Iglesia cristiana de Occidente. Los descubrimientos de
nuevas tierras y sus fuentes de riqueza, vuelcan a los Estados europeos al
desarrollo de proyectos propios cada vez más diferenciados e independizados de
ese magma común que fueron la cristiandad medieval o la latinitas de los
humanistas del Renacimiento. Esta reorientación de los Estados hacia sus
propios proyectos favoreció, también, la eclosión de las lenguas nacionales.
Pues, aunque hablar una lengua es algo que comparten todos los seres humanos,
las diversas lenguas permiten crear círculos diferenciados e incomunicados
entre sí (cosa que no sucede con ningún otro elemento «cultural», que puede ser
«disfrutado», en principio, universalmente). Por esa razón, coincide con el
interés del Estado favorecer el desarrollo de esas lenguas, que cerraban la
posibilidad de comunicación a sus ciudadanos con los habitantes de otros
Estados, «a los que volvían la espalda», orientando la concentración del
interés en los proyectos propios (en conflicto, frecuentemente, con los de los
Estados vecinos). Y tras la lengua nacional se desarrollará toda una cultura
nacional (literatura, filosofía, discursos religiosos, etc.).
La confluencia de todos estos complejos
procesos facilitará el surgimiento de la idea moderna de nación, la Idea de nación política. Se puede
decir, por lo tanto, que la nación política surge en el seno de un Estado ya
dado, que favorece la identidad nacional como instrumento para crear una
convergencia de intereses (esto es, es el Estado el que crea la nación).
Sin embargo esta eclosión de lenguas y
culturas -e incluso variantes religiosas- nacionales, será ideológicamente
reinterpretada como la expresión del espíritu de los pueblos, reprimido
hasta entonces por los poderes autoritarios de los reyes, los nobles o la
Iglesia. Y del mismo ideológico modo se interpretará la creación del Estado
como una secreción de la nación (se dirá que la nación es previa al Estado).
A partir de este proceso comienza a fraguarse
el concepto moderno de cultura. El arte, la literatura, la filosofía,
etc., serán interpretados como la expresión del espíritu de un pueblo. (Cuando
la verdad es, dice Bueno, que «la “matemática francesa”, la “música alemana”,
la “pintura española”, o la “física inglesa” […] no eran otra cosa sino […] el
desarrollo de un patrimonio común, que procedía de la Edad Media, de Roma, de
Grecia, y que tenía fuerza suficiente para asimilar […] lo más valioso de las
“culturas” de los pueblos recién descubiertos en América, en África, o en
Asia»).
En conclusión: la Gracia era ese todo
envolvente que elevaba al hombre por encima de su condición (de ser caído), y
le concedía una dignidad propia. Pero con el triunfo de los Estados nacionales,
la Idea del Pueblo de Dios deja paso a la Idea de la Nación, la Iglesia (=
asamblea) será sustituida por las nuevas Asambleas constituyentes, el Espíritu
Santo dejará paso al Espíritu del Pueblo (el Volkgeist). El Reino de la
Gracia se eclipsa, y de ese eclipse surgirá el Reino de la Cultura.
&5
Clasificación de las diversas acepciones de la
Idea de cultura objetiva
desde una perspectiva ontológica
Como hemos visto, en el seno de la filosofía
alemana se engendrarán diversas concepciones de la Idea de cultura objetiva.
Pero, al margen de la filosofía alemana, surgirán también otras concepciones de
esta Idea. Por eso, para continuar con el análisis propuesto, será conveniente
desarrollar un sistema que permita organizar y clasificar todas las posibles
concepciones de la Idea de cultura. (Recordemos, siguiendo a Bueno, que toda
crítica implica definir y clasificar). Esta clasificación se puede llevar a
cabo desde una perspectiva ontológica o gnoseológica.
Partiendo de una perspectiva ontológica
podemos clasificar las acepciones de la Idea de cultura a partir de las relaciones que esta pueda mantener con otras ideas
ontológicas, que serán las de la ontología especial clásica: Dios, Mundo
(Naturaleza) y Alma (Hombre).
En la «época
teológica» todo se resuelve en Dios (los libros sagrados se escriben
por inspiración divina, las lenguas son creación de Dios como castigo por la
Torre de Babel, las leyes morales, fundamento de todas las leyes, han sido
reveladas por Dios, etc.). De modo que, en esta época, esos contenidos todavía
no figuran como formando parte del «reino de la cultura».
En la época
moderna los contenidos que acabarán englobados bajo la denominación de
cultura se conforman en relación con la Idea de naturaleza o la Idea de hombre.
Cuando la cultura se configura en relación con
la naturaleza aquella aparece concebida de dos modos: (1) Como una creación
emergente que brota de la naturaleza, pero que resulta irreductible a los
procesos naturales (esta actitud es designada por Bueno como «espiritualismo
de la cultura»). (2) Como un proceso enteramente natural, inmerso en
la naturaleza (esta actitud es designada por Bueno como «materialismo de la
cultura»).
Cuando la cultura se configura en relación con
el hombre aparecen tres alternativas: (a) Alternativa humanista:
la cultura se identifica con el hombre. (b) Alternativa no-humanista, o antihumanista:
la cultura aparece separada del hombre, como algo por encima o por debajo del
hombre. (c) Alternativa praeter-humanista: la cultura mantiene una zona
de intersección con el hombre.
Combinando las dos series de alternativas
tenemos las siguientes posibilidades:
(1a) Espiritualismo humanista. Hay una
identidad de la cultura, o el espíritu, con el hombre. El hombre se define por
su capacidad creadora, como creador de cultura, proceso a través
del cual se realiza como ser humano. De modo que la cultura constituye, para el
hombre, una segunda naturaleza. Dentro de esta concepción sitúa Bueno a Herder,
Fichte, Dilthey, Max Scheler, Cassirer, etc.
(1b) Espiritualismo no-humanista. La
cultura es una creación humana, pero trasciende lo humano; de modo que
constituye un mundo más elevado, situado por encima de las miserias
humanas. Como representantes de esta actitud señala Bueno al romanticismo
alemán en general, y más en concreto a personajes como Novalis, Wagner, Kerler,
Hartmann, e incluso Heidegger. Pero el representante más destacado de esta
posición es Leo Frobenius, creador del concepto de paideuma.
(1c) Espiritualismo praeter-humanista.
La cultura es concebida como una creación del espíritu, pero que se identifica
solo parcialmente con el hombre. Caben dos posibilidades: (i) No siempre ha
creado cultura el hombre: la línea divisoria estaría en este caso entre la
prehistoria -donde no ha amanecido todavía el espíritu-, y la historia. (ii) No
todas las comunidades humanas crean cultura: solo las sociedades civilizadas
acceden a la creación espiritual (frente a las sociedades salvajes o bárbaras),
o solo determinadas razas, o clases sociales, son creadoras de cultura (frente
a otras razas, o clases, que solo pueden imitar o absorber, en el mejor de los
casos, lo creado). El representante más señalado de esta posición, a juicio de
Bueno, es Hegel.
(2a) Materialismo humanista. Esta
posición se caracteriza por tres rasgos: (i) La cultura se explica a partir de
su sustrato material. (ii) El ser humano es concebido como un animal cultural.
(iii) La defensa del armonismo entre cultura y naturaleza y entre las
diversas culturas. (Armonismo que acaso se encuentra en ciertos estadios
primitivos de desarrollo, donde la vida humana transcurre insertada en las
condiciones ecológico-biológicas de la existencia, y sometida inexorablemente a
esas condiciones, pero que es insostenible en aquellas culturas que han
alcanzado una expansión universal). Como representantes de esta actitud señala
Bueno a una considerable cantidad de antropólogos de tradición anglosajona,
tales como Morgan, Tylor, Boas, Radcliffe-Brown, Malinowski, etc.
(2b) Materialismo no-humanista o
antihumanista. En este caso se parte de una incompatibilidad entre
hombre y cultura, que puede adquirir dos formas: (i) La defensa del hombre
frente a la cultura opresora. Como ejemplos de esta actitud podemos señalar a
los cínicos del mundo antiguo, a los ascetas cristianos, a las teorías del buen
salvaje en el mundo moderno, o al «reduccionismo zoologista» practicado por
ciertos antropólogos como Desmond Morris. (ii) La defensa de la cultura frente
a la degradación a la que le somete el hombre. La cultura es concebida, en este
caso, como un fin superior al de la propia vida humana. Como ejemplos de esta
actitud pone Bueno a Oscar Wilde, quien sostiene que el socialismo tendrá
sentido solo en la medida en que pueda crear las condiciones para el desarrollo
del arte y de la cultura.
(2c) Materialismo praeter-humanista. En
este caso la cultura no aparece separada totalmente del hombre ni totalmente
identificada con él. Así, en algunos textos de Marx la cultura es entendida
como algo que el hombre produce al margen de su voluntad (de modo que,
aunque la cultura es un producto del ser humano, este no está totalmente
comprometido con su producción), o que es producido por un ser humano alienado,
aun no plenamente humano. Por otro lado, el materialismo de Marx aparece
reflejado en la tendencia de este a sustituir el concepto espiritualista de
creación por el de producción (a través de la cual el hombre no solo
crea objetos externos a sí mismo, sino que también se produce a sí mismo). Otro
defensor de una concepción materialista y praeter-humanista de la cultura
sería, según Bueno, Sigmund Freud.
&6
La Idea de cultura objetiva desde una
perspectiva gnoseológica:
el intento de desarrollar una ciencia de la
cultura
Nos enfrentaremos ahora con la Idea de Cultura
desde una perspectiva gnoseológica. En este caso las distintas
acepciones de cultura se nos hacen presentes al relacionarla con ciertas
disciplinas (historia del arte, lingüística, economía, sociología, etc.) «que
trabajan sobre el material antropológico». Desde esta perspectiva hay dos vías
de acercamiento a la cultura:
(1) La vía pluralista: el material
antropológico (cultural) aparece constituido por contenidos
singulares (idiográficos), no sometidos a reglas (una civilización, una lengua
-en tanto que es esa lengua singular-, un estilo artístico, una forma
religiosa). Pero estos contenidos se dan organizados en campos
independientes (arte, política, religión, economía), que son objeto de diversas
ciencias. Estas ciencias tienen como referencia, sobre todo, los valores,
que acabarán desempeñando la misma función que las leyes en las ciencias
nomotéticas. Por eso las ciencias culturales buscan la comprensión (que
Bueno entiende como fruto de un proceso intuitivo) frente a la deducción,
explicación o inducción, propias de las ciencias formales y naturales.
(2) La vía unitarista: parte de que todos los contenidos culturales
son susceptibles de ser agrupados en una única ciencia, que podríamos denominar
«ciencia de la cultura» o «antropología cultural» (como es frecuente en la
tradición anglosajona). Tal suposición
podemos fundamentarla en la propia definición de cultura de la que hemos
partido: aquella que la entendía como un «todo complejo».
Ahora bien, el todo complejo cultural puede
ser organizado bajo dos tipos de
«todos»: un todo atributivo, constituido por cada esfera cultural, compuesta de diversos rasgos (tipo de vivienda,
herramientas, estructuras religiosas, formas de parentesco, etc.); y un todo
distributivo, compuesto por las diversas
esferas culturales (cultura egipcia, cultura tolteca, cultura chavín, etc.)
que constituyen la totalidad de la cultura. Por lo que será necesario unificar
ambos todos para que se pueda hablar de «una» ciencia de la cultura. Para ello
será preciso representarlos en una matriz
que estará organizada en forma de un rectángulo dividido en filas y columnas
que se cruzan (como la expuesta en Etnología y utopía, véase 6.2., &3). De modo que en
las cabeceras de las filas pondremos a las distintas esferas culturales (que
configuran el todo distributivo), y en las cabeceras de las columnas las
distintas categorías culturales (que configuran el todo atributivo).
Pero esto platea dos tipos de problemas:
(1) El de establecer un patrón que nos permita
encontrar los rasgos o partes que han de encabezar las columnas. Pues no será
lo mismo emplear para este encabezamiento «piano», «instrumentos de cuerda»,
«instrumentos musicales» o «música». Estos rasgos o partes deben ser
suficientemente generales para que corten todas las filas; es decir, que se
encuentren en las diversas esferas culturales, aunque puedan aparecer bajo
modalidades diferentes en unas y en otras. (Sin duda no encontraremos la
institución «piano» en todas las esferas culturales, pero sí «instrumentos
musicales»).
(2) El de establecer sí esas categorías serán
partes constitutivas de las diversas esferas culturales en un sentido esencial
o partes halladas empíricamente, fenoménicamente (algo así como,
empleando una expresión de Marvin Harris, un «listado de lavandería»).
Estos problemas están interconectados entre sí
y no son independientes de la finalidad que quiera darse a la organización de
las partes atributivas de las esferas culturales. Si el objetivo es de tipo
clasificatorio, taxonómico, tal como puede ser empleado en la etnografía (o, en
general, en la etnología o antropología etnológica), una buena «lista de
lavandería» puede ser útil y suficiente. Pero si el objetivo es teórico, propio
de la ciencia de la cultura o de la filosofía de la cultura, entonces parece
necesario encontrar un sistema de categorías esenciales.
***
Pues bien, desde una perspectiva gnoseológica,
el problema de la unidad atributiva de las partes de la cultura se solapa con
el problema de la constitución de las categorías culturales.
Ahora bien, las categorías, entendidas como categorías
sistemáticas, implican que haya una estructura que conecte a todas las
partes. (Recordemos que una categoría sistemática es aquella vinculada a
un tipo de totalización distributiva en la que las partes -que tienen el
carácter de partes sistáticas- son heterogéneas y no se codeterminan, sino que
comparten algún rasgo en virtud del cual forman parte de esa totalidad. Como
ejemplo podemos señalar la categoría de «poliedros regulares». Una categoría
sistática es aquella vinculada a un tipo de totalización atributiva en la
que las partes mantienen entre sí relaciones de codeterminación -causal o
estructural- en virtud de una ley interna. Un ejemplo podría ser la categoría
de «octaedro»).
Siguiendo, una vez más, lo expuesto en la Teoría
del Cierre Categorial, las categorías sistemáticas vendrían dadas en el
momento de constituirse una ciencia, que acota y organiza un campo (no podemos
partir de las categorías para constituir una ciencia, sino que es la
constitución de una ciencia la que nos da una categoría sistemática). Sin
embargo, las categorías culturales no se ciñen a una esfera cultural, sino que
atraviesan las diversas esferas. Así por ejemplo, podemos tomar como elementos
de la cultura humana, como instituciones o categorías sistáticas suyas, vocales
abiertas, vocales cerradas, consonantes dentales, etc., que se integran en
instituciones complejas o categorías sistáticas más amplias, tales como
sílabas, sintagmas, que se integran en la categoría sistemática que llamamos
«lingüística» (configurada al desarrollase la ciencia lingüística). Pero la
categoría «lingüística» no se circunscribe a una esfera cultural (por ejemplo,
al griego ático, dentro de la cultura griega). Sino que aquellas estructuras
que forman parte de la ciencia lingüística, y en la medida en que son
estructuras de esa ciencia, atraviesan todas las esferas culturales, al mismo
tiempo que establecen una diferencia, una exclusión, con otras categorías que
también atraviesan las esferas culturales. (La lingüística incluye entre sus
materiales al griego ático, el latín medieval, el sistema vocálico del
castellano, etc., y excluye el origen y la organización política de Atenas, los
conflictos medievales entre el imperio y el papado, o la Guerra de sucesión
castellana). De este análisis se desprenden dos conclusiones:
(1) Las partes atributivas de una cultura se
insertan en las grandes categorías universales (lingüística, ciencia política,
historia, etc.) y no en una esfera cultural dada. No existe, por lo tanto, una
ciencia para cada esfera cultural (la egiptología o la sinología son en
realidad un conjunto de ciencias).
(2) Como cada categoría excluye a otras
categorías obtenidas de las partes atributivas de las culturas (se produce un
cierre categorial), estas categorías tampoco unifican atributivamente las
diversas esferas culturales. No existe, por lo tanto, una ciencia de la cultura
universal entendida como el conjunto de las esferas culturales.
&7
El aspecto práctico de la Idea de cultura: la
cultura como una idea-fuerza
Analizaremos ahora la idea de cultura bajo su aspecto práctico, en
tanto que «idea fuerza» (idea que lleva asociada una carga valorativa,
de carácter meliorativo, capaz de mover voluntades e impulsar la acción).
La cultura como idea práctica ejerce su función en cuatro frentes:
(1) Entendida como «cultura humana». En este caso la cultura aparece
como un atributo del género humano. Las revoluciones copernicana y
darwiniana destronaron al hombre del lugar esencial que este se había atribuido
en el cosmos y en el seno de la creación. En consecuencia, hubo un intento de
restituir esa primacía bajo el supuesto de que el ser humano es el único
poseedor de razón o de sentimientos. El descubrimiento de que también otras
especies animales poseen razón y sentimientos llevó al intento de encontrar un
lugar privilegiado para el ser humano (que restaurase su perdida dignidad) en
otro sitio: haciendo de él un ser cultural, el ser cultural por excelencia.
(2) Entendida como «cultura étnica». Desde esta caracterización de
la cultura se gesta el concepto de «identidad cultural». Esta expresión
aparece en el origen de todas las reivindicaciones orientadas a preservar, o
restablecer, la identidad cultural de un grupo, para lo cual se reivindica, con
frecuencia, la creación de un Estado al servicio de esa identidad cultural o la
intervención de un Estado ya constituido.
(3) Entendida como «cultura de clase». En este caso, se suele
reivindicar, por ejemplo, el derecho de los trabajadores a adquirir la cultura
de las clases dominantes. El «derecho a la cultura» se convierte, para los
trabajadores, igual que lo fue para la burguesía, en el derecho a disponer de un
medio de ascenso social.
(4) Entendida como «idea gnoseológica». La cultura universal
(entendida ahora como el conjunto de culturas) es reivindicada por los
antropólogos culturales como campo de investigación científica; frente a otros
gremios (sociólogos, psicólogos) con los que pueden plantearse conflictos de
intereses.
&8
Análisis del concepto de identidad cultural:
la acepción ideológica y morfodinámica de la
identidad cultural
Someteremos, ahora, a análisis el concepto de «identidad cultural»
(entendida como la identidad de una esfera cultural: cultura tolteca, turkana,
vasca, etc.). De este concepto se puede hacer un uso positivo (atenido a los
hechos, etnográfico) o ideológico.
Cuando se hace un uso ideológico de la identidad cultural, esta aparece
implícitamente asociada a «un tronco que emerge desde el fondo del tiempo y
cuya conservación es valiosa en sí misma».
Pero, tras esa idea de apariencia simple, encontramos una diversidad de
significados que permanecen ocultos, confusos, de ahí su carácter de mito
oscurantista.
Comenzaremos analizando el propio concepto de «identidad», implicado
en el sintagma «identidad cultural». Una identidad puede ser sintética o
analítica, esquemática o sistemática. Ya hemos explicado la diferencia entre
las dos primeras modalidades en el apartado 5, & 6. Las identidades
sintéticas esquemáticas (también
llamadas esquemas de identidad o configuraciones) son el resultado
de operaciones que se desarrollan en un progressus, como unidades
sinalógicas (esto es, manteniendo un vínculo de continuidad, contigüidad o
causalidad) o se construyen en un regressus. Por ejemplo la
configuración circunferencia, concebida como la operación recurrente de trazar
arcos sucesivos. Están en el origen de los contextos determinantes. Las identidades
sintéticas sistemáticas son unas relaciones o identidades proposicionales
(aunque implican operaciones). En ellas residen las verdades científicas.
Presuponen contextos determinantes. Se establecen a partir de términos
diversos, vinculados por sinexión (esto es, mediante un vínculo necesario entre
tales términos), a través de la identidad. Ejemplo: S =
πr2.
Daremos por sentado aquí que la identidad cultural de un pueblo solo puede
ser concebida como identidad sintética (entre otras cosas porque, como
ya hemos mostrado en el apartado 5, la identidad analítica es un caso límite de
la sintética), y que tiene que ser concebida además como una identidad
sintética sistemática (puesto que las identidades culturales presuponen una
variedad de esquemas de identidad, tanto de naturaleza objetual
-instituciones, ceremonias- como subjetual -la identidad del pueblo, de la
nación, etc.-).
Una identidad sintética puede
adoptar dos modulaciones: la sustancial y la esencial. (Una identidad
sustancial es aquella, propia de una cosa, que, por así decir, la
identifica consigo misma. En El mito de la cultura Bueno ilustra este
tipo de identidad con el siguiente ejemplo: «fue “el mismo oso” quien mató a
las tres vacas». Una identidad esencial es aquella propia de una clase de cosas. Bueno ilustra este tipo de
identidad con el siguiente ejemplo: «la piel de este oso tiene “la misma
textura” que la de este otro oso»).
Quienes hablan de la
identidad cultural de un pueblo suelen estar apelando a su identidad sustancial. Esa identidad, al igual que la de un organismo
individual, se mantendría aun a través de los cambios, que dejarían invariantes
a sus contenidos formales, en una permanente vuelta a las raíces.
Esta manera de
concebir la unidad o identidad del todo complejo que constituye una cultura
representa una posibilidad extrema, frente a la cual se situaría otra posibilidad
extrema: la de concebir la identidad o unidad de ese todo como un mero agregado de partes. Pero ambas posibilidades son cuestionables:
concebir la unidad del todo como la propia de un agregado es tanto como decir
que no hay unidad alguna; pero concebirla como la propia de un organismo parece
algo desproporcionado. Frente a ambas posturas extremas Bueno considera que la
identidad cultural puede ser considerada positivamente, de forma no ideológica,
como un sistema morfodinámico (que analizaremos más adelante).
***
La concepción
ideológica de la identidad cultural adquiere finalmente la forma de lo que
Bueno denomina «megarismo de las culturas».
Toma este nombre
partiendo de una supuesta deriva de los filósofos megáricos antiguos, quienes,
influidos por Sócrates, Parménides y Platón, habrían defendido la existencia de
«un reino de esencias inmutables, inconmensurables e incomunicables entre sí».
De modo similar, en el siglo XX se impone la concepción de una multiplicidad de
culturas que estarían determinadas, cada una de ellas, por su propia forma o esencia invariable, y en pie de igualdad con cualquier otra. Ese
megarismo se ve reforzado por la asociación, especialmente a partir de la
segunda mitad de ese siglo, de la identidad cultural con la etnicidad.
Los términos etnia y
etnicidad han sido desarrollados por la antropología cultural, que se adjudica
la tarea de identificar y demostrar la realidad de las diversas identidades
culturales. Pero, con el tiempo, esa identidad étnica dejará de ser un mero sistema
clasificatorio de etnotipos (encontrados en una labor de campo, a efectos de estudio),
y acabará convertida en un producto ideológico: el producto de unos grupos que
actúan sobre una población sometida a su influencia a la que convencen («conciencian»
es la palabra con la que suelen describir esta acción) de su pertenencia a un
grupo étnicamente definido. De este modo se establece una conexión entre etnicidad
e identidad: el grupo étnico se convierte en una categoría de adscripción e identificación. Uno se reconoce de un grupo étnico en función de una identidad básica supuestamente determinada por su origen y
formación (por su identidad genético-cultural).
Lo que conocemos
como relativismo cultural sería una variedad o consecuencia de ese megarismo cultural. El
relativismo surge como una corrección del etnocentrismo (supuestamente europeo,
lo que históricamente es falso, pues se encuentran manifestaciones etnocéntricas
en las más diversas culturas de todos los continentes) que hace de la propia
etnia (de la propia identidad cultural) el sistema de referencia en base al
cual se juzgan las demás. Frente a esto, los relativistas sostienen que cualesquiera
otras culturas tendrían el mismo derecho a erigirse en referente (cosa que con
frecuencia ya hacen de hecho) con lo que quedaría neutralizado el etnocentrismo
(y especialmente el etnocentrismo europeo o eurocentrismo).
Pero el relativismo
permanece preso del megarismo cultural, pues renunciar al etnocentrismo no
significa renunciar a la etnicidad: si partimos de que el etnocentrismo es relativo a cada cultura es
precisamente porque hacemos de la etnia (de la identidad cultural, o
genético-cultural, que constituye la etnia) un valor absoluto. De ese modo, el
relativismo cultural absolutiza todas las esferas culturales: cada cultura se
convierte en una entidad megárica, encerrada en sí misma, inconmensurable.
Frente a esta
posición Bueno sostiene que la identidad cultural no viene dada por un conjunto
de patrones invariantes. Sus contenidos están sometidos a un cambio permanente,
que la transforma siguiendo «ciertos ritmos característicos» y las «interacciones
con otras esferas culturales».
Por eso, cuando
líderes sociales (políticos, religiosos, antropólogos) invocan a la identidad
cultural como principio para apoyar sus estrategias, nos encontramos ante un
discurso ideológico. La identidad cultural es usada como una idea fuerza, al servicio de los intereses de ciertos
grupos que dirigen la visibilidad, conservación o recuperación, de esa
identidad cultural.
***
Ahora bien, rechazar
la concepción megárica (ideológica) de la identidad cultural, convertida en una
esencia invariante y autorreferente, no significa negar la existencia de todo
tipo de identidades culturales. Es posible, como ya hemos señalado, una idea
«positiva» (atenida a los «hechos», no ideológica) de la identidad cultural.
Desde esta
perspectiva, la unidad, e identidad, de una cultura puede ser concebida como la
propia de un sistema morfodinámico; esto es, un sistema cambiante merced a procesos
causales internos o externos al propio sistema, que dan origen a configuraciones
subjetuales, sociales o materiales (esto es, contenidos intrasomáticos, intersomáticos
o extrasomáticos).
En tanto es un
sistema en el seno del cual se producen relaciones de causación, este tiene que
ser cerrado. Pero no permanece
aislado del entorno, en el que pueden aparecer otras esferas culturales. De ese
entorno, que, en el límite, es el planeta entero, obtiene ese sistema
morfodinámico la energía para el mantenimiento de su propia identidad (para su
autosostenimiento).
Se produce así un
sistema de retroalimentación mediante el cual los factores intersomáticos y
extrasomáticos canalizan y moldean las corrientes humanas individuales y
sociales.
Este proceso de
retroalimentación causal es posible porque el sujeto es permeable con respecto
a su medio, la cultura extrasomática se encuentra también incorporada en la
cultura subjetiva (aunque no disuelta en ella). De modo que «las conductas automatizadas
de cada sujeto […] son contenidos objetivos […] para los otros sujetos de su
grupo […]», y a la inversa «las máquinas, los libros, los caminos con sus hitos
y señales, tienen “grabada” la mayor parte de los programas de conducta de los
sujetos, y son, por tanto, componentes internos (causales) de la misma memoria
de los pueblos».
La cultura objetiva
(intersomática, extrasomática) es, dirá Bueno, para la corriente subjetiva
(intrasomática) algo similar a los huesos que se van configurando en el embrión
del vertebrado (y que modelan su proceder). La cultura intersomática y extrasomática
es un componente interno de la cultura global (de la esfera cultural, del todo
complejo), que se configura como una serie de bloques o placas que se forman en
el seno de ese flujo dinámico (morfodinámico) que es una cultura, y que a su
vez pueden orientarla en un sentido o en otro.
Es en esas unidades
morfodinámicas (cuyo dinamismo consiste en una causalidad interna, en una
retroalimentación de las diversas formas, placas o bloques, que la constituyen)
donde reside la identidad cultural (en la medida en que tales unidades
morfodinámicas se mantengan, y no se disuelvan enteramente en otras o se
extingan de otros modos).
&9
La cultura determinada en relación al ser
humano
y la sustancialización de la Idea de hombre
Cuando la cultura
aparece determinada, delimitada, en relación al hombre, podemos encontrar las
siguientes conexiones entre ambos:
(1) Concepciones accidentalistas de la cultura: son aquellas que
consideran que la cultura mantiene una conexión accidental, externa, con el
hombre. Podemos diferenciar dos variantes. (a) La que viene representada por
los cínicos antiguos, que parten
del hombre como lo dado, considerando a la cultura algo prescindible (de la
que, de hecho, se debería prescindir), porque esconde la auténtica esencia
humana. (b) La que viene representada por lo que en nuestros días se conoce
como cultura-aprendizaje: el hombre es pensado como un ser plástico que puede asimilar los diversos
contenidos objetivos de la cultura, que no modifican su esencia. Es una concepción
procedente de la etología y la psicología.
(2) Concepciones esencialistas de la cultura: son aquellas que
consideran que la cultura mantiene una conexión esencial, interna, con el
hombre. Podemos diferenciar también dos variantes: (a) La instrumentalista, que tiene como representantes a Louis Bolk o Desmond Morris. Para esta
variante los contenidos culturales son
instrumentos habilitados por los seres humanos para satisfacer necesidades
internas (que forman parte de su propia naturaleza). Pero a esta concepción se
le puede objetar que las necesidades humanas se desarrollan en función de la
propia cultura, son históricas. (b) La expresionista, que tiene
como representantes destacados a Cassirer y Ortega: Para esta variante la
cultura es la expresión de la naturaleza creadora humana. Concepción que parece
derivarse de la relación que cierta teología (Nicolás de Cusa, Fray Luis de León,
Fray Luis de Granada) encuentra entre Dios y su obra: el «mundo es la
explicación de Dios». Se le puede objetar que, en ese todo complejo que es la
cultura, al lado de formas expresivas se encuentran formas que no expresan nada
(Bueno pone como ejemplo el hipercubo), y al lado de formas admirables (acaso
la ética) se encuentran formas repugnantes (tales como los campos de exterminio
nazis o el gulag soviético).
Desde la perspectiva
del materialismo filosófico todas estas concepciones de la cultura resultan
inaceptables, pues todas ellas parten de una sustancialización de la idea de hombre, como si este estuviese dado con anterioridad a la
cultura.
La teoría de la
evolución nos muestra, por el contrario, que son los precursores homínidos los
que se configuran como hombres a través de la cultura. La dialéctica
naturaleza-cultura reorienta la evolución hacia la actual especie humana. Por
esta razón no cabe sustancializar a la cultura o a la naturaleza, no tiene
sentido enfrentar a la cultura con la naturaleza. Y, por lo tanto, tampoco
tiene sentido plantear la existencia de un hombre natural frente al cual la
cultura sería un artificio prescindible; ni de un hombre elevado por la cultura
por encima de su condición natural.
En ese nuevo orden
natural-cultural encontramos «actividades operatorias normativizadas», que se
acumulan históricamente, y van constituyendo «formas objetivas», que se
concatenan en «círculos culturales». Entre estas formas objetivas, que constituyen
«los nuevos ámbitos de vida de los hombres», aparecen algunas (tales como «la
forma libro, o la forma persona»), que no tienen precedentes en el mundo
animal. Pero esto no supone mayor novedad o «dignidad» que la que pueda suponer
la aparición de una vértebra con respecto a los invertebrados (por lo que su
aparición tampoco justifica una contraposición cultura-naturaleza).
Podemos rematar este
parágrafo, señalando que la cultura objetiva constituye para los humanos algo
similar al entorno natural para otros primates (es eso que viene dado). La
diferencia fundamental entre la cultura humana y otras culturas animales es su
carácter normativo e histórico: el entorno cultural (intrasomático y extrasomático)
en el que viven los humanos hace que la acción de unas generaciones determine
la de las que le preceden; mientras que no sucede lo mismo con el entorno
natural en el que viven los animales
La ley del desarrollo
inverso de las culturas
y el desbordamiento de
la disyuntiva naturaleza-cultura
Vamos a analizar
ahora las relaciones entre las esferas culturales (las culturas globales: bosquimana, zapoteca, ainu, etc.) y las categorías culturales (las culturas específicas: cultura musical,
agrícola, etc.). De este análisis concluirá Bueno una «ley del “desarrollo
inverso” de las esferas y las categorías culturales».
Para el análisis de
estas relaciones echará mano de la matriz ya empleada con anterioridad en el
análisis del todo complejo (véase 6.2. &3). Pero, dado que lo que se
tratará de mostrar ahora es el dinamismo cultural (que puede conducir de lo
particular a lo universal) tendremos que poner esa matriz en movimiento.
Para lograr ese
objetivo, la matriz empleada se desdoblará en dos, que representarán el estado
inicial y el estado final de la dinámica cultural, pero partiendo ya de
culturas humanas constituidas (no de culturas homínidas).
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𝕿 T |
1 |
2 |
3 |
… |
n |
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𝕿 T |
a |
b |
c |
… |
k |
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I |
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A |
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II |
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B |
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… |
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DCXX |
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P |
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Estado inicial Estado
final
En el estado inicial
las líneas transversales, que separan una esfera cultural de otra, aparecen
llenas (la separación es clara, plena), mientras que las líneas longitudinales
aparecerán punteadas (la separación entre categorías es inexistente o poco clara).
En el estado final la matriz se habrá invertido, las líneas trasversales
aparecerán punteadas (ya no hay separación entre esferas culturales, su
identidad diferencial se habrá diluido), mientras que las líneas longitudinales
aparecerán llenas (lo que indica que las categorías están plenamente
diferenciadas). Estos dos cuadros matriciales representan, lógicamente, los
puntos extremos de esa transformación cultural, entre los cuales cabe postular
un número indefinido de estados.
En el estado inicial las
culturas humanas se encuentran distribuidas por determinadas zonas de la
superficie terrestre, siendo «independientes “termodinámicamente” entre sí» (lo
que quiere decir que no dependen unas de otras para la obtención de la
«energía» precisa para su mantenimiento, aun cuando puedan mantener relaciones
de diverso tipo entre sí). Tales esferas culturales (concebidas como sistemas
morfodinámicos) persisten como tales merced a su adaptación biológico-ecológica
al medio; por lo que la cultura será entendida aquí como un concepto ecológico.
Los contenidos de estas culturas en su estado inicial, sus categorías, que
ocuparán los espacios longitudinales de la matriz, se dan a escala
operatoria humana; esto es, a escala de las operaciones realizadas con sus
manos. Por esa razón, la diferencia entre esas líneas será escasa. Esto quiere
decir que cualquier miembro de esa cultura podrá ejecutar cualquiera de sus
contenidos objetivos (tales como cazar, encender y mantener el fuego, construir
cabañas, guerrear).
Las esferas culturales tienden al equilibrio dinámico, lo que
implica que hay una tendencia en las culturas a mantener su «identidad». (Este
equilibrio dinámico puede entenderse por similitud con el de un río, que se
mantiene siendo «el mismo río» mientras se renueva continuamente el agua que lo
constituye. El cauce sería en esta analogía el equivalente al entorno).
Las variaciones aparecen como consecuencia del enfrentamiento con otras culturas,
los cambios demográficos o los producidos en el medio. Estas variaciones dan
origen a un desarrollo multilineal, esto es, diversificado (de modo
similar a como de un mismo tronco de vertebrados evolucionan las aves y los
mamíferos). No es aceptable, por lo tanto, la tesis de que las culturas siguen
un mismo patrón de desarrollo (de modo que las diferencias vendrían dadas sobre
todo por encontrarse en una fase posterior, «más avanzada», o anterior, «menos
avanzada»). Pero tampoco es aceptable la tesis que supone a las culturas
incomparables (la concepción megárica, relativista, de las esferas culturales
que hemos expuesto anteriormente). La comparación se realiza en la práctica, en
forma de conflictos entre culturas, donde algunos componentes de unas pueden
dar una ventaja frente a otras en según qué contextos. (Así, pese a los
singulares desarrollos de la cultura mexica en los campos de la orfebrería, la
arquitectura o ciertos tipos de cultivo, no pudo competir con la cultura
española, que traía consigo, entre otras cosas, la domesticación de los grandes
animales, el carro, las armas de fuego, o la concepción esférica de la Tierra,
esencial para cruzar los océanos y explicar racionalmente el encuentro de pueblos
imprevistos).
Cuando las esferas culturales se organizan en Estados sus variaciones toman
la forma de dinámica histórica. En las sociedades estatales aparece la división
del trabajo, con la formación de profesionales dedicados a su especialidad
a tiempo completo. Aparecen, entonces, elementos nuevos que forman parte de la
cultura objetiva (elementos extrasomáticos). Estos elementos producidos se
vuelven cada vez más complejos e independientes de las operaciones que están en
su origen (se alejan de la escala operatoria en la que se desarrollaban los
contenidos en su estado inicial). Con lo que también se diferencian cada vez
más unos de otros. Esto produce una reorganización de los componentes de las
líneas longitudinales de la matriz. Estas líneas longitudinales se irán
cerrando, sus elementos o procesos ya no serán intercambiables.
El límite en este proceso de diferenciación es el estado final de la
matriz. Las diversas culturas aparecen entonces refundidas en una única cultura
universal, constituida por componentes (categorías) que se han ido
diferenciando de las operaciones que les dieron origen, y, por lo mismo,
capaces de extenderse por encima de las diversas esferas culturales. Así, por
ejemplo, la música, que comienza teniendo un carácter adjetivo (vinculada a
ciertas representaciones religiosas, al baile, etc., propios de diversas
esferas culturales), acabará adquiriendo un carácter sustantivo, exento,
constituyendo un mundo musical puro, que se desarrolla al margen de su conexión
con cualesquiera otros elementos y que, por ello mismo, se expande sobre
cualquier esfera cultural. O, con otro ejemplo, ciertos procedimientos de
agrimensura desarrollados en el Antiguo Egipto o en ciertas zonas del Indo, acabarán
transformados en teoremas geométricos, y constituyendo finalmente la geometría
como categoría que sobrevuela cualquier esfera cultural.
Este proceso responde, según Bueno, a lo que denomina «ley del
desarrollo inverso de la evolución cultural», que simplificando, dice lo
siguiente: «la cultura, entendida como todo complejo, evoluciona de modo que el
grado de distribución de sus diversas “esferas” disminuye en proporción inversa
al grado de atribución constitutivo de sus categorías». Esto es, a medida que
los elementos constitutivos de la cultura, sus «categorías», se hacen complejos
y se organizan diferenciándose de otros elementos constitutivos, de otras
«categorías», el número de esferas culturales disminuye.
***
De esa ley del desarrollo inverso se desprende que la propia idea de
cultura genera sus límites internos. La cultura es lo que el hombre
produce haciendo uso de su capacidad de operar en el mundo. Pero que ciertas
relaciones tengan su origen en operaciones humanas no implica que la
«estructura» de tales relaciones sea «humana» (y, por lo tanto, cultural). Que
medien operaciones humanas tras la formulación del teorema de Pitágoras no
quiere decir que las relaciones entre los lados de un triángulo rectángulo sean
humanas; tienen un carácter necesario del que queda segregada toda
subjetualidad. (Y de esa relación queda segregada, igualmente, toda esfera
cultural: la geometría no es griega, ni árabe, ni occidental, ni oriental, ni
forma parte de la «cultura universal» -porque toda cultura es siempre una
cultura concreta-).
Tenemos así que tras toda construcción cultural (de la cultura entendida en
sentido objetivo) hay un tránsito desde los contenidos subjetuales a los
contenidos objetivos (por ejemplo, de las operaciones del geómetra con la
escuadra y el cartabón al teorema de Pitágoras). Pero, en muchas ocasiones, las
operaciones humanas solo tienen la finalidad de exhibir una estructura de la
que son segregables tales operaciones. Estructura que está, por lo tanto, al
margen de las operaciones humanas. Por lo que cabe preguntarse si tiene sentido
seguir denominando a tales estructuras productos culturales. Tal sucede con los
productos de las ciencias físicas, biológicas o matemáticas, que se convierten
en realidades objetivas de las que se ha segregado el sujeto y que adquieren un
carácter universal y necesario.
De aquí se desprenden dos conclusiones:
(1) Estos productos, que no pueden ser considerados como culturales (dado
que no llevan en ellos la huella de la actividad humana o animal), tampoco
pueden ser calificados de naturales (pues llegaron a la existencia por la
intervención humana). Por lo que la disyuntiva tradicional, naturaleza o
cultura, tiene que ser desbordada.
(2) Si tales productos ya no pueden ser calificados de culturales, tampoco
pueden, por esa misma razón, constituir elementos diferenciales de una
determinada cultura (ni siquiera de una cultura universal confrontada con las
culturas particulares de origen).
De este modo se muestran las contradicciones que aparecen en la
confrontación entre el concepto de una cultura global (aquel todo atributivo
que integra una variedad de categorías) y una cultura especial (la constitución
y desarrollo de una determinada categoría cultural). Pues esta categoría deja
de ser cultural en el momento en que se universaliza, al quedar segregadas de
su constitución las operaciones humanas que le han dado forma.
&11
Del mito de la cultura universal a la cultura
kitsch cosmopolita
Si en el parágrafo anterior hemos confrontado la cultura global con la
cultura especial (los todos complejos con las categorías que atraviesan esos
todos), para mostrar su entretejimiento y contradicciones, ahora vamos a
confrontar la cultura universal con la cultura particular (esto es, el
potencial desarrollo de una cultura en sentido atributivo que incluyese la
totalidad de las culturas, con las diversas esferas culturales).
Esa confrontación nos pone en presencia de otras contradicciones: así, por
un lado, la existencia de las culturas particulares parece negar la existencia
de una cultura universal; y, por otro, en defensa de la cultura universal se
sostiene que solo esta es auténtica cultura. Estas contradicciones se intentan
superar, en ocasiones, diferenciando entre la cultura particular de cada pueblo
(que incluiría las costumbres, la lengua, el derecho, etc.) y la cultura
universal común a todos los pueblos (que incluiría las matemáticas, la física,
etc.).
Bueno considera discutible, sin embargo, como ya vimos en el parágrafo anterior,
que cosas tales como las matemáticas o la física puedan ser incluidas entre los
contenidos de la cultura. Y es difícil que aquellos contenidos que no adquieran
esa condición de transculturales (o posculturales) puedan ser universalizados.
En cualquier caso, tales contenidos universales tendrían que forjarse a partir
de las culturas particulares dadas. Aceptado esto, encontramos cuatro posibles
alternativas para la formación de una posible cultura universal:
(1) A partir de la generalización de todos los contenidos culturales dados
en un momento concreto. Una especie de armonismo universal, que Bueno descarta
por metafísico.
(2) La prevalencia universal de algún contenido específico y particular
(tal como pudiera ser la democracia liberal, la sociedad de mercado, una determinada
religión, etc.).
(3) La producción y universalización de contenidos nuevos por anamórfosis
(véase 3., &3) a partir de contenidos ya dados.
(4) La destrucción de los contenidos culturales dados y la creación de una
cultura enteramente nueva. Tesis que también descartaremos por metafísica.
***
En nuestra época la cultura universal toma la forma de una «cultura mundial
diversificada», configurada por elementos tecnológicos, científicos, políticos,
artísticos, deportivos, etc., que exigen la inversión de la totalidad del
tiempo de cualquier individuo que quiera tener un cierto control de ese
entorno.
A juicio de Bueno, el mundo cultural de nuestra época representa, para el
individuo que quiera integrase en él, lo que lo que «el mundo material salvaje
para el primitivo». Así como este invertía su tiempo en buscar alimentos,
defenderse de los animales o las inclemencias del tiempo y descansar, el
individuo que aspire a no quedar excluido de esa cultura mundial diversificada
debe invertir todo su tiempo en «aprender a calcular, a hablar otros idiomas
distintos del materno, a seguir los incidentes que miden el tiempo social, como
las ligas de fútbol o el calendario de elecciones parlamentarias […] a leer
periódicos y revistas, a seguir varios canales de televisión […]». Esto supone
una vida íntegramente volcada al dominio de esos contenidos culturales, que no
garantiza una formación y que produce «un tipo de homo sapiens sui generis»
cuyo interés es similar al que «pueda tener una banda de chimpancés explorando
la selva». Pero es así como la humanidad comienza a intercomunicarse a escala
planetaria.
El ideal de la cultura universal se realiza, en esta era industrial,
bajo la forma de lo kitsch, tradicionalmente asociado a la cultura de
masas y a lo cursi. Bueno caracteriza lo kitsch por tres rasgos: (1) Su
«universalidad relativa» (frente a la supuesta cultura de vanguardia, a
disposición de una minoría). (2) Su abigarramiento (proliferación de objetos, o
de funciones en un mismo objeto). (3) Su referencia a otro nivel cultural
considerado superior (del que es imitación, sucedáneo). Aunque, a partir de
cierto momento, lo kitsch se vuelve producción deliberada (ya no imitación) de
objetos multiplicados industrialmente (los cuadros de Andy Warhol como
ejemplo).
Existen variaciones de kitsch, existe un kitsch popular y uno que es
simulacro de vanguardia intelectual (Bueno habla incluso de una filosofía
kitsch, que identifica con «la filosofía analítica del lenguaje ordinario»).
Pero de hecho se produce una retroalimentación entre lo kitsch (asociado a la
cultura de masas) y la cultura de vanguardia (asociada a una cultura de élite).
&12
La cultura como opio del pueblo
Si Bueno hace nacer la idea objetiva metafísica de cultura de la idea de
gracia, no es sorprendente que acabe cargando sobre la cultura aquella
condición que Marx había cargado sobre la religión: la cultura es la versión
contemporánea del opio del pueblo.
Claro que en la tradición marxista esa condición ha sido interpretada en un
doble sentido: (1) El que parece ser el sentido que quiso darle Marx, según el
cual la religión es la escapatoria que encuentra el pueblo a su situación
miserable (de modo similar a como el burgués intenta huir de sus frustraciones
fumando opio). (2) El que le quiso dar Lenin, según el cual la religión es el
instrumento que emplea la burguesía para mantener dormido y calmado al pueblo
(evitando así que se rebele frente a su situación de explotación).
Bueno ve en la cultura un instrumento de adormecimiento que se manifiesta
de dos formas:
(1) Bajo la forma de la identidad cultural: la tendencia natural de
todo grupo social (y, en cierto modo, de todo lo vivo) es la expansión, que se
manifiesta no solo en el control de otros grupos sino en la asimilación de todo
aquello que aumenta su propia potencia y garantiza su permanencia. Pero el mito
de la identidad cultural invierte esa tendencia expansiva propiciando el
encapsulamiento en su propia identidad, lo que no es sino una manifestación de
debilidad, y una forma de adormecer su propia realidad.
(2) Bajo la forma de cultura circunscrita: ya hemos dicho que esta
es la forma en la que aparece la cultura administrada por los poderes públicos
(en el caso español, por las concejalías, consejerías autonómicas o ministerios
de cultura). La cultura de la que tales instituciones tratan constituye una
selección de contenidos de entre el todo complejo. Una selección de contenidos
que tienen un carácter elevante, salvífico: es la cultura selecta. Invertir en
cultura se convierte, pues, en una obligación para los poderes públicos
civiles, similar a impartir los sagrados sacramentos para el sacerdote.
Es difícil, no obstante, aclarar cuáles son los criterios que están
operando detrás de esa selección de los contenidos que formarán parte de esa
cultura elevante. Una explicación consiste en remitir esa selección a la
diferencia entre el mundo del trabajo y el mundo del ocio, que nace en el seno
de las sociedades avanzadas con separación jerarquizada en clases. La cultura
circunscrita incluiría aquello que, a partir de un momento dado, forma parte
del ocio de las clases dominantes, o de funciones desarrolladas por estas
(funciones «intelectuales» diferenciadas del trabajo manual). La lectura, las
audiciones musicales, la contemplación de cuadros y esculturas en un museo, la
asistencia a representaciones teatrales o cinematográficas, etc., pasarán a
formar parte de «la cultura»; esto es, de esa cultura elevante que los poderes
civiles tienen la obligación democrática de facilitar al pueblo. Cultura elevante
que saca al pueblo de su vida prosaica para introducirlo en el seno de un mundo
espiritual de naturaleza superior, para llevarlo al estado de gracia.
Sin embargo, toda esa liturgia cultural, en la que el altar es sustituido
por el escenario y el rezo en familia por la contemplación, en familia, de un
programa de televisión, adquiere otro sentido cuando es interpretada como opio
del pueblo. (Teniendo en cuenta que «pueblo» designa aquí al «vulgo» y vulgo
incluye no solo a la «plebe», sino también a la «élite». Bueno recurre a Ortega
para incluir en el vulgo a todo aquel que «se encuentra satisfecho de lo que es
por el mero hecho de pertenecer a su grupo», e inmerso «en las rutinas y señas
de identidad» de ese grupo).
Mediante la participación en las culturas circunscritas, el vulgo (la élite
y la plebe) «alcanza la conciencia de la realización de su plenitud vital».
Esta realización es sin embargo ilusoria, un mero ensueño. Y esta es la razón
por la que la cultura selecta funciona como un opio de pueblo, en el segundo
sentido que hemos indicado antes, como adormidera psicodélica.
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